Fragmento:
Llegó al zócalo desconchado de la cripta de los Wraithe, la rama principal de un linaje extinto tras generaciones de lo que Charlton, el párroco local, llamaba “intermedios funestos”. El umbral boqueaba, abierto como una herida, y desde su interior se deslizaba una neblina plomiza salpicada de destellos rojizos como la sangre cansada. Nathaniel arrojó la lámpara hacia el interior y, tragando el sabor acre de su propio miedo, avanzó unos pasos en lo que parecía una pura volición de otro. El aire estaba cargado, casi sólido, con el aroma a incienso resinoso y una vibración subterránea que vibraba bajo sus pies como si pisase encima de los tambores de un corazón enterrado.
Duración: 08:29
El sibilante aullido del viento acariciaba los glifos extendidos como llagas sobre la cripta, ocultando el hedor de la humedad corrupta y la promesa sorda de muerte. El bosque alrededor del camposanto de Blackwater era una sucesión interminable de sombras y ramas pervertidas, cuyas hojas parecían vibrar con un spasmo nervioso ante la presencia invisible que vigilaba esa noche incierta de noviembre. Nathaniel Corbett avanzó con cautela, su linterna proyectando una borrosa mancha de luz entre las tumbas antiguas y los monolitos cubiertos de musgo, mientras su otra mano acariciaba nerviosa la figura de un sello de cobre colgando sobre el corazón. La humedad le calaba hasta los huesos, pero el auténtico frío provenía de sus temores, de la sospecha extendiéndose en su cerebro como un hongo morado. Sabía —y lamentaría siempre no haberlo olvidado— que aquello que se movía en la cripta abierta frente a él no era de este mundo, ni siquiera de este tiempo.
Llegó al zócalo desconchado de la cripta de los Wraithe, la rama principal de un linaje extinto tras generaciones de lo que Charlton, el párroco local, llamaba “intermedios funestos”. El umbral boqueaba, abierto como una herida, y desde su interior se deslizaba una neblina plomiza salpicada de destellos rojizos como la sangre cansada. Nathaniel arrojó la lámpara hacia el interior y, tragando el sabor acre de su propio miedo, avanzó unos pasos en lo que parecía una pura volición de otro. El aire estaba cargado, casi sólido, con el aroma a incienso resinoso y una vibración subterránea que vibraba bajo sus pies como si pisase encima de los tambores de un corazón enterrado.
Hace solo unas semanas, había considerado absurdo el cuaderno atestado de inscripciones y dibujos deformes que recibió de manos de su amigo Parker, horas antes de que el infortunado desapareciese en circunstancias que la policía sólo pudo calificar de inquietantemente anómalas. Ahora, el manuscrito de Parker, plagado de diagramas extraños y relatos de un culto secreto consagrado a Azathoth —el Sultán de los Demonios, el Caos Nuclear—, parecía pulsar con vida propia dentro del abrigo de Nathaniel, discutiendo y murmurando contra la barrera del cuero como el corazón de un animal extraño listando los nombres de los muertos.
La información, fragmentaria y desquiciada, apuntaba brutalmente hacia los Wraithe y su cripta: antiguos notarios, astrólogos y predicadores, todos declarados difuntos en actas perfectamente selladas, pero cuyas obras y legados estaban manchados por rumores de herejías intolerables incluso para los estándares de aquellas tierras donde el diablo nunca terminaba de irse de viaje. Pero Parker señalaba algo aún más siniestro: que en el subsuelo, más allá de la piedra y los gusanos, se arracimaba un círculo, un núcleo de sacerdotes de Azathoth, mutilados de humanidad, adoradores de la disonancia primordial buscando romper la verja endeble que separaba la realidad del inefable abismo del caos.
—Tienes miedo, Nathaniel —susurró la oscuridad, o quizá una voz nacida dentro del mismo cráneo de su portador—. Es demasiado tarde para el miedo.
El descenso fue más corto de lo esperado, pues los peldaños resbaladizos desaparecían tan rápido bajo las botas como la luz de la lámpara se tragaba por los recovecos de la bóveda. En el fondo de las escaleras se abría un espacio circular, excavado a mano y azotado por el vapor de una humedad que no podía proceder únicamente de las lluvias. Los nichos de la familia Wraithe estaban abiertos, vacíos, y los retratos en relieve —rostros difuminados, ojos colapsando en órbitas de pura piedra— parecían girar hacia Nathaniel con lentitud virulenta.
A una docena de metros, la tierra había cedido hacía mucho, dejando ver horribles raíces negras y el comienzo de un túnel que ningún registro arquitectónico mencionaba. Su corazón brincó cuando divisó, tallada en el dintel del pasadizo, la espiral grotesca que Parker había delineado tantas veces en el cuaderno: el símbolo de Azathoth, centro y periferia convulsionadas, tentáculos de la locura. Alguien había limpiado con esmero antiguas costras de sangre de la piedra.
El calor del cobre en su pecho se intensificó, y Nathaniel apretó el amuleto mientras se adentraba en el pasaje. La oscuridad era total, apenas perforada por la linterna, y en las paredes acechaban inscripciones borrosas, talladas en latín corrompido y en signos aún más antiguos. De pronto, el zumbido grave que impregnaba la cripta se hizo más claro, revelando su naturaleza: una letanía, cientos de voces ululando en un idioma donde cada palabra era una traición al raciocinio. Nathaniel sintió las piernas flaquear; imágenes de caos y luz negra ondearon en su mente.
Avanzó a tientas siguiendo el eco, hasta que un resplandor sobrenatural lo detuvo: en una sala vasta, bajo un domo de piedra salpicado de vetas refulgentes, varios hombres y mujeres, encapuchados y desnudos de identidad, realizaban una ceremonia indescriptible. Bastones retorcidos pulidos con la grasa de siglos de rituales, cálices con formas inhumanas y una piedra central, sacrificatoria, rodeada de velas que ardían sin consumir cera. Alrededor de esta, los sacerdotes repetían un salmodiar incomprensible, saltando o retorciéndose en movimientos angulosos, y en el aire danzaba un polvo fosforescente, a medio camino entre el humo y la luz.
Nathaniel retrocedió, pero sintió cómo el aire mismo se contraía; la entrada había desaparecido, reemplazada por una neblina densa que ocultaba los contornos del túnel. No quedaba escapatoria. Los monjes alzaron las cabezas al unísono, labios revelando dientes pantanosos iluminados de adentro hacia fuera por alguna luz nunca destinada para ojos humanos. Uno, más erguido y alto, se adelantó, levantando entre manos huesudas un libro encuadernado en cuero repugnante, casi palpitante.
La letanía se elevó, alcanzando una fase dolorosa para el oído y el alma, y entonces, desde la piedra central, emergió algo que no podía ser llamado forma ni sustancia, una viscosidad abstracta brotando de la roca como pus de una llaga antigua, arrastrándose con ritmos que sugerían música y funesta matemática cósmica. La cosa era ciega, sorda, y absolutamente consciente en una forma que destrozó la última brizna de coraje de Nathaniel. Los sacerdotes le hicieron espacio; el oficiante extendió el libro hacia Nathaniel y conjuró su nombre, no dicho, sino pensado en un idioma que infestó su sangre.
Con un esfuerzo agónico, Nathaniel blandió el amuleto de cobre. Este ardió con una fuerza explosiva, lanzando un haz de luz blanquecina, y por unos segundos el dominio fue suyo: los cantos se quebraron, los capuchones cayeron revelando rostros aplastados, como si hubieran sido moldeados en sueños febriles y olvidados; la criatura acechante se replegó. En ese respiro imposible, Nathaniel corrió, lanzando aleatorios golpes a la bruma, abriéndose paso entre las sombras, mientras los sacerdotes ululaban improperios y las paredes mismas parecían alargarse para atraparlo.
El siguiente minuto fue un infierno: escaleras que se multiplicaban, corredores imposibles, la cripta plegándose y desenroscándose a la voluntad de la cosa innombrable. En algún momento cayó, y solo el dolor del golpe lo trajo de vuelta a la realidad: estaba a la entrada, jadeando como un animal herido, los rezos contorsionándose algo más allá en los límites de la percepción.
No se atrevió a mirar atrás. Se arrastró fuera, alcanzando la pradera, respirando el aire agrio, con el cuerpo renuente a creer que había sobrevivido. Cuando miró de nuevo la entrada de la cripta, la neblina se había disipado, y no quedaba rastro de puertas ni símbolos. Sólo una costra de polvo reciente allí donde él creía haber emergido, y la certeza, punzante, de que el mal aún palpitaba bajo la tierra de Blackwater.
Esa noche, mientras huía bajo la lluvia, Nathaniel comprendió que jamás escaparía del todo. El amuleto todavía quemaba, pero el frío que le mordía los tobillos era el del abismo; y en sus sueños, cada vez que cerraba los ojos, el canto de los sacerdotes retornaba, prometiéndole el regreso del Caos y del Rey sin música. Ya no era solamente espectador: ahora conocía su nombre en la lengua que no debía ser recordada. Ya no era sólo Nathaniel Corbett, sino algo más… un eco, un invitado, un iniciado en el círculo absoluto de la oscuridad sin mente.
Y si alguna vez usted visita el camposanto de Blackwater y oye un murmullo en la niebla, reze, por todos los dioses, que no sea su nombre el que pronuncien los que acechan bajo la piedra. Porque algunos cultos nunca mueren, y a veces, Azathoth recuerda.
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