Fragmento:
Aquella tarde, tras una ponencia vespertina, resolví consultar al bibliotecario jefe, Jerome Blackwood, hombre erudito que atesoraba una colección oculta de grimorios. La atmósfera de la biblioteca misma parecía apretar el aire mientras hojeábamos el volumen. Jerome se detuvo en seco al encontrar la imagen de los Sacerdotes: cuerpos hinchados, sin rostro, con miembros de longitud imposible, blandiendo flautas de obsidiana alrededor de un pozo negro grabado con símbolos infinitamente enrevesados.
Duración: 10:35
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La noche caía como un manto espeso sobre los tejados de Arkham, acallando incluso los rumores habituales que surcaban la ciudad. El aire olía a ceniza y humedad, y al doblar las esquinas de la vieja universidad, podía jurar que alguien –o algo– me seguía con una invisible presencia acezante. Yo, Harold Dunsany, profesor de lenguas muertas, me disponía a cerrar para siempre las páginas de un libro que jamás debió haber sido abierto, pero la naturaleza de mi destino me había sido negada antes de que pudiera oponer resistencia.
Comenzaré relatando mi desgracia desde el momento en que el libro fue puesto en mis manos, pues antes de eso, mi vida era tan anodina y metódica como cualquier otro académico. Aquel volumen llegó una fría tarde de marzo, traído por el atolondrado, aunque bienintencionado, estudiante de posgrado Warren Phillips. Su rostro pálido y su tembloroso afán me alarmaron de inmediato. "Profesor Dunsany", musitó, "ha llegado esto para usted, directo de la colección de un tal reverendo Brigham..." Extendió el libro, envuelto en harapos manchados de lo que parecía ser cera negra. Sentí, al palpar su cubierta, un escalofrío reptando por mi espina dorsal. Esa sensación, de la cual me arrepentiría por el resto de mi existencia, me acompaña ahora mientras escribo estas palabras.
La cubierta del libro era de cuero reseco, decorado con caracteres que sólo pude descifrar parcialmente: nombres antiguos, invocaciones a “El Trono Vacío”, y el recurrente símbolo de la espiral descendente. En la primera hoja, escrita con mano temblorosa y tinta sepia, se podía leer: “Los Sacerdotes de Azathoth: fragmentos, transcripciones y testimonios recogidos por el psicoarqueólogo Augustus LaMuir, año del eclipse doble”. No podía dar fe de la existencia de tal investigador ni de un eclipse doble en los anales astronómicos, pero la tentación del misterio se impuso sobre mi cautela.
Leí durante horas, mi comercio con las páginas solo interrumpido por la ocasional punzada de terror o de asco. El contenido consistía en cánticos, extractos delirantes y relatos en primera persona de quienes, según se afirmaba, habían presenciado o participado en los rituales de los Sacerdotes de Azathoth, descritos como seres inmemoriales, ciegos y deformados, reunidos en torno a un abismo insondable debajo del mundo conocido. Sus palabras dibujaban paisajes de locura, donde la música macabra de flautas sin nombre dirigía el ritmo de la creación y la destrucción, regida por un ser sin mente al que todo era indiferente.
La noche siguiente, perturbado pero fascinado más allá de lo razonable, regresé a las páginas con renovada ansiedad. Apenas había avanzado tres capítulos cuando comenzaron las manifestaciones. Al principio fueron ruidos –roces inexplicables en la madera de mi escritorio, el inconfundible silbido de flautas en la lejanía, como si cientos de labios amorfos soplaran en tubos horadados de hueso–, luego, movimientos sutiles en las sombras, donde la luz de mi vela titilaba incapaz de ahuyentarlos. Mi esposa, Clara, se quejó de terribles pesadillas: figuras encapuchadas y serpenteantes rezando ante un torbellino negro. Cada noche, repitió el mismo sueño, con la diferencia de que la melodía aguda se acercaba. “Cerraré el libro mañana”, le aseguré; pero no pude.
Obligado por un impulso inexplicable, llevé el volumen conmigo a la universidad. Traté de hablar sin rodeos a Warren de lo peligroso de las revelaciones, pero el muchacho sólo me observó con ojos desorbitados y ansiosos: “No debe usted… eh… interrumpir la música, profesor. No cuando ya ha empezado”.
Aquella tarde, tras una ponencia vespertina, resolví consultar al bibliotecario jefe, Jerome Blackwood, hombre erudito que atesoraba una colección oculta de grimorios. La atmósfera de la biblioteca misma parecía apretar el aire mientras hojeábamos el volumen. Jerome se detuvo en seco al encontrar la imagen de los Sacerdotes: cuerpos hinchados, sin rostro, con miembros de longitud imposible, blandiendo flautas de obsidiana alrededor de un pozo negro grabado con símbolos infinitamente enrevesados.
“No puedo ayudarle, Harold”, susurró, “ni aun si lo quisiera. Esto… esto es el final de toda razón”. Quiso devolverme el libro, pero me di cuenta de que no podía soltarlo ni aunque mi vida dependiera de ello. Sentía una atracción física, una necesidad malsana de escuchar las palabras susurradas desde alguna parte más allá del entendimiento.
Abandoné la universidad al anochecer, llevándome el libro conmigo. Caminando bajo la luna negra, noté que me seguían. No personas, ni entidades identificables por los sentidos normales, pero una innegable multitud de seres prodigiosamente antiguos, cuyos pasos no hacían ruido, a quienes no podía ver de reojo pero que sentía asentados en la estructura misma de la realidad circundante. Cada bocanada de aire era una punzada de hielo; cada sombra, un precipicio hacia la insania.
Al llegar a casa, Clara me esperaba con lágrimas silentes. “Los escuche anoche, en la puerta, y… y sentí como si mi alma estuviera a punto de derramarse fuera.” No supe qué decir. Sellé las ventanas, abandoné toda esperanza de sueño y me refugié en el estudio. Allí, con el libro abierto, leí un pasaje que me ha marcado indeleblemente:
“Y así descendimos los peldaños que no son de este mundo, bajo la música que sólo los sin ojo pueden oír, hasta la cámara de las raíces, donde los Sacerdotes ciegos bailan eternamente al ritmo de la flauta vil, y delante del Pozo de Todo-Lo-Que-No-Debería-Ser… el abismo comienza a mirar de vuelta.”
Al leer esto, sentí que la superficie del escritorio se ondulaba, como si el tiempo y el espacio a mi alrededor estuvieran siendo corroídos, deformados por la pura blasfemia de esas palabras ancestrales. Desde alguna fisura invisible, comenzaron a colarse acordes guturales, befas ridículas sobre toda razón humana. Imágenes de los Sacerdotes de Azathoth copularon, en mi mente, con escenas de pesadilla: la humanidad reducida a un rebaño balbuceante, conducida a danzar alrededor de un abismo eterno donde no sólo la vida, sino las leyes mismas del pensamiento perecen para siempre.
Me desmayé, o caí víctima de un trance. Desperté cuando la luz de la mañana ya era cenicienta y enferma. Clara había desaparecido. La búsqueda fue en vano. Nadie la había visto salir. En mi corazón comenzó el culto. Porque no es hasta que se pierde toda fe en la bondad del universo que se comprenden los designios de Azathoth: el caos primordial, la completa indiferencia que late bajo las falsas seguridades de nuestra mente.
La policía vino y fue, sin explicación plausible. Pero yo ya no esperaba ayuda humana. Del libro comencé a extraer versos, y con ellos, oraciones sin sentido, interminables letanías que recitaba inconscientemente a la caída del sol. Los sonidos de las flautas, cada vez más nítidos, rebotaban por las paredes de mi estudio: ecos de una música cuya única gracia era el horror. Veía con creciente nitidez los rostros deformes de los Sacerdotes, y supe –entonces, y cada noche desde entonces– que mi destino se sellaría bajo el Trono Infame de la Nada.
Al límite de la cordura, busqué refugio en textos prohibidos, ocultos en la universidad y en colecciones privadas de Massachusetts. Cada volumen, cada fragmento, reforzaba mi convicción: Azathoth, el Sultán Idiota, no es ni dios ni diablo, sino la representación última del sinsentido absoluto. Sus Sacerdotes no adoran ni aman; protegen el delirio y propagan la disonancia, pues ese es el único principio verdadero del cosmos.
Una noche, tres semanas después de la desaparición de Clara, sentí la apoteosis del terror. Fui despertado por un sonido envolvente: la casa entera vibraba con la melodía de las flautas, y los muebles danzaban con un ritmo repulsivo e imposible. Bajé tropezando por las escaleras, y la puerta principal se abrió sola movida por una mano invisible. Afuera, la niebla se desplazaba dibujando corredores antinaturales. Me sentí empujado hacia la calle, incapaz de resistir, con el compás de la música imponiéndose a cada latido de mi corazón.
La multitud invisible se hacía tangible a cada paso. Figuras encapuchadas, con fauces donde deberían estar los ojos y dedos combarían en flautas retorcidas, me rodearon. Hubo un instante –apenas un sollozo de razón– en que quise retroceder, pero ya era tarde. Fui arrastrado, reptando, hasta el panteón de la colina, donde una hendidura en la tierra esperaba como una herida supurante. Fui descendido a la cripta, y allí, al pie de un altar demasiado antiguo para ser terrestre, vi danzar a los Sacerdotes. Sus siluetas se multiplicaban y desdibujaban ante mis ojos enfermos de terror: cada trazo de sus cuerpos retorcidos era un símbolo prohibido; cada movimiento, una blasfemia que hundía más mi alma en la desesperación.
Allí comprendí: yo era la ofrenda, el testigo, el escriba fútil al que le corresponde narrar lo innarrable. De la negrura surgió el Trono. No hay forma, ni rostro, ni voluntad. El trono mismo se retuerce, como si pariera universos de locura cada segundo, y cada sacerdote –ciego para la luz de este mundo, pero omnisciente en la tiniebla primordial– extiende la flauta hacia el vacío y sopla su nota inmunda.
Vi a Clara. Convertida en uno de ellos. Su silueta se desvanecía y recomponía, arrastrada en la orgía sacrílega del caos. Intenté gritar, pero mi voz ya era música. Mi garganta traicionera entonaba las sílabas de la espiral descendente, mi lengua articulaba sonidos que devoraban el lenguaje humano.
No tiene fin esta pesadilla. Cada noche danzamos en la cripta. Cada noche la flauta cambia de manos; y el canto sólo se detiene cuando una nueva alma ha sido modelada en nuestra comunidad. No pidáis piedad. Azathoth no conoce tal cosa. No pidáis comprensión: sólo hay música, y tras la música, un vacío que ni la muerte puede colmar.
Ahora estás tú leyendo este testimonio, y si el libro llega alguna vez a tus manos, sé prudente: si empiezas a oír la música, ya no podrás dejar de bailar. No podéis vencer la indiferencia de Azathoth, ni la locura de sus Sacerdotes. Sólo podréis uniros, tarde o temprano, a nuestra interminable celebración de la Nada. Y entonces, cerrarás el círculo y alguien más leerá. Cuando soplen las flautas negras y la espiral descienda... entenderás.
Que los caminos de la razón jamás vuelvan a encontrarte.
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