Fragmento:
El sacristán lo encaminó por una galería lateral, donde un brasero arrojaba una camiseta resplandeciente, vaporosa y dulzona, como si los difuntos aromaran el recinto. Había filas de pequeños nichos, cada uno con una vela mortecina y una placa con nombres borrosos. Algunos nichos rezumaban liquen y un polvo fosforescente caía en lenta cascada.
Duración: 07:58
El padre Calorico llegó a San Emilio bajo la pesada lluvia, abriéndose paso con paso vacilante a través de un lodazal fragante a estiércol, agua estancada y helechos podridos. Venía convocado por la carta de su predecesor—a quien nadie había vuelto a ver desde la procesión nocturna, hacía exactas doce lunas—a través de un pergamino untado de sebo y lacrado como un secreto vergonzoso.
Las naves del templo emergían de la niebla como la columna vertebral de un animal prehistórico. Evocaba, en su arquitectura, algo de las antiguas basílicas lombardas, pero corrompido: arcos deformes, contrafuertes plagados de musgos violeta, y un ábside central tan oscuro que el sol parecía esquivarlo. Lo acompañaba una cúpula baja y monstruosa, recubierta de escamas negras, imposible de fechar—ni un solo libro parroquial mencionaba su construcción.
Lo esperaba el sacristán, un hombre enjuto de ojos malvas, labios azules y sonrisa digerida, quien habló en susurros: “La noche nos bendice, padre. Sígame.” El padre Calorico se ciñó la sotana, ocultando su temblor bajo el palio de tela áspera, y entró.
Adentro, la penumbra bailaba a la menor exhalación. El aire filtrado a través de cortinajes pesados apestaba a aceite rancio, céreo y ruidos húmedos. Los bancos estaban alineados en semicírculo, enfrentando el altar octogonal. En el centro, un relicario de hierro resguardaba la única reliquia de renombre: una esfera negra, rugosa como la piel de un animal feto, suspendida por cadenas de bronce oxidado. Nadie había logrado determinar su composición, aunque algunos decían que la piedra no era de este mundo.
El sacristán lo encaminó por una galería lateral, donde un brasero arrojaba una camiseta resplandeciente, vaporosa y dulzona, como si los difuntos aromaran el recinto. Había filas de pequeños nichos, cada uno con una vela mortecina y una placa con nombres borrosos. Algunos nichos rezumaban liquen y un polvo fosforescente caía en lenta cascada.
Prepararon a Calorico una celda sobria, protegida de la galería de las estatuas por una puerta tapiada de vieja madera. En la oscuridad, soñó con procesiones de figuras veladas, un arrullo de plegarias extracorpóreas, y un murmullo acompasado, en latín profano, a lo largo de los muros:
“Azathoth, el Sultán Ciego, latido de tinieblas, ¡pígnanos la gracia del olvido!”
Se despertó empapado, con la clara certidumbre de que lo habían observado. Detrás de la mirilla de la puerta, dos ojos de animal fosforescentes parpadearon una fracción de segundo. Pero al abrir… nada, solo el murmullo de la lluvia y el crujido de los listones bajo su peso. Notó entonces los símbolos grabados en el alféizar: pentáculos, runas, una inscripción ilegible, y en el umbral, un círculo de ceniza atravesado por una rama seca de acebo.
La ceremonia transcurrió la noche siguiente. Los feligreses—veinticuatro hombres y mujeres de rostros marchitos y cabellos blanquecinos como algas—entraron en silencio, sin levantar la vista, envueltos en capas oscuras. Nadie cantó, nadie tocó campana. Calorico pronunció la misa vacía, despojando las oraciones de toda esperanza. Sólo el eco, deformado, respondió.
Al término, el sacristán lo condujo a la sacristía. Tras empujar una losa, descendieron por una escalera de piedra recién lavada—calzada de limo y limo—hasta un recinto subterráneo. Allí, el techo se perdía en una negrura total, como la caldera de un volcán apagado. En el centro, un círculo de sal rodeaba a siete figuras prosternadas, ataviadas con sudarios de uñas y dientes humanos; sus cuerpos temblaban al compás de un tambor mudo.
El sacristán le ofreció una copa.
“El vino de la espera, padre. Es costumbre compartirlo antes de la Letanía de la Ausencia.”
Calorico la apuró en un trago, el licor quemó su garganta y su estómago, sumido en el vacío que precede al vómito. Por un instante, el lugar giró. En esa embriaguez vislumbró el techo ondulando, como la superficie de un lago bajo viento invisible. Algo fluía y reptaba en la negrura, un volumen imposible, un zumbido constante, la melodía de un órgano desafinado ajeno a cualquier ley armónica.
Fue entonces que comprendió: el culto no veneraba a un santo. Adoraban el olvido, a aquello que, en vez de redimir, devora y corrompe. Algo que se reúne cuando los rezos se apagan y los sueños exploran grutas profundas.
Una anciana de ojos translúcidos comenzó la letanía, y los demás la siguieron. Palabras guturales, incomprensibles, rodaban como guijarros en una correntada. Calorico sintió su lengua entumecida. Un sopor le impidió moverse. Solo podía oír el tambor secreto de su pecho acelerándose, el latir de aquello invisible sobre su coronilla, el rumor de la tierra vibrando. Noto cómo una niebla oscura se delineaba en torno a los congregados, reverso de la materia, una densa sombra animada.
Las plegarias alcanzaron su clímax. El círculo de sal revivió, chisporroteando. En el nicho central, una grieta emergió en la piedra y algo, amorfo, reptó hacia afuera—fluido negro-verdoso, pura ausencia de luz, locura coagulada. Fue entonces que el sacristán gritó, la voz chillona y quebrada: “¡Señor de la danza cósmica! ¡Ofréndanos la disolución!”
El monstruo-sombra, arremolinado, infiltró los velos y los cuerpos prosternados, ungiéndolos con su baba espectral. Los congregantes gemían de gozo y agonía—sus cuerpos alargándose y retorciéndose en formas contrahechas, su carne reabsorbida, sus huesos sangre licuada, de manera casi festiva.
Calorico luchó por apartar la mirada, pero no pudo. Algo, una garra de vacío, lo apretaba. Quiso rezar, pero las palabras se desmoronaron como dientes podridos. Entonces vio, lejos de la bruma, un rincón de lucidez: los ojos del sacristán, ahora vacíos, vorágines puras, devorándolo todo. El sacristán abrió los labios sangrantes:
“—Para Azathoth, ninguna plegaria es suficiente. Solo el estremecimiento de la carne ante el umbral de la Nada lo complace. Debéis continuar, padre, debéis prolongar el ciclo”.
La realidad se deformó. La piedra era fuego, la sombra era líquida, la gravedad jugueteaba a impulsos rítmicos. Calorico presenció, fuera de sí, el ciclo ancestral: cómo una letanía tras otra se sacrificaba la memoria del mundo sobre el altar de lo innominable. Revivió fragmentos de su infancia mezclados con pesadillas alienígenas. Amó y perdió a seres con caras hechas de estrellas, zarpazos, y púas. La ciega fuente de la creación pulsó: un tambor mudo, un gesto sin sentido.
No hubo redención, solo la fusión del pánico y la exaltación cuando, finalmente, el vacío lo bañó. El olvido lo absorbió, y ya no fue padre Calorico, ni humano, ni ente: sino una nota en la cacofonía del Sultán Ciego, un sonido insignificante perdido en la melodía caótica del universo.
* * *
Sin embargo, la iglesia continuó. Al cabo de unos días, bajo otro diluvio, llegó un nuevo sacerdote convocado, esta vez desde el seminario de Padua. El sacristán, firme, de formas cada vez más amorfas pero con la misma sonrisa digerida, lo recibió con la misma letanía.
La esfera negra giraba en el relicario. Las procesiones fluctuaban. Y, bajo la iglesia, el círculo de sal esperaba.
Nada que traiga Azathoth termina. La música no tiene compás. Solo el temblor, la disolución, la letanía de la ausencia. Porque donde silban los dioses ciegos, en la frontera del soñar y el morir, quien reza no es escuchado: es consumido.
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