Fragmento:
Thorne, profesor de historia medieval, era cauto con las excentricidades, pero el tono de esa carta, apropiadamente tembloroso, había logrado lo que la mera curiosidad no podía: arrancarlo de sus lecturas y proyectos. Y así, en la madrugada del 23 de septiembre, tempestuosa y negra como promesa de hierro, llegó a la abadía oculta entre los cerros de Salisbury. El horizonte parecía derretirse en capas de rugido y sombra, y sólo la débil lámpara eléctrica de Kellar alumbraba la nave principal en la que las cruces rotas yacían como miembros amputados.
Duración: 10:45
Había lugares donde la misma piedra parecía temer lo que custodiaba. Cuando Alexander Thorne aceptó la invitación del Doctor M. R. Kellar, amante de las leyendas y relator de pesadillas despiertas, no sabía que estaba a punto de transitar esos lapsos ambiguos donde el mundo diurno da paso a otro, antiguo y voraz. Kellar le había escrito con una urgencia inusual, una nota manchada en perfume de cera y ese incienso acre de las catedrales góticas: “He hallado algo en la antigua abadía de Fátima. Ven solo. Será peligroso, pero inevitable.”
Thorne, profesor de historia medieval, era cauto con las excentricidades, pero el tono de esa carta, apropiadamente tembloroso, había logrado lo que la mera curiosidad no podía: arrancarlo de sus lecturas y proyectos. Y así, en la madrugada del 23 de septiembre, tempestuosa y negra como promesa de hierro, llegó a la abadía oculta entre los cerros de Salisbury. El horizonte parecía derretirse en capas de rugido y sombra, y sólo la débil lámpara eléctrica de Kellar alumbraba la nave principal en la que las cruces rotas yacían como miembros amputados.
—Alexander —susurró Kellar,, ni saludo ni protocolo. Sus ojos, inflamados por el insomnio, chispearon con una mezcla de gozo y terror—. Debo mostrarte algo, pero escucha: lo que veas aquí no es para la mente común. Lo arriesgo todo.
Thorne asintió. Kellar le condujo por una trastienda de polvo secular, a través de un corredor que olía a podredumbre, hasta la sacristía. Allí un altar de piedra, ennegrecido por siglos de humo negro, dominaba la estancia. Sobre él, dispuesto como para una misa negra inmemorial, yacía un códice de pergamino humanamente encuadernado.
—¿Sabías —murmuró Kellar— que durante la peste negra, la abadía fue tomada por monjes que no servían a Dios, sino a algo más… antiguo? Aquellos de las túnicas sin rostro. Nadie sabe el nombre de su dios. Pero yo sí.
El códice, como una bestia hambrienta, parecía latir al tacto. Thorne lo hojearía después, y recordaría que nunca logró después reproducir aquellos grabados: círculos que parecían repetir un patrón imposible, eyes en espiral, y formas humanoides de cabezas bulbosas danzando ante un núcleo de pura negrura.
—Los Sacerdotes de Azathoth, Alexander. El Caos primordial. El sultán idiota en el centro del vacío. Así lo llaman en frases extraviadas de los grimorios. Descubrí el códice aquí, oculto bajo la losa de la tumba de Abad Findley. No debería haberlo abierto —la voz de Kellar era un aullido robado—. Pero no pude evitarlo. Ahora… las cosas han cambiado.
Un estrépito sacudió la sala. Algo, y no sólo viento, arañaba la piedra exterior. Kellar titubeó, bajando el tono:
—He presenciado —siseó— el regreso del ritual. Anoche, desde el confesionario estuve espiando. Vinieron en silencio, encapuchados: cuatro, quizá cinco. No vi rostros, sólo túnicas, y una… hinchazón inhumana bajo las telas. Giraban en torno al altar, cantando, una música mugrienta de saliva y exhalaciones. Nunca había temido por mi alma, Alexander, hasta anoche.
Thorne tragó saliva. Pero, como buen académico, dudaba de si Kellar —siempre dramático— no estaría intoxicado por demasiada lectura nocturna. Le pidió calma, exigió hechos. Kellar se mordió el labio, y, tras dudar, lo invitó a esconderse con él, esa misma noche, para observar el ritual. Nadie debería ver eso, repitió, pero Alexander, instalado en el cinismo de su ciencia, aceptó. Si los monjes no eran más que viciosos deformes, sería interesante registro antropológico; si era otra cosa… debían saberlo.
Ocuparon entonces una pequeña celda, a pocos metros de la nave. Desde su ventanuco quebrado tenían una vista parcial del altar y las ruinas.
Esa medianoche, una niebla espesa, húmeda y extraña cubrió todo. No había luna. A la distancia, tras siglos de silencio, las piedras comenzaron a temblar con un himno inaudible. Primero, bajo gruñido de bajo, luego como si algún tambor primordial agitara el aire mismo. Thorne sintió el trastorno de quien asiste a un lenguaje inédito para el que ningún sentido está preparado.
Las figuras emergieron de la niebla. Avanzaban como enfermos, contorsionando las extremidades como si fuesen de cera. No se veía ni ojo ni mano ni boca bajo las túnicas, solo el vago fulgor verdoso de formas que sugerían rostros. Cada monje se detenía y giraba, contorsionándose en un ritmo ajeno a la biología humana. Cantaban, pero no era música ni proferían palabras: era un escupitajo de sonidos húmedos y primitivos, que le obligó a Thorne a apretar las sienes, como si su propio cráneo estuviera a punto de desmoronarse.
En el centro de la ceremonia, trajeron algo: no un cáliz, ni un libro, sino lo que parecía un niño deformado o acaso una masa de carne nueva, envuelta en sábanas negras. La depositaron sobre el altar, y algo en el aire se volvió demasiado denso para respirar.
Kellar temblaba. Susurró a Thorne una letanía ininteligible. A su lado, Thorne apenas podía ver el altar: los monjes cortaron la tela, y debajo, la masa de carne… brilló. Era un zarcillo de parásitos, de diminutos tentáculos que exploraban el aire, cambiando de color. Thorne notó —sin entenderlo de inmediato— que estaba presenciando el nacimiento de algo sin nombre, y que la abadía no sólo era iglesia, sino útero.
Una de las figuras entonó un chillido tan agudo que hendió la niebla como un cuchillo. Las otras se arrodillaron. La masa de carne, al recibir el chillido, comenzó a agrandarse, latiendo como un corazón corrupto. Las paredes vibraron. Todo lo físico parecía flaquear.
El suelo se quebró bajo los pies de los monjes. Una grieta negra emergió, y de ahí subió un haz de niebla, negrísima, como arrancada del propio centro del abismo. El aire se llenó de vértigos. Thorne supo, sin saber cómo, que ese era el verdadero objetivo: abrir la herida, permitir que el caos viera.
Una silueta —enorme, más allá de lo humano y lo animal— se contorsionó en la grieta. Ningún ojo podría computar su forma, pero Thorne, en la frontera de la locura y el asco, distinguió una boca invertida, dientes dentro de dientes, y al menos tres brazos, todos jirones de sombra húmeda. Alguien, quizás Kellar o él mismo, gritó. La silueta, sin moverse, impuso su voluntad: la humedad misma del aire se convirtió en una orden.
Uno a uno, los monjes se desnudaron; bajo las túnicas no había carne humana, sino retazos de órganos, filamentos, ojos y bocas rezumando líquido pálido. De algún modo, eran menos que humanos y más que eso. Uno se arrodilló ante la grieta, exponiendo el pecho abierto, otro enrolló la lengua (larga como una serpiente) en torno al altar. El más grande de todos recogió la masa de carne y la sumergió en el haz de niebla negra.
La criatura abajo —el reflejo pálido de Azathoth, tal vez uno de sus siervos— gruñó, y Thorne vio una mano no-mano emerger para asir la ofrenda. El nacimiento había sido completo: el nuevo sacerdote, engendrado en la carne humana, estaba listo para servir más allá de los umbrales de este mundo.
Sólo cuando la criatura retrocedió y la grieta comenzó a cerrarse, se dio cuenta Thorne de que había orinado en sus pantalones. No lograba respirar. Las piedras, empapadas de sangre y tinta amniótica, hirvieron. Los monjes restantes rieron, una risa empapada en lodo, y la niebla se espesó aún más.
Kellar, recogiendo el último resto de sensatez, tiró de Thorne. —¡Debemos irnos! —gritó, pero Thorne notó que su voz tenía un eco extraño, como pronunciada por alguien sin garganta. Un instante después, la negrura los envolvió, la nave se llenó de tentáculos de sombra, y sólo el chillido de los monjes y un zumbido de flautas invisibles llenaron su mente.
Luego, la luz del día.
Thorne se despertó en la hierba húmeda, a quinientos metros de la abadía. Nadie, salvo él, había sobrevivido esa noche con la mente intacta, o lo que quedaba de ella: Kellar fue hallado, días después, ahorcado en una doselía de la sacristía, la lengua negra y partida, ojos mirando hacia adentro, como para ver algo que no debía ser visto.
Pero Thorne... oh, Thorne jamás fue el mismo. Soñaba cada noche con el altar, la masa alienígena de carne y los monjes-larva, y, lo que es peor, soñaba con la música de las flautas y los tambores del Caos. Con el tiempo, se mudó a la ciudad, vendió sus libros, empezó a hablar solo. La gente lo evitaba en la calle, los gatos le rehuían, y la luz eléctrica siempre parpadeaba a su paso.
Cada año, en septiembre, sentía un impulso irresistible de regresar a Salisbury, de buscar la abadía de Fátima, aunque juró y maldijo jamás volver. Pero siempre iba, incapaz de resistir. Y a cada visita, hallaba nuevas huellas: manchas negras en el altar, grietas en el suelo, y rastros de movimientos donde nadie debería haber vuelto.
Sabía que los sacerdotes aún danzaban. Que el Caos, dormido, seguía latiendo bajo las piedras.
Y cada noche, al cerrar los ojos, sentía la sugestión sorda de una voluntad que no era suya, un susurro de caridad blasfema: “Nos perteneces. Serás sacerdote, Alexander. Sacerdote del Caos, sacerdote de Azathoth”.
Porque hay liturgias que nunca terminan, y altares que exigen, eternamente, la carne y el alma de quienes alguna vez pensaron que lo real era un muro infranqueable.
Thorne aguantó, durante años, su creciente vaciado mental. Hasta la noche en que no regresó a su casa. Se dice que la abadía, desde entonces, nunca estuvo tan silenciosa. Que ahora, incluso los cuervos vuelan lejos de Fátima; que la niebla nunca se disipa. Que, al final, todos los hombres son llamados a danzar en la nave negra, bajo la mirada insomne del dios que no sueña.
Y así, la abadía sigue esperando.
Tu carne aún es joven. Tus sueños, frescos.
El altar, con un hueco de sobra. Técnicamente, los sacerdotes de Azathoth jamás dejan de reclutar.
Tal vez esta noche, querido lector, oigas el rumor de tambores, y una flauta, y una grieta que se abre, ahí donde las piedras tiemblan de miedo.
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