Portada del relato Los Ancianos Cantan Bajo la Cripta
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Fragmento:


Apenas hay memoria entre los habitantes de la pequeña aldea de Kranzfeld de cuándo fue construida la antigua iglesia en el promontorio. Forma y materia parecen preceder al pueblo mismo: los cimientos roídos y serpenteantes, como prolongaciones de raíces enloquecidas, se hunden en la colina coronada por musgo anaranjado y líquenes que jamás hubo quien pudiera identificar. Hay, sin embargo, registros oscuros —pergaminos manchados y memorizados en la clandestinidad por los más viejos, antes de ser arrojados al corazón de la noche, allá donde el bosque olvida la luz— que hablan de pactos primigenios y sacerdotes cuyos nombres desafiarían la razón humana.

Duración: 10:05

Los Ancianos Cantan Bajo la Cripta
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Texto de ajuste de pausa.

Apenas hay memoria entre los habitantes de la pequeña aldea de Kranzfeld de cuándo fue construida la antigua iglesia en el promontorio. Forma y materia parecen preceder al pueblo mismo: los cimientos roídos y serpenteantes, como prolongaciones de raíces enloquecidas, se hunden en la colina coronada por musgo anaranjado y líquenes que jamás hubo quien pudiera identificar. Hay, sin embargo, registros oscuros —pergaminos manchados y memorizados en la clandestinidad por los más viejos, antes de ser arrojados al corazón de la noche, allá donde el bosque olvida la luz— que hablan de pactos primigenios y sacerdotes cuyos nombres desafiarían la razón humana.

El padre Johansen, llegado unos meses atrás, se esforzaba por infundir cierto orden en la aldea y domar el aire de jadeante resignación que parecía colarse entre los muros. Su voz era fuerte y clara, y en sus ojos brillaba una tenacidad análoga a la fe, si bien ajena a cualquier devoción irracional. Más pronto que tarde empezó a notar los desvíos de los feligreses durante las horas tardías, el modo en que murmuraban frases extrañas, vueltas hacia la colina mientras la luna crecía; y las sutiles cicatrices retorcidas en las palmas antaño limpias de los niños.

Una noche, mientras la bruma segaba las últimas lámparas de la aldea, una muchacha se presentó ante la puerta de la sacristía. Temblorosa, con el rostro surcado por ríos de sudor, se aferraba a un gaznate invisible, como quien trata de prevenir la propia muerte. “Vienen, padre. Hoy es la víspera. Ocúltese, huyamos del promontorio.” Los ojos de la niña poseían un negro absoluto, orillados de rojo sangre. Johansen la tomó del brazo, sintiendo bajo la manga los insólitos surcos, como si la carne hubiese sido horadada a propósito de algún culto secreto. La condujo al interior, sentándola frente al altar, pero la joven, Martha era su nombre, negaba cualquier agua o auxilio, y sólo repetía, como una salmodia hueca: “La música despierta, y ellos la siguen. Los Sacerdotes rezarán al núcleo, padre. No mire, no escuche.”

Espantado, el sacerdote pasó la noche en vela, confiando apenas en sus rezos para mantener a raya la creciente angustia. A la hora tercera le pareció oír, mezclados al ulular del viento, retazos de música. No eran campanas, ni ningún instrumento conocido. Era un retumbar grave, una especie de tamboril mecánico, opresivo, acompañado de un silbido ululante y una voz que no era humana ni animal, sino un alarido sostenido más allá de lo tolerable.

En algún momento, se quedó dormido. Al despertar, el sol había huido, y la muchacha yacía inmóvil. La sangre brotaba de sus oídos, impregnando el reclinatorio; su rostro, desencajado, miraba más allá de los vitrales, hacia el promontorio. Johansen, incapaz de comprender, avisó a los aldeanos, pero nadie manifestó asombro ni dolor; uno de ellos, con la voz hueca, sólo musitó: “Ha sido elegida. Va a la raíz, donde el núcleo palpita.” El sacerdote solo recogió algunos efectos y, desoyendo los consejos, ascendió resueltamente la colina.

Era el anochecer, y las sombras de los árboles se estiraban a lo largo del sendero irregular. Johansen notó que cada piedra, cada estela carcomida que bordeaba la senda, presentaba inscripciones borrosas, caracteres cuyas ligaduras parecían abrir y cerrar pequeñas fauces. El viento traía consigo un aroma dulzón, pútrido, hueco como las promesas de la vejez. A cada paso, el aire se endurecía, y era como avanzar por una pesadilla lenta, los pies reacios y cada latido un tambor martilleando en el pecho.

La iglesia sobre la colina resultaba más imponente de cerca: un cascarón de basalto oscuro, extrañamente resignado, bordeado de ornamentos reptilianos y columnas que ascendían en espiral hacia el techo, abrazadas por líquenes que brillaban con iridiscencia monstruosa bajo la pálida luz lunar. Las puertas estaban abiertas, y en el interior resonaban más vívidamente los retazos de una música odiada que encadenaba la razón y arrancaba de los oídos cualquier resistencia. Johansen sintió que sus pensamientos se licuaban por segundo, una niebla asfixiante ocupando cada recoveco de lucidez.

Al fondo, más allá de los bancos volcados y el púlpito roído, una escalera de piedra se abría hacia las entrañas de la iglesia. La tentación era terrible, su instinto le susurraba huir, pero el sacerdote avanzó, coraza de rezos y crucifijo en ristre, descendiendo bajo la tierra, donde el frío no era físico sino espiritual. A cada peldaño, la luz era devorada por una negrura cuya densidad robaba el aliento. Y entonces, a la décima especie de descenso, la música cesó: un silencio vivo se apoderó de todo. Otras formas de sonido, ahora sí, empezaron a reptar, casi mudas: el jadeo distante de docenas de seres, el roce viscoso de carnes arrastrándose por la piedra, y una especie de farfulleo ancestral, anterior al lenguaje de los hombres.

Johansen encendió su linterna: lo rodeaban relieves en espiral, monstruosas efigies de criaturas abisales, tentáculos entrelazados y ojos que parecían girar incluso en la piedra. Al avanzar, la temperatura descendía y la presión sobre el pecho aumentaba, como si cada metro lo hundiera no solo hacia la tierra, sino hacia un pasado ignoto, sin dioses benevolentes ni redención.

Al final de la escalinata, la cripta reveló su verdadero corazón. Un vasto recinto circular, excavado brutalmente bajo la roca, sus paredes sumergidas en una penumbra surcada por brillos aceitosos que bailaban como flamas enfermas. El suelo era una amalgama de cráneos y huesos, tejida como un tapiz macabro bajo los pies. Y allá, en el centro exacto, un altar informe y rebosante de una sustancia gritona, negra y carmesí, con la textura de sangre mezclada con obsidiana.

Alrededor, unas figuras encapuchadas —docenas, quizá cientos— de ropajes desgastados y manchados por sigilos incomprensibles, danzaban en círculos discordantes. Sus cuerpos parecían haber adoptado una elasticidad malsana; brazos y piernas se prolongaban en nervaduras grotescas, y parte de sus rostros quedaba oculta entre vendas viscosas, apenas sugerida por las órbitas tan negras como bocas silenciosas. En sus manos, cada uno sostenía un fragmento de algo más antiguo que el hueso, máscaras talladas en piedra astillada, representando fauces, ojos, tentáculos y otras monstruosidades de origen imposible.

Había algo, sin embargo, que brillaba intensamente, un núcleo, un corazón repulsivo sobre el altar, un vórtice de carne que latía al ritmo de aquel cántico incalificable. La música no era melodía: era una invocación de geometrías locas, un temblor que recorría el aire y descomponía las líneas del espacio. Las figuras caían de rodillas, se retorcían, manaban fluidos de boca y ojos, y los huesos del recinto empezaban a resonar, agrietándose y desmoronándose con cada sílaba pronunciada en aquel lenguaje vetusto, herrumbroso y viscoso.

Johansen sabía, con certeza absoluta, que algo estaba despertando bajo sus pies. Lo sentía con la médula espinal: la irrupción de una conciencia otro, a la vez infinitamente lejana y tan presente como el dolor. Su visión se distorsionó y, por debajo de la carne, percibió la estructura palpitante de las cosas: tenía la impresión de que sus huesos iban a licuarse, que su voluntad sería arrastrada hacia el corazón babélico de aquel espanto. Y entonces, una voz brotó del núcleo, más allá del sonido, una vibración que atravesó el aire y las rocas, y penetró directamente en sus pensamientos:

“DEJA ENTRAR AL CAOS. LIMPIA EL TEMPLO DE LA ILUSIÓN.”

Johansen alzó el crucifijo, pero la madera se desmoronó en su puño, brotando savia negra, mientras los cánticos ascendían de tono. Los movimientos de los acólitos se hicieron frenéticos, azotando sus propios cuerpos, y algunos se desgarraban por la mitad sin emitir grito alguno, como marionetas de una fuerza que ya no pertenecía al mundo conocido. El altar vibraba, y del núcleo emergieron hebras palpitantes, tentáculos de carne y negrura que rozaban los confines de la bóveda.

El horror desbordó lo físico. Johansen fue tragado por la visión —había ciudades sumergidas en estrellas muertas, civilizaciones enteras nuevamente arrodilladas ante la monstruosidad primordial, y sacerdotes privados de todo rastro humano, danzando durante eones en torno a un dios ciego e indiferente, Azathoth, el núcleo pulposo de cuanto existe y existirá—. Las formas serpenteantes lo atravesaron y lo disolvieron hasta que sólo quedó su conciencia, prisionera en un esferoide imposible, sin periferia ni centro, un fragmento sangriento del caos absoluto.

Despertó en la mañana fría, tendido a la entrada de la iglesia, el cuerpo cubierto de sangre y barro. La aldea permanecía en silencio. Los aldeanos reconocieron en sus ojos el estigma y no articularon palabra. A partir de ese día, Johansen fue dejado de lado, convertido en sombra, y en las noches en que la luna llena dominaba la colina, a veces creía oír, bajo tierra, los distantes cánticos de los Sacerdotes custodiando el caos en el corazón de la cripta. Él lo sabía ya: la música nunca había dejado de sonar.

Y al final, se preguntó si los aldeanos no serían sino los últimos custodios humanos de un pacto sellado antes del tiempo, y si algún día Azathoth, a través de sus Sacerdotes, volvería a abrir la puerta de carne y piedra para arrastrar de nuevo al mundo a la asfixiante insensatez del núcleo primordial.

Hasta el día de su muerte, cada sombra fue para Johansen preludio del tamboril siniestro bajo la tierra, cada eco un recordatorio de la sangre y el terror, de aquello que aguarda sin forma ni nombre en el fondo de la noche, cuando los Sacerdotes de Azathoth, danzando en círculo, repiten palabras que atrapan el universo en su holocausto inmemorial.

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