Portada del relato El abismo que susurra
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Fragmento:


El océano es una religión, y de todas sus iglesias, R’lyeh es la más perversa.

Duración: 08:51

El abismo que susurra
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Texto de ajuste de pausa.

El océano es una religión, y de todas sus iglesias, R’lyeh es la más perversa.

Crecí para comprender las aguas como un lenguaje: oleaje por sílaba, abismo como pausa, presión como sentencia final. Mi encierro en el hospital costero de Arkham fue el resultado de una falla, una grieta por la cual se coló más oscuridad de la que mi mente podía drenar. Tengo las cicatrices en las muñecas como testimonios de mi intento de saldar la cuenta. Resultó que no era suficiente.

Todo empezó hace siete años en la cubierta de un barco de investigación noruego, el Vidar, en aguas prohibidas por mapas y supersticiones. Cuatro tripulantes: el capitán Ulrik, la bióloga Francesca, el ingeniero Hall y yo, Ling, oceanógrafo defenestrado, sin patria ni mar merced a mis propios demonios. Nadie llevaba crucifijos, lo cual en retrospectiva fue un signo funesto de confianza científica.

Habíamos partido con la intención honesta de sondar anomalías en las corrientes profundas, cartografiar fracturas de la corteza y extraer muestras de la vida abisal. Nos movía el hambre de descubrimiento, sí, pero también la compulsión suicida que acecha a quienes miran demasiado tiempo la cartografía de lo inhumano.

Las primeras señales fueron una melodía sorda por las noches. Al principio, la atribuí a la fatiga y al pasar monótono de la hélice a través de mares opacos. Pero pronto, incluso Hall dejó de bromear con sus cuentos de marineros locos, admitiendo escuchar “voces” bajo el rumor blanco. Francesca intentó registrar los sonidos, obteniendo sólo oscilaciones incomprensibles, cadencias de ultratumba que hacían vibrar la piel más allá del umbral auditivo.

El 23 de febrero, con el horizonte laminado por nubes opalinas, Francesca localizó una elevación anómala en el sonar. Una meseta —o algo así— a más de dos mil metros de profundidad, en la cuadrícula donde las cartas náuticas mostraban sólo azul puro, como si la tinta evitara pronunciar el nombre del monstruo. El espectroscopio reveló composiciones minerales inexistentes en cualquier registro conocido. El registro electrónico fue distorsionado, rayado con líneas caóticas que parecían haber sido garabateadas por manos bajo el peso de sueños febriles.

El capitán Ulrik, hombre templado en años y tempestades, vaciló. Recuerdo su tartamudeo: “Uansett, det er galt. Her er... feil.” No necesitaba traducción: Aquí hay algo equivocado.

Nos sumergimos al día siguiente, un descenso entre esquirlas de luz que se estrechaban mientras el silencio se espesaba en presión y temor. Viajamos en la cápsula batiscafónica "Nereida", junto a cables que crujían, rodeados por el espesor de una noche sin fin. Observé el rostro pálido de Francesca, la mandíbula de Hall apretada al límite, y la sombra del capitán, austera en la penumbra azulada.

A mil ochocientos metros, la cápsula fue golpeada por un reflujo: una ola inversa, como si algo hubiera exhalado desde abajo, insuflando vida a la muerte salina. Los instrumentos fallaron. En la estrecha ventanilla frontal vimos una forma imposible, una simetría escrutadora que no podía ser coral, ni roca, ni ninguna arquitectura plausible. Angulos ajenos a la geometría natural, puntales que se bifurcaban como huesos de un monstruo ciego, inscripciones en espirales y poliedros que traspasaban el concepto de alineación terrestre. Estábamos en la antesala de la tumba de R’lyeh.

Luces fantasmales ondearon, y pudimos distinguir anillos tallados en la piedra ahogada, con relieves tan antiguos que la propia corteza marina los veneraba. No debimos seguir. Francesca estaba tapándose los oídos con ambas manos, Hall era sólo un tambor sin sonido, y Ulrik rezaba en noruego algún extracto de la mitología nórdica, torpe, perdido, consciente de su insignificancia.

La transmisión con el Vidar se cortó en un chispazo de estática, y entonces “escuchamos” lo que descendía por aquellos corredores sumergidos: un lamento lento como el movimiento tectónico, una plegaria de burbujas, ecos de lujuria y hambre tan antigua que ni los océanos podían recordarla con precisión.

No puedo atestiguar el lapso. Recuerdo la sensación de ser vislumbrado por una entidad sin nombre, una matriz de ojos ciegos que filtraban la vida y el significado con una misericordia nula. Sentí que me desollaban, capa por capa, hasta que sólo quedó el miedo.

Volvimos a la superficie, y sólo entonces notamos el primer cambio. Francesca no articulaba palabras coherentes. Garabateaba con frenesí símbolos asimétricos, triángulos concatenados, fisuras espirales sobre su propio cuerpo. Hall no se separaba de la escotilla, murmurando “No despertéis al que sueña”, mientras Ulrik intentaba fijar la carta de navegación, pero los instrumentos ya no obedecían las leyes del norte.

Cayeron sobre nosotros lluvias de peces ciegos, arrastrados a la superficie por la convulsión abismal. Las aves marinas caían en picada, como salvas suicidas a un dios sumergido. Dormíamos solos, atados a nuestras literas, convencidos de que la oscuridad agazapada fuera de los ojos era menos real que la pulsante bajo el casco.

En una madrugada translúcida, Francesca desapareció. Hall y yo la buscamos, sólo para encontrar una compuerta abierta y marcas de pies descalzos llevándonos al extremo de proa. Había dejado sus dibujos, ahora impresos con lo que parecía sangre y betún, formando una constelación que sólo podía leerse de arriba abajo, de dentro a fuera. Para Hall, aquello era una carta de locura. Sus gritos se confundieron con el restallar de la tempestad naciente.

Y entonces llegó la llamada: un zumbido de frecuencias bajas mezclado con una voz demente que provenía del fondo, no de la radio. Una lengua prohibida, empapada en algas, fangos y olvido. Hall saltó por la borda, y en el escaso tiempo que tardó en ser tragado, juré ver una sombra en las aguas, tentacular, múltiple, conjurada del sueño de la propia tierra. Ulrik y yo la contemplamos, incapaces de gritar.

El capitán sólo repitió un nombre, uno que me niego a pronunciar incluso ahora.

Después de eso, sólo fragmentos: cadenas que se agitan en la noche, más voces entre las tuberías, una tormenta que no cede y que me arrastra de vuelta a la cápsula, solo. Ulrik desaparece entre plegarias. Me encuentro garabateando en mi propio brazo, en la pared, en el metal oxidado, buscando simetrías erradas que calmen el temblor.

Llega el último día. El agua ha entrado en la sala de máquinas —un aguacero ascendente— y veo, a través de la claraboya, la meseta emerger, respirar una bocanada. Es R’lyeh. Es la ciudad cuya arquitectura es pesadilla materializada, pirámides ondulantes y domos palpitantes. Nada humano sobrevivirá aquí. El coral es negro y refulgente, la piedra transpira y… canta. Un himno viscoso de palabras que infectan mi alma por las rendijas de la conciencia.

R’lyeh se alza, y en su ascensión succiona toda cordura. La realidad ondula. Veo a Francesca, descarnada, sumida en un éxtasis horrendo, con tentáculos en vez de lengua, que recita el verso letal. “Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.” Entiendo que no es una oración, sino una ecuación cósmica, un sello, un molde que obliga a la mente a desmoronarse.

Me arrastro por la pasarela, la piel erosionada, los ojos secos por el salitre interior. Gotea sangre negra, y, observando las ruinas, descubro que son templos y tumbas. No hay distinción; lo que los humanos separan como vida y muerte son sólo fases en un ciclo atemporal. Veo aguas que hierven, peces que mutan, nieblas de amoníaco, y cosas mayores que toda la suma de la creación humana deambulando con pasos que deforman la gravedad.

En ese umbral, mientras la ciudad se despliega y sus habitantes —omnipresentes e invisibles— se alzan, comprendo que el miedo no es más que el umbral de la verdad. Nuestra especie no es bienvenida, nunca lo fue. El mar se abre y yo desciendo, ya sin voluntad, con los ojos abiertos y la boca repleta de la letanía sin nombre.

Cuando la guardia costera encontró el batiscafo, lo hallaron estrellado contra una costa ajena, sin alma viviente a bordo, sólo los restos de dibujos tatuados y grabados en cada superficie. Nadie supo descifrarlos. Nadie, excepto yo, que escribo esto en la sala blanqueada del hospital entre náuseas y temblor.

Las noches aquí son más líquidas que el sueño. Sé que no soy el único receptor de la llamada. Otros, en otras costas, empiezan a oír la nota subacuática, la melodía de palabras que sólo pueden pronunciarse sin labios, sin corazón, sin cordura.

Porque R’lyeh, aunque sumergida, nunca olvida. Y cuando los abismos susurran, todos estamos ya muertos. Solo falta escuchar.

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