Fragmento:
El mar azul se había tornado un opaco acuario de sombras. Pese a sus peores corazonadas, Vilect decidió que nada detendría la entrega. Cuando finalmente el Intrepid alcanzó las misteriosas coordenadas, el sonar comenzó a chisporrotear enloquecido, como si una bestia ciclópea reptara allá abajo, trazando senderos en la infinita roca sumergida.
Duración: 07:53
Era una noche sin luna, tan oscura que el horizonte del Pacífico parecía tragarse el reflejo de cualquier esperanza. En la bodega húmeda del “Intrepid”, un carguero maltrecho con tripulación de mala reputación, Ulises Vilect recorría la lista de la carga mientras ardía en su garganta el ácido de la obsesión. Había vuelto a aceptar el alcance de una comisión misteriosa: entregar cierta caja—grande, chirriante y envuelta en sogas antiguas—a unas coordenadas a cientos de millas de la civilización. No sabía ni preguntó de dónde provenía el objeto, pero en el reverso del manifiesto había un grabado tan extraño como inquietante: un disco de bronce en el que serpenteaban figuras reptilianas, y en el centro, una efigie adormecida cuyas alas desgarradas sugerían un tiempo muy anterior a la humanidad.
La travesía, caliginosa y ronca de motores, se prolongó por días. Vilect no era el único entre la tripulación que sentía un escozor en la nuca al cruzar determinada latitud; marineros curtidos juraban que el agua allí “susurraba”, no el viento, sino el agua misma, capturando palabras que nadie deseaba comprender. Durante su tercer turno nocturno, el viejo Harker descendió al puerto del armador, sus pasos arrastrando ecos en la madera podrida.
—Capitán, el mar… Se oye moverse de manera extraña. Como si hubiera algo grande y lento allá abajo—murmuró, evitando cruzar la mirada con Vilect.
El mar azul se había tornado un opaco acuario de sombras. Pese a sus peores corazonadas, Vilect decidió que nada detendría la entrega. Cuando finalmente el Intrepid alcanzó las misteriosas coordenadas, el sonar comenzó a chisporrotear enloquecido, como si una bestia ciclópea reptara allá abajo, trazando senderos en la infinita roca sumergida.
Era medianoche cuando Harker, inquieto, sugirió deshacerse de la caja. —Hay algo dentro, capitán. He oído golpes, y risa, como viento dentro de bufandas viejas—.
Vilect, temerario por perverso orgullo o por la promesa de una paga imposible, rechazó la idea. Bajaron, sin embargo, la cháchara a susurros y aguardaron la señal en la superficie. Fue entonces cuando el agua comenzó a vibrar con una dulce canción, imposible de atribuir a ballena o tormenta, sino más bien a una lengua que nunca fue pronunciada por bocas humanas.
Horas después, y sin aviso, el mar se abrió con una lentitud criminal. Surgió una estructura de ángulos torcidos, de geometría contradictoria, tan vasta que las proporciones mismas parecían cambiar conforme se miraba. Los marineros cayeron de rodillas, incapaces de enfrentarse al horror pavoroso de la ciudad—R’lyeh.
De inmediato, el aire se espesó con olor a ozono y podredumbre marina. Algo en las profundidades emitió un bramido bajo, volcánico, como si las piedras rezaran borrachos de fiebre. Desde la superficie de la ciudad emergía una multitud de ídolos y relieves, todos dirigidos hacia el mar abierto. Y allí, desde la escotilla, apareció lo que no debía existir: una sombra, larga y desmembrada, que reptaba entre nubes, desplegando alas fragmentadas como un manto de pesadillas.
Uno de los marineros, Andrews, no soportó más y se arrojó al agua como guiado por un faro macabro. La tripulación, presa de un estupor abrumador, observó cómo Andrews descendía entre burbujas hacia la base de la ciudad, allí donde titilaban los fuegos fatuos. Pronto ni su sombra quedó.
Harker comenzó a balbucear rezos olvidados. Vilect, descarnada parodia de líder, fue el primero en abrir la caja. Lo que encontró allí, envuelto y sellado, era una máscara; una máscara de filigrana, oro y obsidiana, facciones distorsionadas que recordaban las pesadillas babilónicas: frente alta, ojos abismales y una boca partida en una mueca que no era ni sonrisa ni llanto, sino lo que sentiría un dios tras contemplar la verdadera naturaleza del universo.
El viento empezó a girar, girar y ulular con palabras hendidas en un idioma innombrable. Uno por uno, los tripulantes cayeron de rodillas, viéndose forzados a mirar una danza que se desplegó al pie de la ciudad: una procesión ambulante de criaturas, sombras aladas y tentáculos como ramas marchitas. En el centro, una figura gigantesca, rodeada de aves putrefactas y bestias gimientes, danzaba y reinaba sobre una corte de demonios y loco júbilo.
Pazuzu, susurró Harker, y Vilect sintió que la máscara se fundía a su mano, obligándolo a vestirla. La visión se deformó: los cielos giraban en una vorágine de insectos, ratas maltrechas y niños gritando. Pazuzu danzaba, no al ritmo de la tormenta, sino en comunión con el titán adormecido bajo las losas del abismo. Los relieves en la ciudad empezaron a temblar, y uno por uno prendieron en luz verde espectral.
En una lengua tras otra, los nombres de todas las plagas, la peste, la guerra y la muerte, resonaron. Vilect supo con escalofriante certeza que la máscara, aún no adherida a su cara, le permitiría ver el pasado y futuro de todos los presentes. Pero también lo condenaría a una eternidad encadenado en la memoria de los dioses abisales.
Un chillido perforó el aire mientras Harker, enloquecido, trataba de arrancar la máscara de las manos de Vilect. El viento, que ya tenía nombre, Pazuzu, golpeó al viejo contra los relieves de la ciudad. Vilect tartamudeó, sintiendo colarse en su mente pensamientos ajenos, imágenes de ciudades imposibles, de tormentas que forjaban continentes y de alas negras que sojuzgaban el cielo.
De pronto la ciudad retumbó, como si algo colosal hubiera girado en su lecho. Una grieta se abrió bajo el Intrepid y el barco comenzaron a hundirse lenta pero inexorablemente. De las grietas emergían vapores, figuras translúcidas y tentáculos que buscaban toda vida.
Vilect no recordaba cómo fue que la máscara terminó en su rostro, ni cómo se sintió la fusión con aquel ente malévolo, pero súbitamente la visión cambió. Flotaba entre mundos, entre las ruinas de Babel y las selvas corruptas de antiguo Mesopotamia, siguiendo el campo de batalla de pestes y demonios, un ejército de alimañas arrasando imperios.
La ciudad misma de R’lyeh empezó a cantar, con una voz grave cuyo tono sólo podía escucharse en sueños. Pazuzu se inclinó ante el altar central y, con gesto lastimero y lleno de odio, apuntó al cielo. De la profundidad emergió la silueta de un titán: ojos de incendio, piel hecha de limo y estrellas, boca soñadora y terrible. La cabeza de la criatura —acaso Cthulhu mismo— giró hasta fijarse en Vilect y, por primera vez, la mascara en su cara tembló.
No existía lugar donde esconderse, ni palabra posible que frenara lo inminente. Vilect sintió cómo su cuerpo se disolvía, mientras Pazuzu le susurraba los secretos de la peste y la locura, y la ciudad abrazaba el naufragio del Intrepid, absorbiendo los gritos de aquellos que aún resistían.
En los instantes finales, Vilect descubrió un último horror: a pesar de toda su resistencia, no podría morir. Su alma y su carne estaban en adelante atadas a la máscara, a Pazuzu, y a la ciudad que duerme y sueña bajo las olas.
La última visión que tuvo antes de desvanecerse fue el rostro hendido de pazuzu, sonriendo entre relámpagos alados sobre la frente de Cthulhu, una alianza impensable: demonio y primigenio, dispuestos a surcar el mundo cuando llegue la marea correcta.
La ciudad volvió a sumergirse, las olas devoraron el Intrepid. Nadie recordaría a sus tripulantes. Pero en las noches donde el viento aúlla sobre el Pacífico y los relámpagos bailan sobre un punto vacío del mar, los pescadores que se acercan aseguran oír arrastrar en el fondo una risa, y ver bajo las aguas alas enormes e insectiles, mirándolos con nostalgia voraz.
Y si alguna vez se atreven a hundirse tan solo un poco más, encuentran, medio enterrada en los corales, la máscara negra de Pazuzu. Nadie, sin embargo, ha osado ponérsela, y menos aun mirar hacia la ciudad que sigue danzando bajo el océano, esperando.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.