Fragmento:
El texto aludía a una ciudad sumergida, que duerme bajo el mar, construida por entidades cuya naturaleza no correspondía a ninguna taxonomía humana —ni siquiera animal— conocidas. Nombres retorcidos, relatos de sueños infectados, y la promesa (“la amenaza”, pensó Lee, con un escalofrío) de que lo dormido ha de despertar cuando los astros sean propicios.
Duración: 10:10
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Las olas se agitaban con una furia antinatural aquella noche, espumosas y gruesas, arremetiendo una y otra vez contra el maltrecho costado del “Black Narwhal”. El navío, un arrastrero canadiense que en tiempos prósperos había surcado el Atlántico en busca de bacalao y halibut, llevaba días a la deriva, víctima de una avería inexplicable cuando su radar comenzó a emitir chillidos sordos y estáticos justo después de divisar una masa ingente e irregular emergiendo con languidez de las profundidades. John Bell, su capitán, llevaba doce noches sin dormir más de dos horas —y siempre soñando con cosas verdes, viscosas, palpitantes— cuando la oscuridad pareció adquirir dimensiones materiales, trepando por sobre la proa y cubriéndolo como un sudario.
El resto de la tripulación, cinco hombres curtidos y un chirriante radiotelegrafista polaco, callaba demasiado. Hablaban apenas lo imprescindible, mirándose de reojo, como si temieran que el menor murmullo pudiera atraer la mirada de aquello que dormía allá abajo, bajo las olas y los esquemas conocidos de la razón. La temperatura del aire había descendido, impregnando el acero con una humedad de ultratumba que parecía morderles los huesos con dedos entumecidos. Y sobre la cubierta, en la imponente pauilidad de la noche polar, sólo el chasquido del mástil, el paulatino goteo del agua y los murmullos de pesadilla del océano.
Fue esa noche, mientras el reloj marcaba las tres —una hora que repugnaba a cualquier supersticioso— cuando el marinero islandés llamado Magnus, enloquecido quizá por el insomnio, la presión claustrofóbica y las extrañas pesadillas compartidas que iban como pestilencia de camarote en camarote, saltó de repente a la orilla de la frágil barandilla. “¡Devolvedlo!” —gritó, agitando en la mano un amuleto de piedra— “¡Por los dioses del abismo, hemos de devolverlo!”. Nadie supo cómo había conseguido aquel objeto: una figura informe, brillosa con humedad primigenia, de líneas tentaculares y no euclidianas, imposible de sostener la vista más de un par de segundos antes de sentir vértigo y náusea. Magnus arrojó el amuleto al mar, y antes de que nadie pudiera socorrerle, una ola antinatural —en forma, en furia, en sonido— se alzó y lo engulló sin dejar rastro.
El doctor Lee, hombre delgado y de aspecto académico contratado para tareas de investigación oceanográfica, fue quien primero ató cabos. Esa tarde, removiendo cajas en la bodega, halló un libro encuadernado en piel de foca ajada, con inscripciones indescifrables que recordaban, de manera oscura, a las formas del amuleto. Algo le hizo abrir el volumen, y pronto, los garabatos y extraños dibujos arcanos cobraron un sentido ominoso: “R’lyeh. Latet anguis in herba. Dormit, sed surget. Fthagn.”.
El texto aludía a una ciudad sumergida, que duerme bajo el mar, construida por entidades cuya naturaleza no correspondía a ninguna taxonomía humana —ni siquiera animal— conocidas. Nombres retorcidos, relatos de sueños infectados, y la promesa (“la amenaza”, pensó Lee, con un escalofrío) de que lo dormido ha de despertar cuando los astros sean propicios.
A partir de aquel día, los eventos a bordo del “Black Narwhal” adquirieron carácter de pesadilla progresiva. El telegrafista polaco, Nikodem, quien solía comportarse con cinismo burlón, fue hallado encogido en la sala de radio, murmurando una letanía gutural en un idioma ajeno al polaco o al inglés, escribiendo en las paredes con su propia sangre la palabra “Cthulhu”, repitiéndola hasta la extenuación visual. No respondía a nombres ni gritos. El médico de a bordo sugirió sedación, pero nadie pudo reunir el valor para acercársele. Un halo de frío putrefacto rodeaba aquella sala ahora clausurada.
Las noches, desde entonces, ya no fueron simples intervalos entre dos días. Hubo breves momentos de duermevela, lubricados por una inquietud ilimitada, en los cuales la tripulación compartía imágenes similares: estatuas ciclópeas de piedra negra, escaleras que descendían por kilómetros arrancados de la lógica y que llevaban a criptas en las que palpitaban tentáculos translúcidos, como entrañas expuestas a la luz de lunas imposibles. El océano, por momentos, parecía latir, no como un mar agitado por el viento, sino como el pecho colosal de un moribundo arcaico.
Una tarde, el radar volvió a emitir pitidos. Lee, el capitán Bell y dos marineros se arriesgaron a asomarse por la proa del barco. Lo que vieron fue peor que todo lo soñado: el agua había cambiado; era más densa, y se agitaba con un ritmo que no correspondía a ninguna marea ni corriente conocida. A lo lejos, emergiendo con la parsimonia de lo apático, de lo eterno y cansado, comenzaron a aflorar fragmentos de piedra pulida, cubiertos de musgos abisales y caracoles de formas innombrables. Era, sin lugar a dudas, arquitectura, pero negaba en sus ángulos y proporciones toda geometría natural. Algunos bloques parecían estar tallados de un solo golpe titánico, otros, amontonados sin lógica alguna; se veían columnas truncadas, portales que desembocaban en abismos negros, y, en el centro, apenas insinuado entre olas que parecían recular con deferencia, un monolito hendía el aire empapado.
Nadie quiso hablar; el marinero inglés, Walter, se santiguó y murmuró un versículo de la Biblia. Bell murmuró: “Dios… Dios no está aquí. Aquí no…”. Lee cerró el libro y se retiró al camarote.
Esa noche, el buque comenzó a derivar hacia esa ciudad emergida. Las brújulas y el GPS fallaban, como si fuerzas superiores a la ciencia jugaran con los axiomas de la física a su antojo. En determinado momento, todos los relojes se detuvieron, y sólo el movimiento de las estrellas, incoherentes y nuevas, dominaba el cielo —una constelación fractal y ajena.
Los sueños de la tripulación ya no fueron sueños propiamente; se trataba de una colonización mental. Veían figuras ciclópeas, de brazos y tentáculos refractados por la bruma, avanzando entre estalactitas de coral ancestral. Veían humanos, devorados o convertidos en algo que rezaba en círculos de lenguas verdes, entre cánticos graves y voluptuosidad abisal. Y en el centro, bajo el monolito, dormitaba —o fingía dormir— una presencia viscosa de ojos que brillaban menos que la oscuridad que los rodeaba.
Lee, presa de una compulsión insana, descendió solo del barco en mitad de la noche, sin alertar a los demás. El agua —en realidad, una mezcla cenagosa de líquido y membrana, como el vientre del mundo animal— le permitió vadear hasta uno de los umbrales de piedra. Todo era siniestromente silencioso, salvo un rumor subterráneo, como si millares de voces emplearan el agua como conducto oral.
El umbral devoró a Lee con una espontaneidad casi naturalista. Era un corredor, primero, y más allá, un pozo en espiral que descendía por lo que se sintió como días, las paredes cubiertas de runas palpitantes, en donde formas de vida —medusas, cangrejos traslúcidos, criaturas fósiles y larvas— se arrastraban en procesión hacia el fondo, impulsadas por algún designio colectivo. Lee ya no tenía voluntad. Cuanto más avanzaba, más sentía que su cuerpo resonaba con el pulso de la ciudad. Finalmente, llegó a una gran estancia, una anti-cúpula hundida bajo el océano, donde un altar yacía lleno de huesos humanos —que, en ese estado de mutación mineral y perversa, le parecieron fragmentos de otro tiempo o lugar—. Todo estaba cubierto de una capa viscosa, que exhalaba un hedor de amoníaco añejo y yodo.
Detrás del altar, yacía Él. El sueño de R’lyeh, el padre de todos los sueños y pesadillas: el Gran Cthulhu. Era más grande de lo que la mente humana podía concebir, y a la vez, imposiblemente pequeño, plegado en sí mismo como una larva de mar en una concha de nácar. Sus ojos —sí, había ojos, o vacíos de materia cuya función era observar— se abrieron de golpe cuando la sangre de Lee, al tropezar y caer contra el altar, empapó la piedra ceremonial. Todo en la estancia vibró: los musgos mudaron de color, las runas giraron, y de los huesos brotaron tallos que exudaban gases alucinogénos.
Al instante siguiente, Lee desapareció, o al menos dejó de poseer forma que un humano pueda describir. Se convirtió en parte de ese altar, del suelo palpitante y de las voces que comenzaron a llenar la estancia con lamentos y plegarias oscuras. R’lyeh había recibido a uno más.
Al exterior, la tripulación enloquecía. Walter saltó por la borda entre gritos de júbilo y terror, y se dice que su carcajada se escuchó hasta la mañana siguiente en algún rincón de la metrópolis sumergida, cubierta de babas. El capitán Bell sólo alcanzó a ver, en un último y fugaz destello de conciencia, cómo la ciudad parecía respirar, expandirse, y moverse hacia la superficie. Fue entonces que el “Black Narwhal” crujió como si lo apretaran manos invisibles, y toda su estructura se partió con el ruido de miles de huesos siendo triturados.
El mar engulló todo vestigio del navío.
Amaneció sobre un mar plano, y sólo las gaviotas, inquietas y rabiosas, rondaban la región donde alguna vez el “Black Narwhal” agonizó. Nadie encontró jamás restos, ni cuerpos, ni siquiera una mancha de grasa o madera flotante. Lo único que llegó semanas después a la costa de Terranova fue una piedra negra, cubierta de musgo verde, con inscripciones que rivalizaban en horror y belleza con las pesadillas de un mundo dormido.
Cuentan los pescadores, aún hoy, que cuando las nieblas descienden sobre el atlántico y los motores de las embarcaciones comienzan a fallar, una silueta gigantesca marchita la luna y bajo el agua se oyen voces polifónicas, riendo con la voz de Magnus, llorando con el tono polaco de Nikodem y rezando en una lengua que nunca ningún hombre ha contado en las pesadillas de la humanidad.
Y en lo profundo, bajo nuevas estrellas alzadas en glorias mortecinas, R’lyeh sueña y no descansa. Porque uno de los suyos, un hombre de la superficie, le ha mostrado el camino de regreso.
Pese a los rezos y a las brújulas rotas, todos sabemos ahora que la ciudad que duerme, un día despertará. La siguiente vez, será para siempre.
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