Portada del relato La maldición de Greylock House
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Fragmento:


No soy un hombre especialmente asustadizo, pero algo en aquel patrón —pausa, golpe, pausa, golpe doble— me heló la sangre. Bajé con la linterna en mano; la luz temblaba sobre los cuadros familiares, cuyos ojos parecían seguirme con reproche. En la sala, ante la chimenea, encontré el suelo polvoriento removido. Y en la ceniza seca, había huellas. Huellas de manos, como si una criatura pequeña hubiera arrastrado sus dedos por el polvo en un gesto de ciego reconocimiento.

Duración: 10:40

La maldición de Greylock House
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Texto de ajuste de pausa.

Querido Avery,

Me temo que esta carta, la primera que te escribo desde la mesa baja del ático de mis padres, será, a su modo, una confesión. Acepté custodiar la casa durante el verano, creyendo encontrar poco más que soledad y polvo, tal vez una pizca de añoranza. Ahora, preso del insomnio y una ansiedad que no alcanzo a nombrar, siento la necesidad de registrar mis experiencias; no sea que, al relatarlas, disipen su mismo poder sobre mí.

Sabes bien cómo es Greylock House, a las afueras de Westfield: la fachada herrumbrosa, los álamos que parecen susurrar en cada brisa, el aroma terroso del jardín que mi madre ama tanto y que mi padre detesta en silencio. Creí poder aprovechar la quietud de este santuario familiar para escribir, pero lo que encontré fue otra clase de literatura: cartas, decenas de ellas, escondidas en una cavidad detrás de la chimenea del ático.

No recuerdo quién me habló antes de esas cartas, pero sé que nunca las busqué. Tropecé con ellas casi por accidente, cuando una tabla del suelo cedió bajo mi peso y reveló la mancha oscura donde los ratones han hecho su nido. El paquete estaba envuelto en un paño azul, ennegrecido por la suciedad y la humedad. Al abrirlo encontré las cartas, ordenadas con una pulcritud casi obsesiva: papel bond amarillo, la tinta azulada ya desvaneciéndose, las direcciones escritas en una caligrafía temblorosa pero hermosa.

No envié este primer mensaje de inmediato. Esperaba poder escribirte sobre el progreso de mi novela, pero estas cartas parecen haberme hechizado. Me pasé la noche leyéndolas, con la lámpara titilando cada vez que el viento pasaba por los ventanales. Eran casi todas de una tal "M. E.", dirigidas a alguien llamado "C", fechadas a lo largo de apenas un par de años, entre 1948 y 1950. Fueron pocos los detalles explícitos: la mayor parte eran descripciones de noches largas y soledad, referencias furtivas a presencias extrañas en la casa o en el bosque y… una incómoda fascinación por "los que regresan", frase que se repetía con alarmante insistencia.

Hay un pasaje especialmente perturbador del 3 de noviembre de 1949:

"La neblina se arremolina al pie del sendero, los ojos de la criatura se abren en la oscuridad. Mis cartas son faros, C. No dejes de responder, pues uno de estos días cruza la linde y, si no lee tu mano sobre el sobre, no volverá a marcharse."

Intenté dejar las cartas, pero al poco rato sentí el impulso de volver a ellas, como quien retorna a un dolor punzante sólo por convencerse de que aún está ahí.

***

Avery,

Perdona la brusquedad, pero necesito plasmar lo que ocurrió anoche. Terminé de leer cerca de las tres de la madrugada; la tormenta arreciaba y parecía que la casa entera crujía como un cascarón a punto de reventar. Me había quedado dormido en el sobrepiso, rodeado de papeles, cuando el golpeteo insistente de la lluvia fue reemplazado por otro sonido: tres golpes secos, perfectamente rítmicos, que parecían provenir de la chimenea tapiada de la sala.

No soy un hombre especialmente asustadizo, pero algo en aquel patrón —pausa, golpe, pausa, golpe doble— me heló la sangre. Bajé con la linterna en mano; la luz temblaba sobre los cuadros familiares, cuyos ojos parecían seguirme con reproche. En la sala, ante la chimenea, encontré el suelo polvoriento removido. Y en la ceniza seca, había huellas. Huellas de manos, como si una criatura pequeña hubiera arrastrado sus dedos por el polvo en un gesto de ciego reconocimiento.

No sé si supe entonces que esa no sería la última vez, o si el miedo disipó toda esperanza de racionalidad. Esta mañana, apenas clareó, traté de analizar con lógica lo ocurrido: podría haber sido cualquier cosa, me mentí, incluso roedores. Pero el espacio entre los dedos era demasiado ancho, la impresión demasiado humana.

***

Avery, sé que esto empieza a carecer de sentido, pero debo continuar con la crónica.

A las cartas originales les he añadido mis propias anotaciones, a la manera de un estudiante de teología observando los primeros evangelios. El patrón se repite: cada vez que "M. E." escribe sobre la neblina y "los que regresan", menciona también un incidente físico: una mancha en las paredes, un susurro audible, una sombra que cruza veloz el campo de visión periférica.

Decidí escribirle yo mismo a "M. E." por puro impulso, un simple "¿Quién eres?" en una hoja nueva, que introduje en el mismo sobre y escondí en la cavidad tras la chimenea, tal como la encontré. El acto fue impulsivo, pero al hacerlo sentí una suerte de liberación. Al realizarlo, el aire de la casa pareció densificarse, como si me hubiese inmiscuido en un ritual cuya existencia ignoraba, pero que seguía reglas más antiguas que mi propio temor.

Esa noche soñé. Soñé que la casa era infinitamente larga, que los pasillos se retorcían y que, al final de cada uno, había una figura sentada a la mesa, garabateando febrilmente en un bloque de notas. De su rostro no puedo recordar nada, salvo los ojos: demasiado abiertos, demasiado atentos, como si esperaran una respuesta. En el sueño, todos los sobres tenían mi nombre, pero la caligrafía era de mi madre.

***

Hoy, tras dos días sin novedad, encontré una carta nueva.

No puedo expresar la sensación sin caer en el melodrama, pero la letra era idéntica a la de "M. E.", sólo que mucho más temblorosa, como la de una mano paralizada por el frío. El papel estaba fresco, claramente nuevo. El mensaje consistía en una única línea:

"¿Recuerdas el nombre de la sombra en el ventanal?"

Me sentí invadido, sobremanera. Cerré todas las puertas, dispuse sillas contra el picaporte del salón, y me armé con el mayor cuchillo de cocina disponible. Apenas me atreví a mirar por las ventanas, porque en todas las cartas había una referencia importante, casi obsesiva, a las figuras que se asoman desde fuera, justo donde la luz interior no las alcanza, observando en silencio.

Por la noche, sentí la presión constante de una presencia al pie de la cama. No vi nada, pero el colchón se combó con un peso que no era el mío. El aire olía a papel mojado y a tinta rancia. No dormí. Me mantuve quieto, con los ojos clavados en el techo, mientras el tiempo parecía detenerse en la espera.

***

Querido Avery,

La siguiente noche trajo consigo un cambio. El teléfono sonó poco después de la medianoche. La línea chisporroteó, y del otro lado, quien fuera (quiero pensar que era una persona) mantuvo un silencio absoluto durante casi un minuto entero. Apagado el teléfono, creí escuchar el golpeteo familiar, esta vez fuera, desde el porche. No bajé. Me aferré a los folios, como si fueran escudos o amuletos; terminé por dormitar apenas unos instantes antes de que el sueño se volviera imposible.

El miedo al principio fue animal, puro instinto; ahora hay algo más conceptual, una impresión de estar siendo observado no solo física, sino intelectualmente, como si la casa y yo compitiéramos en un juego mental cuyo objetivo era adivinar los próximos movimientos del otro. Las cartas, sin embargo, han cambiado. Ahora, entre las hojas originales, han empezado a aparecer plurales, palabras presagiando multiplicidad: "estamos", "venimos", "regresamos". Y siempre: "¿Responderás esta vez? Alguien debe contestar, para que la noche termine".

Leí los diarios de mi abuelo —sé que era un hombre difícil, paranoico, pero en esas páginas había señales de lo mismo: "no dejes que respondan por ti", repetía en varios pasajes, "y si recibes correspondencia en la niebla, quémala antes de abrirla".

***

No recuerdo haber escrito otra carta después de la anterior, pero esta mañana encontré una hoja de mi puño y letra en el cajón del escritorio, dirigida a "M. E.", pero con palabras que no reconozco del todo:

"He visto, como tú, la procesión de figuras en la niebla. Les escribo cada noche para que dejen de golpear la chimenea. Pero nunca se sacian, y cada línea los atrae más, como huellas en la ceniza que nunca se borran. ¿Debo escribirte aún, M. E.?"

Esto empieza a volverse intolerable, Avery. Si he de volverme loco, que al menos quede el registro de cada paso. Pienso sellar esta carta y guardarla con el resto, esperar un día más, y luego irme a la ciudad, aunque sea por unas semanas. Pero antes, he de saber qué hay en la cavidad secreta tras la chimenea.

***

Anoche, Avery, fui al lugar maldito. Armado con mi linterna, los folios y una cuerda de esas de tendedero (no sé por qué, sentí que necesitaba algo mundano a lo que aferrarme), abrí por completo el hueco en la madera y metí la mano. Palpé sobres, algunos fríos, mojados. Al fondo, rozando apenas los nudillos, algo húmedo y blando. Saqué de allí una última carta, distinta de todas: la caligrafía más anticuada, la tinta marrón por el óxido y algo que no quiero imaginar. Tenía mi nombre, Avery, M. A. Hoster, no sólo una inicial sino todo el nombre, como una sentencia.

No tuve valor para abrirla esa noche. La dejé en la mesa del comedor y dormí con la puerta atrancada.

***

Hoy, con la primera luz, la abrí.

Su contenido era breve:

"Siempre hemos estado aquí, y lo estaremos siempre que alguien recuerde escribir. La casa es papel, la tinta, memoria; tú eres el sobre. No respondas, salvo que quieras unirte al ciclo."

A mí alrededor, la casa estaba increíblemente quieta, como esperando. Sentí la urgencia de escribir y apenas pude resistir. Cada vez que pienso en las cartas, deseo más escribirlas, contestar, jugar mi parte en la correspondencia perpetua. Sospecho que quien cede lo hace para siempre, que la verdadera locura no es la presencia sino la perpetuidad del acto: escribir y responder en un eco infinito.

Quizás este registro sea mi única salvación, Avery.

Quizás, al enviártelo, te pase a ti el peso, la tentación, el eco de la tinta. No abras la carta que te llegue de Greylock House; no respondas, aunque sea tu propia mano la que parezca implorante en el sobre.

Si lees esto, prende fuego al papel y reza porque la tinta no siga rezumando bajo la puerta.

Tu amigo,

M.

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