Fragmento:
Te redacto ahora esto porque escribirlo parece, de algún modo, contenerlo, aunque sólo sea por minutos: las palabras parecen ser diques ante la inundación que amenaza con arrastrarme. No comparto esto contigo para ahuyentar fantasmas sino porque temo perder la razón incluso antes de que llegues la semana entrante –por Dios, ven cuanto antes–. Pero, sobre todo, si algo me ocurre, que este registro sirva para atestiguar que nada, de lo que aquí te relato, es invención ni sueño.
Duración: 09:21
Querida Antonia:
Te escribo con la determinación angustiada de quien busca auxilio y, sin embargo, duda de encontrarlo. Quisiera no inquietarte, pero todo esto es demasiado. Como recordarás, la herencia del tío Aurelio cayó sobre mi vida con la fuerza de un vendaval mal encauzado; su vieja casa de piedra en Segovia, frente al cementerio, siempre nos dio a ambas un frío indefinido en el estómago durante las visitas infantiles. Ahora ese frío no cesa ni con té caliente ni mantas dobladas, y la causa se escapa a toda razón.
Llegué hace seis días, y ya me avergüenzo de haberme reído contigo, por teléfono, del retablo de santos negros y tapices ajados con el que tanto solía asustarnos Aurelio. Al instalarme, las ventanas gemían y cada paso se repetía en eco por los suelos de madera, pero confié en que, poco a poco, la tranquilizadora rutina se abriría camino entre esas paredes. Craso error. Desde la primera noche, una sensación viscosa de no estar sola me acompaña hasta en el cuarto de baño.
Te redacto ahora esto porque escribirlo parece, de algún modo, contenerlo, aunque sólo sea por minutos: las palabras parecen ser diques ante la inundación que amenaza con arrastrarme. No comparto esto contigo para ahuyentar fantasmas sino porque temo perder la razón incluso antes de que llegues la semana entrante –por Dios, ven cuanto antes–. Pero, sobre todo, si algo me ocurre, que este registro sirva para atestiguar que nada, de lo que aquí te relato, es invención ni sueño.
***
Primera noche.
El reloj de cuerda sonó perezoso a medianoche. En la penumbra de la alcoba, algo crujió más de lo habitual. Debía ser el cambio de temperatura, quizá el tejado. Pero cuando la melodía pausada se detuvo, escuché unos pasos claros desde el corredor, como de una criatura ligera, y, después, un roce áspero contra la puerta. Pensé en gatos callejeros, aunque no recordaba haber visto uno desde mi llegada. Aún así, mi instinto me ordenó callar y apagar la luz. Al hacerlo, sentí, nítidamente, una presencia tras el paño de la puerta, como un corazón oscilando en la penumbra.
No dormí. Amanecí entumecida, convencida de que había soñado. Imagina mi sorpresa cuando, bajo la aldaba, encontré restos de barro húmedo que no estaban la tarde anterior y un hilo de seda negra, grueso, chillón, tan extraño como fuera de lugar.
***
Segunda noche.
Intenté distraerme con los viejos volúmenes de Aurelio, llenos de notas en los márgenes, muchos en latín o francés arcaico. El sonido de la lluvia en las tejas era casi familia.
A la una y veinte, mientras repasaba una carta sin enviar de Aurelio —en la que hablaba de “un invitado que nunca se va” y de “miradas a través de la ventana desde el camposanto”—, oí, ahora con claridad, como si una garra repasase las vetas de la madera exterior de la casa, desde el suelo hasta la altura de la ventana de mi cuarto. Luego, un golpe sordo, y los relámpagos revelaron durante un segundo una silueta deforme, casi humana, pero desproporcionada. No logré ver el rostro, sólo la huella de una mano de dedos alargados en el cristal empañado y su rastro verdoso.
Me repetí que era el cansancio y la humedad. Sin embargo, en los próximos días, de seguir esto así, temo no distinguir la vigilia de la pesadilla, Antonia.
***
Tercer día.
La sensación de estar observada se ha hecho continua. El poste del farol del cementerio cruza a veces, de madrugada, una sombra que en nada se parece a las normales. Descubrí, mientras limpiaba el cuarto de Aurelio, un pequeño cofre bajo su cama. Es de hierro, pesado, y dentro había sólo papeles encerados y una carta inacabada dirigida a “quien herede este peso”. En ella pedía perdón por un “vínculo restaurado” que nunca debió forjar, y detallaba la leyenda de un “Custodio” de la medianoche, una entidad que según la historia local protege el cementerio… sólo a cambio de que su mortal vecindad sea habitada. Nadie debía vivir frente a ese lugar más de tres noches seguidas, rezaba el manuscrito, para no despertar la benevolencia torcida del Custodio.
¿Te imaginas que esté sugestionada, Antonia? Te parecerá ridículo, pero medité irme la noche del tercer día. No lo hice. Quizá quieras llamarlo orgullo. O estupidez.
***
Cuarta noche.
La luz eléctrica falló cerca de las dos. Me armé de una linterna y me refugié en la cocina. El reloj de la pared, sin cuerda, marcaba la una, y comprendí que el tiempo en esta casa, de alguna manera, se deformaba como la luz oscura en los sepulcros mojados.
En el ventanal sur, del lado que da al cementerio, aparecieron marcas: líneas cruzadas, repetidas, un símbolo parecido a la letra omega invertida, como si hubieran sido trazadas por algo puntiagudo, o quizás por un clavo manchado de tierra.
Temblando, te juro que sentí las palabras de Aurelio, cuando de niñas advertía: “No os asoméis cuando las ánimas vengan a contar huesos”. Y, tras el farol, la figura volvió a asomar, más corpórea, la cabeza ladeada en un ángulo antinatural. El terror alcanzó ribetes físicos, Antonia, —me dolía el pecho como si un nudo fuera a desgarrarme. No me atreví siquiera a gritar. Supe que si lo hacía… algo irrevocable sufriría.
***
Sigo anotando los hechos porque mi cordura depende de este registro. Ya no como con apetito. Apenas duermo. Mi reflejo en el espejo carece del brillo acostumbrado.
La quinta y sexta noches, me levanté varias veces desvelada. Los pasos y roces se han vuelto casi familiares. Anoche, el cuchillo más largo de la cocina apareció en la mesa, cubierto de barro fresco, y en su hoja estaba grabada la misma figura que la que apareció en la ventana: ese omega invertido.
Al alba, decidí terminar de revisar los papeles del cofre. Entre ellos había una especie de diario de Aurelio, donde confesaba, nombre por nombre, a los familiares que le precedieron en el uso de la casa. Según él, algunos caían en extrañas dolencias tras pasar más de una semana aquí. Otros, simplemente desaparecieron. Hay menciones a pactos con “fuerzas de la frontera”, y extractos de cartas bruscamente rasgadas o borradas, como si hubiera aquí más de lo que se atrevía a poner por escrito.
Una nota aparte, casi ilegible, decía: "El Custodio reclama tu atención, sólo cuando la soledad de la casa lo permite. No estarás sola si conversas, si ni siquiera en la mente guardas silencio. Si callas, responde. Si respondes, escucha. No te atrevas a cerrar los ojos cuando él llama."
***
Última noche.
Te escribo ahora con la mano temblorosa. Afuera se escucha la voz de un viento desnudo, pero sé, con certeza, que no es viento. Viene del cementerio y serpentea hasta los cimientos de la casa, estremeciéndola hasta el tuétano. La figura tras el vidrio ya no huye ante la luz. Esta noche la he visto claramente, erguida, esperándome, como si estuviera a punto de celebrar nuestra inevitable cita.
Antes de que amanezca, subiré a la buhardilla, donde, según el último apunte de Aurelio, “el bucle puede cerrarse”. ¿A qué se refería? ¿Acaso el Custodio sólo puede ser mirado de frente en ese lugar, a la hora señalada, para terminar el ciclo? Todo mi ser se rebela ante la idea de subir, pero siento que si permanezco aquí abajo, en la cocina, tarde o temprano la puerta cederá, y ya no podré contar nada.
Me llevo esta carta y la dejo, bajo el plato del reloj de la sala, para que la encuentres si no regreso. No deberías venir, Antonia, ninguna de las dos debimos quedarnos tanto tiempo. Pero si lees esto, márchate sin mirar atrás, y deja que el viento y la lluvia devoren la casa.
Tuya,
María
***
Querida tía Antonia:
Soy Lucía. Al llegar, la abuela no estaba, como sospechaste; la busqué por todas partes salvo la buhardilla, que estaba cerrada. Leí la carta que encontré bajo el reloj y reconozco (ahora recuerdo esa risa tuya cuando hablábamos de los cuentos viejos), tuve miedo de leerlo todo de un tirón: fue tu obsesión con esos temas la que siempre me parecerá entrañable.
He sentido cosas extrañas por la noche, pero intento mantenerme ocupada y hablo en voz alta para que la casa no “escuche” demasiado mi silencio. Sobre todo, al pasar junto al ventanal sur, evito mirar el cementerio.
No sé si tendré valor para subir a la buhardilla, pero la llave está aquí, en mis manos. Si algo me ocurre, si descubro algo, escribiré de inmediato, para que el ciclo no quede sin romperse. Siento un temblor en la voz, no al escribir, sino al recordar:
– ¿De veras la abuela sólo perdió la razón, tía, o acaso… no regresó jamás?
Con temor y amor (y ansias de verte pronto),
Lucía
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.