Fragmento:
Desde la grieta donde el aire respira azufre y limo, noticias me han llegado de tu sangre. No olvides la oración sibilina en el pliegue del pergamino, ni el nombre que sólo pronuncian los que han nacido del cieno y del sueño. Pronto, con la luna negra, abrirás la trampilla oculta tras la chimenea y verterás la sangre fresca en el cuenco de hueso, sin que miren los ojos de los vivos. El eco de los que aguardan más allá de los álamos escuchará tu clamor y renovará la protección sobre nuestra estirpe.
Duración: 12:23
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar consejo, y no creo encontrar un hombre de ciencia, ni siquiera de aquel selecto círculo a quien me vinculó la amistad juvenil, que pueda escucharme con atención honesta, si no con credulidad. Ud. recordará bien, sin duda, nuestras veladas especulativas en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic; a menudo discutía, con no disimulada sorna, mis estudios sobre ciertas tradiciones rurales y las sombrías leyendas de Nueva Inglaterra. Ahora eso mismo, que entonces consideraba fuente de inagotable ironía, me impulsa a escribirle como quien arroja un mensaje desde un abismo que aún no sabe si pertenece a la locura o a la muerte.
Permítame, pues, sin más preámbulos, adentrarme en el terrible asunto que acucia mi pluma.
En mayo pasado recibí una carta de cierta Miss Edith Fernandes, una remota y lejana sobrina de mi difunta esposa, residente en la inhóspita villa de Dunwich. Le confieso que aquel nombre, tan cargado de siniestra reputación entre los estudiosos de lo oculto, avivó en mí ecos de terrores antiguos, aunque mi raciocinio intentó ahogarlos bajo pilas de escepticismo y risa fácil.
La carta de la joven era prolija y angustiada. Me suplicaba ayuda para resolver lo que ella llamaba “una maldición familiar que despierta con cada luna negra”, advirtiendo de inexplicables sucesos en las horas muertas; portazos sin viento, voces infantiles tras paredes de piedra, y no pocas veces, “una humedad podrida que gotea por la escalera aun en la sequía más cruel”. Miss Fernandes, acorralada por aquel ambiente malsano, imploraba mi consejo.
El natural escepticismo esgrimido por nuestra formación de hombres doctos me detuvo en dry dock algunos días, hasta que recibí un segundo mensaje unas semanas después; esta vez su caligrafía era trémula y la tinta, desbordada y casi ilegible, testimoniaba un pánico mal contenido. Decía haber encontrado, en el sótano de la casa, una antigua y polvorienta caja de correspondencia amarrada por correas de cuero. “Las cartas están fechadas entre 1823 y 1859 —escribía—, dirigidas a una tal Lavinia Whately. ¿Debo leerlas, tío? Algo me dice que no, pero hay… hay voces en mi cabeza que susurran lo contrario.”
No pude resistirme. Sintiéndome arrojado a un destino fatal, respondí con premura y, en un arranque de inquietud, le sugerí no abrir la caja hasta mi llegada.
Viajé a Dunwich el 24 de junio. La villa permanecía ajena a las décadas, envuelta en esa niebla perenne de los valles y encaramada sobre una tierra que parecía rechazar, directamente, el sol y la luz. Los hombres y mujeres me miraban desde umbrales podridos y susurraban mientras pasaba. La casa, antaño propiedad de la familia Waite, surgía al final de una arboleda maldita, resollando a través de postigos carcomidos y hollín ancestral.
Miss Fernandes, ojerosa y tiritante, me recibió en el atrio. “La caja —me dijo apenas cruzaba el umbral— aún está abajo. Pero no aguanto más esta presencia. Noto que algo acecha entre los tablones, que un resuello húmedo repta de noche.” Decidí, pues, que fuera cual fuera el contenido de la caja, lo averiguaríamos juntos; tal vez solo libros polvorientos, o la correspondencia de una anciana solitaria.
No fácilmente trasmito en palabras humanas la opresión y las vibraciones malsanas que se adueñaron de mí a medida que descendíamos los escalones cubiertos de un limo negruzco y frío. El sótano exudaba una bestialidad de milenios geológicos, una cuchillada en la membrana misma del tiempo.
La caja, reseca y mugrienta, nos aguardaba bajo la luz trémula de un farol. La entreabrí. Dentro, cartas dispuestas con obsesivo esmero, ensobradas en pergamino teñido de amarillo y atadas con hilo de cáñamo, formaban un bloque ominoso y funerario. Ninguna llevaba remite; todas ostentaban, en su anverso, letras retorcidas que entrelazaban el nombre “Lavinia Whately”.
Mientras abríamos la primera, recuerdo sentir el implícito desconsuelo de un aire repentinamente más gélido, como si tras los muros se arrastrase un aliento quejumbroso e invisible.
Transcribo aquí la más significativa, datada octubre 3 de 1829:
“Muy querida hija de la noche y la soledad,
Desde la grieta donde el aire respira azufre y limo, noticias me han llegado de tu sangre. No olvides la oración sibilina en el pliegue del pergamino, ni el nombre que sólo pronuncian los que han nacido del cieno y del sueño. Pronto, con la luna negra, abrirás la trampilla oculta tras la chimenea y verterás la sangre fresca en el cuenco de hueso, sin que miren los ojos de los vivos. El eco de los que aguardan más allá de los álamos escuchará tu clamor y renovará la protección sobre nuestra estirpe.
Que la noche te envuelva, L.”
Me estremecí. La caligrafía parecía reptar y mutar bajo la luz vacilante del farol, los bucles de las letras retorciéndose como raíces bajo el lodo. Miss Fernandes, pálida como la leche, trajo a colación haber soñado, más de una vez, con una trampilla oculta tras la chimenea antigua. Yo, imbuido de un irracional terror, me negué a seguir leyendo, mas Edith, poseída por oscura fascinación, desató el paquete entero y siguió extrayendo cartas. Todas replicaban aquella misma voz, transmitiendo instrucciones litúrgicas para cada luna nueva, cada solsticio.
A las pocas horas, cuando la noche nos envolvía, oímos los susurros —escasos y guturales al principio, luego crecientes— que parecían nacer del suelo bajo nosotros. “No son ratas”, musitó ella; “he oído roer a ratas, pero esto… esto es como masticar de gárgolas”. Decidí inspeccionar la chimenea mencionada en la carta y, junto a ella, noté en la pared una losa de pizarra incrustada. Ayudados por una palanca, la removimos no sin esfuerzo; tras ella, una trampilla de roble con inscripciones en lenguas tan arcaicas que sólo entreveía ecos de los glifos que, en el Necronomicon, Abdul Alhazred adjudicaba a antiguas civilizaciones sumergidas y perdidas.
La trampilla cedió. Un tufo a orina animal, tierra devorada y ázoe inmemorial nos envolvió. Edith, temblando, me demostró un cuenco de hueso allí oculto, así como restos de cuerdas podridas y huesecillos de ave y rata. No hallamos sangre, pero algo, en el fondo de aquel receptáculo, latía con la tibieza de una promesa ignorada.
Ambos, dominados por un horror atávico, bloqueamos la trampilla y regresamos arriba, decididos a quemar la correspondencia, la caja y todo vestigio del pasado. Sin embargo, no bien encendimos la chimenea en la sala principal, una sombra vagamente antropomorfa se agitó en la penumbra, formándose y disolviéndose al compás de la llama. Por un instante, el aire apestó a higos fermentados y sal, y una voz, anciana y rotunda, repitió, como una letanía, fragmentos de esa maldita carta: “…sin que miren los ojos de los vivos. El eco de los que aguardan más allá de los álamos…”.
Pasamos la noche en vela, los ojos ardiendo de ansiedad mientras temores larvados corcoveaban más allá de los postigos. A las tres de la madrugada, los susurros reaparecieron, ahora más incisivos, y la llama del hogar vaciló, estirándose en figuras horrendas. Vi, lo juro a usted por la tumba de mis ancestros, que un brazo de tiniebla emergía de la chimenea y tanteaba el aire como una lengua horrenda y famélica. Edith gritó y se desmayó de espanto.
Al amanecer, la casa entera rezumaba una podredumbre nueva y pestilente. Edith no despertó hasta bien entrado el mediodía; y, aunque su cuerpo respiraba y se movía, sus ojos eran opacos y vacíos, tan carentes de vida como los de una muñeca abandonada. Yo busqué, por todo Dunwich, la ayuda de un médico; nadie se atrevió a franquear el umbral.
Durante semanas, la joven vegetó en un estado de sopor helado. Al intentar marcharnos, tropezamos con la hostilidad de los aldeanos, que insistían en que “el mal, una vez despertado, exige su precio”. Nos forzaron a permanecer, a la espera de la próxima luna nueva.
El día fatídico llegó con lluvia intermitente y vientos de tumba. Edith, apenas una sombra de sí, devoró la correspondencia primera y, ardiendo de fiebre, descendió al sótano con el cuenco de hueso. Trastornado de horror, la seguí. Ella, imbuida de una fuerza ajena, recitó palabras imposibles, que la lengua humana apenas puede articular. La losa de pizarra se deslizó sola, y el aire enloqueció en un estallido de susurros y risas de ultratumba.
No diré, querido amigo, lo que vislumbré en ese negro antro bajo la casa. Sólo puedo describir tinieblas palpitantes, ojos fosforescentes brillando desde una masa informe —algo que cruzaba el umbral entre lo vivo y lo muerto, lo humano y lo inhumano. Edith vertió su propia sangre en el cuenco, y la masa la absorbió con apetito glotón.
La criatura (¿debo llamarla así?) retrocedió, satisfecha, hacia el abismo bajo el suelo, y el ambiente tembló en una atmósfera de vacío y frío polar. Edith cayó de rodillas y un olor a ozono y marisma lo cubrió todo.
Esta remisión de la pesadilla duró sólo unas horas. Aquella noche, la casa respiró por sí misma: los muros exhalaban vapores, las puertas gimieron bajo caricias de garras invisibles. Y Edith, de nuevo, recayó.
Desde entonces, cíclicamente, el horror retorna, atado a la luna negra y a la sangre de la única descendiente de los Whately que aún reside bajo ese techo. Me doy cuenta, con espanto, de que me he convertido no sólo en testigo, sino en cómplice involuntario del rito.
Adjunto parte de la correspondencia hallada, traducida y copiada a mano; ruego la estudie con la mayor discreción, pues su filiación con ritos prehumanos, para-lovecraftianos —si se me permite el neologismo— puede ser invaluable para la antropología oculta.
Me despido, pues, en el umbral de mi propia razón, esperando su pronta y esclarecida respuesta. ¿Será cierto, Harold, que algunas linajes no son sino vestigios de pactos inmemoriales, sellados con tinta de pesadilla y sellos del más allá?
Le saluda,
Nathaniel Hawthornes
Providence, Rhode Island.
8 de octubre de 1927.
Mi querido Nathaniel:
He leído tu carta con creciente desazón y el manuscrito adjunto con avidez rayana en el pavor. Lo que atestiguas excede la mera superstición y se acerca, dolorosamente, al núcleo mismo de las especulaciones netamente “lovecraftianas” que tan a menudo burlé en nuestra juventud.
Permíteme prevenirte: no existe método racional para tratar estos vestigios de liturgia abisal. ¡Quema la caja y abandona Dunwich mientras puedas! Recuerda siempre que la correspondencia más peligrosa no es la escrita con letra humana, sino aquella dictada en horas innombrables por bocas que ninguna carne mortal alberga.
Estoy dispuesto a ayudarte en lo que esté en mi mano —no para racionalizar el horror, sino para poner tierra de por medio. Insisto: ¡huye!
Con paternal aprecio,
Harold Winslow
Dunwich, 19 de octubre de 1927.
Dr. Winslow,
Mi tío ha desaparecido. La noche de luna negra, escuché cómo abría la trampilla y murmuraba con… con algo bajo la casa. Ahora solo quedan cartas, muchas más, y la voz bajo el suelo me llama por mi nombre: Edith, Edith… ¿Qué hago?
Por favor respóndame. No soporto más el eco en las noches. Y no hay fuego ni llanto que pueda ahuyentar lo que aguarda más allá de los álamos.
Edith Fernandes
Se dice que la última carta de Miss Fernandes nunca llegó a su destinatario. La casa de Dunwich fue demolida tiempo después, pero algunos insisten en que, cuando la luna nueva desciende, aún se escuchan susurros bajo la tierra, y una humedad antiquísima brota de las ruinas, como si toda carta escrita pudiese, un día, encontrar su respuesta en la boca misma del abismo.
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