A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus pensamientos, y encontré, en cambio, el espasmo obsceno de lo que habita bajo el mundo.
Aquel verano mi padre murió de la misma fiebre que le incapacitó los dos últimos inviernos, así que la herencia fue un apartamento antiguo en la ribera del Miskatonic, junto a un hospicio de animales cuyas campanas resonaban cada atardecer. Tal vez no era el lugar ideal para un escritor incipiente, pero la extraña hospitalidad de la vecindad me sedujo; ofrecidos como figuras grises en el umbral de edificios retorcidos, los habitantes advertían sobre los vientos salinos de la costa, más allá del camino de losas negras que ninguna bestia de Ulthar se dignaba a cruzar.
Se decía, en noches turbias, que los presagios bailaban entre los aleros como herrumbre viva. Nadie precisaba mucho más.
Mi jornada comenzó la tercera noche, cuando los faroles titilantes me llevaron junto a un pastor de gatos, un hombre anciano de semblante ahuecado y voz de nácar ciego. Se hacía llamar Atriel, y su única pretensión era vigilar, desde Ulthar hasta la ribera, los movimientos de sus felinos acólitos. Tal vez era el vino o la fatiga, pero la forma en que los ojos de los animales le devolvían la mirada, como quien escudriña a un igual, me perturbó. Relataba Atriel historias de los antiguos navegantes que oían los coros de la tempestad desde sus navíos podridos, donde la espuma adoptaba formas que desafiaban la razón, danzando en torno a obeliscos apenas visibles en la penumbra, honrando nombres rotos como Azhorra-Tha.
Las palabras tomaron cuerpo venenoso cuando, un anochecer tras la lluvia, divisé en la costa fragmentos de arquitectura sumergida. Las columnas emergían como vértebras grises y el rumor de miles de campanillas marinas golpeaba mis oídos, aun en calma chicha. Si fue por valentía o estupidez, avancé hacia la marea menguante. Los gatos, en procesión fosforescente, abandonaron el umbral del hospicio, quedando como islotes de mirada expectante al borde de la ciudad, interponiéndose entre mi cuerpo y la playa. Aquello, lo supe después, fue la última advertencia misericordiosa.
Salvé el trecho de dunas y, en el borde del agua, las piedras ennegrecidas me obligaron a un paso circunspecto. Pisarlas era como pisar las vértebras de una bestia monstruosa, dormida pero latente. Allí descubrí, semiocultos bajo algas y arena, los bajorrelieves: imágenes impías de criaturas batracias, de rostros bifurcados, manos membranosas y cuerpos que nunca habrían debido compartir el espacio con nuestra especie. Los jeroglíficos que rodeaban las escenas, aún húmedos, parecían bullir. Alcé la vista. El horizonte hervía; no era el movimiento natural de la brisa. Era una mano titánica apretando el mar desde dentro.
No fui capaz de dar la vuelta. La noche asaltó la costa con una velocidad con la que ningún crepúsculo se había atrevido hasta entonces. El aire se volvió espeso, acre, hinchado de sales no terrestres. Fue entonces cuando los vi. Primero una sombra, luego un temblor, y tras eso el alarido que nunca olvidaré: la música honda, repetitiva e imposible que sólo podía ser hecha por cuerdas vocales ajenas a toda carne conocida. Las figuras surgieron de la espuma negra, abultadas y brillantes como las ranas de fango, pero de tamaño y mente innombrables.
Eran los Profundos, aquellos que los abades de Ulthar sólo mencionaban en murmullos cuando el viento era propicio o cuando caía la quinta campana de medianoche. Retorcían entre sus manos trozos de coral con inscripciones que mi mente rechazaba, y sobre sus dorsos gemían lastimosas criaturas, a medio camino entre el hombre y el crustáceo. Sus ojos, como orbes sin párpado, se fijaron en mí con una mezcla de antiguo poder y odio metódico. Eran ceremoniosos en su avance, y uno de ellos portaba una campana cubierta de limo perecedero y piedras preciosas.
La marea subió; no huí. La visión me retuvo. En torno a una formación semicircular de piedra —el recuerdo nefasto de un templo—, realizaron un rito atroz. No eran rezos, sino la evocación de algo mayor; un ser o concepto, "Azhorra-Tha" —la Voz del Olvido—, surgió de sus cánticos. Y entonces la forma: desde las honduras se irguió una sombra aún menos explicable, sin formas fijas y con grietas horadando su célula central como si el propio abismo soñara con morir gritando.
La aparición produjo un estrépito de relojes averiados, relojes cuya cuenta regresiva carcome a los vivos. Percibí en mi cráneo, como cien dedos húmedos, mensajes sin idioma; una invitación a unirme, a desintegrarme en su éxtasis efervescente de mineral y vértebra. Quise rechazarlo, pero estaba perdido: los seguidores de Azhorra-Tha no levantan altares, los son. Mi garganta palpitó como si un coral la atravesara; sentí mis ojos dilatarse hasta ver colores sangrientos que sólo existen en el terror. A duras penas recuerdo cómo regresé tambaleante a la ciudad, cruzando apenas el umbral donde Atriel aguardaba en compañía de sus felinos guerreros. No me amonestó; sabía que todo intento de persuasión era fútil.
Dos noches después, el hospicio de Ulthar fue hallado desierto. Los gatos, fuentes tradicionales de poder en la región, habían partido, dejando tan sólo husos de pelo y una campana oxidada sobre la puerta. Nadie volvió a escuchar los maullidos ni las risas de la ancianidad; la zona se volvió estéril y, pronto, los residentes huyeron de la región, prefiriendo la miseria a la insidiosa sensación de ser observados desde la costa resplandeciente. Yo, portador de la visión y la memoria fragmentada, me oculté de la luz diurna. Escribía, presa de tics y palabras nunca aprendidas, relatando en hojas sueltas los símbolos que aún me asaltaban el sueño. Un círculo, por ejemplo, de trece ojos, y un salmo mutilado sobre la luna deteriorada.
El horror persistía en las noches de luna llena, cuando la marea alcanzaba el extremo del camino de losas: mi carne, impelida por reminiscencias ajenas, se tensaba irremediablemente hacia la orilla, impulsada por la sed tornasolada de lo desconocido. Ya no temía a los Profundos, sino a la entelequia de Azhorra-Tha; un dios o un sumidero del mundo, ansioso por rebajar la consciencia humana bajo el nivel del coral muerto. Lo supe luego, por la última catástrofe: una mañana, Ulthar entera fue sumida bajo un banco de niebla pútrida. Los forasteros nunca más se atrevieron a recorrer sus calles, y sólo algunos pescadores enloquecidos afirmaban, entre susurros aciagos, que desde el vientre de la ría surgían campanadas ilegibles, como si el propio tiempo vibrara al unísono con la llamada.
Atrincherado en mi estudio, esperando la llegada de la espuma —del sigilo húmedo en la ventana—, sólo me queda escribir para conjurar la atmósfera viscosa que se insinúa, deletérea, en mis pulmones. Los gatos, si es que existen aún, me rechazan, apenas sombras huidizas bajo la luna estropeada; no soy bienvenido ya ni en la compañía de los guardianes. He de asumir —y al escribir esto siento a los Profundos congregándose bajo mis pies— que será cuestión de horas, días acaso, el caer por completo bajo el influjo del canto.
Quien lea estas palabras, preste atención a las señales: altares cuyo eco viene del mar y no de los hombres; campanas sin badajo y gatos que huyen sin causa. Sobre todo, no cruce, por ningún motivo, el camino de losas negras al caer la quinta campana. Pues hay presencias demasiado antiguas que no desean nuestra comprensión, sino nuestra carne y nuestros sueños, para resucitar con flamígera tempestad los nombres que se arrastran bajo nuestra realidad.
Así concluye, por mi temblorosa mano, el testimonio de lo que nunca debió salir de la espuma. Si las piedras negras vuelven a brillar bajo la marea, recuerde: es la devoción de los huesos, no la de los hombres, la que las mantiene intactas.
Y si escucha, en la tormenta, el tañer de campanas ahogadas, sepa que ni los gatos, ni las oraciones, podrán salvarle. No llame. No mire hacia el mar. Ruegue por el silencio. Pero sobre todo: no sueñe jamás con Azhorra-Tha. Porque el sueño es el umbral, y el umbral siempre reclama a su heraldo.
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