Fragmento:
El relato de Harrow se convertía, página a página, en un descenso hacia la locura. Describía imágenes oníricas —carpas titilantes junto a ruinas sumergidas, criaturas antinaturales danzando ante tronos de huesos barnizados, una biblioteca entera de libros sellados con cadenas que se movían como si respiraran—. El Susurrador, decía Harrow, no tenía sitio fijo, sino que “se manifiesta donde la realidad vacila, donde las debilidades humanas invitan a la ficción a mezclarse con la sustancia de la materia”.
Duración: 08:50
Debo comenzar mi relato con una advertencia, aunque sé que pocos hombres osarían continuar leyendo después de siquiera vislumbrar las verdaderas dimensiones de mi experiencia. Quien prosiga tendrá los cabellos encanecidos por una noche de terrores, y aun así sus nervios jamás volverán a estar en paz. Solo pido que, si alguna vez mis palabras caen en manos ajenas, recen por mi alma y traten de evitar el lugar maldito sobre el que he de escribir.
Mi nombre es Edwin P. Gaul, y todo esto comenzó en la ciudad de Arkham, durante los días crepusculares de un otoño particularmente lluvioso. Era yo por entonces un joven archivista en la Biblioteca Universitaria de Miskatonic, entregado más por vocación que por ambición a los secretos oscuros de la literatura. Aquella temporada, una serie de donativos había aportado a nuestro sótano infinidad de cajas olvidadas, polvorientas, enmohecidas, procedentes del desván de una mansión Derramouth largamente deshabitada.
Recuerdo la persistente neblina tras los cristales, el golpeteo constante y monótono de la lluvia, y el áspero olor de la madera húmeda de aquel sótano. Rebuscando entre tomos y papeles corroídos, hallé una caja menos polvorienta, como si alguien la hubiese trasladado recientemente. Su tapa cedía bajo el más leve toque, y lo primero que atrajo mi atención fue un libro envuelto en tela negra: grueso, manuscrito, y con una grafía minuciosa y prieta.
El lomo rezaba: “Fragmentos de una confesión prohibida – Arthur Harrow, 1889”.
Me atreví a abrirlo impelido por una mezcla de curiosidad y vaga repulsión. La primera hoja llevaba una advertencia: “Quien lea esto, que sepa que nada podrá desleerlo. Teme, pues… no solo por tu cuerpo, sino por tu mente.” Esas palabras, inútilmente melodramáticas, incluso me hicieron sonreír. Pero no tardé en descubrir que Harrow no bromeaba.
Las primeras páginas relataban su vida en la mansión de los Laughton, remontándose a antiguos rituales traídos de Europa. Sin embargo, lo que verdaderamente me intrigó fue un pasaje, varias páginas después, que mencionaba: “El circo de las quimeras innombrables, que se alza en los intersticios olvidados entre los sueños y la vigilia, cuyo director es Aquel al que llaman El Susurrador.”
El relato de Harrow se convertía, página a página, en un descenso hacia la locura. Describía imágenes oníricas —carpas titilantes junto a ruinas sumergidas, criaturas antinaturales danzando ante tronos de huesos barnizados, una biblioteca entera de libros sellados con cadenas que se movían como si respiraran—. El Susurrador, decía Harrow, no tenía sitio fijo, sino que “se manifiesta donde la realidad vacila, donde las debilidades humanas invitan a la ficción a mezclarse con la sustancia de la materia”.
Aquella noche no pude dormir. La lluvia aporreaba los postigos, y mi mente recreaba, agigantándolas, las monstruosas imágenes relatadas por Harrow. Hubo un momento en que juré percibir un susurro —apenas nada— entre el repiqueteo de las gotas. No sé bien si fue entonces cuando mi destino se selló; solo sé que a partir de esa noche comencé a soñar, noche tras noche, con ese extraño circo.
Al principio mis sueños eran vagos, casi insustanciales. Pero poco a poco iban ganando nitidez. Carpas negras y doradas, espectadores sin rostros y sin ojos, actos imposibles: acróbatas desmembrándose y recomponiéndose en el aire, domadores que sojuzgaban criaturas invertebradas y grises como masa de carne y polvo. En el centro de todo, un hombre —aunque no podría afirmarlo sin dudar— de enorme estatura, envuelto en una capa de terciopelo que parecía absorber la luz. Nunca lograba verle el rostro, tan solo una boca amplia, sonriente, que susurraba.
Prácticamente dejé de vivir fuera de aquellos sueños. Apenas comía, apenas respondía a mis colegas. Empecé a escribir, compulsivamente, copias de los fragmentos de Harrow, e incluso el bibliotecario jefe me advirtió varias veces sobre mi deterioro físico. Sé que debí reaccionar, buscar ayuda, quemar el manuscrito… pero no podía dejar de leerlo. Sentía —sentía con absoluta certeza— que una verdad primordial se escondía en aquellas páginas.
En cierto momento, a la mitad del libro, Harrow mencionaba una localización: “Bajo la lluvia perpetua, cerca de las piedras hendidas en la vieja colina, allí donde los álamos malformados crecen, se alza la biblioteca de los sueños rotos”. No pude resistir la tentación. Arkham poseía, en su periferia, una colina desde la que se divisaba toda la ciudad vieja. Tomé una linterna, y, bajo una lluviosa noche, ascendí por los matorrales espesos y el lodazal resbaladizo, guiado por una fuerza que no supe, ni quise, controlar.
Al llegar, encontré las piedras partidas, grises, cubiertas de líquenes. Los álamos, deformes, se retorcían hacia el cielo como si quisieran escapar de la tierra. Jadeando, buscaba cualquier señal—una puerta, un símbolo, algo. Y entonces lo oí: un susurro entre el rumor de la lluvia, palabras apenas audibles, ritmos que me parecieron insólitamente familiares.
—Gaul… Gaul… Abre la puerta de los sueños rotos.
De algún modo, una losa giró bajo mis pies y mis recuerdos se vuelven borrosos. Solo sé que descendí por una escalera de piedra, tan antigua que parecía modelada por otras manos y otras épocas. Calcé mi linterna y descendí hasta una vasta cripta, una biblioteca de dimensiones imposibles, colmada de anaqueles retorcidos que se perdían en la altura y el vacío. Cada libro tenía un candado en forma de boca, dentada y húmeda; cada uno exudaba un sutil vapor plateado. En el centro del recinto, sentado en un trono de cartas de circo ennegrecidas y huesos, aguardaba El Susurrador.
Su rostro era imposible de enfocar; tenía demasiados ojos, demasiadas bocas, una sonrisa larguísima que se estiraba vertical y horizontalmente. No caminaba ni se alzaba; flotaba, girando sobre sí mismo, a la manera de un títere cuya cuerda invisible estremecía todo alrededor. El Susurrador me tendió la mano —¿o fue la lengua, la pata, algo aún menos humano?— y dijo con claridad extrema:
—Lee.
No pude resistirme. Tomé un volumen al azar, lo abrí mientras el candado de boca murmuraba y rechinaba. El texto que leí era ilegible, pues parecía desplazarse bajo mi mirada, pero todo mi ser comprendía su significado mientras mis ojos sangraban lágrimas negras. Eran historias: confesiones de culpas indecibles, sueños abortados por el horror, vidas encadenadas a terrores sin nombre. Leía y leía, mientras el Susurrador reía, y con cada página sentía perder uno de mis recuerdos, de mis amores, de mis colores.
No sé cuánto tiempo pasó. Sé que me arrastré fuera de esa biblioteca imposible con el alba, empapado y fangoso, con la boca reseca y sangrante, y cien canas súbitamente en mis sienes. Sentía que algo se había ido para siempre de mi interior.
De regreso, encontré la biblioteca vacía; el manuscrito de Harrow había desaparecido. Nadie recordó haberme visto nunca con tal libro. Mi existencia fue, desde entonces, un lento hundimiento en la desesperación. Intenté narrar mi experiencia a un sacerdote, que se limitó a recomendarme reposo mental; fui a ver a un estudioso de lo paranormal, que me trató de embaucador. Las noches las paso temiendo el sueño, y, sin embargo, cada noche regreso a esa biblioteca prohibida, y cada noche El Susurrador me obliga a leer y releer otras vidas, otros terrores.
Hoy busco a cualquier alma valiente o miserable lo bastante insensata como para escuchar mi relato, alguien que destruya —si logra hallarlo— ese funesto manuscrito. Sé, sin embargo, que la cadena no se romperá. La biblioteca de los sueños rotos existe en el subconsciente de Arkham; los álamos deformes siguen creciendo, las piedras hendidas marcan la entrada, y un día otro curioso abrirá la caja negra, leerá aquellas líneas, y entonces…
Entonces, El Susurrador hallará un nuevo lector. Y lo que quede de ese alma, formará parte de los volúmenes con candado, y la boca del libro adquirirá un nuevo nombre impreso en saliva y sombra: uno, como el mío, irremediablemente ligado a la biblioteca que devora sueños.
Si has leído hasta aquí, temo por ti, amigo lector. Escapa de la lluvia, no vayas a la colina, y si sueñas esta noche con carpas titilantes y carcajadas inhumanas, recuerda: algunos libros nunca deben abrirse, y algunos nombres deben ser olvidados. Pero si ya has oído el susurro… no podrás escapar. La biblioteca te espera, e incluso ahora, mientras las palabras se escriben solas en mi lugar, mi rostro desaparece… y tú empiezas a soñar conmigo.
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