Estimado señor Ralston:
No espero que recordéis mi nombre sin esfuerzo. Han pasado quince años desde aquella anodina reunión en la biblioteca de la universidad, y soy plenamente consciente de que, entonces, no era nadie especial para usted, ni podría haberlo sido. Sólo era “el sobrino de Russell, el chico tímido que tartamudeaba” ante la autoridad de los colegas y los adultos. Ahora, sin embargo, me dirijo a usted por necesidad urgente, buscando en la memoria de su experiencia algún atisbo de explicación, alguna brizna de consejo, que pueda ayudarme —¡necesito ayuda!— a descifrar lo que ocurre en la mansión Lakewell.
Escribir es difícil; las frases se me escapan, las manos me tiemblan y hay, fuera de esta puerta, algo que roe y resopla, como si sus uñas buscaran la grieta que aún le impide entrar. Debo comenzar desde el principio, aunque me es arduo decidir por dónde. Si no son las palabras exactas, pido disculpas: a veces, me dejo llevar por la visión de la baba deslizándose, deformando los marcos de las habitaciones, acercándose a los peldaños de la escalera.
Hace poco más de dos meses recibí una carta de mi tía Leonora. Siempre fue excéntrica, pero esta vez la caligrafía era tan nerviosa que la reconocí con horror, y no con cariño como antes. “Álvaro, ven pronto —decía— han despertado algo aquí. El lago negro avanza bajo la casa”. Mi reacción, al inicio, fue de inquietud filial, mezclada con el escepticismo que la familia, en privado, siempre reservó para las locuras de la tía. Sin embargo, no pude convencerme de que eran desvaríos de senilidad, pues cada línea parecía latir con una desesperación tangiblemente auténtica.
Las dos semanas siguientes, la correspondencia se tornó aún más extraña. Anotaciones en los márgenes, frases inconexas sobre “la sombra en el muro del ático”, “las luces en el lago” y, sobre todo, la insistente mención de un “mandoble” —una palabra que, en este contexto, parecía fuera de lugar— que, aseguraba, debía encontrar y destruir.
Decidí viajar hasta Lakewell, tras recibir un telegrama del ama de llaves: “Le ruego venga. La señora se encierra y rechaza la comida. Ruidos extraños en la noche. Estoy aterrada”.
Lakewell nunca fue una mansión acogedora. Su fachada de piedra ennegrecida por la humedad se levanta frente a un lago de aguas densas, tan perfectamente inmóviles que algunos aldeanos le atribuyen la inmortalidad de una tumba. Al llegar, la bruma apenas dejaba entrever las ventanas majestuosas y, tras llamar varias veces, fue la propia tía quien me abrió, con ojeras como brechas.
“Álvaro, has venido. Escucha bien: no debes quedarte después de la luna nueva.” Eso fue lo primero que me dijo, y no quiso abrazarme. Me condujo deprisa hasta su estudio, donde los muros estaban cubiertos de hojas de papel, bocetos y libros abiertos en páginas de grabados inquietantes. Ahí estaba el ama de llaves, la señora Crane, sentada en una esquina, apretando un rosario de cuentas quebradas.
“Dile que mire el muro y las tablas— las tablas del ático”, susurró mi tía, señalando no un sitio concreto, sino a la propia Crane, que asintió sin decir palabra.
Estuve en la casa varios días, y la primera noche, exactamente a las tres y cuarto, un chillido bajo y gutural me despertó. Pensé que sería la tía, pero la encontré dormida en su silla, con las manos crispadas sobre un libro abierto a una ilustración ilegible. Sin embargo, la puerta del ático crujió al pasar entre los tramos sinuosos del pasillo sobre el lago, esa parte de la casa que siempre olía a turba y que, ahora, parecía que se curvaba hacia la orilla aceitosa.
Durmieron en la casa esa primera noche tres personas: mi tía, la señora Crane y yo. Después de unos días, la sirvienta huyó. En la segunda noche, mi tía empezó a escribir frases fragmentadas en los espejos. Espejos: uno de ellos amaneció manchado con lo que parecía una grasa oscura, y otra noche con las marcas, perfectamente delineadas, de una mano deformada. Pregunté a Leonora, que solo repetía: “No les mires si arrastran la baba”.
Fui tanteando por la casa, obsesionado con los papeles y libros abiertos; vi que la palabra “mandoble” aparecía en un libro martirizado por la humedad, entrecruzada con nombres extraños y fechas. Supe que debía buscar el mandoble —una espada antigua, supuse, y la imagen se repetía en distintos grabados medievales de ritos prohibidos—. Cuanto más lo leía, más me convencía de que se trataba de un objeto material, que, de alguna manera, sellaba o permitía el acceso a aquello que crecía bajo la mansión.
Para distraerme de los continuos susurros nocturnos —que al principio juzgué efecto del viento, pero luego reconocí como parte de un jadeo húmedo, algo que parecía amasar la realidad de la casa— empecé a explorar los sótanos. Me guiaba la linterna y el vago olor a óxido que revestía las paredes. Entonces encontré, bajo una trampilla cubierta por sacos de harina petrificada, una estancia pequeña, antigua, de techos bajos. Allí estaba el mandoble, tal como los grabados lo mostraban: una hoja negra y algo irregular, con un emblema de pez bosquejado a lo largo de la empuñadura.
No debería haber tocado esa maldita espada. Era fría, casi líquida al tacto. Noté la vibración, como si las pulsaciones de algo más allá del acero se reacomodaran conforme la elevaba.
Aquella noche, mi tía, febril y delirante, se encerró a sí misma con llave en la biblioteca. Gritó, y sólo después, al no poder abrir la puerta, la derribé con el hacha del cobertizo. La encontré tirada, con la cabeza aplastada —no por un golpe visible, sino como si una presión sobrenatural hubiese comprimido su cráneo desde el interior—. Sobre la pared, escrita en tiza, leí la frase “Ya no es mandoble. Ahora es baba”.
No sé cómo ni cuándo permitió la mansión semejante abominación. El lago, a la mañana siguiente, se agolpaba junto a los cimientos, decidido a mezclarse con las sombras. Un hedor a materia orgánica podrida dominaba las estancias inferiores.
La señora Crane huyó esa tarde, y estuve solo. Las noches se hacían más largas, los relojes se detenían. Los pasos que recorrían la casa no eran míos. Una de esas noches me asomé al pasillo del ático, donde la humedad carcomía los tablones, y ahí lo vi: algo blanco, viscoso, atravesaba lentamente los zócalos, sorteando obstáculos con parsimonia de reptil ciego. Aclararé: no era niebla. Era baba, pero no nacida de animal alguno, sino de un sustrato más primigenio e infernal.
Intenté huir, pero la puerta principal se resistía a los golpes, y cuando logré salir al exterior, el lago bullía —cosa imposible, pues era agua estanca— y algo relucía, entreverado con la tiza y el musgo: luces titilaban bajo la superficie, moviéndose como si danzaran alrededor de una silueta enorme, casi humana, que contenía ojos, lenguas, tentáculos, pero nunca un contorno del todo reconocible.
Esa noche, comprendí que la mansión Lakewell no es mera construcción, sino una atadura; más bien, un sello que la familia, generación tras generación, mantenía intacto. Mi tía, tan desvencijada de razón, aún sostenía el último hilo. Ahora todo está suelto.
He escrito cartas a todos los parientes, suplicando ayuda, esperando que alguno supiera cómo restablecer el encierro y devolver a la baba al fondo del lago. Todos han enmudecido, o huyen de Lakewell como si el nombre mismo ardiera. Usted, en cambio, señor Ralston, siempre estudió cultos antiguos y tradiciones prohibidas (recuerdo sus clases sobre los “guardianes acuáticos” de las leyendas babilónicas). ¿Recuerda en la carta de Leónidas el epígrafe “No nombres a los que duermen bajo el agua”? ¿Recuerda las advertencias sobre la sangre vertida durante la luna nueva?
Esta noche, el ser —la baba— ocupa ya el vestíbulo, extendiéndose hacia la escalera principal. He sellado mi habitación. Cada recoveco gotea una sustancia ácida que agujerea los papeles, devora la madera. No puedo hacer más que resistir, ver cómo la baba busca la espada —el mandoble—, que ahora tiembla en un rincón de mi lecho, palpitando como un corazón atrapado.
Historias de los sirvientes refieren que los muros, en otro tiempo, cantaban la llegada de los “exhumados”, los entes viscosos que surgían del lago tras la muerte violenta de algún mandante de Lakewell. Relatos de aldeanos hablan de noches donde nadie debía mirar desde la ventana hacia el lago, para no ver “las columnas de baba que toman forma y suben por los árboles”.
Me quedan pocas horas. Mi tía dejó una última instrucción, garabateada sobre la página de un diccionario antiguo: “Si no puedes huir, corta tu sombra con el mandoble y tira lo que quede al agua”. Lo he intentado, una, dos veces; el filo humea, pero mi sombra se retuerce y se pega de nuevo a mis pies, como si algo quisiera impedirme cumplir el rito. Afuera, la baba se retuerce contra la puerta, extraviando gotas y bufidos espantosos. Pareciera que la casa entera se marchita, y todo cuanto he amado (mis recuerdos, el peso de la compasión) se diluyen como hollín en el vendaval de lo prohibido.
Podría seguir relatando los sucesos —la baba desayunando con voces humanas, el lago hostigando mareas imposibles, las manchas de humedad vibrando con mi nombre—, pero el tiempo se agota. Si alguna vez encuentra esta carta, sepa que Lakewell guarda todavía las enseñanzas que usted tanto admiró. El mandoble, la baba, el lago: son partes de un ciclo que la razón apenas soporta.
Creo escuchar, ahora, su voz, como la escuché de joven, citando a los inmortales de la metafísica: “Todo sello, alguna vez, cede ante aquello que ansía libertad”. Lakewell no es el fin, pero sí mi final.
Le ruego, por cuanto respeta la memoria y los saberes prohibidos, no venga aquí. No permita que nadie rescate la espada ni limpie la baba. Olvide esta mansión, deje que el lago vuelva a tragarse los horrores que han aflorado.
Apago ya la lámpara: la baba resopla en la rendija, y apenas distingo mi mano bajo la sombra.
Álvaro
(La carta fue hallada, parcialmente calcinada y cubierta de una pátina viscosa, en el despacho cerrado de la mansión Lakewell. Nadie volvió a vivir en ella. El lago sigue perfectamente inmóvil, como esperando nueva sangre.)
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