Fragmento:
La casa Luján se alzaba en el borde occidental del pueblo de Eslava, su ábside románico erigido sobre cimientos anteriores incluso que los del monasterio benedictino. Había pertenecido, según los archivos de una tía ultraísticamente interesada por la genealogía macabra, a exiliados de la corte de algún conde visorrey venido a menos. Desde entonces, entre leyendas de alimañas y hábitos pestilentes, apenas quedaba una veintena de residentes, casi todos longevos, ciegos, o ambos.
Duración: 11:14
El polvo nunca descansa sobre el piano. Solía pensarlo Doña Anunciata cuando, en las sordas madrugadas de la casa familiar, escuchaba deslizarse la melodía de los dedos invisibles sobre las teclas curtidas de lo que, para todos los efectos, era un mueble muerto hacía décadas. Hubiera sido fácil atribuirlo a ratas o corrientes mal cerradas si no fuera por la nitidez con que los acordes ascendían, innegablemente humanos y trenzados con una pericia más allá del alcance de cualquier pariente conocido.
La casa Luján se alzaba en el borde occidental del pueblo de Eslava, su ábside románico erigido sobre cimientos anteriores incluso que los del monasterio benedictino. Había pertenecido, según los archivos de una tía ultraísticamente interesada por la genealogía macabra, a exiliados de la corte de algún conde visorrey venido a menos. Desde entonces, entre leyendas de alimañas y hábitos pestilentes, apenas quedaba una veintena de residentes, casi todos longevos, ciegos, o ambos.
Los sucesos funestos que interrumpieron la rutina del polvo y la desidia comenzaron una noche tibia de octubre, cuando el sobrino nieto de Anunciata, Diego Luján, regresó de Madrid trayendo en su valija una excentricidad incongruente: una edición orlada de los “Ritos Ignotos de Carcossa”, de Cassilda del Terroir. Era una pasión cultivada en resquicios, cuando su trabajo de archivero permitía alguna fuga hacia los aires polícromos del absurdo y la rareza. Diego traía, además, ese brillo animal en la mirada que precede a los actos suicidas o iniciáticos.
El libro tenía esas páginas satinadas, casi transparentes, en las que progresaba la prosa como una marea de tinta sobre aceite. Su portada, más pulposa que siniestra en apariencia, ostentaba símbolos descritos en los márgenes como “proto-parmenídeos”, y de cuya contemplación larga una persona sensible podía derivar conclusiones afines al vértigo o la extrañeza gonfalonera.
Si bien en Madrid, Diego era el prototipo del cínico ilustrado, con el regreso a Eslava y la sorda humedad de los pasillos de la mansión, mudó de piel. Libró sus días a la reclusión, perdiéndose durante horas en el salón de los zánganos, donde el viento silba por las ventanas cegadas, y el crepitar de la leña sugiere conversaciones negadas a cualquier asistente humano. Allí, sobre la mesa desgastada de nogal, dispuso un ritual modesto con el volumen carcosiano, una vela torcida y una copa de coñac que tocaba de vez en cuando, como para recordar que existía el mundo sensual.
Fue Anunciata quien, durante una de sus rondas noctámbulas, lo observó recitar pasajes en una lengua que, por esquelética y gutural, no podía haber aprendido en Madrid, ni siquiera en sus más afiebrados ambientes. En ese instante, bajo la opalina cicatriz de la luna en las vitrinas evocadas, le pareció que de los rincones arremolinados del techo algo reptaba, escabulléndose contra el sedimento gris de los borrones solares. Cuando Diego alzó el rostro, sus ojos eran dos esferas sin reflejo, abismos sellados.
El primer verdadero suceso ocurrió una madrugada, cuando el ama de llaves —una mujer irlandesa llegada por error hacía seis lustros y que, para entonces, había adoptado los hábitos aldeanos— halló, delante del piano, lo que describiría más tarde como “un bulto aceitoso y exhalante, de tamaño incompatible con cualquier criatura de Dios o del Demonio, pulsante al tacto, espeso y bilioso”. No quedó huella tras la llegada de la luz, salvo una mancha cenagosa que resistía escobas, aguas y sales.
Desde entonces, conforme Diego avanzaba en sus lecturas y ritos, emerge una presencia: el clima se espesa, el tiempo parecía girar sobre sí mismo en unos compases titubeantes; la bruma caía incluso en las noches más serenas, y había una vibración, una nota sostenida y aguda, que atravesaba los cristales y tensionaba los tendones a las cinco en punto, todos los días.
En una de esas noches irrepetibles, cuando el viento traía la promesa de tormenta y los álamos batían protesta junto a la verja del cementerio colonial, Diego invitó a su tía y al ama a compartir un licor en el salón. Lo que comenzó como una conversación trivial sobre el moho de las paredes y la escasez de jóvenes se tornó, a la segunda copa, en una confesión: Diego, arrastrando cada sílaba de su frase como si templara un hilo en el lomo del universo, admitió haber sentido cierto “desplazamiento onírico”, una traslación de su conciencia que a veces, en la negrura, le permitía escuchar “las voces de aquellas épocas cuando Eslava no era más que rémora de la nada, y la casa un nido de sueños resbaladizos”.
Aseguró que alguien —algo— lo había convocado a la cripta subterránea bajo la escalera, una de esas dependencias selladas y selladas de nuevo con las generaciones, y de la que sólo los locos o los muy valientes recordaban guiños y ruidos más allá del recuerdo. El ama, medio hipnotizada por las palabras de Diego y la claridad mural de la tormenta, confesó entonces que todas las noches escuchaba, desde su cuarto abuhardillado, un llanto gutural levantarse desde bajo el piano, creciendo y decreciendo en respuesta a los cambios de la luna. Anunciata, incapaz de soportar el clima de revelación, se echó encima su mantón negro y juró —como lo haría después ante el cura y la guardia, con la palidez instalada ya en los huesos— que esa noche, a las tres, bajaría con Diego a la cripta.
Lo que relataron (y apenas relataron: mayormente el resto hubo de reconstruirse con sueños, visiones y cartas cruzadas en la correspondencia de postas y farmacias) es suficiente para helar el vértigo en estómagos de plomo. Descendieron con un candil bajo la escalera encorchada. A cada escalón, el aire apretaba los pulmones, y un hedor a carne vieja y estancada convertía el trayecto en una penitencia nauseabunda. Distinguieron inscripciones en las paredes, talladas a mano o arrancadas a cuchilla, con signos que Anunciata, en su travesura de lo oculto, reconocía lejanamente de los grimorios copiados en la biblioteca de Zaragoza. Había símbolos de invocación, cruces invertidas en lo que sólo podría describirse como una gramática de la demencia.
Llegaron al fin a un muro empotrado, donde la piedra presentaba una hendidura deliberadamente sellada con cera, sal y clavos oxidados. Diego, como poseído por una destreza inusitada, comenzó a recitar estrofas memorizadas de Cassilda del Terroir, y de inmediato, el respirar del túnel se tornó en gemidos de cientos, huesudos y truncos, resonando en el vacío de la sima negra. La cera comenzó a agrietarse —dicen— con un crujir de insectos apretados; la sal palideció hasta quedar inerte, y los clavos saltaron por los aires en lentitud obscena. Un frío retiró todo sosiego del mundo; había, en palabras de la anciana, “una negrura más allá de la tiniebla misma, un hambre antigua, sin color ni forma, pero con mil ojos hendidos en el vacío”.
No recuerdan cómo salieron de allí. En el punto siguiente de conciencia, se hallaron de nuevo en el salón con el piano, deshechos, con las ropas empapadas de una humedad pegajosa. El único cambio notable: ahora, sobre la tapa amarillenta del piano, yacía abierto el libro carcosiano, con las páginas dobladas en un ángulo antinatural, como boca desencajada en grito.
Aquí comenzaron las desapariciones. Primero una de las gallinas, luego un niño del pueblo que cruzaba atajos por la tapia de la finca —en su lugar, sólo un abrigo desgarrado y una impronta babosa sobre la tierra seca—. Las noches se acortaron y la música entre dientes del piano subió de volumen, variando sus melodías en extraña afinidad con los nombres de ciertas constelaciones que Diego escribía en sus cuadernos. Los vecinos susurraban; el cura, al enterarse, despachó una novena y una carta urgente a un experto en demonología de Pamplona.
Fue al alba del decimoquinto día que lo vieron aparecer, primero como sombra, escurridizo, a los pies de Diego. Tomaba el aspecto de una masa amniótica, translúcida, con filigranas óseas apenas insinuadas en las masas que la conformaban. A veces antaño recordaban —lo juró Anunciata— haberlo visto en las cenefas de las viejas esteras, o en los mosaicos vetustos de la entrada, como motivo ornamental incompleto. Ahora, sin la mediación de las losas, arrastraba consigo una resonancia mental, un empuje a dormirse y soñar con escaleras que suben y bajan simultáneamente, con cámaras y túneles yermos, y bestias con rostros de lascivia moribunda.
Diego, ahora presa y marioneta, comenzó a hablar en parábolas: “La sima nunca fue para nosotros, sino por nosotros… Somos el sueño de otras cosas, y ahora han despertado. Mirad bien: ¿no escucháis el río debajo, los ecos bajo los dedos, la carne de lo que duerme con la música y con la sílaba encapillada?” Igual que en los relatos de gente tocada por la demencia, su mirada alternaba entre el terror y una suerte de beatitud abyecta, como si el transformarse en heraldo de algo abominable fuera equivalente a ser liberado del tedio estructural del mundo.
Pasadas dos semanas, la casa estaba casi vacía. El ama se arrojó a un pozo, tras dejar escritas en la cabecera del desván varias frases cifradas donde podía leerse: “Los ojos no son para ver; son para ser vistos por aquello que gime debajo.” Anunciata sola resistía, prendida a la vigilia más allá de la extenuación. Relata en su diario —jamás entregado íntegramente, pues su último cuaderno se deshizo en una pira ritual al regresar los sobrinos de la familia— cómo cada noche, en la penumbra, el piano sangraba notas acompañando retazos de sueños de otros, de tiempos sin nombre. Asegura haber divisado, en el hueco entre el teclado y la tapa, algo semejante a una boca, enorme, desprovista de labios, surcada de ojos minúsculos y expresivos como perlas podridas.
Todo acabó en una noche sin luna, cuando Eslava despertó al estruendo de un crujido innombrable. Al llegar los vecinos —acarreando cruces, lámparas y odio comunitario— sólo hallaron la casa colapsada sobre sí misma, hundida en una sima de tierra removida y olor imposible. Nadie mencionó nunca más el piano. De Diego sólo quedaron unos zapatos junto al libro, y de Anunciata, la impresión de una mantilla adherida a una losa que, desde entonces, reaparece y desaparece al ritmo de la humedad y la luna.
Desde aquellos días, los lugareños evitan pasar por la zona al caer la noche. Dicen que, si uno se detiene a escuchar —nunca solo, y nunca borracho—, puede encontrarse en los pliegues del viento con algo parecido a una melodía; un hilo de acordes, menjunje de sueños y gritos ahogados que llama y llama. Los perros aúllan, las gallinas se esconden y, en la distancia, la locura duerme a la espera de un lector, algún incauto paseante, una gota más en la marea que querría, por siempre, soñar a través de otros cuerpos.
Y aun así, si uno escucha lo suficiente, percibe que, bajo la música, hay otro sonido más profundo: el de un hambre pétrea y eterna, siseando, aguardando en la grieta oscura bajo todas las casas, bajo todas las músicas que, inevitablemente, algún día volverán a sonar.
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