Portada del relato La Herencia de Innsmouth
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Fragmento:


Sólo una vez he vuelto a Washington Road, a la vieja casa de la familia Gaten, y puedo jurar con el corazón helado que jamás volverán a arrastrarme a esa mansión, a ese pueblo ni a esa región. Han pasado seis años desde la noche en que perdí mi fe en una realidad coherente, en leyes físicas inmutables, y desde que comprendí —parcialmente— la ignominiosa verdad que se oculta tras nuestra existencia superficial. Este manuscrito, si sobrevive a mi persona, servirá acaso para advertir a otros no menos terquemente racionalistas que yo.

Duración: 09:34

La Herencia de Innsmouth
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Texto de ajuste de pausa.

Sólo una vez he vuelto a Washington Road, a la vieja casa de la familia Gaten, y puedo jurar con el corazón helado que jamás volverán a arrastrarme a esa mansión, a ese pueblo ni a esa región. Han pasado seis años desde la noche en que perdí mi fe en una realidad coherente, en leyes físicas inmutables, y desde que comprendí —parcialmente— la ignominiosa verdad que se oculta tras nuestra existencia superficial. Este manuscrito, si sobrevive a mi persona, servirá acaso para advertir a otros no menos terquemente racionalistas que yo.

Nada en mi linaje, ni en mi ciencia, me preparó para el horror que me aguardaba bajo aquel tejado gótico, donde el musgo se enlazaba con el hierro y los cimientos desplazaban el tiempo como una niebla gruesa. Yo era —soy aún— profesor de historia antigua en la Universidad Miskatonic, especializado en lenguas arcanas y civilizaciones extintas. Mi relación con los Gaten data de mi amistad universitaria con Bernard, el más joven de esa familia, quien había compartido conmigo horas embriagadas de erudición y frivolidad. Bernard me escribía de cuando en cuando, y fue una de sus esquelas inesperadas la que dio inicio a mi condena:

“Querido Edwin, la muerte de mi tío Eliezer me ha confinado de nuevo a la casa familiar. He encontrado allí algo que excede mi comprensión y, recordarás, nunca he sido supersticioso. Te ruego vengas. Preciso tu criterio y tu sentido común. Tu amigo, Bernard.”

La carta era lacónica, casi desesperada. Más por compasión que curiosidad, acepté la invitación. En el viaje a Gaten Hill, el paisaje del norte de Massachusetts se tornó cada vez más hosco y sombrío. Los bosques temblaban de un viento siniestro y las nubes parecían deshilacharse en jirones de lana. Llegué al caer la tarde, y Bernard, pálido y desencajado, aguardaba ante la verja.

“Apreciaré tu compañía, Edwin. El viejo Eliezer ha dejado más que chucherías y resentimientos.”

La casa Gaten se alzaba solemne, un opresivo cascarón con laberínticos corredores y desvanes infestados de polvo. Bernard apenas me guió hasta el despacho de su difunto tío, donde, sobre una mesa maciza, yacía un portafolios de piel. Era esto lo que, según Bernard, “provenía de otra época”. Sus manos temblaban —más de miedo que de luto— al desplegar los papeles y objetos que contenía. Había polípticos de pergamino, una estrella de cinco puntas ahogada en carcomidos símbolos, y, más perturbador aún: un fragmento de hueso curvado y tallado con caracteres que no reconocí.

“Estuve revisando la colección de Eliezer. No hay registro de estas piezas... Ni del idioma de estos grabados. ¿Qué opinas?”, balbuceó Bernard.

Reconocí la textura del pergamino: era piel humana, fosilizada por siglos. El fragmento de hueso —¿humano, animal, de ambos?— era aún más innombrable. Me incliné a examinar los grabados, donde una escritura filiforme y ondulante contradecía todos los alfabetos conocidos. Trazaba curvas, volutas y krakenes retorcidos, y confinaba en sus meandros la impresión de una mente alienígena y multiforme.

“Esto”, murmuré dudando de mi cordura, “recuerda algunos caracteres hallados en los zigurats de Sarnath… Sarnath, la ciudad destruida según el legendario ‘Manuscrito de Tarsus’. Pero están distorsionados. Bernard, ¿algún documento acompaña este hallazgo?”

Él asintió. Hurgando en la carpeta, me tendió un diario escrito en una caligrafía bastarda y lúgubre:

“Eliezer Gaten, noviembre de 1927.

Las pesadillas regresan. La niebla invade la colina cada medianoche, y traen consigo los susurros. Oigo palabras veladas, nombres que ningún hombre radiante debería oír. La calavera bajo la casa… supe que era distinta. No hay sacerdotes para esto. Debo terminar lo que mi abuelo empezó. El símbolo mantiene a las cosas fuera, pero el hueso… el hueso llama.”

Me estremecí. El estilo sugería una mente al borde de la locura, y la referencia a la niebla y ‘las cosas’ avivaron una reminiscencia de los mitos que William Dyer discutía en la universidad tras su regreso de la Antártida: entidades de otros planos, hambrientas, enloquecidas.

Bernard me miraba, hundido en silencios. “Esto no es todo. A medianoche, suceden cosas… Quiero que veas.”

A pesar de mi escepticismo, accedí a vigilar con él la llegada de la medianoche. La mansión parecía contraerse a la espera; la luz de los candiles vacilaba por los corredores. Nos apostamos en la biblioteca, frente a un ventanal oval con vistas a la colina retorcida, y aguardamos.

A las doce, la niebla empezó a reptar desde el bosque, cubriendo el prado. Era una niebla inusualmente densa, pálida bajo la luna, pero extrañamente iridiscente, como si en su seno viajara una miríada de criaturas diminutas. En el silencio, percibimos el primer susurro: no era viento, no era rama, sino una voz múltiple, horrenda, pronunciando sílabas redondeadas que imitan nuestra lengua pero que trasmiten únicamente un hambre ancestral.

—¿Oyes eso? —susurró Bernard, el terror le hacía balbucear.

Antes de que pudiera responder, notamos que algo se desplazaba bajo la niebla, tal vez sobre el césped, tal vez flotando. No era material; se encarnaba en distorsiones, ondulaciones, una ausencia de forma definida que, de alguna manera, evocaba una pesadilla de tentáculos y ojos. Me quedé helado al comprender que aquellos grabados sobre el hueso no eran escritura decorativa, sino una descripción: la representación pictográfica de tal horror.

Volví la cara; la habitación se enfriaba. La estrella de cinco puntas brillaba con luz propia sobre la mesa. Bernard apenas conservaba la cordura: “Desde que Eliezer trajo ese maldito hueso, esto ocurre cada noche”.

Cuando la niebla cubrió la entrada, oímos un crujido bajo la planta encima de la biblioteca; era el sonido de pasos, pero nunca tan pesados ni tan viscosos como los de un hombre. Se desplazaban lenta, ritualísticamente de un lado a otro. La niebla adentro empezó a densificarse. No podía ver mi propia mano, pero sí las siluetas distorsionadas de otros seres al acecho, como si la mansión ya no separase el mundo humano de la aberración que se insinuaba desde fuera.

En ese momento, la lámpara estalló. Nos arrojamos al suelo. La niebla se arremolinó y en el centro de la estancia, a varias yardas de nosotros, apareció una figura de imposible geometría, un vértice flotante que parecía cambiar de ángulo cada vez que lo miraba. Alrededor del objeto, los susurros se hicieron más claros, hasta que pude entender (o, al menos, creer que entendí) algunas frases en una lengua que recordaba sin haberla nunca aprendido. Palabras como “Iä! Y’ha-nthlei!” y “Ghroth, ghroth, mn’rva hreeg”.

Lo que la entidad demandaba era imposible: que devolviéramos el fragmento, el hueso, a la cripta bajo la casa. Bernard lloraba, me abrazaba, pero una fuerza irresistible se apoderó de mi mente y, casi trance, busqué la trampilla bajo la alfombra de la biblioteca. Todo parecía desmoronarse en un vértigo sin fin. Abrí la trampilla. Un hedor inmemorial subió, casi vivo. Descendimos a ciegas, guiados por los murmullos que, ahora, se hacían comando.

En el sótano, la niebla era más densa, como leche podrida. Bajo nuestros pies, una losa de basalto cargada de símbolos semejantes a los del hueso cubría una grieta. Allí, notamos una presencia: no era hombre, ni bestia, ni cosa; era la negación de todo lo vivo. Algo viscoso, expectante, acechaba tras la grieta.

Instintivamente, deposité el hueso en la base de la losa. La niebla retrocedió. Bernard gemía, y yo apenas conservaba el sentido. La criatura, la presencia, pareció satisfacerse, y los susurros disminuyeron dejando un vacío aún más terrorífico: el vacío de lo inexpresable, de lo imposible, de un cosmos insensible y hostil. La entidad desapareció, y nos quedamos solos, empapados de sudor y horror, convencidos de que apenas habíamos sobrevivido.

Salimos del sótano, y el alba comenzaba a vencer la niebla. Sin decir palabra, empaqué mis cosas. Volví a Arkham antes de la tarde. Bernard vendió la casa pocos meses después, se enroló en un barco sin rumbo y desapareció sin dejar rastro.

Nunca volví a ver los objetos ni la casa, y aun así, cada vez que la niebla se arrastra bajo mi ventana en Miskatonic, sé que algo aguarda, algo vigilante, traído desde abismos atávicos por la insensatez de los hombres. Nadie en la universidad cree ya mis palabras; fui relegado a bibliotecas y aulas vacías. Pero sé lo que vi, y sé lo que acecha. Se prohíben las excavaciones bajo Gaten Hill, aunque ni la ley, ni la fuerza, ni la razón podrán jamás sellar lo que un día fue despertado.

Así cierro mi testimonio, no para obtener absolución ni comprensión, sino para inscribirlo, como advertencia, en el margen de la razón humana. Porque aquello que mora en la niebla desea otras cosas, y su hambre no conoce fin ni frontera.

Que quien lea estas páginas no ignore los susurros entre la bruma, pues algunos fragmentos nunca debieron ser hallados y algunos horrores, por muy antiguos que sean, siempre encuentran la forma de volver.

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