Fragmento:
Nos encontrábamos en la última frontera del mundo: la meseta de Blackspire, Alaska. Un desierto de nieve, roca basáltica y silencio más espeso que la sangre. Yo iba para coordinar el estudio de formaciones anómalas: marcas inusuales en la roca, artefactos raros atrapados entre glaciales. Hasta entonces, lo más raro que habíamos encontrado era una caja de dinamita sellada desde la fiebre del oro, tan descompuesta que le bastaba una palabra fuerte para explotar.
Duración: 10:22
El frío es una criatura paciente. Ronda las fronteras del mundo civilizado, avanza despacio, invade huesos, pensamientos, sueños. Siempre supe que el frío podría devorarme, pero nunca imaginé hasta qué punto.
Me llamó Conrad la mañana en que empezó el invierno auténtico. La llamada llegó por satélite, la señal crispada, una voz como el filo de una sierra: “Sam, tienes que venir. Encontramos algo en Blackspire. Algo… extraño.” Conrad era un buen tipo, lo que, en nuestro gremio, significaba que era sólo un poco menos propenso a apuñalarte por la espalda. Investigadores geológicos para GrayStar, una de esas corporaciones que especulan en las sombras con recursos y viejas promesas rotas al planeta.
Nos encontrábamos en la última frontera del mundo: la meseta de Blackspire, Alaska. Un desierto de nieve, roca basáltica y silencio más espeso que la sangre. Yo iba para coordinar el estudio de formaciones anómalas: marcas inusuales en la roca, artefactos raros atrapados entre glaciales. Hasta entonces, lo más raro que habíamos encontrado era una caja de dinamita sellada desde la fiebre del oro, tan descompuesta que le bastaba una palabra fuerte para explotar.
A los cinco vuelos y dos tractores de nieve de Anchorage hasta Blackspire, la base de operaciones me recibió con viento y oscuridad. Luces temblorosas en las ventanas, motores de generador rugiendo bajo la nieve. Éramos solo ocho allí. Ocho para cubrir un área blanca, en cuyos confines asomaban montañas en agujas, rocas que brillaban al anochecer con un lustre que el hielo no explicaba.
Conrad era el más capacitado para liderar un grupo a descubrir lo imposible. Caminaba encorvado por el cansancio o la desgana; sus gafas, empañadas y agrietadas, ocultaban la astucia devoradora de su intelecto. Nos reunimos esa misma noche, junto a una estufa eléctrica.
—No quiero asustarte, Sam —dijo, dándole vueltas a una taza de café tan negra como el abismo—. Pero encontré una vena en el quebrado sur. No es mineral ni orgánica. Ni siquiera parece real.
Esperé a que alguien riera, que confesara la broma. Nadie lo hizo. Lam decidía la logística, Coombs, física de materiales, y Josie, la mejor con el hielo y las fracturas. Todos estaban serios. Josie tenía los nudillos blancos en torno a su termo.
Salimos al alba, arrastrando el trineo de instrumental. El frío cortaba a través de tres capas, rasgando la piel de la cara y entumeciendo hasta el alma. Bajamos por el sendero hacia el sur, bordeando grietas, evitando los aludes que acechaban la zona. El lugar de la “vena” era un cañón estrecho, como una cicatriz negra trazada con preservada meticulosidad sobre la piel de la Tierra.
Apenas bajamos, terminó toda comunicación con la base. Mi radio chirrió y luego murió. El GPS parpadeaba frenéticamente, desesperado por ubicar nuestra posición bajo el peso de la vertical negra.
La encontré primero: una fractura atraviesa la roca, pero en su interior no hay oscuridad, sino una negrura antinatural. Era opaca, deliciosa a la vista, como una porción de noche robada de otro mundo. Sin reflejar el débil sol, la hendidura parecía absorber luz, sonido, cualquier atisbo de esperanza. Lam pasó una sonda, y el cable se perdió en la negrura sin tocar fondo.
Conrad y Coombs abrieron los sensores, extrajeron muestras que parecían más pesadas de lo que su tamaño indicaba, como si el aire mismo estuviera apretujado dentro de la piedra. Josie puso un guante de latex en la superficie interna de la grieta y dio un respingo.
—No es hielo. No es… nada.
Yo la toqué. La negrura palpitó al contacto, una sensación de tacto y visión distorsionada, un reflejo de pesadilla. Cerré los ojos y vi la cordillera tumefacta, hinchada como los cadáveres de ballena que reventaban bajo el hielo marino. Escuché susurros que arañaban los tímpanos. Cuando me aparté, sentí algo de la oscuridad pegada a mis dedos; tardé horas en recuperar la sensibilidad.
—¿Qué es? —preguntó Lam.
Nadie respondió; sólo el eco devolvió una frase ahogada, como si la negrura misma hiciera la pregunta tanto a nosotros como al abismo desde donde provenía.
De noche volvimos a la base. El viento zumbaba entre barracones. Los generadores caían en vaivenes. Dormí poco, el sueño plagado de figuras sin rostro, de rocas vivas que pululaban en la oscuridad del hielo, de ojos de tungsteno agazapados al filo de la visión.
Pasaron los días y las noches. Cada vez que descendíamos al cañón, la brecha negra parecía ensancharse, como si respirara con el pulso del valle. Conrad me habló en confidencia: había leído un texto antiguo, fotocopiado de los archivos soviéticos. Hablaba de “fallas atávicas” en las que la realidad podía adelgazarse, y energías de otra era reptaban en busca de nuevos dominios. Decía que, a veces, grandes bloqueos de noche se deslizaban a este mundo. Que los antiguos del Norte conocían el cuchicheo de la grieta y sus sacrificios.
—No es solo geología, Sam. Nos observa. Esta cosa… tiene hambre.
La siguiente jornada, desapareció Coombs. Fue bajar al abismo y no volver a emerger. Lam dijo que lo vio avanzar hacia la negrura, como si respondiera a una melodía sólo para él. Grité hasta pelarme la garganta; la negrura tragó mi voz. El eco retornó mucho después, deformado, con un matiz de burla.
En la base, el aire se enrareció. Los generadores empezaron a fallar, una a una se apagaron las luces. En el silencio sólo quedaba el golpe seco del viento y el rumor de la grieta en la distancia. Josie lloró una noche, con lágrimas espesas que se congelaban en las mejillas. Susurraba en sueños, palabras extrañas, guturales, que jamás había oído.
Conrad recopilaba notas, esquemas, grabaciones de audio, obsesionado. Su cordura flaqueaba; perdía trozos de frase en murmullos apenas audibles. Una madrugada me mostró imágenes del núcleo de la fractura: patrones geométricos, simetrías imposibles a escala molecular; “códigos” —lo llamó— tan viejos como el hielo mismo, oscilando entre la materia y otra cosa. Texturas reminiscentes de escritura ciclópea entrelazaban la roca, y ciertos símbolos evocaban los diagramas esotéricos hallados en petroglifos olvidados bajo siglos de tundra.
—Las leyendas locales —musitó—. Cuentan sobre una raza enterrada bajo las montañas, cuyas ideas resbalaban hacia arriba como el gas venenoso de un pozo. Decían que vendría un tiempo en que la piel del mundo se rasgaría y los antiguos retornarían.
Hubo una tormenta esa noche. Nieve succionando hasta el último atisbo de claridad, el universo reducido a la claustrofobia del barracón. A medianoche la grieta jadeó, llevándose dos más: Lam y Josie. Salieron de sus literas, pasaron en automático junto a mí, abrieron la compuerta y dejaron que la oscuridad las bebiera.
Quedamos Conrad y yo. No dormimos. Él me explicó algo que lamenté comprender demasiado tarde.
—Tienes que entenderlo, Sam. Atrae a los sensibles. Les llama con recuerdos, con miedos… Cada uno de nosotros tenía una herida: remordimientos, traumas, ambiciones desmedidas. Esa cosa busca puertas. Las puertas somos nosotros.
Le pregunté por qué no nos mataba de inmediato, por qué tanto juego tortuoso.
—Se alimenta del miedo, de la obsesión. Quiere entender la conciencia antes de devorarla.
Al día siguiente, Conrad desapareció. Encontré su cuaderno junto a un zurrón; este contenía muestras contaminadas del abismo e instrucciones: “Si lees esto y sigues cuerdo, destruye todo. No lo dejes salir”.
Pensé en huir; la tormenta no lo permitió. Escuché el rumor de la grieta a través del vendaval: un cántico, un desfile de recuerdos agonizantes y risotadas demoníacas en voz de mis padres muertos. La negrura se expandía; la base crujía como un barco encallando sobre hielo pútrido.
Día tras día, la comida escaseó, el calor menguó. Empecé a ver cosas. Figuras arrastrándose sobre el hielo, manos que rozaban las ventanas sin dejar huella. Fragmentos de ropa de mis compañeros aparecían donde yo mismo los había visto morir.
Tomé la decisión de bajar, armado con un hacha y la última bengala. Bajé al cañón y enfrenté la vena negra. La grieta se había ensanchado, convertida en garganta enloquecida. El frío era más antiguo que la tierra, la oscuridad más densa que el sueño de un moribundo.
Al arrimarme, la oscuridad me habló. No en palabras, sino en compulsión. El hielo crujió bajo mis pies. Vi todo lo que temía: el recuerdo de mi hija desaparecida, la culpa de no haber podido salvarla, todas mis querencias marchitas al sol de la obsesión. Y, al fondo, un parpadeo: la promesa de que del otro lado de esa asfixia, alguien me esperaba.
Pisé dentro.
Sentí el vértigo glorioso, nauseabundo, de caer entre las membranas del tiempo. Vi ruinas, ciudades blancas erigidas sobre dunas de calaveras, criaturas sin forma articulando el destino de las especies. Un siglo de sufrimiento concentrado en un segundo de angustia.
Entre la nada, una conciencia me rozó, inevitable y fría como la muerte. Devoradora. Indiferente.
Desperté días después, si es que el tiempo transcurría. Estaba en la superficie, la base ahora un amasijo derruido, la tormenta amainada. No quedaba rastro de mis compañeros, ni del abismo, ni del cañón: la tierra se había sellado, lisa como la mejilla de un recién nacido.
Pero algo había cambiado dentro de mí. Siento la fractura, meciéndose en lo profundo, acechando mi voluntad. El frío ya es parte de mi conciencia, un cáncer o un don, abriéndose paso en mis recuerdos: la promesa de que, algún día, la noche me reclamará.
No hay regreso, sólo espera. Sólo el frío.
Sólo el hambre antigua.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.