Fragmento:
El reloj de peltre sobre el aparador marcaba las once cuando una ráfaga fría recorrió la desvencijada habitación de la posada Marsh. Científicos y locos pueden discutir largamente acerca de los orígenes de la familia Marsh y acerca de los secretos que las olas mugen contra los acantilados de Insmouth, pero nadie, ni el más osado de esos sabiondos de Miskatonic, había pasado jamás una noche completa escuchando la marea crecer en la costa. Yo, Henry Field, me creí capaz; mi oscura necesidad de saber extirpó de mí hasta el instinto de supervivencia. Los rumores, las habladurías entre los marineros y los ancianos ebrios, hablaban de criaturas, de Profundos tan ancestrales y espeluznantes como las propias tinieblas del océano. Acudí no como un curioso, sino como un devoto de lo inexplicable, dispuesto a rendir culto al pánico por medio de la razón.
Duración: 09:52
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El reloj de peltre sobre el aparador marcaba las once cuando una ráfaga fría recorrió la desvencijada habitación de la posada Marsh. Científicos y locos pueden discutir largamente acerca de los orígenes de la familia Marsh y acerca de los secretos que las olas mugen contra los acantilados de Insmouth, pero nadie, ni el más osado de esos sabiondos de Miskatonic, había pasado jamás una noche completa escuchando la marea crecer en la costa. Yo, Henry Field, me creí capaz; mi oscura necesidad de saber extirpó de mí hasta el instinto de supervivencia. Los rumores, las habladurías entre los marineros y los ancianos ebrios, hablaban de criaturas, de Profundos tan ancestrales y espeluznantes como las propias tinieblas del océano. Acudí no como un curioso, sino como un devoto de lo inexplicable, dispuesto a rendir culto al pánico por medio de la razón.
No era la primera vez que pisaba Insmouth, ni sería la última, me decía, mientras reparaba en el olor a sal y moho impregnando los pañuelos con que intentaba protegerme del aire viscoso. Afuera, la neblina reptaba sobre calles adoquinadas, deformando las luces de gas en manchas borrosas. El mar bramaba, golpeando lejanas piedras como si golpeara con nudillos monstruosos la puerta de mi conciencia. En la posada, solo yo y el tabernero—un hombre de aspecto batracio, ojos abultados y andar arrastrado—velábamos junto a la estufa humeante.
—¿De veras no quiere subir? —me insinuó el dueño, mirándome con esos globos acuosos, tan inexpresivos como los peces muertos que los chiquillos recogen en la bajamar.
—Esperaré un rato más, gracias —respondí fingiendo calma. Sabía que, tras la media noche, ellos, los Profundos, saldrían de sus guaridas sumergidas para caminar sobre la tierra, a cosechar a aquellos que, por error o designio, deambulaban por los recodos de Insmouth.
El pueblo entero era un laberinto de secretos. Las casas, revestidas de corteza de barco, estaban casi todas desiertas. Algunas, apenas perceptibles tras cortinas mugrientas, conservaban la vaga silueta de figuras humanas demasiado inmóviles, demasiado rígidas. Dicen que los Marsh mantienen un pacto con los seres marinos a cambio de... algo. Oro, poder, la promesa de una eternidad húmeda. Las festividades, especialmente la Noche del Altar—que precisamente era esta noche—, invocaban a los Profundos desde Y’ha-nthlei, su noble ciudad sumergida, para cobrar sus tributos humanos.
Cuando el tabernero se retiró a la trastienda, mi soledad acreció; el antiguo reloj martillaba mi ánimo con su tictac ronco y aislado. Me arriesgué a mirar por la ventana. El pueblo destilaba una extraña actividad: sombras escurridizas, como guiadas por reiteradas órdenes, desplazándose hacia el puerto. Noté cómo, aquí y allá, algunos pobladores arrastraban grandes bultos, a veces arrastrando también a figuras humanas maniatadas, por la fuerza o la resignación. Una canción, gutural y carente de melodía convencional, oscilaba como un murmullo subterráneo por las callejuelas. Era una letanía en un idioma imposible, vibrando con la rutina de siglos inmemoriales.
Mi corazón palpitaba con fuerza, no solo de miedo sino de fascinación. Este era el momento: me envolví en mi abrigo y me escabullí hacia la noche, guiado por la necesidad malsana de observar directo la ceremonia de los Profundos. Caminé de puntillas, fusionándome con las paredes de madera podrida. A medida que me acercaba a la marina, el aire se volvía más salitroso, impregnado de una pestilencia que evocaba el hedor de la carne descompuesta mezclada con algas resecas.
Al llegar a un muelle derruido, ya no era el único espectador. Decenas de habitantes de Insmouth, algunos tan deformes que solo quedaba una brizna humana en sus rostros acuosos, formaban círculo alrededor de una plataforma de madera negra. Encima de ella yacía un hombre tembloroso: supe que era un extranjero, quizás un viajero tan ingenuo como yo alguna vez fui. Cuatro enmascarados decrépitos pronunciaban en voz baja la oda a Dagon, el padre profundo. Sentí una presión en las sienes, como si la brisa misma cargara palabras vejatorias que la mente humana no distingue pero la médula espinal comprende.
Aparecieron entonces. No los vi surgir del mar, sino que, acompañados de un súbito silencio, ya estaban allí, empapados, escurridos de lodo y abisal oscuridad. Grandes como bueyes, de carne gelatinosa y brazos membranosos, con garras intensamente largas y ojos de fosforescencia malsana. Los Profundos no se esforzaban por parecer humanos; se movían con la seguridad de quienes saben que aquí, en la oscuridad, en la humedad, en lo inexpresable, son soberanos indiscutidos. De uno de ellos pendía un medallón de oro, corroído por la sal, tallado con símbolos que ni en sueños de fiebre me atrevería a copiar.
Se sucedió entonces un acto que haría ruborizar a los poetas decadentes y a los eruditos de los mitos. Con movimientos calculados, el extranjero fue desnudado y untado, entre cánticos, con una sustancia viscosa. El sumo sacerdote extendió los brazos palmeados e invocó en nombre de Dagon y Hydra, y los Profundos bailaron una danza en la que el tiempo y el espacio parecían gemir y retorcerse. El suelo tembló: desde los riscos y las grietas del muelle emergieron más criaturas, algunas diminutas y escurridizas, otras enormes y abombadas, todas con la misma mirada de hambre ancestral. Los ojos del extranjero se llenaron de un terror tan puro que, por un instante, se cruzaron con los míos: supe, con una lucidez repentina, que había sido testigo de mi propia condena.
No tuvieron piedad. Uno de los Profundos arrancó al desdichado de la mesa con su mano palmeada, levantándolo en vilo; el hombre chilló, pero el coro de los habitantes ahogó el grito con salmodias aún más frenéticas. El Profundo sumergió en el agua al cautivo, y en la negrura marine surgieron tentáculos y bocas suplementarias que devoraron, trituraron, desarmaron en segundos cualquier vano asidero humano. La sangre tiñó la superficie de amatista y óxido, y algunos habitantes, salivando, se lanzaron a atrapar restos, como perros ante un banquete indecible.
Mi estómago se encogió, y a duras penas contuve el vómito y la histeria. Los Profundos lanzaron bramidos guturales, saltando luego al agua entre chapoteos monstruosos; los habitantes retrocedieron, algunos arrodillándose para besar el limo que los monstruos pisaban. Uno de los ancianos en máscara, en un intervalo de la ceremonia, me apartó la capucha descubriendo mi rostro. Sus ojos se dilataron; reconoció en mí la diferencia. “¡Ajeno!”, gritó, y la palabra resonó como una maldición.
En ese instante toda la congregación giró. Decenas de rostros batracios me escrutaron, y los sobrevivientes de la raza humana en ellos se borraron para dar paso a un odio marino. La persecución comenzó. Corrí, tropezando en los resbaladizos tablones, mientras a mis espaldas escuchaba risas chasqueantes, croares reverberando una sádica alarma. El aire se volvió aún más irrespirable; mi pecho ardía, mis piernas flaqueaban.
No recuerdo con claridad cómo logré llegar de nuevo a la posada. Solo sé que me atrincheré en mi habitación, taponé con mantas las ventanas, encendí la lámpara de aceite y aguardé, presa de un delirio que alternó memorias y pesadillas. Afuera, el aullido del océano menguó, reemplazado por suaves chapoteos bajo mi ventana, como si dedos membranosos rascaran la madera. Las pisadas húmedas se sucedieron en los pasillos y las escaleras, el arrastrarse, el croar. Alguien—algo—intentó girar el picaporte. Por suerte, cerré la puerta con el cerrojo más macizo, pero los que moran en la profundidad no respetan las leyes ni la lógica humana; de hecho, parecían regocijarse en el miedo que mi sudor destilaba.
La noche se consumió con lentitud torturante. Abrazado a mi lámpara, evité dormir un solo segundo, pues cada vez que los párpados flaqueaban veía ojos fosforescentes, bocas de doble fila de colmillos y manos palmeadas extendiéndose para arrastrarme bajo la espuma. En la penumbra, comprendí el sentido de tantos suicidios, desapariciones y linajes degenerados en Insmouth. Lo que acecha aquí no puede ser aplacado; su hambre es perenne, su pacto, eterno.
Al amanecer, los sonidos cesaron, y cuando asomé desde la ventana, los pobladores caminaban de nuevo, aparentando grotesca normalidad. El tabernero me aguardaba abajo, con su sonrisa forzada. “Ha tenido una noche movida”, me dijo. No respondí; tomé mi equipaje, mi corazón aún pulsando con irracionalidad, y abandoné Insmouth para siempre.
Atrás dejé la certeza de lo inexplicable. Ahora, en la lejanía, cada vez que la bruma se posa sobre mis noches o el rumor de las olas me alcanza, sé que los Profundos sobreviven, miran y esperan. Pronto vendrán más noches del Altar, más extranjeros curiosos o incautos. Ensmouth parecerá siempre en decadencia, pero ni el fuego ni el tiempo borrarán el eco de los susurros bajo las olas, ni el horror de saber que en lo abisal todos somos apenas carne de sacrificio.
Muchos me han tildado de loco desde entonces. Hay quienes aseguran que nada hay bajo las aguas salvo peces y secretos inofensivos. Pero yo sé, con la certeza de quien ha visto lo innombrable, que más allá de la espuma moran formidables cosas, criaturas que algún día, cansadas del tributo aislado, se alzarán a la superficie no solo para recoger a los desdichados, sino a todos nosotros. Ensmouth fue solo el principio. La marea nunca se detiene, y los Profundos, ¡ay!, tampoco.
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