Portada del relato El olor del agua vieja
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Fragmento:


Desde niño, Andrew había visto en los ojos de los viejos del pueblo un brillo extraño en noches como ésta, una reminiscencia de terrores ocultos que nadie contaba. Pero aunque la racionalidad hacía tiempo le obligaba a enterrar esos cuentos bajo la urgencia de la vida diaria y la bodega cargaba siempre las mejores presas al mercado, admitía en el secreto de la madrugada que existía algo más bajo las olas, algo que de tarde en tarde se acercaba cuando tormentas como aquella sacudían la costa.

Duración: 09:40

El olor del agua vieja
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Texto de ajuste de pausa.

La tormenta se había desatado sobre la aldea costera con una furia que no recordaban ni los más viejos. El mar rugía y vomitaba su espuma negra a más allá de lo que los escasos faros podían calar, sobre el muelle, los barcos balleneros reventaban contra el maderamen como grandes bestias heridas, aullando bajo el viento, y las casas gemían en la noche, sacudidas por una fuerza que parecía querer llevarse los cimientos, arrancarlos y hundirlos para siempre en esas aguas demasiado antiguas.

Nadie en el pueblo dormía. Toda la noche se sentía la espera, tensa como un nervio expuesto. Las lámparas parpadeaban tras las cortinas cerradas, las cerraduras habían sido revisadas tres veces. Incluso los perros, animales imbatibles, apretaban la cola y se acurrucaban en los rincones de sus refugios, resistiéndose a mirar esa negrura iluminada por relámpagos azules que barría la calle como un preámbulo siniestro.

Andrew Gammell miraba por la ventana desde su desván, la pipa apenas encendida temblando entre los dedos. Tenía los ojos hundidos y la barba sucia de sal y sudor. La tormenta le resultaba casi familiar: era el eco de otras tormentas, la repetición de una amenaza vieja. Sabía bien que esos vientos no traían sólo agua y trueno; la marea alta, ese rugido de ira, también traía exfolios menos visibles desde allá lejos, más allá de la plataforma continental, en el dominio de los abismos, donde la luz no existe y sólo los Profundos (así los llamaba su abuelo, de quien heredó esta casa) pueden moverse con libertad.

Desde niño, Andrew había visto en los ojos de los viejos del pueblo un brillo extraño en noches como ésta, una reminiscencia de terrores ocultos que nadie contaba. Pero aunque la racionalidad hacía tiempo le obligaba a enterrar esos cuentos bajo la urgencia de la vida diaria y la bodega cargaba siempre las mejores presas al mercado, admitía en el secreto de la madrugada que existía algo más bajo las olas, algo que de tarde en tarde se acercaba cuando tormentas como aquella sacudían la costa.

El problema fue que, esta vez, Andrew no estaba solo en la casa. Había regresado hace una semana con Caitlin, su pareja, que creció en la ciudad y cuya vida había sido tan ajena a las pesadillas costeras como a la propia sal. Le fascinaba la crudeza del pueblo y la modestia de sus días. Creía, o quería creer, que Andrew sólo arrastraba melancolía, no una maldición.

Mientras el monstruo de la tormenta bramaba, Caitlin bajó a la cocina a calentar un café. En el breve silencio entre retumbar y retumbar, escuchó, entre el canto hiriente de los cables de la luz, algo que no supo catalogar: como si mil gargantas de algún ave abisal entonaran plegarias bajo el muelle. Se pegó a la ventana, buscando abstraer la causa entre la lluvia.

Andrew la encontró horas después, la taza ya fría entre las manos y la mirada perdida hacia un punto que existía sólo en direcciones que no eran norte, este, sur ni oeste.

“¿Otra vez no puedes dormir?” preguntó Andrew, sentándose junto a ella. Los dos sabían que no era insomnio. El silencio, ayuno de palabras, se volvió denso. El crujir de la madera, el golpeteo de la sal en los cristales, hasta el jadeo contenido del viento, todo tenía un ritmo que era como una letanía.

Fue Caitlin la primera en romperlo. “Vi algo. Se movía en el agua, allá, cerca del arrecife… He visto las focas otras veces pero esto era alto, como un hombre, pero no era un hombre.”

Muchos en otras circunstancias, con otra compañía, habrían sonreído indulgentes, atribuyendo la visión a la fatiga o al miedo de una novata en la costa. No Andrew.

Eso que prefirió llamar Aquello había sido parte de su infancia como un rumor, y la última vez que se le aparecieron, su hermano menor desapareció. Diecisiete años atrás, y aún recordaba el rastro resbaladizo en la orilla y el eco de un grito, mitad humano, mitad imposible.

“Tienes que prometerme que no saldrás esta noche”, dijo Andrew.

El acuerdo fue tácito y húmedo. La lluvia languideció, y tras cada relámpago, la imaginación de Caitlin era capaz de reconstruir, en negativo, algo que se paseaba por la costa. Las horas pasaron. A medianoche llamaron a la puerta, tres golpes secos.

Los dos se miraron. Nadie llamaba a esas horas, bajo esa tormenta, a menos que ocurriera lo peor.

Andrew bajó, la escopeta que nunca quiso tocar lista entre los brazos. En el umbral estaba Walter Dunn, vecino y patrón de la draga St. Elmo. Empapado, el rostro perlado de reflejos anómalos, como si estuviera iluminado desde el fondo del mar.

“Andrew, necesitamos tu ayuda. Se han colado en la lonja. Las… cosas. No son nuestros perros ni son hombres.”

No preguntó más. Los tres salieron bajo el aguacero, Caitlin insistiendo en ir, acurrucada detrás del abrigo grueso de Andrew. El viento les desgarraba la piel, la arena les cortaba la boca. Los pasos en el fango resonaban como amenazas premonitorias. Al doblar el muelle, reconocieron enseguida el horror: una docena de hombres y mujeres arremolinados alrededor de la lonja, todos con el mismo brillo en la mirada. Entre ellos, arrastrando las redes, danzaban figuras antinaturales, de hombros caídos y escamas reflejando la luz eléctrica a jirones, bocas que apenas contenían un lenguaje comprensible.

Eran los Profundos. Y con ellos, algo más, algo que Andrew no había visto, pero había sentid antes: una distorsión en la noche, un vértice en la realidad. Una presencia para la que no hay palabra ni arquetipo, sólo evocaciones atávicas: Ghisguth.

El nombre es lo único humano que puede acercarse al concepto, un eco distorsionado de la vibración rítmica de las piedras sumergidas donde la vida se negó a evolucionar. Andrew lo sintió antes que lo vio; como un escalofrío dentro del cráneo, como un silbido en las vértebras. Ghisguth no camina. Ghisguth se trasluce, se amolda, es el presentimiento de lo que subyace bajo el tiempo.

Las figuras de los Profundos tallaban con garras las redes, extrayendo peces apenas vivos y masticando con avidez con sus bocas abisales. Cuando uno de los pescadores, Wally Simms, intentó interponerse, algo invisible lo apartó. El cuerpo de Wally se rompió como una figurilla de sal: cuatro golpes secos, demasiado rápidos, llenaron la noche de un olor a óxido y musgo. La sangre se fundió con la lluvia.

En ese momento el cielo se partió; en medio de la tormenta suspiró algo enorme y las farolas parpadearon, danzaron y se apagaron, dejando sólo la luz lívida de los relámpagos.

Un remolino en la playa, barriendo piedra y limo, se arremolinó cerca del grupo. No era agua ni aire: era la ansiedad hecha movimiento, una algidez absoluta, niebla serpenteando hacia lo imposible.

“¡Váyanse!” gruñó Andrew, sin saber bien si hablaba a los intrusos o a sus propios compañeros humanos. Porque allí, entre Profundos y arrastrados, algo tomaba forma. Una desproporción imposible, un cúmulo de incongruente geometría. Ojos como ventanas, cada uno en un plano distinto. Un zumbido: significancia absoluta, terror fundacional, el testimonio del abismo.

Las palabras de los Profundos eran saliva y conchas. Pero había uno, más alto, la piel rayada de cicatrices, que se volcó hacia Andrew. Nadie supo si era una invitación o una amenaza.

“Los ciclos retornan; se acerca la festividad. Nosotros despertamos lo que duerme y dormimos lo que acecha. Ustedes, hombres, olviden sus nombres. Lo profundo produce más que peces.”

La lluvia se tornó más espesa, un aguacero que olía a sangre. Los humanos comenzaron a retroceder. El grupo de Profundos soltó las redes, dejando que la pesca se deslizara hacia el mar. Un resplandor lívido brotó de la arena.

Ghisguth, por fin, se manifestó en una inhumana plenitud: la convergencia de miles de bocas abiertas en una gran pupila: la visión de la inmanencia del terror. En un instante, Andrew supo que nadarían hacia otras aldeas, absorberían la memoria de los ahogados y las pesadillas serían lo único cierto que dejaría la tormenta.

Caitlin corrió, llevándole casi por la fuerza. Volvieron a la casa, a tientas, y al resguardo de las persianas, Andrew sintió que no podían huir del eco. Cuando, horas después, asomó el sol más de acero que de oro, no quedaban huellas en la arena: sólo los ojos de los pescadores, distantes, contemplando el mar sin ver.

Un mes después, Caitlin encontraba a Andrew al pie del acantilado cada madrugada, los pies colgando sobre la bajamar, la pipa apagada, murmurando palabras para las piedras. Llamaba a Ghisguth en sueños, pues sabía que la verdadera profundidad no era el océano, era la grieta que ahora se abría en su mente.

La aldea nunca volvió a la normalidad. Nadie pescaba las zonas cercanas al muelle. Nunca se habló más de la noche de la tormenta, pero crecieron musgos que jamás habían arraigado, y el tiempo parecía haber adquirido otra textura.

En la playa, hay tardes en que aún se ve la marca de una red demasiado ancha para cualquier barco humano. Y en noches de tormenta, algunos, estúpidamente valientes, dicen oír no sólo el chillido de los cables, sino el himno húmedo y gutural de lo que espera en lo más profundo, lo innombrable, que durante horas observa a los hombres y memoriza sus nombres, sólo para borrarlos.

Jamás nadie pudo decir si Ghisguth se marchó. Pero Andrew, arreglando la barca en una bruma impía, juraba sentir, bajo la línea de flotación, mil ojos de obsidiana y una voz más vieja que las olas, enseñándole nuevas formas de rezar.

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