Portada del relato La canción de los que yacen bajo el mar
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Fragmento:


Crecí nunca lejos de la costa, en la morada salina y decadente de mis antepasados: el antiguo Orfanato de Blake, más allá de la aldea de Falcon’s Hook, un lugar que ni siquiera aparece en la mayoría de los mapas del estado de Massachusetts, perdido en brumas perpetuas. Era una construcción retorcida y longeva, sus piedras cubiertas de líquen y su madera enmohecida, mordisqueada por el salitre y el tiempo. Los cuidadores rara vez se esforzaban en disciplinarnos, permitiéndonos correr por los fangosos campos hasta la orilla, entre nieblas que ocultaban los acantilados y las rocas puntiagudas.

Duración: 08:48

La canción de los que yacen bajo el mar
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Texto de ajuste de pausa.

Permítame relatarle, amigo lector, los acontecimientos que trastocaron el curso de mi vida y, si se me permite la arrogancia, el curso plácido de la razón humana. Quizá mi relato le parezca sólo producto de un espíritu perturbado, pero la luz amarilla que destella bajo las olas al anochecer, esa luz inhumana, sigue ahí, y no soy el único que la ha visto.

Crecí nunca lejos de la costa, en la morada salina y decadente de mis antepasados: el antiguo Orfanato de Blake, más allá de la aldea de Falcon’s Hook, un lugar que ni siquiera aparece en la mayoría de los mapas del estado de Massachusetts, perdido en brumas perpetuas. Era una construcción retorcida y longeva, sus piedras cubiertas de líquen y su madera enmohecida, mordisqueada por el salitre y el tiempo. Los cuidadores rara vez se esforzaban en disciplinarnos, permitiéndonos correr por los fangosos campos hasta la orilla, entre nieblas que ocultaban los acantilados y las rocas puntiagudas.

Siempre me sentí marginado entre los otros huérfanos, por el vago tono acuoso de mi piel y la extraña disposición de mis ojos, cuyos párpados se movían con inusitada pesadez. Los niños a menudo se burlaban—decían que olía como las redes abandonadas, que mis dedos palmeados eran el símbolo de algún demonio—y yo aprendí a evitarlos, escabulléndome en la penumbra de bóvedas en el sótano o, a veces, más allá del muro cubierto de algas, hasta las salientes rocosas donde, durante las noches tibias de verano, se oía una música casi inaudible que ascendía de las profundidades.

Al cumplir los dieciocho años debía marcharme, pero mis únicos lazos eran la casa y el mar. Decidí quedarme. Conseguí trabajo en el desvencijado faro de la costa, una estructura aún más vetusta que el orfanato, cuyo mantenimiento era la obsesión de un anciano hosco llamado Silas Weller. Weller me enseñó los rudimentos del oficio, los secretos de los aceites y lentes, pero fue en el silencio de las madrugadas, cuando la niebla cubría la roca y el sonido de las olas parecía tararear un antiguo lamento, que empezaron a suceder las cosas extrañas.

Mi primer encuentro fue un sonido. A las dos de la mañana, tras reemplazar un fusible averiado, oí un croar profundo y modulante que no podía ser el de ninguna rana o zarapito local. Era simultáneamente chillido y canto, reverberando a través del agua como si viniera de una garganta monstruosa y ancestral, esa clase de criatura que solo puede engendrar el mar primordial. Recuerdo que congelé la respiración, la linterna temblorosa sobre la barandilla del faro, y una figura, a media milla mar adentro, se onduló bajo la linterna del embarcadero, algo que se alejaba en un salto descomunal, como si el océano le llamara.

Pasaron los días, y los rumores en el pueblo, pequeños y maliciosos, escalaron en intensidad. Gente que desaparecía durante tormentas, animales sin lengua ni ojos arrastrados a la arena, y, sobre todo, la insistente advertencia de que “en las noches sin luna, mejor no mirar al mar abierto, por mucho que cante.” Me recordaban a los susurros infantiles acerca de los “profundos”, seres de leyenda local a los que, según contaban, les ofrecían sacrificios bajo la luna nueva.

Una noche, Weller me halló mirando fijamente el agua. Su mano callosa me apretó el hombro, y me susurró una sola frase: “El mar nunca olvida a los suyos.” Era extraño escucharle hablar de algo más allá de la mecánica del faro, y su proximidad me estremeció más que el viento marino.

Esa misma noche, la niebla descendió sobre el faro, convirtiendo la estructura en una isla suspendida en un abismo blanco. El canto regresó, más fuerte y articulado, como un murmullo grave y rítmico, tan antiguo como la marea misma. Me asomé por la ventana, sintiendo un cosquilleo abrasador en las palmas. Entre las olas, vi brevemente figuras que avanzaban con pesadez: cuerpos altos, cubiertos de escamas, ojos plateados que devolvían el último destello de la linterna antes de sumergirse.

Estaba paralizado, el terror expandiéndose en mi pecho, mezclado con una melancolía inexplicable, como si recordara a fuerza de instinto todo lo que no podía comprender con la mente. Apenas dormí esa noche, y durante días caminé como un sonámbulo, los ecos del coro acuático en la mente. Comencé a percibir cambios en mi cuerpo: una sequedad insoportable en la garganta, la necesidad acuciante de mojar mi piel, y, lo peor, sueños en los que descendía por escaleras de coral, hacia cámaras iluminadas por fango resplandeciente y rodeado de rostros parpadeando bajo el agua.

Busqué a Weller para contarle lo sucedido, pero el anciano no se sorprendió. “Ya lo sabes”, dijo simplemente, “Eres sangre de los Blake. Todos aquí sellaron pactos cuando el resto del mundo los ignoró.” Me entregó un antiguo libro de cubierta viscosa y letras ininteligibles para mi alfabeto. “Lee esto si quieres recordar, aunque no sé si te gustará lo que descubras.”

Guardé el libro durante varios días sin atreverme a abrirlo, pero algo más fuerte que la curiosidad, una necesidad que rozaba lo fisiológico, me llevó a examinarlo. Descubrí símbolos propios de pesadillas: estrellas de cinco puntas, bestias abisales de miembros retorcidos, y la figura de un trono bajo la superficie, ocupado por una sombra inmensa. Cada página exudaba sal y algas secas, impregnando mis dedos de ese olor que otros huérfanos siempre detestaron de mí.

En el pueblo, la hostilidad se intensificó. Algunos, como la señora Kettering, evitaban mi saludo. Otros, como el joven Oglesby, me lanzaban piedras cuando caminaba bajo la lluvia. Supe entonces que algo, más allá de mi extraña fisonomía, me marcaba. Una noche, mientras dormía, oí que rascaban mi puerta. Afuera, bajo la tormenta, encontré un amuleto tallado en hueso y conchas, la efigie de un pez con ojos humanos. Lo reconocí, inexplicablemente, como mi amuleto, y me lo até al cuello con un escalofrío.

Así pasaron varias semanas hasta la noche sin luna de agosto. El mar estaba planchado, el aire era irrespirablemente húmedo y olía a óxido y podredumbre. Me dirigí a la costa, como si respondiera a un mandato ajeno, descalzo y aturdido. El faro se recortaba a mi izquierda, perdido en la bruma, y el pueblo dormía tras sus ventanas cerradas. Entonces oí el susurro: “Ven”.

Los Profundos me esperaban en la playa, inhumanos y terriblemente familiares. Medían más de dos metros, temblaban bajo la piel verdusca poblada de líquenes. Sus fauces abiertas emitían la melodía antediluviana que penetraba en los huesos, la canción que todas las aguas han entonado desde el Génesis. Entre ellos distinguí uno más enjuto y calmo, de ojos casi humanos, que me tendió uno de sus bultosos brazos. Sentí la llamada en todo mi cuerpo; cada célula vibraba hacia esa música secreta.

Entré en el mar sin hesitar. Era lo único que tenía sentido. El agua se cerró sobre mi cabeza y, aunque el terror me atravesaba como el filo de una navaja, era un terror mezclado con alivio. Podía respirar, con dificultad al principio, pero luego con la libertad del animal que regresa a su fuente. Atravesé túneles de coral y ruinas abisales, guiado por la procesión. Al fondo, había una ciudad de ángulos imposibles y luces verdes, más vieja que cualquier época humana.

Vi a los míos, los Blake, y a otros linajes mezclados con lo inefable. Nos abrazaron en un ceremonial silencioso, y me hablaron, no con palabras, sino con recuerdos largamente sepultados en mi ingenio humano: recuerdos de pactos sellados cuando los hombres eran bestias apenas erguidas, cuando el mar y la tierra aún no estaban separados. Supe que algunos de nosotros regresaban para guiar a los neófitos, mientras otros, como Weller, sólo esperaban el momento de la llamada final.

Hoy escribo estas palabras desde la seguridad inquietante de mi oscura habitación junto al mar. A veces aún salgo a caminar entre los hombres, sabiendo que ya no pertenezco del todo a su especie. La humedad, el olor a sal, el ansia de mareas me devoran. Aquellos de sangre antigua como yo servirán aún a la causa de los Profundos, perpetuando el ciclo, trayendo nuevos adeptos cuando la línea de sangre mengüe y la ciudad bajo el mar necesite más hijos devotos. No es un destino que pueda rechazar; el pacto es más fuerte que la voluntad, más profundo que la carne.

Oigo su canto ahora, mientras la luna mengua y la marea se retira. Pronto me sumergiré de nuevo. Usted, que lee estas líneas y se cree seguro tras sus paredes de ladrillo y luz, tal vez escuche alguna noche esa canción lejana. Si es así, no la ignore. Porque aquello que mora bajo el mar, supura en nuestra sangre. Y al final, todos responderemos a la llamada, todos cumpliremos el pacto original, aunque no sepamos recordarlo todavía.

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