Portada del relato El abismo del susurro gris
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Fragmento:


Llegamos esa tarde y para la noche estábamos frente al faro, bajo la pálida luz de un candelabro lunar perdido en la bruma. Empujamos la puerta herrumbrosa. Un chirrido, olor a limo fermentado. Bajamos los primeros escalones de caracol, la espalda mojada por filtraciones. Otilia recogía fragmentos de cerámica tallada, inscripciones similares a petroglifos, mientras yo miraba la piedra hendida de raíces negras, la oscura baba entre las fisuras.

Duración: 09:34

El abismo del susurro gris
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Texto de ajuste de pausa.

El faro-emblema de Contracosta emergía solitario, sordo a cualquier nueva embestida de la marea, aún tras el lento declive del puerto y la prolongada huida de sus habitantes. Torcido sobre su pedestal de pizarra, cada tanto alguien, como yo, se animaba a buscar el misterio que se adhería a sus grietas y al aliento rancio del salitre podrido.

No iba solo aquel octubre. Me acompañaba Otilia, antropóloga, y un reflector cuyas pilas habíamos comprado entre ambos, pensando en las oscuras cámaras interiores y los sótanos húmedos. Tanta preparación y ciencia no podían salvarnos del horror que había fermentado en Contracosta.

La ciudad vieja era una costra, hecha de casas sin ventanas y techos ahuecados por la brisa. Silencio de cementerio. El mar, más allá del muro de escollera, golpeaba en intervalos curiosamente acompasados, casi rituales. La marea, recordé las advertencias del borracho Barrow, se movía distinta en esos lugares.

No ignorábamos los rumores: descendientes de Innsmouth, escozores en el alma, sacrificios nocturnos en pozas ocultas, pescadores de ojos lechosos y la recurrente visión de formas pálidas rondando la escollera bajo lunas cerradas. Otilia, más bien escéptica ante lo sobrenatural, venía en busca de "mutaciones culturales", signos de hibridación, pero yo… Yo buscaba algo indefinible, aquello que oía por las noches desde niño, como una viscosidad arrastrándose fuera del tiempo.

Llegamos esa tarde y para la noche estábamos frente al faro, bajo la pálida luz de un candelabro lunar perdido en la bruma. Empujamos la puerta herrumbrosa. Un chirrido, olor a limo fermentado. Bajamos los primeros escalones de caracol, la espalda mojada por filtraciones. Otilia recogía fragmentos de cerámica tallada, inscripciones similares a petroglifos, mientras yo miraba la piedra hendida de raíces negras, la oscura baba entre las fisuras.

—Mira esto, —dijo ella, enfocando un relieve borroso con el reflector. Una figura, vagamente antropomorfa, apenas emergía entre fauces y tentáculos cavernosos. Era una devoradora, una matriz, algo gestante. Supe, sin saber por qué, que no tenía nombre humano.

Avanzamos hacia los sótanos. El aire se volvió más frío y pastoso. Las paredes parecieron estrecharse. Afuera, la marea golpeó seco, resonando como el latido de un corazón de piedra. Bajamos otro tramo y la linterna resbaló sobre azulejos—el piso era un mosaico de huesos y conchas, entreverado con fragmentos de un idioma mineral, signo y espejo de horrores anteriores a la historia.

Un túnel lateral, no más alto que un hombre agachado, nos arrastró hacia las entrañas húmedas. El pulso del mar era cada vez más notorio, mezclado con una sensación, un murmullo amortiguado, venido de ninguna parte. Otilia retrocedió un paso; sus ojos, forzados por el miedo —por fin lo admito— me buscaron con una súplica muda. Un hedor a amnios en descomposición, una sugerencia de vientres monstruosos, impregnaba el aire saturado.

Nos abalanzamos sobre un hueco circular, más profundo que cualquiera de los sótanos vistos en ruinas costeras. Allí, la roca parecía sudar una mucosidad violácea. Algo se movía muy despacio, rozando agua y limo. Una voz, seca como antigüedad, brotó de ninguna parte—o de todas:

«Vendrán. No para vosotros, sino porque sois simiente. Hijos y alimento.»

Otilia jadeó, presa de náusea. Yo, temblando, pero atado a la visión que afloraba: más allá de la boca cubierta de limo, un laberinto de galerías descendía, se entrecruzaba, se multiplicaba en cámara de incubación. Entre sombras vi formas hinchadas, alevines viscosos entre seres humanoides—brazos palmeados, bocas llenas de colmillos diminutos. Los niños de la sima. Los Profundos, transformándose perpetuamente, cultivando en secreto.

Pero en el fondo del pozo no era sólo agua ni engendro. Había algo más.

Un huevo, eso pensé, o un hueco palpitante en el que giraba una figura imposible de describir—negra, silueta de cangrejo obeso, rodeada de apéndices. Tenía una boca, sin boca, y de ella brotaba una telaraña de hilos blancos, como venas entrelazadas, algunos perdiéndose en la piedra; otros, asomando a la superficie.

Otilia gritó al ver que uno de los hilos—grotesca cordonumbilical—se arrastraba, en lenta agonía capilar, hacia su botín: la vasija tallada que ella aún sujetaba. Al contacto, el barro se fragmentó, y de él emergió una criatura traslúcida, con ojos de perla. Una terrible comprensión me sacudió: estábamos ante la matriz de una raza, una piedra angular de inmundicia viva, gestadora de nuevos horrores, portadora de semillas abisales.

Entre los rugidos de las profundidades, sentí otro pulso. Un goteo amarillo brotó del techo y de las paredes, acumulándose en charcos fétidos. Las sombras temblaron, y, del limo, asomó una silueta aún más vasta, enroscada, circular: un orbe de patas, lleno de ojos que no eran ojos, sino posibilidades—y dentro de cada uno, oscuridades que devoraban, consumían, tomaban lo que les era entregado.

Cynothoglys y Eihort. Las leyendas que Otilia había desestimado y yo sólo a medias creído se materializaban ahora en monstruosidad retorcida. Otilia, sacudida por el terror, arrojó la vasija contra la roca, que estalló en salpicaduras y chillidos viscosos. Los hilos blancos, ahora libres, se arremolinaron sobre su pierna, penetrando la carne como raíces voraces.

La vi caer de rodillas, la vi gritar, mientras la mucosidad amarilla la envolvía como una placenta y la voz —esa voz sin voz, de sima y fosa—profería:

«Tantos, y tan pocos nacen. Elige tu sendero bajo piel y escama, bajo raíz y sangre.»

Apreté la linterna como si fuera una daga. La luz apenas arañó la tiniebla, y los orbes brillaron con una malicia cerúlea. Retrocedí de espaldas, patinando sobre limo y huesos, hasta topar con la silenciosa humedad del muro.

Las criaturas evolucionaban ante mis ojos: de la matriz negra brotaban pseudo-humanos, torsos palmeados, niños de escamas y de piel translúcida, mientras de la esfera amarilla de Cynothoglys se desprendían huevecillos que rodaban y, donde se detenían, hacían que la roca se abriera y mostrara túneles nunca antes vistos, una red infinita de pasadizos para la otra progenie de la oscuridad.

Una lógica mayor me estremeció entonces: todo el subsuelo costero era una matriz compartida, una fusión de dos especies, dos semidioses o parásitos, que competían en el fondo de la tierra por la supremacía de la putrefacción. Los Profundos de Innsmouth se apareaban y engendraban servidumbre, pero Eihort destilaba caminos; Cynothoglys, en cambio, infectaba con dirección, elegía entre líneas de sangre y esporas mutadas.

Otilia dejó de resistirse. Más allá del miedo comenzó la sumisión—el abrazo de una voluntad mayor, el acceso súbito a imágenes atroces: ciudades sumergidas en mares de pus, grutas fértiles en las que los humanos se reducían a matrices corrompidas, incubadoras colectivas para razas futuras. El orbe la absorbía; la matriz la reclamaba.

Yo, resbalando hacia la locura, supe lo que sucedía: no se trataba de venganza, ni incluso de reproducción, sino de dietas subterráneas. Eihort, el gusano que teje caminos, devora para gestar; Cynothoglys, la matriz negra, elige para sembrar. Mientras la progenie de los Profundos crecía, ellos disputaban cada célula humana, cada horror engendrado, cada susurro aguardando a ser carnalizado.

Corrí, dejando tras de mí los últimos gritos de Otilia, la baba negra y los ecos rojoamarillos del subsuelo. No sé cómo alcancé la escalera, cómo evité resbalar en el charco de larvas. Solo recuerdo estrellar la puerta del faro, emerger al aire salado y destruido, y correr por las ruinas hasta donde los primeros atisbos de alba apenas tiñeron de claridad la costa muerta.

Nadie volvió a ver a Otilia. Hablé en la taberna de Barrow, bajo la piel vencida de los últimos bebedores. Vi en sus ojos el reconocimiento, no de la verdad, sino de mis síntomas: palidez, temblor, la mirada que no puede olvidar. Sabían lo que había allí, y sabían también que no era posible volver.

Mi sueño ya no es mío. Allí habita la matriz negra; de vez en cuando, cuando la luna siembra marea roja, siento en el pecho un hilo blanco, una baba amarilla que me surca como relevo. Cada cierto tiempo, una voz que no es voz me susurra desde el fondo del abismo: escogiste tu senda.

Y sé que ella —Otilia— ya no es Otilia, ni nada, ni nadie. Que allá, bajo las grietas y la baba, puertas y caminos siguen abriéndose en la matriz profunda de nuestra pesadilla, esperando que nuevos peregrinos arriben, con linternas y ciencia, y sobre todo, esperanza.

El faro de Contracosta sigue en pie. Pero ya nadie se aproxima a su sombra. Porque, a la medianoche, bajo el filamento viscoso de una brisa demasiado pesada, los susurros del abismo vuelven a congregarse, esperando a la próxima simiente que se atreva a mirar… bajo la piel del mar.

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