Fragmento:
—Los de Crowley sólo heredaron migajas y ecos —respondió—. La Estrella Plateada… la auténtica… fue concebida como llave y umbral mucho antes de la llegada del propio Simón el Mago. Lo que tenían en común no eran hechizos ni símbolos, sino la certeza de que la mente humana es apenas una membrana temblorosa entre lo que llamamos realidad y lo… otro.
Duración: 11:30
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La lluvia golpeaba insistentemente los ventanales altos de la mansión, formando surcos de agua en los cristales graníticos y distorsionando las débiles luces del alumbrado exterior. El reloj del vestíbulo daba apenas las ocho, sumido en una niebla perenne que el otoño traía desde el mar, cubriendo la mansión de Fortunato en aquel remoto rincón de la costa septentrional. Afuera, las formas de los árboles eran meras sombras alargadas, retorcidas como si no crecieran bajo la misma lógica que el resto del bosque.
El anfitrión de la velada había escrito invitaciones en papel grueso, presionando la tinta violeta de su estilográfica con una mano temblorosa. Ningún invitado podía ver, al recibir la misiva, la inquietud apenas contenida en los márgenes, los exabruptos de letra apresurada allí donde la descripción de la velada abandonaba la promesa de conversación interesante para dejar, en cambio, insinuaciones filosóficas, veladas amenazas y ecos de secretos. Pero allí estaban esa noche: Manuela, la novelista escéptica; Olmedo, el doctor en Física; Gadea, la actriz cuyo éxito parecía afincado en su insinuante misterio natural; y Saúl, el estudiante a quien todos trataban amablemente, aunque nadie sabía bien por qué.
Fortunato, sin embargo, les esperaba, como el sacerdote al pie de un altar cuya verdadera finalidad es ignorada por todos excepto el propio oficiante.
Al calor de la chimenea, el anfitrión alzaba su copa, y tras algunos brindis triviales y condescendientes sobre el arte, el poder y el hastío, la conversación giró, sibilinamente, hacia lo que Fortunato denominaba “la línea umbral de la conciencia humana”. Saúl, el joven, fue el primero en hablar abiertamente del cansancio existencial y, entre risas, preguntó si alguna vez alguien había sentido “presencias” al borde del sueño, algo más allá de lo humano. Manuela contestó con la mezquina inteligencia de los racionalistas, pero Gadea permaneció en silencio, su mirada ausente fija en la esfera negra del reloj, como si supiera algo que el resto no.
—¿Sabéis? —dijo Fortunato, con voz acariciante—. Yo he sentido esa línea. Y he cruzado más de una vez la frontera donde lo aceptable se dobla y se tuerce como una sombra afectada por una fuente de luz imposible.
Se produjo un sutil cambio en el ambiente. Gadea cortó con el filo cromado de su voz:
—Supongo que vas a hablarnos de tus experimentos, Fortunato. Pero creo que no esperabas realmente que te creyéramos.
Nadie rió. Afuera, la lluvia arreció. Sentados todos en círculo, Fortunato movió ligeramente la pantalla de la lámpara, dejando la sala en penumbra. Tan sólo iluminaba el centro de la sala, donde, apoyada en la moqueta y sobre una bandeja de carísimo ébano, una caja de madera repujada y símbolos gravados con pericia relucía bruscamente cada vez que el fuego del hogar crepitaba.
—La historia no es mía —rectificó Fortunato—. Pertenece a aquellos que han conocido y aceptado el abismo. ¿Conocéis la Hermandad de la Estrella Plateada? —preguntó.
Esta vez, incluso Manuela sintió un pasajero escalofrío, aunque lo disfrazara de burla.
—¿Esos místicos de atavíos teatrales? Santos en bata y sandalia… ¿Nos insultarás con una sesión de espiritismo?
Olmedo, sin embargo, pareció interesado de una manera insospechada. Sacó su pipa y, mientras miraba de reojo la caja, preguntó, en voz baja:
—¿Hablamos de los de Crowley? ¿O de otra rama, más antigua?
Fortunato sonrió. No parecía ya el diletante de sociedad, sino un personaje surgido de una pesadilla ritual.
—Los de Crowley sólo heredaron migajas y ecos —respondió—. La Estrella Plateada… la auténtica… fue concebida como llave y umbral mucho antes de la llegada del propio Simón el Mago. Lo que tenían en común no eran hechizos ni símbolos, sino la certeza de que la mente humana es apenas una membrana temblorosa entre lo que llamamos realidad y lo… otro.
Dijo esto, y con un lento gesto calculado, abrió la caja de ébano. Una brisa, fría y antinatural, pareció pasar entre los presentes, proveniente del interior de la caja, aunque ninguno de ellos pudiera ver en ese momento lo que contenía. Gadea cogió primero la copa, bebiendo de un trago.
—¿Qué hay ahí dentro? —inquirió.
—Piedras. Nada más y nada menos —susurró Fortunato—. Pero no piedras de nuestra tierra. Son esto: recortes de lo que queda tras la marcha de ciertos… visitantes. Roca viva, alterada por su tránsito.
Los demás miraron dentro cuando Fortunato mostró el contenido: seis cantos diminutos, perfectamente pulidos, con extraños grabados que parecían, por momentos, resbalar bajo la mirada, como si intentaran rehacerse en el límite de la visión periférica. Una de ellas, de color negro absoluto, parecía succionar la luz. Otra, gris azulada, vibraba sutilmente cada vez que una mano pasaba sobre ella.
—En la logia, —prosiguió— recogimos estas piedras tras una operación de apertura. Nunca debieron haberse conservado. Pero yo... yo insistí.
Saúl se aproximó demasiado, y al sostener una de las piedras sintió un cosquilleo terrible, como si cientos de insectos cruzaran su piel. Soltó de inmediato el canto pulido y se llevó la mano a la frente, sudando.
—Son como cadáveres de ideas —dijo Olmedo, con un deje de fascinación científica—. ¿Qué clase de operación habéis hecho? ¿Invocación?
—Eso sería ridículo si se tratara de hadas o demonios, —hizo un gesto vago el anfitrión— pero nuestros huéspedes atienden a leyes distintas. Vienen, a veces, porque la mente humana, en ciertas condiciones, brilla con un fulgor que, por breve instante, atraviesa también sus propios universos. Es entonces que perciben y colorean nuestra realidad… y la deforman a su paso.
Fortunato hablaba en un susurro, pero nadie se atrevió a interrumpirle.
—No nos comunicamos con ellos. No. Les invitamos… y si acuden es porque conviene a sus objetivos, que nos son tan inabarcables como la mirada del pez sobre el fondo del mar al contemplar la luna. En la logia, esa noche, fuimos cinco en el círculo. Dos no regresaron. El resto… —hizo una pausa– El resto aprendimos que el horror verdadero no es el dolor físico, ni siquiera la locura. Es la comprensión absoluta de que somos observados, no como iguales, sino como recurso: alimento, idea, sombra para albergar una forma, retorta, experimento, o simple accidente. Nada singular ni épico.
Saúl, demasiado pálido, preguntó entonces:
—¿Vieron… una forma? ¿O solo ideas?
Todos aguardaron la respuesta mientras Fortunato apretaba la caja contra su pecho.
—No hay forma. O la forma carece de sentido. A veces se percibe un eco, una vibración, un titilar de líneas y superficies, pero… lo que sentimos se experimenta a través de los sentidos que ellas… adquieren… temporalmente de nosotros.
Olmedo, superado el miedo, fue hasta la repisa y encendió otra lámpara.
—No te creo, Fortunato. Pero no porque no pueda creerlo, sino porque… bueno, sencillamente, no podría soportar la implicación de que es cierto.
Manuela rompió el silencio:
—Lo que describes es un delirio. Un mito construido sobre la necesidad de que haya algo más allá, aunque ese más allá sólo nos desprecie. Una broma cósmica, sí, pero ¿no es el horror, en última instancia, una proyección pueril?
Fortunato cerró la caja y, con calma, la depositó en el piano de cola de la estancia. Saúl no podía apartar la mirada.
—Os dije que eran coleccionistas de piedras.
El ambiente, por un instante, pareció desplomarse. De repente, uno de los ventanales restalló en la tormenta. Gadea, apartándose, se asomó al vestíbulo para llamar a la criada. Al volver, encontró a los demás reunidos en torno al piano, donde la caja de ébano ahora estaba abierta de nuevo y parecía respirar con un temblor orgánico. Un denso olor a ozono y piedra mojada flotó repentinamente en la sala.
—Fortunato, esto no tiene gracia —le increpó Manuela—. ¿Has puesto algún producto químico ahí dentro?
El anfitrión contemplaba ahora a sus invitados con una expresión nueva, casi vacía, como alguien que no ocupara ya el mismo plano que ellos. Saúl observó, horrorizado, cómo sobre la moqueta y en la caja empezaba a dibujarse, en líneas de relente y humedad, una figura que recordaba vagamente a una estrella. La Estrella Plateada. Pero sus líneas no eran simétricas: parecían reptar hacia abajo, como tentáculos hechos de niebla y frío.
Olmedo, en un murmullo de asombro, se preguntaba si era ilusorio, una alucinación por efecto de la pendiente autohipnótica de la velada, o si efectivamente algo del umbral había sido abierto y las piedras, los residuos de contacto, estaban ligados a una esquina del tiempo y espacio donde la razón se deshace.
—Salid ahora —dijo Fortunato, con una voz que no parecía suya, hueca y distante—. La caja debe cerrarse y no regresará ninguna de vuestras mentes intacta. Nadie puede contener esto como recuerda un sueño. Este recuerdo es tenaz: corrompe, deforma, y llama. Ahora lo habéis sentido: el umbral no es una promesa, sino un azote.
En ese instante, la figura de niebla pareció aferrarse a los brazos de Saúl, que gritó como un animal acorralado, mientras Gadea, presa de una súbita decisión, estampó la tapa de la caja sobre la piedra negra. Con un sonido sordo, la sala pareció replegarse y un crujido seco resonó en lo profundo de la casa, como si algo hubiera sido amputado del tejido mismo de la realidad. El olor a ozono cedió y la temperatura volvió de pronto a la normalidad, los objetos recobrando sus contornos, las voces sus quilates humanos.
Fortunato, sudoroso, cayó de rodillas.
No hubo después palabras. Nadie recogió sus abrigos; simplemente salieron, unos tras otros, perdiéndose en la tormenta, sin mirar atrás, como si cada uno llevara dentro una densa y eterna piedrecita negra, grabada a fuego en su conciencia por lo que habían presenciado o solo intuido. Jamás volvieron a verse.
A partir de aquella noche, ninguno fue ya el mismo. Manuela no volvió a escribir ficción: lo intentó, pero descubría formas imposibles e irracionales en sus propios manuscritos. Olmedo desarrolló una fobia irreparable a la luz eléctrica y al sonido del agua. Saúl, según decían, murió apenas unos meses después, repitiendo palabras sin sentido en su lecho de hospital. Y Gadea, finalmente, inexplicablemente feliz, se retiró lejos, repitiendo a quien quisiera escucharla que una caja sólo es peligrosa si insistes en abrirla demasiadas veces.
En la mansión de alabastro, Fortunato a veces se deja ver, deambulando entre habitaciones clausuradas, tarareando antiguas melodías con los ojos en blanco, como si esperara, en cada sombra, el relente de aquella estrella torcida y la promesa de ese contacto primordial que llama, llama siempre, desde más allá del umbral de los mitos. Porque al abrir la caja aprendió que, para los otros, la caja es nuestra cabeza. Y que el horror mira, paciente, desde el polvo de las piedras.
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