Fragmento:
Penetré en la negrura, cada paso resonando con la languidez de quien camina en sueños calcinados por la fiebre. Encontré pasadizos húmedos, colmados de lodo y percebes, descendentes en ángulos imposibles. Había símbolos —marcas indescifrables, que no son letras ni números ni signos conocidos, pero que insinúan significados prohibidos en pulsaciones de locura— tallados en las piedras resbaladizas. Los muros rezumaban una humedad que, pronto descubriría, era más que simple agua salada. Mi linterna iluminó oscuros fetiches de hueso y madera, tallados simulacros de criaturas que parecían denegar toda taxonomía terrestre.
Duración: 10:11
Cuando mis correspondencias con el Dr. Lemuel Whateley comenzaron, apenas imaginaba yo el abismo en el que mis indagaciones desembocarían. Cierta vez estudié bajo la tutela del brillante y excéntrico doctor en la Universidad de Miskatonic, años durante los que se granjeó la fama no solo de erudito en historia antigua, sino de un pionero en “arqueología oculta”. Una correspondencia polvorienta suya enviada a mi estudio en Boston, fechado varias semanas antes de su desaparición, bastó para reavivar el malsano interés que su persona ejercía en mí. Fue aquella carta, teñida de un temor insoluble y escrita como por alguien siempre espiado, lo que me precipitó a un universo donde la razón es, al cabo, sólo una jaula de barro insuficiente para contener los horrores que acechan casi al alcance de la mano.
La misiva relataba descubrimientos recientes en la región costera cercana a Innsmouth, un pueblo preso en la boca del Atlántico, a apenas unas leguas de la carretera que va de Arkham a Newburyport. Según el doctor, rumores locales aludían a ruinas “fuera del tiempo” halladas durante un derrumbe en los cimientos de una retirada mansión. El texto, garabateado con urgencia, prometía detalles “solo para ojos dignos y firmes”, aconsejando traer conmigo toda precaución racional y espiritual si consideraba ir en su busca.
Era, supongo ahora, mi endeble vanidad intelectual y una malsana nostalgia de los días en Miskatonic lo que me llevó, un anochecer ventoso de octubre, a tomar la carretera hacia Innsmouth. Mi ánimo se tornaba cada vez más oprimido a medida que el crepúsculo cernía sus sombras ondulantes sobre los páramos, mientras las colinas adoptaban la fría y negruzca paleta del océano. Al llegar al pueblo, percibí ese mismo instinto primario que advierte de un depredador fuera de la visión: los extraños ojos de los habitantes —saltones, vitrosos, plagados de alguna afección nacida quizás en la mezcla de sangre y desesperanza— me seguían con muta desconfianza desde portales y ventanas.
Solo el farol mortecino de la posada Marsh, por entero cubierta de moho y si cabe, de algo más aceitoso aún, me ofreció hospedaje. Una vez en mi desvencijada habitación y con los apuntes del Dr. Whateley extendidos ante mí, advertí que los mapas burdos delineados por su puño tembloroso llevaban directos a los bajos subsuelos de la mansión Orne, al extremo occidental de la escarpada costa. Allí, según su última nota, había encontrado “la entrada”.
A la mañana, enfrentando una niebla húmeda y viscosa, me abrí paso hasta los terrenos desolados de la mansión, urgido por el insomnio y una obsesiva necesidad de encontrar a mi mentor. Las piedras ciclópeas, desmoronadas sobre sí mismas, exudaban un hedor apiñado e inconfundiblemente marino. El sótano de la mansión se abría bajo una trampilla medio hundida, y la linterna eléctrica apenas arañaba el abismo de negrura más allá.
Penetré en la negrura, cada paso resonando con la languidez de quien camina en sueños calcinados por la fiebre. Encontré pasadizos húmedos, colmados de lodo y percebes, descendentes en ángulos imposibles. Había símbolos —marcas indescifrables, que no son letras ni números ni signos conocidos, pero que insinúan significados prohibidos en pulsaciones de locura— tallados en las piedras resbaladizas. Los muros rezumaban una humedad que, pronto descubriría, era más que simple agua salada. Mi linterna iluminó oscuros fetiches de hueso y madera, tallados simulacros de criaturas que parecían denegar toda taxonomía terrestre.
El aire se espesaba, impidiendo la respiración y alborotando una reminiscente memoria de lodos primigenios. Oía el chapoteo de aguas estancadas, y de cuando en cuando un sobrecogedor croar —no humano, no animal, sino algo ancestral— se colaba desde túneles contiguos, haciendo vibrar mi corazón y mis rodillas. Mis recuerdos de la carta de Whateley, recitada en susurros en mi mente, decían: “Donde camina la salmuera sobre la piedra, allí acechan los Vigías Abisales. Ni la luz ni la oración penetran donde ellos duermen”.
Avancé hasta una sala más amplia, donde el pasaje se precipitaba en una especie de cripta circular, semejante a una boca devoradora. El eco del agua me advirtió de una presencia antes invisible: alrededor de la cámara, torcidos sobre pedestales, yacían cuerpos —hombres hinchados, deformes; rostros conocidos y desconocidos con esa inconfundible mirada marcheta propia de Innsmouth. Sus bocas abiertas, como si aguardaran aun el oxígeno en sus pulmones, murmuraban silencios de otro mundo.
Sólo cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, observé lo imposible: más allá, agazapado en la negrura, distinguí a Lemuel Whateley. Su cuerpo apoyado contra el altar central, envuelto en andrajos y sucio hasta más no poder, conservaba parte de su antigua humanidad. Se hallaba murmurando, o rezando, en una lengua donde las vocales retumbaban como burbujas surgidas de abismos sin fondo. La vista de mi presencia pareció conmoverlo; su agitación se tradujo en un temblor de su mano, articulando palabras en inglés sólo tras varios titubeos:
—¡No debiste venir! —jadeó—. Ellos me acusan, me vigilan. La puerta ha sido abierta una vez más, y no hay mentes humanas capaces de cerrar lo que nuestros ancestros, por ignorancia y codicia, desearon arrojar aquí abajo.
Me apresuré a su lado, arriesgando mi propio juicio al observar el tremendo deterioro de su aspecto, pero fue la oquedad tras el altar la que enfrió mi sangre. Un sello irregular, tan antiguo que ni el mismo doctor pudo asegurar su función, había sido quebrado. Más allá, el abismo se extendía, sombra en sombra, hasta donde la linterna se extinguía en pura negrura.
Whateley me rodeó con una mirada enloquecida.
—He visto lo que duerme debajo, lo que acecha el umbral de la razón. Criaturas tan vastas y ajenas a nuestra biología, que la mente flaquea y el alma se contrae ante su evocación. Vi sus cuerpos, callosos y untuosos, infinitamente segmentados, portando ojos múltiples… y su mirada retuerce el cosmos mismo hasta volverlo espuma. Son los Primeros. Los Hijos del Abismo.
El relato que seguía se grabó en mí como fuego sobre cera. Me refirió cómo, en su impulsiva búsqueda de conocimiento, había descifrado demasiados pasajes de un grimorio conocido en ciertos círculos como “El Libro de Eibon”. Siguiendo la arcaica cartografía de sueños y fiebres, se adentró en los túneles prehumanos bajo Innsmouth, hasta tropezar con el sello. Una vez quebrado, la consciencia de los moradores más antiguos fue despertada; sentía —lo sentía aún en ese instante— una mente colosal rozando con su simple presencia la de quienes osaban husmear en esos reinos prohibidos.
Mientras Whateley murmuraba su confesión, el agua de las grietas aumentó su gorgoteo, y el croar serpentino de las criaturas se hizo más urgente, impaciente se diría. Una vibración se apoderó de los muros ciclópeos, reverberando hasta el tuétano; era como si alguna miasma primigenia buscase salir del vientre de la tierra, arrastrando consigo ecos de sangrientas eras olvidadas por la historia y por el hombre.
Intenté llevarme al doctor hacia la salida, mas éste, petrificado de terror, se negó.
—No puedo —balbució—. Debo velar el umbral… sólo yo escucho sus plegarias… sólo yo contengo asta donde pueda…
De repente, un chillido no humano cortó el silencio y los cuerpos dispuestos en torno a la sala comenzaron a agitarse, con movimientos rígidos y temblorosos. Un hedor salino, tan denso que mareaba, me obligó a taparme la boca y el pánico se apoderó de mí. Los rostros inchados y acuosos de los cadáveres abrieron los ojos, ojos que no tenían pupilas, sino una negrura abisal que absorbía la luz de mi linterna.
Sentí —no sé cómo expresarlo— la presión de algo vasto y líquido escabulléndose por los túneles contiguos. Huidas golpeando el barro, chapoteos, exudaciones… y, en medio, ese croar reverberante y penetrante. Bruscamente, el doctor se arrojó sobre el altar y gritó palabras en la lengua innombrable de sus confesiones:
—¡Ph’nglui mglw’nafh Dagon R’lyeh wgah’nagl fhtagn!
La sala se cubrió de una sombra aún más negra; y, en ese instante, la fealdad inherente a toda la situación se manifestó de manera fatal: vi surgiendo del hueco oscuro tras el altar una masa tentacular, orlada de chillidos subacuáticos y espumas viscosas. Los cadáveres se levantaron, sus miembros torpes convertidos en una grotesca pantomima de vida, y sus gargantas croaron en unánime y sepulcral melodía a la criatura que emergía del abismo.
Tuve el escaso juicio de huir, arrastrándome por los resbaladizos pasillos mientras la sombra y el hedor se agolpaban tras de mí. Cada giro me llevó a nuevas galerías sumidas en la oscuridad, donde vislumbres de seres sin forma serpenteaban detrás de los muros. Apenas recuerdo el ascenso final, tan solo la certidumbre de que una mano de otro mundo me rozaba la espalda y de que los ecos de las aguas profundas se reían con una voz que traspasaba los huesos.
Emergí al mundo de la luz bajo el cielo gris de Innsmouth, cubierto de lodo y pestilencia, con el espíritu destrozado para siempre. Cuando el sol despuntó, juré un voto de silencio y olvido; mi razón naufragaba, y sólo la etiqueta de la cordura impulsó mis pasos de regreso a Boston.
De Lemuel Whateley no se encontró rastro alguno. Nadie en Innsmouth admitió nunca su presencia y, semanas después, leí en el periódico la noticia de que la mansión Orne había colapsado completamente, tragándose para siempre el acceso a su sótano maldito.
Jamás, desde entonces, he sido capaz de soportar el sonido del agua chapoteando contra la piedra —ni el croar de las ranas en los estanques ni el hedor acaramelado del marisco rancio— sin que mi alma vuelva a ese umbral donde los antediluvianos acechan. Ahora sé que la humanidad camina, sorda y ciega, sobre tumbas milenarias y sobre umbrales vigilados por cultos consagrados a lo impensable. En la negrura de nuestros sueños, y en las crepitaciones de los abismos, un poder más antiguo contempló alguna vez la despiadada mezquindad del hombre… y aún medita sobre su regreso.
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