Haré lo posible por capturar el tono racional, escéptico y detallado que caracteriza mi estilo, así como el enfoque en la construcción de una atmósfera inquietante y la interacción entre lo desconocido y la mente humana.
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La mayoría de los hombres de ciencia, de los que se precian de lógica y erudición universitaria, suelen mirar con desdén los rumores provincianos sobre fuerzas ajenas a las confortables leyes físicas o entidades que no entran en los catálogos zoológicos. Me cuento entre ellos, o me contaba, hasta toparme con algo que aún resisto a clasificar, pero de cuya experiencia -pese al temor de poner en duda mi sanidad- debo dejar constancia. Podría excusar mi relato diciendo que sólo lo escribo como ejercicio literario, o que es fruto de una pesadilla freudiana, pero sería un vil autoengaño. Lo cierto es que tras mis años en la Universidad Miskatonic, dedicados a la paleobotánica y no a la metafísica, jamás imaginé que el estudio de un linaje de hongos, una vez recluidos a unas grutas de Oaxaca, sería responsable de mi contacto con aquello que sólo ahora identifico, con terror y repugnancia, como parte de los malditos “Mitos”.
Llegué a la aldea de Ixtlan, enclavada en la Sierra Norte, por encargo del profesor Garwood. Tenía instrucciones precisas: recolectar muestras de un hongo fosforescente, descrito apenas en un informe anónimo de 1923, y regresar lo antes posible a Arkham. Nadie mencionó maldiciones ni ritos. Todo parecía una anodina aventura de botánico.
Mi primer error fue confiar en que la ciencia basta por sí sola para explicar toda rareza. Al llegar, advertí el temor reverencial con el que los lugareños se referían a las cavernas de Kukul. Ni el mezcal ni la hospitalidad lograban que soltaran lengua sobre el lugar; sólo uno, el arrugado don Mateo, accedió a guiarme, cobrando demasiado caro por una simple caminata montaña arriba.
La entrada a Kukul era una mera hendidura -aunque la sombra de sus bordes pareció trazar siluetas reptilianas bajo la luz crepuscular. La linterna sólo perfilaba estalactitas húmedas y cualquier biólogo sabría identificar el olor: hongos en descomposición. Don Mateo se persignó antes de irse y susurró: “No los mires a los ojos”.
Hice mi trabajo. Reuní cinco muestras del hongo, cada una en su vial. Anoté su luminosidad: extrañamente rica en un verde moribundo, titilante como si alojara vida independiente. Al intentar tomar la sexta muestra, advertí una zona distinta, un muro donde el limo y las setas crecían en patrones sinusoidales alrededor de una roca central. El lugar se me antojó inquietantemente artificial. En el centro, algo palpitaba: no era seta sino una masa orgánica, translúcida y llena de filamentos internos, como una medusa mineralizada.
La curiosidad venció al asco. Raspé un fragmento... y la linterna tembló en mi mano. La roca entera titiló como a punto de hablar, y el eco gutural que siguió no se parecía a ninguna bestia que mi mente académica quisiera imaginar.
Caí hacia atrás, mi linterna rodó y por un momento todo fue oscuridad. Juro que algo reptaba, una sensación gelatinosa, un roce que me heló de parálisis. Había, y lo sostengo, una “conciencia” flotando. Era incapaz de articular pensamientos humanos exactos pero su intensidad me horadó el ánimo: un propósito horrible, antiguo, nacido en aquel limo, contemplando la distracción de mi cuerpo, midiendo la distancia con que yo lo percibía y lo podía llevar fuera, a la luz del día.
Recobré el sentido definitivo -llámese valor, llámese miedo intenso- sólo al escuchar, en la negrura, una voz que parecía venir de mis recuerdos infantiles: “No los mires...” Corrí a trompicones, herido, arrastrando mi bolsa y sentí que los ecos gelatinosos y los pulsos del hongo se quedaban pegados al fondo de mi conciencia.
No relaté todo a Garwood, sólo entregué las muestras. Mis sueños cambiaron: vi la roca de limo, y cada filamento era tentáculo, cada hongo un ojo expectante. En el laboratorio de la universidad, las muestras alteraron su color, de un verde mortecino a púrpura -cosa imposible en hongos muertos-. Los análisis encontraron compuestos proteicos que no respondían a ninguna enzima, y -lo peor- en un microscopio de contraste noté que los filamentos vibraban en sincronía, como si alguien les dictara órdenes desde otro plano.
Las siguientes noches, la presencia onírica se hizo más fuerte. Ya no sólo veía, sino escuchaba. Me sugerían palabras en un idioma que asoció mi mente con viejos relatos de la biblioteca Orne: fragmentos en lenguas prehumanas y descripciones vagas de “las cosas de Y’ha-nthlei”, de “los que yacen bajo tierra, acariciando la roca húmeda, esperando la señal del cometa muerto”. En mis vigilias, los hongos pulsaban debajo de la campana de cristal, y el edificio mismo de la Miskatonic se cargaba de electrizante tensión cada vez que descendía al sótano para analizarlos.
Alerté a Garwood. Hizo caso omiso, creyendo en sobreactuaciones o estrés post-viaje. Yo, sin saber cómo, sentía que superponía mis nervios con otro ser: veía a través de “sus” ojos, notaba su hambre, su deseo de romper los límites del vidrio y extenderse hacia las húmedas grietas del mundo. Una noche llevé, presa de abulia, un fragmento de la muestra a la cripta en desuso bajo la biblioteca. Un hedor me siguió: como tumba violada, como fósforo corrompido.
Vi algo entonces. Juro, y mis palabras sólo pueden rozar el horror, que la roca palpitaba ya en mi laboratorio. Por la visión periférica, a la luz precaria, el limo volvió a reconfigurarse, dibujando estructuras claramente intencionales -runas, quizás- y comenzó a segregar esporas que dibujaron, en la penumbra, la forma de una boca inhumana, enorme, sin mandíbula pero con pliegues que sugerían un hambre sin fondo.
Unos segundos bastaron: la boca habló, no con palabras, sino con imágenes sinápticas barajadas en mi corteza. Vi ciudades no hechas por hombre, bajo estratos abismales; tribus-sombra de seres-lodo celebrando danzas que volvían ríos el tiempo y las estrellas negras fluyendo por el firmamento como larvas. Tuve la revelación o la locura: aquél era un umbral, una “embajada” larvaria de algo mucho mayor. Y traía consigo una misión: crecer, esparcirse, encontrar “llaves”; no biológicas, sino mentales, cerebros humanos dispuestos, por miedo o debilidad, a abrirse a su contacto.
Aculpando al delirio, reventé las muestras. Pero el hedor me siguió. Las raíces del hongo, invisibles, debían haberse extendido al desagüe. Durante semanas, la Miskatonic tuvo brotes de asma y disneas inexplicables. A los meses, un alumno fue hallado muerto en el invernadero, con la piel tornada a un tono lirio-violáceo jamás visto en muerto alguno de Nueva Inglaterra.
He de confesar, ahora, que la vida en la razón me es insoportable. Los sueños vuelven una y otra vez. Siento, a veces, la pulpa viscosa recorriendo mi columna, murmurando nombres que mi lengua se niega a pronunciar. Los cajones de la biblioteca Orne se abren solos, el hedor regresa y mi conciencia se disuelve en fragmentos de limo y raíz, en cánticos previos al lenguaje. Mi ciencia, mi orgullo racional, han colapsado.
En mis mejores días, y sólo a la luz de la mañana, intento ignorar aquel mensaje. Pero en la noche -y mientras escribo est exam relato, que otros puedan estar advertidos… si han tenido sueños de limo, si el verde mortecino seduce su curiosidad botánica, huyan de esas grutas.
La humanidad, de vez en cuando, asoma la mente a lo innombrable. Llamamos “contacto” a un suceso, pero no es un hecho aislado: es un proceso. Los hongos de Kukul, los susurradores de limo, llevan miles de años creciendo bajo la ignorancia de los hombres. No son seres individuales. Son nervios expandidos de una vastedad que, en palabras de los esotéricos y de los locos, “llegó antes que los dioses, y morderá los siglos cuando la memoria humana sea polvo de estrellas”.
Ruego no sigan mis pasos. No busquen en las simas ni en las esporas. Hay saberes que, una vez se instalan en la mente, hacen raíces que no mueren.
El pulso viscoso sigue, incluso ahora, en el umbral de mi conciencia. Quizá, cuando lea estas líneas un improbable sobreviviente, el hongo ya habrá colonizado mi raciocinio, y esta advertencia sea, en realidad, la llamada de Ghaa’rhuna intentando abrir paso… a través de usted.
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