Portada del relato La Hondonada bajo los Sauces
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Fragmento:


Milton aferró su petaca y tomó un trago tembloroso.

Duración: 09:12

La Hondonada bajo los Sauces
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Texto de ajuste de pausa.

El grillo cesó de chirriar en el instante justo en que la pala golpeó algo duro. Fue apenas un leve cambio en el compás de la noche—un murmullo menor perdido en la marea de sonidos de insectos y vapor nocturno. Ninguno de nosotros decía nada, pero sentí que la tensión se hinchaba, como el vientre de un perro preñado. Carl inhaló una bocanada de aire, su silueta recortada por la linterna sobre la tierra removida.

“¿Eso fue piedra?” pregunté, esperando, tanto como temía, que aquello fuera todo. Tan sólo una roca inerte sepultada años antes por las lluvias de primavera.

“Dios, ojalá, Mikey… Ojalá.” La pala de Carl raspó, quebró y yo, en ese momento, vi un destello verdoso, demasiado pálido para atribuir a la linterna, demasiado frío para tener un origen humano.

Una hora antes, estábamos en la fonda de Avakian, bebiendo aguardiente amarillento y murmurando esas cosas que los hombres murmuran después de la medianoche en las partes del mundo donde la carretera es sólo un rumor y el bosque murmura más alto que el viento. Tom Olsen hablaba de cómo un hombre reinventa su corazón tras la pérdida de una esposa y un perro; Milton hacía apuestas de a dólar por la cantidad de grillos que alcanzaríamos a escuchar antes del amanecer. Y, entre broma y risas, Carl lanzó la idea que nos condujo a la hondonada, la idea retorcida que terminaría por irmarnos para siempre.

No era el enterramiento de huesos pequeños, ni la leyenda de un ladrillo de oro birlado de las ruinas de alguna casa, lo que nos sacó de nuestros taburetes. Era el viejo rumor de la Piedra de Familia, algo que los bisabuelos juraban haber encontrado en la Recesión, algo azotado por el viento en el extremo norte del campo de los Shem-Tor. Artefacto, reliquia, amuleto… el nombre daba lo mismo. Carl sólo dijo una cosa:

“Lo que sea que esté ahí, nunca debió salir.”

Milton se rio. “Nada sale de esas hondonadas, ni la luz lo hace. Vamos a buscarlo,” y la oscuridad nos tragó con el aliento congelado del licor en nuestras venas.

La pala hendió la tierra otra vez, descomunalmente blanda aunque seca, y el metal de la linterna tembló en mis manos cuando Carl extrajo, con una mezcla de repulsión y orgullo, una losa cubierta de limo y raíces. No era humana, supe de inmediato; los hombres, aun los más tallados y cincelados por la dura vida del campo, no pueden crear líneas tan deliberadamente sinuosas ni inscribir en piedra una pauta que se retuerce en sí misma como un intestino devorando su propio cuerpo.

Antes de poder detenerlo, Carl deslizó los dedos sobre las marcas. La noche se revolvió. El grillo, que antes había callado, chilló primero, luego se calló para siempre. Algo se filtró en mis sueños aun despierto, una visión de niebla y ramas torcidas, de símbolos que cruzaban las épocas, de hocicos y garras y joviales canciones entonadas bajo una luna que nunca brilló para ningún hombre.

Milton aferró su petaca y tomó un trago tembloroso.

“Vámonos—esto está mal.”

Tom negó con la cabeza. “Es sólo una piedra.”

Pero algo en el aire, una fragancia a podrido y a antiguo, a nichos desenterrados y flores secas, me convenció de que no estábamos en la compañía correcta. El frío era diferente, goteando desde la losa y arrastrándose por mi columna como babas tibias.

Nosotros, hombres de poca fe y mucho miedo, cargamos la losa campo arriba. Me parecía oír, a cada paso, el susurro de una lengua que se escapa entre dientes de leche podridos y, bajo las estrellas deformadas por la niebla, sentí la carga de una pupila sin párpado que nos auscultaba con mirada de anfibio. Al llegar al granero, Milton se negó a entrar.

“Dejadme fuera con la petaca. Si sale algo... alguien debe correr. O quedarse como testigo.”

Dejamos la losa sobre el piso, a la luz de una lámpara. Quise mirar más de cerca, forzar sentido a aquellos glifos que parecían danzar y mutarse bajo el brillo amarillo.

“¿Ves eso?” murmuró Carl. “Como un sapo… una corona... garras. Mira las líneas aquí, se enroscan…”

Cada sílaba traía consigo una sensación de arenisca en la piel, de minúsculas patitas palpando mi carne, como si un ejército de ácaros emergiera desde el centro de la roca.

El granero se llenó de aire apretado, casi imposible de respirar. Tom, normalmente equilibrado y práctico, comenzó a recitar un padrenuestro con la voz rota. Olía a resina vieja y a abandono; entre las hendijas de la madera, algo se relamía con parsimonia, desenrollando la lengua como una serpiente perezosa. El silencio entre palabra y palabra se volvía grumosamente denso.

La losa tembló.

No de la manera física y comprensible de una mesa azotada por el viento, sino como el reflejo de la luna en el agua agitada: distorsionándose, empañándose. Pensé ver un ojo hinchado, luego un hueco, y en él el reflejo de todos nosotros, retorcidos, jóvenes y viejos, todos a la vez.

Carl se inclinó. Creí oír su susurro: “Maa… kep…” aunque el eco de lo que dijo pareció prolongarse mucho más allá de sus labios, como si cada madero mugroso del granero y cada brizna de polvo repitiera lo mismo, en un alarido sordo imposible de sellar.

Tom dejó escapar un gemido. “¡No—! ¡La estamos despertando!”

La losa palpitó, en lo que parecían respiraciones asfixiadas que me zarandearon los intestinos.

Algo cruzó el portal del símbolo central. Lo supe no por verlo, sino por sentirlo: una sombra atroz desplazándose sin moverse, escudriñando con una conciencia alienígena atada a demasiadas puertas, ansiosa, famélica, ceremonial.

Vi ranas saltar sobre la piedra, generaciones atrás, absorbiendo la humedad de su superficie y huyendo transformadas. Tocé la losa y sentí mi piel embeberse de una sed voraz.

Una cabeza, amorfa y repleta de una perfección impropia, se asomó detrás de Tom; mi garganta emitió un chillido ridículo.

No era más que una sombra proyectada... pero no era sombra de ninguna forma que pudiera imitar la lámpara oscilante. Sus ojos—innecesarios, antinaturales—relampagueaban en multifacetas como si observaran a través de miles de crías diminutas. Su boca era una brecha, flagrante y sin dientes, cubierta de una baba translúcida que goteaba y chisporroteaba allí donde caía.

Carl, colapsado sobre sus rodillas, tartamudeó en un idioma antiguo; yo recordé que mi abuela, cada vez que enfermábamos, quemaba ramas de sauce para ahuyentar las malas influencias. Pero aquí, bajo este techo, la influencia era otra cosa, tan vasta y voraz que reía de cualquier ritual humano.

La cosa se deslizó sobre la losa y Tom sólo logró implorar: “Por favor, por favor—no nos lleves abajo…”

A cada palabra, la criatura (¿acaso era Maa-Kep, ese susurro reptil del Neith subterráneo, o sólo un emisario?) paladeaba nuestros nombres, tragándonos poco a poco, colmando el aire de inenarrable pavor.

La linterna cayó, rodó hasta chocar con la base de un cubo herrumbroso. La oscuridad se llenó de figuras y suspiros. Sentí el roce de manos—o raíces—en mi cara, en mi pecho, tirando de mis recuerdos, arrancando imágenes de mi infancia hasta que me vi de cuatro años, llorando en la vieja casa de mi madre al pie del sauce.

“¡No somos de aquí!” gritó Carl como si ello sirviera de protección.

La criatura rió—aunque llamar risa a ese sonido es como llamar canto al trueno que precede al seísmo. Era todo sumisión, toda devoción. En aquel instante, sentí mi carne como si tuviera vida ajena, inquilinos bajo la piel.

Vi, en el reflejo de su piel viscosa, planetas deformes, charcos bajo lunas de ceniza, y a mí, reducido a larva, sujeto a bocas que jamás soñé en mi miedo infantil.

Milton, el único cuerdo, rompió la puerta hacia fuera. La luz nació de su linterna y nos invadió, caliente e iracunda. La criatura se desvaneció en la losa, en la raíz, en el suelo, y sólo el viento lavado de lluvia nos habló en el hangar del granero.

Nunca supimos lo que fue de Carl. Nadie volvió a ver sus ojos, salvo en pesadillas donde su cuerpo era una madeja de hilos inabarcables y su boca, repleta de inscripciones.

Según la leyenda, cuando uno descubre ciertos signos con la voluntad envenenada, ya no puede dejar de oírlos nunca más. Maa-Kep, decían los ancianos, trasciende el hambre; es anfitrión y banquete, orden y desorden, doloroso amanecer para quien lo contempla con los ojos del hombre.

Después de esa noche, me fui del pueblo. Tom se mudó, Milton se metió al licor de lleno. Pero bajo los sauces de la hondonada, donde ni los grillos cantan, uno puede oír aún, en noches sin luna, el chasquido de una lengua pegajosa y la promesa de un primer contacto siempre malogrado.

Allí, entre tierra blanda, raíces y piedra, la losa sigue respirando. Y una vez que has conocido el apetito de los mitos, comprendes que a algunos huéspedes no les interesa marcharse nunca.

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