Portada del relato Ecos de Piedra y Barro
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Fragmento:


Aquella noche, la luna triple se asomó más temprano de lo normal. Sus reflejos mortecinos rebotaron entre el lago, tan acuoso que parecía vapor materializado, y al tiempo, resonaron campanadas en las torres derruidas de Sarnath. El viento traía olores antiguos: algas podridas, cenizas húmedas y algo más, algo que pertenecía a una tierra de sueños donde la cordura nunca ha echado raíces.

Duración: 09:41

Ecos de Piedra y Barro
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando Shesamath despertó aquella noche sacudida por vientos gélidos y voces apagadas, supo, con un escalofrío que le reptó por la columna, que su vigilia sería la última. Su habitación, localizada en la cara este de la Biblioteca Cerúlea de Yhaloth, estaba colmada, desde siglos atrás, de ñudos pergaminos cuya lengua sólo ella y su antiguo maestro entendían ya. Afuera, a lo lejos, se alcanzaba a vislumbrar la niebla fosforescente que cubría el lago Ounamar, tapizándola de un fulgor antinatural, y parpadeando en la oscuridad, como si enormes criaturas sumergidas se desplazaran bajo las aguas.

Los habitantes de las llanuras de Lhazh vivían pendientes del lago, cuyos bordes se extendían serpenteando hasta el corazón del antiguo Sarnath, la ciudad condenada. Y en esas aguas, decían los ancianos, se ocultaba lo que quedaba del pasado detestado, sellado por juramentos y barro hasta la última generación.

A Shesamath no le importaban los cuentos. Ella buscaba verdades entre los manuscritos —y últimamente, había encontrado demasiadas. Cada descubrimiento la aproximaba, más y más, a la puerta desde la que sólo regresan los recuerdos truncados del horror.

Aquella noche, la luna triple se asomó más temprano de lo normal. Sus reflejos mortecinos rebotaron entre el lago, tan acuoso que parecía vapor materializado, y al tiempo, resonaron campanadas en las torres derruidas de Sarnath. El viento traía olores antiguos: algas podridas, cenizas húmedas y algo más, algo que pertenecía a una tierra de sueños donde la cordura nunca ha echado raíces.

La académica templó su ánimo. Releyó por enésima vez el pasaje del Manuscrito de Pnakotus, allí donde se mencionaba una cifra, un edicto, prohibido, dictado cuando las ruinas de Sarnath aún ardían y las criaturas-sombra gemían su venganza en idioma roto. Las palabras, crípticas y airadas incluso tras milenios de traducción y supresión, hablaban de un ritual, un olvido eficaz para proteger a la humanidad de “lo que descansa en las aguas”. Decían también que la amnesia no era completa, que a veces los sueños filtraban la verdad y que, bajo la niebla, lo sellado llamaba a los desesperados.

Al cerrar el libro, un temblor sacudió la estancia. Fue más vibración que sonido, una especie de eco vegetal, como si ramas enormes crujieran sobre un techo distante. El manuscrito, acusado por su propio peso arcaico, pareció pulsar, henchido de una energía contenida. Shesamath presintió, aterrada, que acababa de ser vista, y que en las oscuras profundidades, algo se había desperezado.

Caminó descalza hasta la ventana. Miró hacia el lago, y vio, para su espanto, una columna de burbujas ascendiendo lentamente. La bruma comenzó a elevarse en columnas vaporosas, extendiéndose por la ribera con fuerza volcánica, como si respondiera a una llamada ancestral. En la lejanía, justo sobre las ruinas sumergidas de Sarnath, el agua formó una especie de remolino.

Shesamath sintió una presión en las sienes, como si diminutas garras de obsidiana le estrujaran el cráneo. Cerró la ventana entre susurros, aunque sabía que las puertas y los muros no sirven de nada cuando el enemigo es el pasado mismo.

Sintió la urgencia de consultar a Zaqh, el último de los guardianes furtivos de Pnakotus, anciano enjuto que habitaba bajo la biblioteca, en criptas azules y corredores que olían a polvo y desesperanza. Apresuró el paso, sus ropajes flotando tras ella, bajando escalones que sólo conocía por la memoria de sus pasos, pues la luz era un invitado escaso en ese reino pétreo.

Encontró a Zaqh de pie, con los ojos en blanco, murmurando fórmulas enrevesadas. Sin embargo, al sentirla, articuló despacio:

—Shesamath. Ya es tarde. Él despertó. Viniste a preguntarme por Tulushuggua, ¿verdad?

La erudita asintió, aterrorizada. Zaqh bajó la mirada, y entre las grietas de la penumbra, la voz tembló:

—No hay defensa contra el Lodo Venerable, ni contra las Almas Chorreantes que arrastra. Sólo queda recordar lo que hicieron en Sarnath, y suplicar que nadie repita el error.

—¿Qué error, Zaqh?— preguntó, con el alma ensartada de preguntas y una pizca de locura.

—Ofendieron lo que no moría. Creyeron que barriendo a Ibb y encerrando los pergaminos lo sellaban todo. Pero lo de abajo… nunca se fue.

Shesamath notó que una sombra parda, como pegote de cieno, babeaba por una de las grietas de la pared. Algo, desde el subsuelo, forcejeaba, y el aire sabía a sal y fango.

—El Edicto de Kadatheron jamás debió invocarse —recitó Zaqh—. ¿Cuántos sueños sacrificaremos antes de entenderlo?

En ese instante, un estrépito sobrehumano sacudió el techo. Ladrillos y libros cayeron, la biblioteca entera se estremeció en un rugido sordo. Oyeron retumbar, desde la superficie, el lamento de cientos, acaso miles, de voces envejecidas, repitiendo, como un rezo macabro, una letanía en idioma olvidado. Un zumbido viscoso trepó por los muros y el líquido oscuro empezó a reptar entre baldosas, formando letras erráticas:

gtan-phaur… gtan-phaur…

Afuera, la niebla había tomado cuerpo, y una figura mastodóntica se alzaba sobre el lago: un ser tan vasto que la mente no lograba perfilarlo, de miembros tentaculares y fauces babosas ondeando en el viento, con ojos centenares brillando de terror primordial. Allí donde Tulushuggua posaba su mirada, la vida palidecía, la piedra se licuaba y los recuerdos huían despavoridos. Su torso era un altar donde innumerables bocas balbuceaban secuencias de palabras olvidadas.

Shesamath y Zaqh retrocedieron horrorizados. El lodo subía, imparable; de sus burbujas emanaban exhalaciones de las razas extintas de Ibb, pieles verdosas y ojos bulbosos tragados en la masacre de Sarnath, ahora regresando en fragmentos dolientes de carne líquida, amalgamados en el limbo móvil de Tulushuggua. No eran fantasmas, sino reminiscencias físicas, dolorosamente autoconcientes, deseosas de memoria.

El monstruo alzó una extremidad y la estampó contra las ruinas. Aquello no era sólo destrucción: era una especie de juicio. Sarnath, la orgullosa —la que había sepultado la ciudad de Ibb y profanado sus dioses— volvía a pagar el precio. Unos lúgubres acordes, simétricos a los que Shesamath había leído en los Pnakóticos, llenaron el aire. Las piedras lloraron, y el propio tiempo enloqueció en un repentino crepúsculo.

Zaqh, aterrorizado pero lúcido, gritó:

—¡No escuches! ¡Tapa tus oídos, Shesamath!

Pero la música era interna, disonante, brotando desde la memoria enterrada, tan antigua que ni los sueños la habían podido silenciar.

Imágenes brotaron ante Shesamath: rituales celebrados a la sombra de la luna triple, el exterminio de los seres de Ibb, el polvo barroso de sus cadáveres flotando en los canales, la solemnidad de los que sellaron las ruinas, quince sacerdotes anónimos que inscribieron con sangre el Edicto en una losa que, ahora comprendía, era sólo un candado, no la desaparición real del mal.

La forma de Tulushuggua se deslizó río arriba, abriendo surcos de silencio. Por doquier la roca exudaba símbolos que sólo los lectores de Pnakotus decodificarían, pero un mensaje era claro incluso para las mentes neófitas: ‘No hay perdón sin memoria’. Las ruinas de Sarnath, sojuzgadas, vibraron al son de la letanía. Los fragmentos de cuerpos, de historia y de culpa, se mezclaron en la corriente lodosa, expandiéndose hacia Yhaloth con la inexorable lentitud de lo inevitable.

Shesamath, arrodillada y con la mente en jirones, alcanzó un extraño estado de clarividencia. Su propia vida, entendió, era apenas un segmento en la herencia podrida de lo ocurrido siglos atrás. Tulushuggua —el viscoso embajador del rencor eterno— no buscaba destrucción, sino que supiéramos que ninguna atrocidad es barrida realmente por los siglos. Y al saberlo, ningún refugio era posible.

Zaqh ya no estaba a su lado. Atrapado por una lengua de cieno, se disolvía, al compás de susurros que le recitaban recuerdos ajenos en los oídos, haciéndolo enloquecer en minutos. Shesamath se levantó tambaleando, ascendió como pudo hasta la superficie, y fue recibida por la visión de la luna triple reflejada en mil charcos de lodo consciente, cada uno de los cuales susurraba nombres extintos.

Caminó, ya sin voluntad propia, hacia la orilla del lago, donde la figura de Tulushuggua se alzaba como la silueta de todos los errores humanos, proteiforme y expectante. A medida que se acercaba, los sueños de los caídos de Ibb inundaban su cabeza— imágenes de genocidio y ritos prohibidos, de junglas sumergidas y horrores olvidados— y supo que jamás volvería a recordar uno solo de sus propios recuerdos sin oír primero el himno de las Almas Chorreantes.

El monstruo la recibió con sus brazos extendidos, sus fauces exhalando canciones sucias, y Shesamath, la erudita, sintió—con un placer nauseabundo—que le era concedido el último y más letal de los conocimientos: lo que se sepulta bajo las aguas, siempre regresa cuando la luna lo canta. Y los que custodian libros antiguos, los que creen poder sellar el horror con palabras, son siempre los primeros en ser tragados cuando las ruinas despiertan para recordar.

Mientras la niebla fosforescente engullía su cuerpo inmóvil, las ruinas de Sarnath dejaron sentir, por primera vez en eones, la risa de Tulushuggua: un rumor vasto, viscoso y descompuesto, que prometía, para cada testigo… recuerdos imposibles de olvidar.

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