Fragmento:
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los mercados de antigüedades en busca de baratijas asociadas a leyendas implausibles. Yo, Paul M. Runch, a mis cuarenta y siete años, ya había oído de todo; maldiciones, rituales secretos, grimorios imposibles. Pero nada, absolutamente nada, me había preparado para el misterioso compendio que depositó, envuelto en una gastada tela de lino, sobre mi escritorio de nogal.
Duración: 12:09
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los mercados de antigüedades en busca de baratijas asociadas a leyendas implausibles. Yo, Paul M. Runch, a mis cuarenta y siete años, ya había oído de todo; maldiciones, rituales secretos, grimorios imposibles. Pero nada, absolutamente nada, me había preparado para el misterioso compendio que depositó, envuelto en una gastada tela de lino, sobre mi escritorio de nogal.
Era un cuaderno o, mejor dicho, una serie de hojas escritas en papiro, atadas con una cuerda de cuero reseco, cuyo olor metálico impregnaba el aire. En la cubierta, garabateado en tinta seca, una breve inscripción me erizó la piel y me devolvió la memoria de viejas discusiones con universitarios y teósofos:
PNAKOTICA MANUSCRIPTA - Nigrum Proditio
“¿Sabe usted leer esto?” preguntó Vrellis con voz ronca, señalando la caligrafía irregular. “Ni siquiera los sabios de la Sociedad Hermética de Edessa se han atrevido a descifrarlo. Pero ustedes, filólogos de la Nueva Inglaterra, siempre presumen de su erudición...”
Deshice el lazo, ignorando la súbita corriente gélida que me rozó la mejilla, y aparté las primeras hojas. Al principio solo vi líneas, símbolos, algunos parecidos a la escritura cuneiforme, otros rúnicos. Pero lo que me impactó no fue la naturaleza del trazo, sino la certeza subconsciente de que aquellas palabras, aunque extrañas a la vista, resonaban con una familiaridad malsana en mi interior, como si las hubiese soñado bajo la más densa opresión de la fiebre.
Pasé varias noches sumido en el desciframiento, y fue entonces cuando comenzaron las pesadillas. Grises paisajes de ruinas titánicas, pilares oscuros y encorvadas criaturas que reptaban y susurraban palabras que mi mente dormida no era capaz de articular plenamente, pero que hacían vibrar los cimientos de mi cordura. Los horrores tomaban forma: ciudades invertidas donde la lógica se retorcía sobre sí misma, reinos donde el tiempo se doblaba, donde seres sin nombre impartían juicios eternos y castigaban con la no-existencia.
Mi salud, según mi ama de llaves, se fue debilitando. Veía en mi reflejo un rostro surcado de sombras, extenuado. Pero presioné aún más fuerte, asediado por el indecible impulso que emanaba de los manuscritos. Los sueños se hicieron espacio en mi vida diurna, al grado de confundirse con lo que yo creía realidad. Las primeras traducciones hablaban de la Ciudad de Lornyx, perdida más allá de los desiertos oníricos, entre la frontera de lo existente y lo que nunca debió haberse soñado.
Cierta noche, convencido de que el significado último de esas páginas se me revelaría en la vigilia a través del ritual de transcripción —cualquier filólogo conoce la vieja superstición de que el acto de traducir puede, en sí mismo, invocar ciertos poderes dormidos—, me cité con Vrellis en su residencia de Beacon Hill. Crucé la ciudad bajo una tormenta invernal que parecía aullar palabras arcaicas entre el viento y el hielo. Nadie más acudió; ni familiares, ni amistades. Solo el extraño y yo, con el manuscrito entre nosotros.
“Ha leído bastante, supongo,” murmuró Anastasios, “pero me temo que nunca comprenderá la naturaleza de Lornyx hasta que la transmita por completo. Los manuscritos no existen para ser leídos. Se concibieron para ser vividos.”
Una punzada de náusea me recorrió la espina dorsal. Bostezos de la más oscura sospecha se asomaron en mi mente, pero la fascinación era más fuerte. Me refugié en un rincón junto a la lámpara de aceite y comencé a leer, esta vez no traduciendo al pie de la letra, sino transformando página tras página con una devoción febril.
A medida que copiaba, me invadió una voz interior, una musicalidad macabra que no provenía de mi conciencia. No era idioma humano alguno, pero tampoco completamente ajeno; era la melodía perversa del Antiguo Lenguaje de Lornyx, ese dialecto que, según las leyendas trapiches alineadas entre los textos pnakóticos, otorga poder sobre los sueños y pesadillas colectivas en la realidad tangible.
Esa noche, en la vigilia que separa el atardecer de los abismos nocturnos, Vrellis se despidió con un leve saludo. “Llegará un momento en que verá las cosas como son; ni más ni menos. Cuando lo haga, no olvide sellar el manuscrito. De lo contrario, lo embelesado lo buscará.”
Ignoré su advertencia. A la noche siguiente, caí en un trance. Lo sé, porque repentinamente me encontré de pie en una vasta extensión blanca, con el suelo cubierto de polvo lunar y una brisa áurea que ascendía arrastrando millares de partículas fosforescentes. Ante mí se elevaban columnas ciclópeas en forma de triple hélice, y el aire vibraba con un sonido similar al que escuché durante la transcripción. No estaba solo. Formas se deslizaban, siluetas traslúcidas que arrastraban sus cuerpos invertebrados y reían con un eco metálico.
El cielo no era cielo, sino un retorcimiento de dimensiones que nunca había presenciado. Y allí —allí estaba Lornyx. Ciudad sin perspectivas lineales, con puertas que se abrían hacia arriba, hacia abajo, hacia adentro. Su arquitectura era tan demente que sentí que mi mente crujía cada vez que intentaba apreciarla. Caminé hasta el centro, siguiendo los susurros de los habitantes incorpóreos, y llegué ante una estatua de obsidiana tallada con una perfección imposible. La figura representaba al Invocador, un ser de múltiples rostros y brazos que extendía una mano hacia mí mientras la otra sostenía el mismo manuscrito de papiro que yacía sobre mi escritorio. Las inscripciones sobre el pedestal ("Zhortha Tra zol-Ngha, Lornyx Eidolon") exigían un tributo: conocimiento, sueños, o la propia alma.
Me arrodillé, sin comprender, y comprendí demasiado tarde que cada línea que había traducido había abierto una grieta invisible, permitiendo que los arcontes de Lornyx cruzaran el umbral hacia mi mundo físico. Las criaturas, impacientes, se acercaron. Su contacto helaba la sangre; sus susurros eran fluidos, como babas densas que impregnaban los recovecos de la mente.
A la mañana siguiente, me encontré jadeante sobre el manuscrito, el corazón al borde de la asfixia, las páginas ahora inundadas de palabras y símbolos que no recordaba haber escrito. Mi percepción del entorno se alteró. Veía el tiempo como múltiples bandas traslúcidas superpuestas, y el espacio adquiría densidad líquida. Los muebles de mi sala, los cuadros de las paredes, parecían en cualquier momento capaces de desgranar sus contornos y revelar formas agazapadas listas para el asalto.
Vrellis vino a buscarme. “¿Selló el manuscrito?” preguntó, observando cómo las letras de los papiros palpitaban aún en la penumbra.
“No he podido,” respondí, “algo se resiste, algo empuja desde el otro lado.”
“Entonces prepárese,” sentenció él, “porque Lornyx no le permitirá ya distinguir los sueños de la vigilia.”
Vinieron las primeras visitas. No, no visitas humanas, sino presencias. Las sentí en las noches, moviéndose al borde de mi visión, proyectando tentáculos de sombra sobre mis recuerdos más vulnerables. Empecé a comprender que lo que a los mortales les parecen alucinaciones, no son sino ecos o reflejos mal interpretados de la actividad de esos viajeros, de esos "embelesados" que cruzan cuando el Pnakótico Manuscrito es leído, pronunciado o redactado correctamente.
Fui tentado con saberes aterradores; imágenes de mundos más allá de la tierra y los astros, mentes colosales tejiendo destinos en completa indiferencia a la existencia humana. Me enseñaron el Signo de Volkaas: un simple garabato que, impreso en cualquier superficie, llamaría la atención de "aquello que acecha tras la Puerta". Me explicaron que la Puerta no tiene localización física sino "topográfica del sueño", y que Lornyx era su morada, pero los anhelos, miedos y palabras de los hombres podían abrirla, aunque fuese un resquicio imperceptible.
Los sueños se tiñeron de rojo, de arcilla primordial, y los ritos que los manuscritos relataban se hicieron automáticos en mi vida cotidiana. Levanté muros de sal, cambié la distribución de los espejos, evité los reflejos acuáticos. Nada sirvió. Los sin-nombres, como los llamé, evolucionaron de vagas figuras a presencias tangibles. Un día, el espejo del baño reveló, en lugar de mi rostro, una de las estatuas de Lornyx, gesticulando en lenta mímica arcaica.
Un miedo indescriptible fue cristalizándose en mi corazón, una ansiedad que no era simple paranoia, sino la certeza de que la línea entre mi yo físico y la energía de los manuscritos se estaba borrando.
En la semana más oscura, mientras Beacon Hill era asediada por nieblas anómalas, Vrellis regresó. Lo encontré distinto, sonriente, con una mirada líquida, vidreada. “Llegó el momento”, anunció sin preámbulos, “de determinar si salvará su alma o se convertirá en emisario de lo embelesado.”
Me relató, con voz hueca, que los textos pnakóticos encierran más que información: contienen protocolos antiguos, sellos energéticos y nexos con seres para quienes la conciencia humana no es sino un simple medio de transmisión. Que la Ciudad de Lornyx existe paralela a nuestra realidad, y por cada lectura, un fragmento suyo se inscribe en nuestras calles, en nuestra historia, en nuestra sangre.
Debía tomar una decisión: destruir el manuscrito —lo cual Vrellis juzgaba imposible, pues "la tinta ya está en su espíritu", o copiarlo hasta el final, permitiendo el paso pleno de los embelesados hacia aquí, perdiendo mi individualidad, mi identidad y, nunca lo dijo pero lo supe al verlo encoger los hombros, perdiendo toda esperanza de humanidad.
Me resistí. Durante días permanecí encerrado, el manuscrito cerrado, rehusando su inexorable llamada. Pero las visiones aumentaron. Voces en idiomas olvidados chillaban desde las rendijas de las paredes, insectos imposibles anidaban bajo mis uñas, y la piel se me cuarteaba en torno a líneas que se movían, como si otra caligrafía se estuviera gestando bajo mi carne.
Al límite de la locura, ideé un plan. Si todo esto se trataba de transferencia de sueños, tal vez era posible revertir el flujo. Si las palabras atraen, acaso puedan también sellar. Consulté tratados sobre exorcismos, estudié símbolos arcanos, y preparé un círculo de protección con antimonio y azufre, rodeando el manuscrito.
Nada funcionó.
Una noche, en el clímax de mi desesperación, los entes de Lornyx traspasaron mi habitación no en plena pesadilla, sino en estado de vigilia. Vi cómo se moldeaban partículas doradas en figuras ambiguas, serpenteando, transformándose. El Invocador, imperturbable, me entregó el papiro original. “Ahora,” articuló con voz de tres tiempos, “lee el Epílogo de Lornyx. Complétalo y el ciclo será cerrado, o abierto para siempre.”
Consciente de que mi alma ya no me pertenecía por completo, leí el epílogo. Unas palabras cuyo significado, aunque ahora siento que puedo traer solo fragmentos, prometían el “eterno regreso” de las ciudades-límite y el ascenso de los sueños a carne y hueso, desplazando cualquier cosa que los hombres llamen realidad.
Los aullidos que siguieron fueron a la vez de júbilo y condena. El cuarto tembló, la lámpara se quebró, y la visión de Boston desde mi ventana se fracturó en decenas de dimensiones superpuestas, cada una infestada de las formas de Lornyx.
Aquí termina, o comienza, mi relato. Viviré y moriré y despertaré en el mismo instante, prisionero y centinela del manuscrito. Si alguien, algún día, encontrase este escrito y el papiro envuelto en lino, que sepa cerrar el lazo y no permitirse jamás leer en voz alta el Epílogo de Lornyx.
Porque, en los confines de la vigilia y el sueño, el verdadero horror de los Manuscritos Pnakóticos no es su contenido, sino su promesa: todo lo que soñamos, si le damos forma y palabra, terminará por soñar con nosotros.
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