Fragmento:
Dentro, la linterna iluminó una estancia circular, paredes tapizadas de estantes refluyentes de pergaminos, volúmenes de cuero hendidos grabados en idiomas que ni siquiera reconocía. En el centro, una especie de altar de piedra, y encima, un libro de singular aspecto. El Manuscrito Pnakótico. No era una leyenda ni un delirio de las cartas amarillentas. Corrientes de aire gélido reptaban por la sala, trayendo consigo olores de clavos y limo. Bajo la piedra, un murmullo —evidente ya, imposible de confundir con el viento, como si una voz inhumana declamara versos al oído de cómplices subterráneos.
Duración: 09:45
La luna llena bañaba el jardín de mi abuelo en una luz mortecina, y yo, recién retornado al caserón familiar tras veinte años de autoexilio, me senté en la terraza de losas húmedas, contemplando los cicadáceos que rodeaban la vieja edificación. Nunca intenté olvidar los recuerdos de mi niñez aquí; más bien, aquellos veranos decadentes a orillas del manantial siempre me acechaban, como si imploraran ser recordados juntos con sus sombras y murmullos. No podía evitar preguntarme qué me traía de vuelta tras la muerte del viejo. Heredé la finca, sí, pero ¿era solo el peso de la sangre lo que me hacía cruzar océanos y años, para dormir velado por los robles que nunca dormían?
Los primeros días, limitaba mis exploraciones a los cuartos principales. Fascinado por los tapices ennegrecidos, los muebles cubiertos por sábanas empolvadas, y ese inconfundible olor a papel viejo y cera, evitaba deambular por los sótanos y el ala este. Allí, de niño, me decían que jugaba con amigos imaginarios, aunque ahora los recordaba como figuras tenebrosas tras el velo de mi memoria. Pero la noche de mi llegada, cuando la medianoche marcó su reinado, acudió a mí un sonido olvidado: el golpeteo hueco bajo las baldosas de la biblioteca, un eco que solo resonaba en las noches más silenciosas.
A la mañana siguiente, rebuscando entre los papeles del escritorio del abuelo, hallé un sobre con mi nombre, la caligrafía torcida, como si la hubiese escrito con mano trémula. Dentro, una breve nota: "No bajes al sótano. El manuscrito no es para ojos mortales. No bebas del manantial". Y una llave negra, antigua, fría en la palma. El miedo asomó de inmediato, y pese al consejo paternal, la advertencia solo encendió mi curiosidad. Recordé que, de niño, oyendo voces bajo el suelo, bajé alguna vez las escaleras del ala este, y a mi regreso papá afirmó que estuve ausente horas, cuando juraría que solo fueron minutos.
Durante el almuerzo, el aire me trajo un perfume peculiar, húmedo y terroso. Le siguió un crujido lejano, casi como si alguien —o algo— arrastrara cadenas bajo el piso. Creí que serían los cimientos cediendo tras años de abandono, pero en la esquina de la visión, las sombras parecían reptar cuando me giraba. Atribuí mi inquietud al insomnio de la primera noche, la maldición de reencontrarse con una casa viva.
Ala este. Sótano. Manuscrito. Manantial. Las palabras del abuelo zumbaban resonantes mientras el crepúsculo infería su horror rojo en las paredes, tiñendo el aire de presagios. Esa noche, armado únicamente con una linterna y la llave negra, descendí las escaleras crujientes hacia lo prohibido.
El sótano era más vasto de lo que recordaba, y la humedad tenía un sabor acerbo, viejo, casi metálico. Mis pasos resonaban en las galerías abovedadas, y pronto di con una puerta de hierro, adornada con inscripciones pnakóticas que reconocí de los diccionarios ilustrados de mi abuelo, amantes de lo arcaico y esotérico. La llave entró suavemente, como saludando a una vieja amiga.
Dentro, la linterna iluminó una estancia circular, paredes tapizadas de estantes refluyentes de pergaminos, volúmenes de cuero hendidos grabados en idiomas que ni siquiera reconocía. En el centro, una especie de altar de piedra, y encima, un libro de singular aspecto. El Manuscrito Pnakótico. No era una leyenda ni un delirio de las cartas amarillentas. Corrientes de aire gélido reptaban por la sala, trayendo consigo olores de clavos y limo. Bajo la piedra, un murmullo —evidente ya, imposible de confundir con el viento, como si una voz inhumana declamara versos al oído de cómplices subterráneos.
Me acerqué al altar. Al tocar el manuscrito, sentí latir la roca misma, y la luz eléctrica de la linterna parpadeó inquieta. Lo abrí. Las páginas refulgían extrañamente, como si la escritura se moviera, reorganizándose antes de tornarse legible. Lo que leí —o lo que creí leer— hablaba de la gran ciudad de los sueños, la Kadath perdida, de templos en penumbras de una era olvidada, y de rituales para evocar a los custodios bajo la tierra. Cada palabra se deslizaba como un gusano por mi memoria, y un dolor sordo retumbó en mi sien. Supe más de lo que debería, y la tentación de seguir leyendo luchaba con la certeza de que estaba transgrediendo un umbral peligroso.
El murmullo bajo la piedra se hizo urgencia: voces varias, en una lengua sin vocales, repitiendo fragmentos incompletos. Entonces, escuché pasos en el pasillo: una andanza leve, descalza, como la de un niño. La linterna murió y, por un instante, creí que el corazón del sótano era la mismísima boca de la locura. Palpé a oscuras el libro y sentí bajo el altar un hueco, como trampa o sepultura.
"Írgel sarn nokul," recitaban ahora las voces, más nítidas.
Por un impulso irracional, tomé el manuscrito, pero al hacerlo, una mano —helada y viscosa— emanó de la grieta bajo la roca. Tiré del libro con todas mis fuerzas y sentí que, por un momento, ambos —yo y la cosa bajo la piedra— estuvimos conectados, dos voluntades titubeantes ante la puerta entre mundos.
Logré zafarme y corrí escaleras arriba, el manuscrito pesando como plomo contra mi pecho. Al cerrar la puerta del sótano tras de mí, juraría que las voces reían. Subí hasta mi habitación y allí, con el corazón galopando, vigilicé la noche entera, negándome a leer una palabra más.
Las siguientes noches me acosaron los sueños: veía la mansión sumergida en una niebla lechosa, surcada por figuras altísimas, esqueletos serpenteantes con ojos de obsidiana. En uno de los sueños, un pasaje se abría junto al manantial, y de él emergía un culto de sombras que entonaban cantos aciagos, mientras yo, incapaz de moverme, sentía que el manuscrito ardía en mis manos. Despertaba empapado en sudor y con el sabor metálico de la sangre fresca en la boca.
Al tercer día, el pueblo envió a un empleado para cobrar unos impuestos atrasados. Era un anciano flaco, de los que nunca envejecen ni parecen perder la alerta. Al verle, noté que evitaba mi mirada y siempre giraba la cabeza hacia el ala este. Durante un momento, creyendo que bromeaba, le pregunté si había oído leyendas sobre la casa y el manantial.
"Se dice que su abuelo hacía cosas, señor, cosas que mejor no nombrar," susurró, con voz apenas audible. "Mejor fría el agua del pueblo que la de aquí. Los libros... hay libros que no se deben abrir."
Esa tarde, me presenté ante el manantial por primera vez desde niño. Parecía tan inocente: un estanque pequeño, rebosante de nenúfares y juncos. Al doblarme, la superficie reflejó un rostro que no era del todo el mío; sombras se agitaban tras los árboles, y los reflejos parecían tener boca y ojos donde no debía haber nada. Un insecto enorme, imposible para la entomología común, rozó mi mejilla. El agua murmuraba: "Írgel sarn nokul".
Volví trastornado, apretando el manuscrito contra el pecho. Supe entonces que debía deshacerme de él, devolverlo al altar, sellar la entrada y huir antes de que la noche reclamara su peaje.
Preparé el descenso final como quien se apresta a entrar en un cráter volcánico. Crucifijos, velas, sal, todo dispuesto a espantar a lo inenarrable. Bajé al sótano. La temperatura allí era tan baja que el aliento se me condensaba. El hueco bajo la piedra parecía haberse ampliado, la mano invisible ahora gesticulando con ansia. Volví a dejar el manuscrito donde lo había encontrado. Instantáneamente, una ráfaga de aire negro —tangible como un sudario— cruzó la sala, apagando toda luz, y las voces celebraron en un coro sepulcral.
Arriba, la mansión vibró como un gong de hueso, y juré que las paredes exudaban sangre. Corrí, tropezando escaleras arriba, mientras las voces recitaban mi nombre, con una ternura sarcástica y viscosa. Salí al jardín, el cielo saturado de nubes, al manantial. Allí, las sombras me esperaron: un corro de figuras de rostro velado, nítidas sólo en los contornos donde los ojos deberían estar.
"Dame de beber", siseó una voz de mil gargantas.
Caí de rodillas frente al agua. Mi reflejo ya no estaba. Vi, bajo la silente superficie, la mansión sumergida y, a través de sus ventanas submarinas, los estantes repletos de manuscritos flotando como animales disecados, y a mi abuelo, que ya no era él, con el dedo en los labios, pidiéndome silencio.
Mordí el filo del miedo y me resistí a la tentación de beber. Del fondo del agua, una mano blanca emergió, doble exacto de la que intentó arrebatarme el manuscrito. Era mi propia mano.
"Írgel sarn nokul", repetí, sin saber por qué, y las sombras se marcharon. Al amanecer, la mansión me repudió con un grito: todos los vidrios estallaron al unísono, y escuché el portón cerrarse solo. Me largué hacia el pueblo sin mirar atrás.
Hoy, mientras escribo en una habitación de alquiler lejos de todo lo conocido, aún vibra en mi cabeza el eco de esas palabras, y la sospecha de que no soy del todo yo. El manuscrito permanece sellado bajo la piedra, pero su historia, ahora, me atraviesa. A veces, cuando el viento sopla desde el este, su murmullo me reclama, recordándome que el conocimiento nunca sacia, sólo abre nuevos manantiales de sed y sombra.
Y en algunos sueños, aún veo la mansión sumergida, y a mi abuelo aguardando pacientemente junto al pozo, manuscrito en mano, dispuesto a pasar la página.
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