Portada del relato El umbral de los hombres y las formas
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Fragmento:


La primavera había llegado mordida de viento y olores a tierra removida. Me encontraba allí, entre las lápidas hendidas, registrando fechas, abocetando en mi libreta ramajes y cartuchos florales, recolectando frases huérfanas de epitafios. Un hombre, Bernardo, el sepulturero, se me acercó como silbando, húmedo el aliento, y me habló, quizás por simple tedio, de un libro prohibido custodiado en el archivo parroquial; uno que no debía consultarse jamás. A su modo burdo y fatalista supo encenderme una chispa antigua que ardía ya en mi interior: la necesidad de husmear tras las verjas de lo que nunca debe abrirse, de vertebrar relatos con carne y con oscuridad.

Duración: 09:41

El umbral de los hombres y las formas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

A J. V. R. G., lector de otras puertas

Las losas eran pulidas y cálidas aún bajo la caricia del atardecer. Yo, Álvaro Mejía, había aprendido, quizás demasiado pronto—tal vez con la torpeza de los reacios a enterrar cosas en la noche—que los cementerios pueden ser mansos, mansamente crueles. Fue allí, a la entrada del camposanto de Fuentemédanos, donde me vi forzado a arrancar las primeras raíces de esta historia. Cierto es que muchos la rehúyen y la descreyente memoria de mi linaje plasma sobre mis huesos ese mismo temblor con que mi abuela murmuraba nombres de familiares ausentes o maldecía las manchas del papel pintado al reflejo de las lámparas de aceite. Pero no fue mi abuela quien me llevó a la boca de las cosas inominables, sino mi propio impulso de buscar en lo subterráneo un sentido y en la sinrazón el consuelo.

La primavera había llegado mordida de viento y olores a tierra removida. Me encontraba allí, entre las lápidas hendidas, registrando fechas, abocetando en mi libreta ramajes y cartuchos florales, recolectando frases huérfanas de epitafios. Un hombre, Bernardo, el sepulturero, se me acercó como silbando, húmedo el aliento, y me habló, quizás por simple tedio, de un libro prohibido custodiado en el archivo parroquial; uno que no debía consultarse jamás. A su modo burdo y fatalista supo encenderme una chispa antigua que ardía ya en mi interior: la necesidad de husmear tras las verjas de lo que nunca debe abrirse, de vertebrar relatos con carne y con oscuridad.

Por la tarde, husmeé en la casa parroquial ayudado por la complicidad cobarde de un vaso de orujo que el sacristán me regaló mientras trasegaba cuentas en una libreta mugrienta. Pero no era allí donde me aguardaba nada, sino más allá, en la iglesia consagrada a una advocación menor. Me colé entre la fragancia a madera cerval y cera transida; entré en la sacristía y luego alcancé un débil sótano de techos bajos. Bancos rotos, pilas de papeles, frascos manchados por el tiempo y, en un rincón, una caja de latón desdentado.

La caja parecía saber mi nombre; crujía entre mis dedos antes de abrirse. Sus goznes liberaron un vaho de encierro y misterios tan antiguos que ni el propio aire se atrevía a tocarlos. Allí estaba: un legajo macilento, cubierto de piel, tintado en ocres y negruras con un modo de caligrafía que me era desconocida y que, sin embargo, cosquilleaba mi memoria con rumores de pesadilla. Algún título carcomido en su frontispicio: “De las Puertas y los que acampan tras Ellas”. Saltaron ante mis ojos nombres impronunciables, palabras que no querían ser leídas.

Aquella noche, tras hurtar el libro, lo deposité en mi escritorio. Había en el volumen fiebres, y su peso sobre las yemas no era ni metálico ni orgánico, sino como el de una presencia al acecho. No era ajena la textura, había soñado con ella desde niño, desde la vez en que escuché la radiografía chirriante de la ropa paterna mojada a la lluvia: “Cuando los hombres de la Luna vengan, no los mires”.

Pero los hombres de la Luna eran leyenda, y yo buscaba en cambio el perfume de lo inexplicable, la urdimbre de algo menos nítido. Me sumí en la lectura. Todo empezó siendo apenas criptográfico; con paciencia e insomnio fui deshilando algunos pasajes.

*Que cuando el Umbral haya de abrirse deberá ser de noche y no de día; bajo siete llaves y en presencia de las figuras en tapices, pues ellas recuerdan lo que olvidamos en la vigilia*. Entre las líneas, surgían alusiones a las nieblas de Vyones, a la ciudad de piedra donde los hombres dejaron de soñar, a la Trenza de Yra donde las mujeres se cubrían la cabeza para no ver las luces. Aparecía un símbolo, que con torpeza bosquejé en el margen: dos medias lunas entrecruzadas y en el centro un ojo giboso y sin pupila.

Las instrucciones eran claras a su manera dispersa: visitar el lugar señalado por una sucesión de números ocultos tras iniciales nombres y fechas. Tardé semanas en descifrarlo. Era la antigua cripta de los Menéndez, oculta a los pies del ayuntamiento derruido.

A esa hora, Fuentemédanos parecía hecho de otro tiempo. La luna—demasiado grande, demasiado cercenada—iluminaba el empedrado. Me deslicé por la ventanilla rota de la casa consistorial, bajé por unas escaleras de cal descascarillada y encontré, emparedada entre hierros, la losa.

Nada en mi juventud había preparado mi mano para acariciar la hendidura de ese mármol, ni mi alma para el escalofrío de un aire que bajaba de otras latitudes de la mente. La losa se movía sola, cediendo al pulso de mi sangre. Un frío lunar, seco, me anquilosó los dedos mientras entraba.

En el subsuelo, la cripta era vasta más allá de sus dimensiones físicas. Tapices colgaban, cubiertos de polvo, representando escenas inconexas: pájaros carnosos con rostros de mujer; hombres sin cabeza que transportaban enseres hacia un horizonte sin sol; máscaras y ruedas dentadas; lunas partidas. El barniz de las pinturas destilaba un olor almizclado, mientras en el centro un círculo de piedra parecía invitarme a permanecer, a escuchar.

Una voz, o mucho peor, un sentimiento, latió con fuerza inexplicable. Era melodía sin sonido, cadencia sin boca. Vi, sin ver, que los tapices ondulaban. *Debes leer los nombres*. Apenas consciente, saqué el libro y recité en voz baja la letanía del final del segundo capítulo.

*Anash al Ryneth, Kamorh da Tholomer...* Las sílabas ardían en mi garganta. Los tapices se sacudieron, vibraron como membranas. Los rostros sin ojos parpadeaban. Un zumbido grave llenó la estancia. Vi entonces la sombra, primero sutil, luego irguiéndose como una proyección de humo y carne, e imborrable.

No sabría decir qué era. Su geometría mutaba. Durante un segundo, me pareció una mujer sin facciones; un instante después, transmutaba en un roedor gigante envuelto en vendas negras y después en un retorcido nido de ramas y cuchillas. La visión no era sólo externa: la sentía en mi mente, raspando mis paredes internas, llenándome de palabras de otro idioma—y me inundó un instante la certeza de que esto había sucedido antes, y que sucedería después, en un plazo circular.

Quise correr, más no pude. Fui testigo de otros momentos que no eran de este mundo: veíanse en mi cabeza avenidas grises en las que figuras vestidas de amarillo deambulaban, hablando lenguas que se doblaban hacia sí mismas. Un lago dormido bajo una doble luna, torres de obsidiana por donde descendían mariposas desnudas y hombres que reían con la boca ensangrentada.

Un nombre, *Carcosa*, resonó entre el murmullo, empapando los tapices, expandiéndose como baba invisible, susurrando que todo Fuentemédanos era apenas un eco, una superposición tenue sobre territorios más vastos y húmedos donde reinan el Rey de las Máscaras y sus sacerdotes.

Me vi no a mí mismo sino a otro, o a muchos: una cadena de seres que repetíamos infinitamente el mismo gesto de apertura y de cierre, el mismo error de querer saber. En ese instante supe, como si se me desollara el cerebro, que el libro que guardaba era apenas una página desgajada de algo más primitivo: los Manuscritos Pnakóticos, que cruzan la noche entre mundos, que son leídos por quienes ya no regresan.

Desperté (o fui despertado) en la superficie, con la lengua hinchada y las manos embarradas. El libro no estaba. Corrí a la iglesia, revolví entre baúles, grité; nadie respondió. El sacristán apenas me dirigía ya una mirada, y Bernardo el sepulturero se encogía al verme, como si todos supiesen que había hurgado bajo las raíces de lo permitido.

Despertaron también en mí otras cosas: sueños en los que mi piel se abría en tiras blancas y mis huesos se hacían líquenes que palpitaban bajo las lunas. En cada pesadilla, una figura amarilla, cuya verdadera forma no alcanzaba a vislumbrar, me señalaba y reía de un modo que sólo las piedras conocen.

Los días siguientes los pasé arrastrando mi cuerpo; cada reflejo en el agua, cada línea impresa me devolvía fragmentos de lo visto ahí abajo. Y si bien intenté razonar, convencerme de un trance, de una alucinación, sabía lo que había causado: la brecha se había abierto, y yo era heraldo, servil o involuntario, de las cosas de más allá.

Una tarde, un grupo de aldeanos encontró a Bernardo muerto en la cripta, de piel grisácea y manos convertidas en arcilla. Nadie pudo explicar su rictus, la sonrisa lobuna y los ojos cuajados de espanto. De la caja de latón no quedaba ni rastro.

Las noches más terribles son aún peores. Porque sueño (y ya no estoy seguro de que sea solo sueño) que bajo las tapias del camposanto algo se arrastra, baja y sube por túneles plegados hasta tocar, en algún pliegue de Fuentemédanos, una puerta que no debe abrirse. Sé que cuando el viento sopla desde el oriente, puedo oír risas de niños que no son de aquí, y ver en los tapices de la sacristía siluetas que se perfilan solo cuando la luna es dos veces gibosa.

Y sé, de un modo que nada tiene que ver con la cordura, que en alguna ciudad, Carcosa o Vyones o Jaquith, otros como yo leen aún y leerán siempre la página perdida, temblando ante la inminente apertura de la puerta y la llegada de lo imposible. Porque nada vela mejor lo inenarrable que el silencio de quienes, sin querer, han contemplado los otros tapices, los que laten bajo lo visible, esperando que una mano temblorosa decida, por piedad o por locura, no volver jamás a leer en voz alta los nombres del libro bruñido.

Fin.

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