Portada del relato El lamento de los portales ahogados
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Fragmento:


Eso me llevó a la Librería Opar, un sótano prodigiosamente húmedo en la parte más antigua de la ciudad. Era conocida entre coleccionistas como un refugio para los perseguidos por la rareza, y el viejo Karras que la regentaba siempre tenía la sonrisa en la boca pero los ojos en la puerta. Aquella tarde, igual que todas, llovía.

Duración: 09:32

El lamento de los portales ahogados
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Texto de ajuste de pausa.

Hubo una época, hace no mucho, en la que me sentí separado de los misterios de la vida. Como muchos de nosotros en la Edad de la Tecnología, vivía rodeado de una claridad taimada, de los grises y azules de mi pequeño apartamento, hasta que la casualidad —o algo más oscuro— me llevó a coleccionar libros viejos y estropeados, volúmenes huérfanos de cualquier sistema clasificatorio aceptable. No era erudición lo que buscaba. Quizá una vaga ansia de aventura. Pero ahora sospecho que fue un anhelo mucho más antiguo lo que me empujó, una voz larvada e insomne del polvo, de la piedra, de la aridez que sueña bajo la corteza del mundo.

Eso me llevó a la Librería Opar, un sótano prodigiosamente húmedo en la parte más antigua de la ciudad. Era conocida entre coleccionistas como un refugio para los perseguidos por la rareza, y el viejo Karras que la regentaba siempre tenía la sonrisa en la boca pero los ojos en la puerta. Aquella tarde, igual que todas, llovía.

Había una esquina al fondo de la tienda donde los libros tenían, más que olor a papel, cierto hedor a caverna. Allí, entre ediciones deterioradas de treatises olvidadas, mis dedos tocaron el volumen. Carecía de título en el lomo, pero presentía algo en él, un calor incómodo, casi un repiqueteo bajo la piel. Karras asomó desde la penumbra y me observó con una mezcla de lástima y alarma.

—¿Va a llevarse ese? Hay quien dice que conduce al insomnio... o peor.

No sabiendo qué decir y más por impulso que curiosidad sesuda, lo compré. En casa, bajo la lámpara mortecina, vi que era una edición muy antigua de lo que, según una nota manuscrita en el interior, eran los "Manuscritos Pnakóticos". El texto, aunque mayormente ilegible por la degradación, danzaba en una mezcla de idiomas, algunos reconocibles y otros como signos cuneiformes trasnochados, gruesos y mutilados en los márgenes.

Me obsesioné. No era extraña mi fascinación, pues ciertas frases podían descifrarse, y todas aludían a horizontes sepultados, ciudades quemadas por soles que ya no existían. Las noches se hicieron largas y llenas de zumbidos. Alucinaba con mi propio eco en la soledad del pasillo, y sentía en la nuca la humedad y la pesadez del sótano, aunque estuviera en mi piso, en el centro de la urbe.

Fue en el décimo día que hallé el párrafo entero que sellaría mi suerte:

"En el límite, cuando la luz es devorada y la arena fuma bajo la sombra del umbral, baja la Descendencia y abre la piedra, y beben y recuerdan en la ciudad que no duerme, la que camina en su propio pasado".

De pronto, bajo mi ventana, la lluvia se detuvo.

Dudé si debía acostarme o seguir leyendo, pero fue el silencio exterior lo que me alertó: un silencio abismal, como si la calle ya no existiera. Parpadeé, con la sensación física de que el suelo mismo cedía unos milímetros, y que la peculiar estancia de mi piso (que siempre había olido a humedad y cerrado) estaba mudando de textura. Los libros ya no apestaban a papel: ahora olían a salitre y arcilla caliente.

En sueños, o algo muy parecido a ellos, empecé a oír el susurro. Primero era la voz de mi madre, luego la de Karras y, finalmente, un rumor vasto y sin lenguaje, como el murmullo de una multitud sosegada al otro lado de una pared de barro. Fue entonces cuando vi los escalones, no en mi cabeza, sino en mi habitación: una larga escalinata descendente, recubierta de polvo y símbolos casi gastados, y yo bajando, bajando, los peldaños helados, con las paredes despellejadas y temblorosas a mi lado.

Cuando alcancé el vestíbulo (o al menos esa forma de espacio al que el pasillo me arrojó), no supe si estaba dormido, si seguía en mi apartamento o había viajado de algún modo imposible. Me rodeaban arcos y columnas cuyas proporciones no estaban hechas para ojos humanos. La piedra tenía la sensación espesa de la carne, y a lo lejos se abrían más escaleras, y abismos y umbrales de donde brotaba una luminiscencia lechosa, inquieta como relámpagos fosilizados.

Mis pasos resonaban huecos y húmedos mientras avanzaba, guiado por un aroma a moho, a cosas que fermentan debajo del sol muerto. No había sentido nunca esa clase de miedo: algo que no era horror ni ansiedad, sino la certeza de un error primordial, como si hubiera abierto la puerta de un sótano y, en lugar de ver el polvo bajo la escalera, se hubiera desplegado la cúpula de otro universo, uno mucho más antiguo que el mío.

Al avanzar, los símbolos tallados en la piedra mutaban, torciéndose, sugiriendo seres contorsionados y paisajes barridos por la arena. En un mural, distinguí —con la claridad que sólo concede el pánico— lo que parecía una Ciudad, una vastedad de cúpulas sumidas y torres incrustadas en la roca, surcadas por criaturas mastodónticas con rostros erosionados por el tiempo. Bajo sus pies, seres humanos caían o se arrodillaban o languidecían. Una procesión sin fin.

Me detuve, jadeante, y el aire comenzó a densificarse. Algo reptaba en la negrura, algo midiendo el ritmo de mi respiración. Me llegó el eco de una voz, no desde fuera, sino desde dentro de mi cráneo, taladrando desde la base del cuello:

"Aquello que recuerdan las piedras debe ser también recordado por la sangre".

Me tapé los oídos, en un gesto sin sentido, porque la voz estaba dentro. La humedad fue cediendo al calor, y el suelo pareció rajar, permitiendo que la arena fina se escurriese bajo mis pies desnudos. Allí, en el centro de ese espacio enfebrecido, sentí la presencia. Lo sé: no la vi, no la pude ver. Sólo puedo describirla como una sed, una consciencia de longevidad y rabia dormida; tal vez fue una criatura, tal vez una ciudad misma encontrando voz a través de mi carne.

No sé cuánto tiempo permanecí así. La voz murmuraba palabras tan viejas que mi mente se rebelaba contra ellas, pero de algún modo las entendía: invitaciones, advertencias, imágenes superpuestas de sepulturas y puertas macizas, de un portón que gira atascado por la arena, de una legión de seres —tal vez humanos, tal vez no— postrándose ante una efigie sin rostro, con la ciudad a su espalda, y el horizonte barrenado por soles pútridos.

Alguien me empujó, suave pero inexorablemente, hacia el mural. Las piedras temblaban. Las figuras en la pared parecieron animarse, vibrando en un frenesí imposible. Sentí los dedos de la Otro, esa Presencia, tanteando mi memoria, huroneando mis recuerdos, arrancando escenas de mi niñez, de mi madre, de la librería, para mezclarlas con su propia marea milenaria de imágenes:

—Un pueblo sepultado cuyo nombre es sólo pronunciado por la piedra,

—Una puerta en un sótano, umbral entre dos fatigas,

—Un dosel de arenas bajo el que sueñan cadáveres eternos.

La presión creció. El aire, ahora pastoso, iba colándome por la boca y nariz, mientras mis músculos trataban de resistirse. Sentí cómo en mi pecho anidaba algo pequeño y primordial, un apéndice calcificado de la ciudad resucitando dentro de mí. ¿La locura? ¿La muerte? No: una sed de recordar, de perpetuar lo que la voz llama el Olvido sin Fin, la letanía de la piedra que corroe la carne y la memoria.

No fui yo quien logró romper el lazo. Fue un sonido, abyecto y chirriante, que me arrancó de esa cámara onírica: mi móvil sonando, discordante, una ráfaga de realidad contra el muro de lo inmemorial. Abrí los ojos: mi apartamento. La luz tenue, los libros callados en sus estantes. Pero llevaba puñados de polvo en las manos y los pies cubiertos de arena húmeda. El hedor no era sólo el del papel viejo, sino algo arcaico, salino, como el de las catacumbas abiertas.

Quise arrojar el libro de nuevo al sótano lúgubre de Karras. Pero no pude. Esa noche y todas las noches después, lo dejé en mi mesa y evité mirarlo, pero el libro encontraba la manera de estar junto a mi almohada, de colarse en mis sueños, de crispar mi piel con el rumor de los portales sumidos y de las ciudades que no dejan de caer y levantarse bajo horizontes imposibles.

Lo peor es que a veces, cerca del amanecer, los murmullos en la piedra se hacen tan fuertes que deja de ser claro quién sueña a quién: si la ciudad sin nombre revive en mis pensamientos, o si mi mente, famélica y cautiva, atraviesa una y otra vez ese umbral fangoso, ese pasillo carcomido que nunca acaba, buscando algo que no recordará haber perdido.

Salí de casa poco tiempo después. Evito los sótanos, la humedad, los libros sin título en el lomo. He cambiado de ciudad, busco la arquitectura limpia, la luz rectilínea. Pero a veces, cuando escribo mi nombre en un formulario, tengo la certeza de que no estoy escribiendo nada, de que mi puño sólo repite una palabra exhausta, la palabra que los Manuscritos contienen, la que se traduce (a falta de significado más claro) como "Seljaat", una palabra imposible para boca humana, que me trae el sabor del polvo planetario y del sueño implacable.

Y aún así, hay noches. Noches en las que, a punto de dormirme, me llega un eco húmedo, un rumor de cúpulas y portones entre la arena, y sé que la ciudad, aunque sin nombre, aunque sin tiempo, no ha dejado de buscarme. Y que algún día abriré de nuevo el libro, y descenderé sin regreso.

Hasta entonces, sólo me queda descifrar la última frase, la que nunca cambia en los Manuscritos:

"Cuando el horizonte sea devorado y la piedra beba, no pienses en la vuelta. Nadie regresa de la ciudad insomne. Nadie vuelve de lo que ha sido recordado por la piedra".

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