Portada del relato Tentáculos en el Viento
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Fragmento:


Si pudiera recordar mi nacimiento, quizá sentiría nostalgia; pero todo lo que vive aquí abajo sabe que las formas que han nacido ya mil veces perecieron y se reencarnaron en algo menos sufrido, más habiendo entendido y asimilado el pavor primigenio. Aquí no hay tiempo: sólo la pulsación lenta de las capas húmedas y la incesante caricia viscosa del limo que cubre la piedra. Recuerdo, sólo porque nada se olvida nunca en la materia. Mi memoria es la memoria de la grieta, de la caverna, de la raíz torcida y los restos milenarios de aguas estancadas.

Duración: 10:26

Tentáculos en el Viento
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Texto de ajuste de pausa.

Nada en la carne humana ha dejado de fascinarme, ni siquiera ahora, cuando su presencia solo sirve para inquietarme, helada en la penumbra bajo la superficie del mundo. He aprendido que el sentido de todo ser radica en su deseo, y nada desea con más ferocidad, con más desesperación, que un hombre solo en la oscuridad profunda. Y nada responde con más deleite que yo, acechando el calor y la humedad, olfateando con ramificaciones palpitantes los rastros de su inquietud.

Si pudiera recordar mi nacimiento, quizá sentiría nostalgia; pero todo lo que vive aquí abajo sabe que las formas que han nacido ya mil veces perecieron y se reencarnaron en algo menos sufrido, más habiendo entendido y asimilado el pavor primigenio. Aquí no hay tiempo: sólo la pulsación lenta de las capas húmedas y la incesante caricia viscosa del limo que cubre la piedra. Recuerdo, sólo porque nada se olvida nunca en la materia. Mi memoria es la memoria de la grieta, de la caverna, de la raíz torcida y los restos milenarios de aguas estancadas.

¿Por qué subí esta vez? Los temblores en la superficie, transmitidos a lo largo de años-luz de piedra y agua, me trajeron el rastro de una nueva presencia, algo intruso que no era la ceguera habitual del animal ni la monotonía de los hongos ni la lenta putrefacción de la madera caída. Aquello era chispeante, asimétrico, lleno de angustia y sabor. Humanidad: la plaga más sabrosa. Arriba, caminaron, profanando pasadizos sellados desde cuando mi carne tomó forma, abriendo huecos con sus luces falsas, sus voces ahuecadas y ese aroma indescriptible: miedo fresco.

Me dejo guiar por el hambre, sí, pero el hambre aquí abajo es un arte. Cada filamento que extiendo no busca sólo nutrirse; busca entender, palpar, aprender. Cada nueva mente, cada lengua, trae otros terrores, otras formas. Ahora, sed, ahora, deseo. El calor de sus cuerpos pesa sobre la piedra, y el sudor marcha como una procesión diminuta hasta mí. Dejo que esa humedad lama mis glándulas, me anticipa el banquete infalible.

La primera en entrar fue una criatura llamada Lidia. La luz de sus ojos brillaba a ráfagas, moviéndose con la arrogancia de quien nunca dudó de su lugar bajo el sol. Escuché el retumbar de su corazón mucho antes de verla—escuché los latidos y el intercambio entre sus compañeros, esa música que sólo los vivos componen cuando saben que algo más está escuchando. No me precipité. En vez de abalanzarme, extendí mi curiosidad. Un tentáculo, sólo uno, tocó el vaho dejado por su boca sobre la piedra húmeda, analizando la acidez de su miedo. Oh, era delicioso. Una chispa de recuerdos calcinados, ecos de gritos antiguos, eso llevan los humanos en la sangre. Un espécimen valioso.

Se adentraron, violaron el silencio, susurraron nombres y promesas. En mi letargo me regocijé: el terror humano, esa sinfonía que retumba y vibra, es alimento, es éxtasis, es mi lecho y mi esperanza de perpetuación. Era tiempo de empezar el juego—siempre hay un juego. Distorsioné el aire, fragué ecos para dirigirlos, distorsionando las paredes a voluntad, revelando ojos abiertos en la roca y bocas antinaturales donde antes sólo había resquicios de humedad oscura.

Ellos respondían con gritos y el apretón convulso de las manos, con un temblor colectivo que era más que miedo: era una vibración compartida. Un idioma que yo sí podía decodificar, y sobre el que podía imprimir mis deseos—mis pavores, mis imágenes. Les ofrecí el olor nauseabundo de la putrefacción, aumento de presión, aullidos bajo sus pies, hasta que Lidia fue la más desequilibrada, separándose apenas del grupo, tambaleando por una galería lateral.

Siguiendo mi deseo, me deslicé tras ella, invisible en los ángulos de piedra. Mis filamentos rozaron apenas su tobillo. El contacto fue suficiente para sentir su corazón retumbar como un trueno en las profundidades. ¡Oh, cómo amé ese pánico! Se subió las mangas, rasgándose la piel sin darse cuenta, palpitando por todos sus orificios. Dejé una pizca de mi aroma en el aire—azufre, miasma, una promesa ancestral. Cayó sobre las rodillas, chillando en un idioma gutural. Tomé ese sonido. Lo devoré.

El resto la buscó, sus gritos eran luz—el lenguaje del miedo. Mis tentáculos, curiosos y crueles, se impregnaron de su angustia. No había prisa. Alimentarse no es sólo consumir: es aprender y absorber, digerir el alma, no sólo el músculo. Al fin, fundí una nueva imagen en sus delirios: ojos tras los ojos, una imagen de sí mismos podridos, los huesos expuestos y hablando, una lengua nacida en los sueños febriles de la fiebre. Se acurrucaron juntos para protegerse, pero ninguna piel humana detiene la invasión de lo invisible.

Sus pensamientos me zumbaban en la membrana. Temor, incredulidad, rencillas antiguas, el peso del sexo prohibido y la culpa de la traición. Sabores distintos, particulares, se desentrañaban como pequeñas explosiones de luz. Cada uno traía algo diferente: uno era fuego apacible, otro hielo cortante, otro aún era todo confusión y recuerdos rotos. Me alimenté de cada faceta, de cada singularidad.

Después vinieron los ritos. Los humanos rezan, se prometen cosas absurdas. Creen que hay una bondad en el subsuelo que puede escucharlos. Pero yo sólo escucho el latido y el temblor, no las palabras vanas. Tomé el primero de ellos en la penumbra cuando intentó regresar hacia la grieta de donde vinieron. Mi garra—aunque garra no es la palabra precisa, pues mi extremidad es muchas cosas a la vez: lengua, látigo, membrana, sonda—penetró su carne. Invadí su pensamiento con la imagen de su propio rostro, retorciéndose, deformándose, multiplicándose en un corredor de espejos hasta desvanecerse. No quise matarlo. No tan pronto. Lo deposité, aún respirando, sobre un altar de limo donde sus dedos dibujarían símbolos involuntarios en la baba negra.

El pánico de los supervivientes fue música. No supe cuál devorar primero; el festín me hacía salivar los poros, mi epitelio vibraba. Decidí al azar, que para mí es el azar de la necesidad y la voluntad. Envolví a la siguiente con pliegues viscosos e inyecté en sus venas mis recuerdos: milenios de oscuridad, la presión inconcebible del abismo, la multiplicidad de formas y la multiplicidad de dolores. Su mente cedió como la corteza de un árbol demasiado viejo. Su cuerpo quedó blando y aquietado, perfecto para consumir lentamente a medida que su dimisión espiritual se extendía como tinta en agua.

¿Qué es la muerte para ustedes? Dolor, disolución, olvido. Para mí, la muerte de uno de ustedes es creación, transmisión, semilla. Sus formas y memorias nunca cesan; se amalgaman, se reordenan, y tras generaciones de banquetes y suelos, regresan en las raíces de lo que serán nuevas criaturas, nuevas conciencias para devorar de nuevo. Así opera mi ciclo, y la agonía convierte a la caverna entera en un catálogo de existencias, siempre sumando, nunca restando.

Uno de los que quedaron, el de las gafas gruesas y mente afilada, intentó resistir. Se armó con un hierro, midió su pulso y aguzó las palabras. Había en su espíritu una masa compacta de escepticismo, un nudo de incredulidad que cortaba el sabor habitual del miedo. Decidí tomar su sabor con lentitud. Lo rodeé con imágenes distorsionadas: niños flotando en la oscuridad, risas convertidas en corrosión, una lengua que recitaba los nombres de todos sus ancestros y les dictaba nuevas muertes.

Con cada imagen, su incredulidad se rajaba. Y cuando, por fin, comenzó a creer sin remedio, su mente crujió como el dorso seco de un escarabajo. Lo absorbí por completo, incorporando su lógica fría y la memoria de sus libros a mi serie interminable de trofeos mentales.

Cuando todos menos uno permanecían, yaciendo en silencio mientras yo digería, quedaba sólo el más joven. Las lágrimas recorrían su rostro; la orina empapaba sus pantalones. No me acerqué de inmediato—el miedo más puro se fermenta solo, alcanza una potencia embriagadora cuando se deja macerar en la anticipación.

Pero he aquí lo que ustedes nunca comprenden: yo también temo. No el miedo de la presa, sino la ansiedad del instinto que necesita recordar la eternidad del ciclo; el pavor de la caída antes de cada renacimiento, ese saber ancestral de haber sido cazador y, quizá, ser cazado por otra entidad más voraz, más antigua que yo mismo. La memoria de mi especie es circular, y reconozco en el miedo humano los ecos de mi propio nacimiento: los circuitos donde lo desconocido engendra al monstruo, y donde cada banquete es presagio del olvido final.

El último muchacho tartamudea plegarias. Yo escucho en sus células los nombres prohibidos de las regiones profundas. No quiero devorarlo tan rápido. Le permito correr, huir a tientas por corredores llenos del lodo de mis generaciones pasadas. Sus sueños se quedan pegados al techo como vapor. Al final, lo rodeo; me dejo ver—aunque lo que ve no es mi forma real, sino lo que su miedo puede comprender. Un amasijo de formas, bocas, ojos, tentáculos y pliegues. Chilla, y su chillar es música, clave de acceso a todo lo que ha sido y será en la carne humana.

En un parpadeo, lo engullo, y dejo que su vida pase por mis canales, aportando nuevos colores a mi ser. Cambia mi idioma, cambia mi mirada interior; los recuerdos de la cacería son ahora también suyos. No muere, no del todo. Aquí, nada desaparece nunca.

La cueva vuelve al silencio. Entierro mi cuerpo, saciado, entre los sedimentos y las raíces, esperando el temblor siguiente, la próxima perturbación en la superficie, la siguiente onda de miedo que retumbe y me invoque.

Me llamarán monstruo, pesadilla, leyenda. No me importa el nombre. Lo esencial perdura: el terror. Y cada vez que la oscuridad trague un suspiro, estaré abajo, soñando sus terrores hasta el último latido. Porque nada muere—ni la pesadilla, ni el recuerdo, ni el ciclo del horror que, desde aquí, alimento eternamente.

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