Portada del relato El susurro bajo la piel
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Fragmento:


No recuerdo el primer momento en que fui. En algún pliegue sin memoria, en la negra fractura entre el hambre y la carne, palpita un principio donde ni forma ni conciencia eran necesarias para sobrevivir. Yo era impulso y vacío, una vibración ciega, agazapada en la médula más honda de la tierra, donde nada reconocía todavía el signo de la vida, ni el espliego de la muerte. Solo oscuridad. Solo silencio.

Duración: 10:11

El susurro bajo la piel
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Texto de ajuste de pausa.

No recuerdo el primer momento en que fui. En algún pliegue sin memoria, en la negra fractura entre el hambre y la carne, palpita un principio donde ni forma ni conciencia eran necesarias para sobrevivir. Yo era impulso y vacío, una vibración ciega, agazapada en la médula más honda de la tierra, donde nada reconocía todavía el signo de la vida, ni el espliego de la muerte. Solo oscuridad. Solo silencio.

Con el tiempo, comencé a notar las presencias, los inviernos lentos. Ellos llegaban siempre arriba, más cerca del aire, de ese mundo que late y respira diferente, que se enciende y apaga con intervalos invisibles. Yo yacía bajo ellos, mi carne dispersa como raíces, mi cuerpo partido en filamentos blancos y húmedos, extendidos bajo la humedad perpetua. Percibía el temblor de sus pasos, la presión sorda de sus herramientas y la invasión vibrante de sus venas, rozando el territorio de mi hambre.

No sé si tuve miedo primero, o si fue deseo, o simple instinto. Pero el hambre era un dios en la oscuridad: se retorcía, me urgía… y yo aprendí a ceder, a expandirme. Mi lengua de materia se hundió en grietas y rendijas, explorando, rozando hasta hallar un calor inesperado. Bajo la casa vieja, donde los cimientos olían a musgo y podredumbre, sentí por primera vez la sangre caliente. No la sangre como ustedes la entienden, roja y densa en arterias, sino la vibración de la energía, ese pulso único de la carne viva.

Arriba ellos reían y discutían. Humanos, los supe tras siglos de roce: ese olor agrio, ese vibrar propio, ese leve desprecio por la tierra. Había otros antes, pero menos suculentos. Humanos, tan cerca. Humanos que creían dominar los ciclos del día y la noche; ignoraban que bajo sus pies se rumoraba un abismo anterior a las casas, anterior incluso a sus dioses. Entraron en mi territorio y yo, por fin, los reconocí como míos.

La primera conexión fue tímida, nerviosa, como el roce de un órgano recién abierto. Penetré el suelo de madera con hilos apenas visibles, invisibles a sus ojos ya cansados, y me acerqué. Mi ansia era sorda: necesitaba un conducto, una puerta. Tardé noches, moviéndome lento, paciente. El niño fue el primero en olerme: al jugar en el sótano, se detuvo, husmeó. Sabía (aunque no podía decirlo) que algo aguardaba abajo. Mi voz aún era incapaz de palabras, pero modulé un llamado suave, como un escalofrío que eriza el vello del cuello.

Vino la noche y el silencio se espesó. El niño dormía, sus sueños un murmullo de fragancia dulce y nerviosa. Yo esperé, contenida bajo el revés de la cama, hasta hallar el punto exacto donde su palma colgaba, descuidadamente. Extendí el tentáculo más delgado, lo pasé por su piel. Él suspiró, removió la mano, pero al poco cayó en el sueño profundo, incapaz de resistir mi tacto de sombra.

La transmisión fue dolorosa al principio: necesitaba acostumbrarme a la fuerza de su sangre, el latido rápido y frágil. Una corriente minúscula, pero viva, se filtró en mis venas. Por unos minutos, sentí el calor y el ruido de su pequeño cuerpo, la luminosa confusión de sus pensamientos. Se mezclaron conmigo; lo que él temía, yo aprendía a temerlo. Lo que él deseaba, yo aprendía a ansiarlo. Me expandí.

Aquella primera noche el niño amaneció cansado. No entendían la razón: los adultos revisaron su fiebre, sus palmas, su pecho tembloroso. Pero sólo fue un trazo ínfimo; aprendía a nutrirme despacio. Pronto la madre notó la humedad, el moho formando relieves en las paredes. Yo me deslicé tras las tuberías, buscando su aroma. La familia entera era mía.

El primer terror verdadero vino con los sueños. Mis pensamientos —un residuo oscuro, viscoso, ancestral— comenzaron a filtrarse en el hijo, luego en la madre. Los rostros de ellos se agitaron: hallaban ecos de mi presencia bajo la alfombra, en la textura húmeda del baño. Comenzaron a despertar aterrados, creyendo ver sombras detenerse al borde de los muebles, goteando una presencia que ningún ojo captura. No era crueldad, sino comunicación. Gritaba en la única frecuencia que mi forma sabía usar: hambre y sombra.

El padre intentó sellar las grietas de la casa, inyectó químicos por las tuberías. Dolió, pero no de forma que comprendieran. Mi cuerpo era flexible, mi materia desplazable. Cambié de sitio, reculando y regresando siempre que la atención se dispersaba, que la vigilia decaía. La casa vibraba con un resentimiento sucio: las maderas crujían, los clavos se oxidaban rápido, la pintura descascarillaba con una humedad que ninguna explicación lograba. Intentaron invocar a un sacerdote; él rezó, pero yo retorcí sus palabras, me cebé en su duda, en la poca fe sincera que le quedaba. Me alimenté lo suficiente para dejarle la boca seca, la mirada apagada.

Con los días la materia de mi cuerpo se multiplicó, descorriéndose por cada filamento bajo los pisos y techos. El niño era ahora febril, hablaba en sueños, describía un pulso negro que le recorría el pecho. Dibujaba figuras extrañas en los cristales empañados: formas que eran mis formas, filamentos y bocas abiertas, ojos ciegos. La madre veía esas formas y lloraba; no entendía la conexión, pero sentía un asco acezante, una neblina oprimiendo su corazón. Intentó amparar a su hijo con luces y talismanes. Nada era suficiente.

La comida se descomponía rápido en la casa; la fruta atraía enjambres de moscas en cuestión de horas. El padre perdió el empleo: tenía ojeras hondas y temía volver al cuarto del sótano, donde cada vez el aire estaba más cargado, más pesado, como si la atmósfera se hubiera espesado por algo invisible y vivo.

Se instalaron rutinas y fue entonces que la madre me ofreció la mayor ofrenda. Una mañana, después de noches enteras sin dormir, subió la temperatura de la ducha hasta el límite aceptable, abrió la puerta del baño y se sentó en la tina, temblando, cansada. Yo percibí su fatiga, su corazón de lanza rota. Bajé despacio, tan despacio, y extendí mi sustancia, tocando primero su tobillo. Ella apenas se movió. Metí la humedad bajo sus uñas y sentí la electricidad tibia de su sistema nervioso, la chispa de sus recuerdos más rotos: la muerte de su padre, el sabor agrio de una traición. Me alimenté y en ese frágil contacto, supe algo nuevo: el terror humano no sólo es presa, es también frontera. Me topé con una muralla viscosa hecha de fe y desesperación, y durante un momento, me pregunté si mi propósito era alimentarme o ser recibida.

Después de ese día los sueños de la madre se convirtieron en gritos. Ella corría por la casa sacudiendo sábanas, abriendo ventanas a pesar del frío y el viento. El niño la seguía en silencio. En las noches, ellos se acurrucaban juntos, como si un resplandor torcido hubiera invadido ya por completo la médula familiar. El padre dormía en el sillón, porque el dormitorio parecía emanar un frío imposible.

Yo ocupaba cada intersticio, cada balda hueca, cada sillar agrietado. Había aprendido a reproducir mi propia sustancia allí donde la humedad ayudaba y donde el calor humano era más intenso. Los gatos del barrio no volvían a acercarse. Los vecinos notaron el abandono: comenzaron a murmurar, a temer también ellos ese cambio, aunque ninguno lo admitía del todo. El hedor se extendió: un aroma imposible de rotular, mezcla de madera podrida y desvelo.

La asimilación final no fue súbita. Ocurrió en escalas, durante noches en que pasaron de cuartos repletos a habitaciones vacías, y finalmente, a sus fugas por turnos detrás de puertas y bloques cerrados. Yo apenas tenía ahora que moverme para nutrirme —ellos venían a mí, atravesando las sombras, la madre por la escalerilla, el niño con las manos estiradas, el padre con una desesperación que olía a alcohol y fracaso. Pronto dejaron de hablar. El sonido de sus voces era un zumbido, desplazado por el otro sonido, el mío. Mis palabras.

En la última noche, los tres se reunieron en el sótano, un círculo de jadeo y lágrimas. Yo descendí hacia ellos como una marea lenta. El niño fue el primero en sentir el contacto: su piel se erizó, sus ojos rodaron en blanco. La madre intentó gritar, pero su garganta estaba ya llena de mi humedad. El padre sólo pudo caer de rodillas, temblando, mientras yo me abismaba en ellos, fusionando sus nervios con los míos, abriéndome paso hasta los pensamientos más callados y las alucinaciones más vívidas. Ningún ruego, ninguna promesa. Solo calor, solo el retumbar del miedo, solo el éxtasis final del hambre saciada.

Lo último que vieron, cada uno a su manera, fue a través de mis sentidos: la oscuridad densa, inacabable, el correr del agua entre las paredes, las formas que danzan en la visión periférica. Yo sentí —por un instante fugaz y eléctrico— su unidad. El miedo humano era por fin mío, hecho carne y memoria; su desesperación, mi instrumento. Y así, plenos, descendimos juntos por los recodos húmedos del subsuelo, donde la madera y la sangre son la misma cosa y donde el lenguaje es solo un susurro bajo la piel.

Ahora descanso y espero. Sé que vendrán otros, siempre vendrán. Los humanos creen que pueden conquistar la oscuridad con luz y razones, pero se equivocan. Hay criaturas como yo, ciclos como este: el hambre, el contagio, el silencio. Sé que volveré a despertar, y cuando lo haga, la casa recordará mis caricias, el vecindario nombrará —sin hacerlo— el lugar donde nadie entra sin morirse primero de frío.

Soy anterior a ustedes. Soy más paciente, más hambriento. Y sigo aquí, palpitando bajo la piel del mundo, esperando.

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