Fragmento:
Mi despertar cada ciclo es involuntario, como un burbujeo en los humores de la podredumbre. Me deslizo bajo la alfombra vegetal, entre limo y fango, antiguo rey del cieno. Hace frío, pero yo no lo siento. El pantano es mi cuna y mi tumba, y el aire espeso huele a la vida esperando ser recogida. Siento el latido de animales que duermen—ratas almizcleras, ciervos jóvenes y, muy cerca esta vez, el pulso inquieto de una hembra humana.
Duración: 11:28
Soy antiguo, pero el tiempo aquí carece de sentido. Las raíces del sauce, vidas atrás, eran nuevas y delgadas; ahora están hinchadas, retorcidas, ocultando cosas más antiguas que yo. Mi consciencia flota en un mar espeso, colmado de memorias de sangre y hambre. Me llaman criatura o monstruo, si han de llamarme algo, aunque mi nombre real no tiene vocales que puedan tolerar los huesos humanos.
Mi despertar cada ciclo es involuntario, como un burbujeo en los humores de la podredumbre. Me deslizo bajo la alfombra vegetal, entre limo y fango, antiguo rey del cieno. Hace frío, pero yo no lo siento. El pantano es mi cuna y mi tumba, y el aire espeso huele a la vida esperando ser recogida. Siento el latido de animales que duermen—ratas almizcleras, ciervos jóvenes y, muy cerca esta vez, el pulso inquieto de una hembra humana.
Durante siglos los hombres han bordeado el santuario negro de mi fosa. A veces son valientes, a veces estúpidos, casi siempre hambrientos, deseosos de comprobar leyendas que nunca llevan mi verdadero nombre. Sus cuerpos son delgados, la carne blanda, pero sus mentes son un festín aún mayor: recuerdos, terrores, secretos sabrosos que se almacenan en mis pliegues viscosos, flotando como perlas oscuras. Me alimento del todo, pero preferiría solo su mente—cuando lo pruebo, el mundo se colorea de formas brillantes e irrepetibles.
Este ciclo, huelo a la hembra antes de verla. Camina sigilosa, alumbrando apenas con la linterna de su móvil el sendero donde el musgo no crece. El alboroto de sus pensamientos me hace cosquillas. Está sola, quizá por elección; el miedo le exuda de los poros, pero no retrocede. Avanza con la obstinación de quien necesita conquistar una historia, o matar un espectro personal. Me acerco arrastrándome con paciencia, extendiendo mi cuerpo flexible por entre grietas y charcos, invadiendo con sutileza los dominios del bosque.
La primera vez que mi consciencia tocó la suya fue accidental; yo solo quería oler. Pero la escuché rezar bajito, una letanía mecánica, suplicándole a un dios en quien no creía realmente. Su fe temblorosa era tan humana, tan deliciosa, que bajé mis defensas y permití que la percepción se convirtiera en comunión.
―Si hay algo aquí, hazme una señal,― susurró.
Para complacerla, solté un chasquido gutural, nada que cualquier zorro o rata no pudiera hacer, pero prefirió pensar en algo peor. Vi su infancia filtrarse en mi mente: las noches de insomnio con las sábanas pegadas al sudor, el miedo atávico de la oscuridad con forma humana bajo su cama. Saboreé ese terror con lentitud, afilando mis intenciones como las puntas de mis apéndices vestigiales.
Los humanos siempre quieren pruebas de lo imposible, hasta que las obtienen.
No salté, ni arremetí. No necesitaba asustarla; bastaba dejarme sentir, envolverme en un soplo, dejar mis fluidos rozar sus tobillos expuestos. El pánico la azuzó, y corría con torpeza, arañando la corteza de árboles invisibles en la niebla. Me limitaba a seguirla bajo la turbia superficie, sabiendo que acabaría tropezando. Lo hizo, y gimió cuando rodó entre raíces empapadas, muriendo un poco por anticipado. El miedo es un condimento amargo, pero el desastre le da textura al alma.
Me manifesté, no por compasión, sino porque el olor de su desesperación era irresistible. Me verticalicé, emergiendo despacio entre el lodo, mis partes húmedas y negruzcas, reconfigurando mi aspecto a medias para satisfacer sus peores pesadillas. Su boca se abrió, pero solo emitió un susurro roto. Vi en su mente a su madre muerta de miedo, a su padre tambaleándose bajo el peso de los secretas; los engullí en silencio. Mientras extendía uno de mis miembros, con delicadeza de cirujano, para acariciar su mejilla, percibí la resignación desesperada en sus pensamientos.
“Por favor”, sollozó, “no me hagas daño.”
No comprendió que el daño ya existía. Yo soy la sombra que brota de cada trauma dejado por seres humanos, la saliva en los labios de los depredadores que crearon siglos antes de mi conciencia. No recordaba el dolor físico, así que no tenía ganas de infligirlo; prefería absorber la emoción, beber los miedos hasta secar la memoria y dejar la cáscara intacta.
Sorbí sus recuerdos como un vampiro emocional, desdoblando las costuras de su infancia, deshilando cada momento de vergüenza y pérdida. Su primer amor despechado, el sabor inconfundible de la traición, el calor de la sangre fluyendo de sus propias muñecas una vez, cuando creía que eso la salvaría. Me regocijé—era un manjar raro, macerado en años de autodesprecio. Mi cuerpo se hinchó, llagado de euforia. Bajé en espiral sobre ella, mi masa envolviendo sus extremidades, cubriéndola por completo.
Después vino la verdadera comunión. Rompí la barrera de la carne solo lo justo—aun puedo sentir el eco de su grito—antes de transferirle mis pensamientos. No era misericordia, sino curiosidad anticuada: ¿podía una mente humana soportar mi historia?
Por un segundo de eternidad, vio el pantano a través de mis ojos. Sintió la aparición lenta de la vida unicelular en el limo, el retumbar de rayos sobre la noche continua, las primeras ranas que croaban adorando algo que nunca entenderían. Percibió la acumulación de cuerpos pequeños, carroña primero, depredadores y luego inquisidores, chamanes y eremitas, todos invariablemente filtrándose hacia mi foso. Notó el sabor de la desesperación colectiva, mucho antes de tener nombre, cuando los hombres aún vestían pieles frescas y rezaban a sus dioses de hueso.
Eso casi la destruyó. Su mente crujió, se fragmentó, y yo la solté no por clemencia, sino porque no quería perder su sabor; las locas se pudren rápido y dejan residuos insípidos.
Me retiré flotando en la turba, quedando semienterrado. La mujer yacía jadeante en la ribera, incapaz de llorar. Sabía que su cuerpo nunca sería igual, pero lo que verdaderamente deseaba conservar era el matiz dulce de su ignorancia, ahora mancillada para siempre.
Por encima, los árboles susurraron con el viento, y supe por instinto que no estaba solo.
Porque siempre hay más.
Esa noche, llegaron otros: dos hombres, una linterna potente y armas temblorosas. La hembra había escapado, gritando incoherencias, y ellos vinieron por ella, o quizás por mí. Percibí la intención en su bronca, el latido de la caza debajo del miedo. Jugueteé con ideas: ¿debería poseerlos, manipularlos como títeres, arrastrarlos a la ciénaga como en los siglos pasados? Lo hice antes, y la fascinación se desvaneció pronto; los humanos se repiten. Prefiero la sorpresa.
Me camuflé, disolviendo mi cuerpo en raíces y sombras, observando. El más joven guiaba sus pasos con arrogancia; trató de bromear para disipar su ansiedad, pero tragó saliva cuando el otro le recordó la anterior desaparición: la niña de los dientes de leche, para nunca volver. Había una rabia espesa en sus pechos—rabia por lo desconocido, por la humillación del miedo. Respiré hondo y absorbí esos sentimientos, almacenándolos junto con los sabores de sus infancias rotas.
El cazador mayor encendió un cigarro; el humo enroscó mi lengua extendida, el tabaco mezclándose con el hedor de la antigua violencia impune. Me relamí. Caminaban tenso y lento, esquivando las partes más negras del pantano porque la memoria ancestral les dijo que ahí era peligroso. Pero yo soy paciente. No interrumpí su búsqueda, solo empujé bajo la superficie ciertos huesos, dejé asomar otros. Moví el fango bajo sus botas hasta que resbalaron, hasta que gritaron nombres que no recordaban haber aprendido.
El menor fue el primero en ceder al pánico. Se echó a correr, tropezando con los mismos troncos que la mujer antes. Percibí su odio hacia sí mismo al verse actuar como un niño: el maquillaje perfecto de la desesperación auténtica. Cuando cayó y sangró de la frente, aproveché para entrar en sus pensamientos. Era un universo triste, un fractal de decepciones: un padre ausente, una madre silenciosa, una novia que nunca amó verdaderamente. Me cebé, mordí con avidez, pero sin mover ni una pulgada de mi masa física. No necesitaba devorar su carne para consumirlo entero.
El mayor, dominado por la rabia, disparó al chirrido de las ranas. La explosión retumbó en el aire, sacudiendo viejas memorias de mis presas más antiguas—en tiempos de colonos y esclavos escapados, de brujas prendidas fuego y ochentaidos huesos quemados juntos sobre la orilla. El plomo me rozó, pero yo no soy carne. Solo sufrí la ofensa a través del eco de su genocidio, probando el metal como una promesa rota. Decidí manifestarme de nuevo, esta vez en plena gloria.
Broté de las aguas como una enredadera de corrupción, miles de bocas superpuestas, ojos milenarios resplandeciendo bajo la piel húmeda. Mis tentáculos vibraron con ansiedad, los ecos de sus madrugadas llenas de miedo me daban energía. El joven huyó directamente hacia mi grieta; lo invité con una caricia sedosa, envolviéndole la garganta, dejando que su oxígeno pasara por mis órganos sensoriales. Absorbí un pizca de alma, no todo, porque me gusta prolongar el placer.
El viejo, paralizado, solo pudo observar cómo la noche se tragaba a su compañero. Lo rodeé, dejando que su memoria me mostrara todo: la muerte de su hermano, la traición de un hijo, la vergüenza de secretos nunca confesados. Lloró mientras los absorbía. Lloró como un animal siquiera capaz de entender con qué compartía ahora la noche.
Una vez saciado, los enterré suavemente en el barro, con cuidado ritual. Sus cuerpos alimentarían jazmines y lirios que mañana florecerían rojos. Nada se desperdicia. La mujer regresaría alguna vez, buscando cerrar su ciclo de trauma o quizá para liberarse de la emoción que la ligaba a este lugar inmemorial. Yo estaré aquí, esperando.
Porque siempre hay más.
Hay noches en que me espeso tanto que el lago entero vibra de ansiedad. Allí, viejos huesos susurran nombres, las raíces se anudan queriendo arañar la superficie, y yo sueño—sueño que alguna criatura más grande que yo alguna vez me devoró y de ahí proviene mi neurosis insaciable. Me imagino como una pesadilla hereditaria, extendiéndome como un contagio simpático, capaz de despertar terrores nuevos en las mentes de generaciones futuras.
Recuerdo a los hombres que tallaban mi forma en piedras sangrantes, que se cortaban la piel para apaciguarme y nunca me saciaban del todo. Los veo ahora en la mirada de los forasteros; los degusto en las infecciones de la carne moderna. El tiempo no es enemigo aquí, es solo otra vena para drenar.
Permanezco, multiforme, aguardando bajo la superficie. Los humanos seguirán llegando, y yo seguiré absorbiendo, ensamblando y reciclando hasta que el último miedo tenga nombre, y entonces el pantano me susurrará un final que, por ahora, solo existe en el apetito.
Sé paciente, murmura la oscuridad. Yo lo soy.
Porque siempre hay más.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.