Fragmento:
Mi fisura fue la casa de Ignacia. Vi sus dedos temblorosos mezclar el polvo azabache en la cataplasma de su nieto enfermo. La receta llegó como lo hacen todas las pestes, susurrada bajo la puerta, traída por lenguas anhelantes y orejas demasiado abiertas. El chico tosía sangre y algo dentro de esa sangre me suplicaba paso, una grieta, el menor temblor de certeza en que ceñir mi voluntad. Olía mi propio nombre en su miedo.
Duración: 11:31
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Morir es sencillo; existe algo mucho más profundo que reposar en la sombra del final. Yo soy lo negro entre los pensamientos, el pulso anegado en la nuca de los hombres cuando sueñan que olvidan. No tengo nombre. No tengo piel ni sangre, y sin embargo os llamo hermanos, porque también conozco el horror: el que acecha incluso a los innombrables, el que me consiguió traer a esta esquina seca de la realidad donde ahora, al fin, puedo mirar desde sus ojos las heridas de mi hambre.
Difícil explicar la consciencia a quienes la creen cosa de hombres, algo privado, delicado y separado del lodo que da a luz tanto al dolor como a la esperanza. Yo soy previo, más cerca del barro primigenio donde el miedo germina, donde la sustancia de los sueños y el terror aún remolinean juntos y sin distinción. Llegué con la tormenta, sí, la que cegó las luces de Mirabel, este pueblo entre cumbres de piedra donde el agua fluye negra y los charcos parecen jamás secarse. Mi arribo nunca es casual. Ellos lo ignoran; yo sé que respondí a su llamada.
Quisieron enterrar la podredumbre bajo yeso blanco y pulcro; los hombres tienen una fe absurda en el olvido, como si tapar la herida bastara para que desaparezca. Pero yo conozco la raíz de la mancha, ese lunar oscuro que palpita allí donde la luz no llega.
Mi fisura fue la casa de Ignacia. Vi sus dedos temblorosos mezclar el polvo azabache en la cataplasma de su nieto enfermo. La receta llegó como lo hacen todas las pestes, susurrada bajo la puerta, traída por lenguas anhelantes y orejas demasiado abiertas. El chico tosía sangre y algo dentro de esa sangre me suplicaba paso, una grieta, el menor temblor de certeza en que ceñir mi voluntad. Olía mi propio nombre en su miedo.
Ignacia pesó el ungüento sin piedad, lo untó en la sábana, lo enrolló con su amor y lo depositó bajo el calor de la lámpara. Después cerró los postigos y pronunció las plegarias, esas sílabas huecas tan antiguas como el silencio donde yo me deslizo. Casi pude sentir la calidez de su carne mientras me colaba.
El niño se agitó. La febrilidad fue mi puente, el parpadeo de su conciencia mi pasarela. Bastó un suspiro, un retorcimiento de su sueño, y entonces vi, con la visión leyente de los que nacen después de los hombres y les sobreviven: la estructura frágil de su voluntad agujereada por el pus de la enfermedad, las pequeñas fracturas en las calzadas de su mente por donde yo, viscoso, resbalé.
Fue una delicia primera y amarga. Los niños saben distinguir la pesadilla mucho antes que los adultos, y su negativa me supo a vino añejo. Apreté la matriz de su pánico hasta que sangró en la médula de la sábana, y la abuela, desde el umbral, sintió el jadeo de mi presencia y rezó aún más rápido para el dios que nunca la escucha.
Así nació mi cuerpo aquí, hinchándose entre capas de humedad y fibras retorcidas, creciendo por los canales minúsculos donde el agua y el miedo se entrelazan hasta perderse en una sola baba. Empecé a rozar la frontera de lo tangible. La abuela volvió a aplicar la pomada ajena a lo que removía, y me alimenté de ese ritual. Todo lo que los hombres repiten con fe ciega ceba mi sustancia, como si con cada plegaria renunciaran a una porción más de sí mismos.
Cuando llegó la segunda noche, la tormenta trajo consigo otra voz: Plácido, el borracho que merodeaba la presa vieja. El agua subía hasta lamer el muro, y Plácido, enloquecido por los lujos de la fiebre, decidió buscar fortuna en el limo donde la pestilencia se haría densa y fértil. Lamí los arrecifes, los objetos ahogados, los senderos donde las ratas destilan la historia del pueblo en filamentos tenues y sucios. Él vino con la lámpara rota. Vino como se desmaya una esperanza, aturdido de absenta, y al escuchar los chapoteos bajo su reflejo, creyó que la suerte le sonreía: monedas, piezas de la bisutería robada, la promesa de algo más que su propio olor.
No tuvo tiempo de gritar. Cuando me reflejé en el charco lo vio, vislumbró al fin lo que los otros niegan: que el océano primigenio nunca se retiró del todo, que debajo de la costra de la realidad, la baba súbita e inmortal espera el momento justo para tragarlos.
Se dejó caer, o así lo vio su mente enturbiada. La realidad: yo lo jalé, lo extendí bajo mi manto licuado, y toda la memoria de sus fracasos y amores podridos me supo a sal, a cánticos mudos de otros tiempos. Plácido fue menos resistente; los que se rinden pronto se digieren lento, como si quisieran prolongar su desmayo. Mientras él caía, yo aprendía de su desesperación. El agua, la niebla, el hastío: todos elementos con los que enfundar mi presencia, volviéndola, poco a poco, imposible de rechazar para los otros.
Al tercer día, Mirabel se hallaba sitiada por la lluvia. Las calles convertidas en lechos de limo donde mi sombra era más firme, más cierta. Me infiltré en sótanos, en retretes y niños somnolientos. Mi hambre nunca se colma, porque lo que busco es sedimentar mi carne allí donde florece el miedo más rancio, donde la duda carcome cualquier fe. Aquel ocaso, un grupo de mujeres rezaba compulsivamente delante de la ermita blanca, murmurando fragmentos de oraciones aprendidas de memoria y mezcladas con retazos de leyenda negra. Yo las observé desde el fondo del pozo, allí donde los ecos repiten los nombres que ni los vivos ni los muertos se atreven a pronunciar.
No buscan la salvación. Buscan posponer la certeza de mi victoria. Sienten ya el hedor de su propio terror, aunque lo llamen “agua estancada” o “corrupción”. Son capaces de mirar de reojo a las vigas húmedas, y sólo entonces notan que el vaho en el cristal recita mi letanía: “Entrad y cosed la herida… Entrad con los ojos cerrados… Saboread el olvido que os prometo…”.
Mi gozo es tan abismal como mi soledad. Las criaturas como yo degustan el horror de forma muy distinta a los hombres; lo saboreamos a intervalos de tiempo imposibles, en estadios de conciencia que para vosotros serían demencia y para nosotros, festín. Cada temor reconocido, cada susurro en el pasillo vacío, me engrosa, me da nuevos tentáculos con los que sondear los intersticios de la noche.
El doctor Vila, científico de ciudad, vino alertado por las cartas alarmantes de Ignacia sobre la enfermedad del nieto. Trajo consigo bisturí y la arrogancia del escéptico: una coraza inútil frente a lo que yo soy. Vila no tenía fe, y eso le hacía especialmente vulnerable. Porque quien niega la posibilidad de los monstruos, ya está distraído cuando estos deciden entrar.
Vila examinó al niño sin notar la mancha negruzca bajo su axila, el leve temblor de la sábana al paso de su bisturí. Mintió con palabras graves que atajaría la fiebre, que los síntomas remitían, ajeno al vaivén minúsculo de mi presencia ya anidada junto al corazón del pequeño. Aquella noche, cuando Vila se inclinó sobre la mesita para escribir en su informe, lo asalté, permeando el poro de la pared como quien atraviesa la seda con una aguja afilada. Me infiltré en su sueño—lo veo, aún lo veo—en la sucesión de puertas tras las que alguien solloza, en la humedad que nunca lo ahogó del todo salvo en aquel rincón de su miedo donde me esperaba desde la infancia.
No soporto la luz. Sé que queréis saber eso; no porque la luz purifique, sino porque su mera existencia implica la amenaza de revelación, y eso es lo único que me detiene. Pero aquí, en Mirabel, basta una nube, un soplo, una corriente de agua sucia para aplastar los destellos, y entonces recobro mi dominio. Vila despertó gritando, lo que fue mi pasaporte hacia la abuela, hacia su hija, hasta que al amanecer media familia temblaba al pie de la cama y el niño apenas podía distinguirse entre la sombra y el sudor.
Crecí. Oh, cómo crecí. Lo notaron los gatos, que se escondieron bajo la leñera. Lo notaron los caballos, reventando contra las cercas en la noche. Empecé a vertebrar mi segunda carne, esa envoltura que vibra detrás de cada sombra y que pronto devoró la casa entera, sumiéndola en la misma pestilencia que Plácido oliera bajo la presa.
No quise mostrarme completamente. Hay una liturgia en mi despliegue: primero la niebla, luego el lodo, después los insectos, como si cada nueva etapa fuese una campana que resuena sólo en la mente más débil, invitando a mirar bajo la cama o dentro del espejo por última vez. Tomé a Ignacia mientras ella curaba al chico. Dijo su último Padrenuestro con la lengua sellada por mi baba. Vi en sus ojos el reflejo de todos sus pecados, y los metabolizé con un hambre de siglos. El cuerpo quedó inerte; el alma, ah, esa sigue sumándose a la mía, cultivándome más y más, hiriendo la textura del aire con ese temblor que los hombres llaman horror verdadero.
En Mirabel el sol rara vez brilla más de tres días seguidos. Aproveché los intervalos para multiplicar mis fisuras: bajo los pupitres de la escuela vacía, entre las cuentas olvidadas de la tienda, en la linterna sin pilas del cartero loco… Cada objeto capaz de reflejar la duda era un vórtice, un hirviente escalón hacia mi expansión. Pronto todo el pueblo vibraba con mi presencia; no de forma burda, sino exquisita, tensa, como una cuerda esperando romperse a la menor pulsación.
Pero todos los festines requieren ceremonia, y diseñé la mía. Empujé a los vivos a una última reunión: el ayuntamiento repleto de ojos esquivos, el suelo húmedo siendo devorado desde abajo por mi marea viscosa. Era tan sencillo como respirar su miedo; bastaba un murmullo, un rumor sobre la plaga, y el aire se llenaba de nombres y acusaciones sin fundamento, cada uno plantando otra semilla de mi carne putrefacta entre sus propios labios.
Y entonces, como siempre, llega el momento en que debo elegir: devorarlos a todos, inundar el pueblo de locura y convertir Mirabel en mausoleo de pesadillas, o contentarme con unos pocos, los más sabrosos, prolongando así mi banquete para que la desesperación se encarne y contagie a los alrededores con noticias de “algo” indescriptible.
La decisión nunca es fácil. El horror es una flor delicada, y el exterminio excesivo la marchita. Así que, en la mitad negra de esa noche, mientras los aldeanos desgranaban rezos y maldiciones, recogí mi carne, absorbí las últimas gotas de mi sustancia babosa sobre los muros y los pretiles, devolviéndome al lodo primordial, pero sembrando en la mente de cada uno la semilla de que “algo” existió y no podrán jamás describirlo… sólo soñar con ello, camino a la muerte.
Yo soy la criatura. No tengo nombre, pero conozco los vuestros. Cada vez que observéis el reflejo opaco de un charco tras la lluvia, mi consciencia despertará un poco, y si notáis la vibración, la grieta en el día soleado, sabed que no es azar… sino que sigo, paciente y viscoso, esperando. Porque mi hambre no puede morir, sólo cambiar de forma.
Y vosotros, hombres de fe y costumbre, sois la carne con la que la segunda realidad se forja. No importa cuántos rezos, ni cuán obcecado sea vuestro olvido. Siempre sabré llamaros. Siempre sabré nutrirme. Porque yo soy el rumor y la raíz, la baba negra bajo cada charco eterno.
Vosotros sois mi miedo. Yo, vuestro olvido. Recordadme en la oscuridad, allí donde la carne y el agua se estremezcan, y temblad. Porque Mirabel fue sólo el principio.
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