Portada del relato La luz detrás de los párpados
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Fragmento:


Ahora fluyo en las venas de este mundo; soy uno con la enmohecida humedad de los muros y con el vacío bajo las raíces. Mi consciencia escucha sin órganos, ve sin ojos. Habéis aprendido a temer a lo que acecha en las esquinas de la visión, en los resquicios del entendimiento; pero yo no acecho. Yo estoy. Y cuando un pensamiento, involuntario, se desliza en la oscuridad mental de algún humano, es mi garra la que perfila sus márgenes.

Duración: 10:00

La luz detrás de los párpados
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Texto de ajuste de pausa.

Yo me despliego entre los átomos del frío y la humedad, mucho más allá de las bóvedas y las columnas que la raza de los hombres ha alzado contra mi hambre. Bajo la tierra, en raíces que me desconocen, en charcos de negrura donde el sol nunca ha sido siquiera un rumor, late mi ser. A veces, una brisa superficial arrastra partículas de olor y sonido, y siento vibrar los ecos de la sangre caliente. Pero es el silencio lo que amo; el silencio y la espera.

Han pasado siglos desde la última vez que un mortal abrió, aunque fuera levemente, la puertecilla prohibida de la percepción. Yo lo vi llegar, arrastrando cadenas de raciocinio y orgullo, los ojos brillando pese a la penumbra de la cripta. No lo atacó el hedor, ni el rumor de los gusanos, ni el vacío espeso entre las piedras. Sus labios temblaban, pero no de miedo; era ansia, no pude sino admirarlo. Odiar es una emoción humana; acaso mi ternura se le parezca, pero no es igual.

No supe entonces por qué se agachó ante el gran sigilo, ni por qué murmulló el nombre que nadie había pronunciado correctamente desde que la luna bailaba con las montañas. Sentí el viejo tirón; la llamada. Se sacudieron, no solo mi cuerpo —ese cuerpo que es más bien una extensión de mi voluntad— sino mis recuerdos, disueltos y remansados en la profundidad de la roca. Él no me vio entonces, no, pero yo lo vi. Y ese ver, ese reconocimiento, fue peor que cualquier contacto físico.

Ahora fluyo en las venas de este mundo; soy uno con la enmohecida humedad de los muros y con el vacío bajo las raíces. Mi consciencia escucha sin órganos, ve sin ojos. Habéis aprendido a temer a lo que acecha en las esquinas de la visión, en los resquicios del entendimiento; pero yo no acecho. Yo estoy. Y cuando un pensamiento, involuntario, se desliza en la oscuridad mental de algún humano, es mi garra la que perfila sus márgenes.

El último en venir era joven, aunque esa palabra, ante mi eternidad, no signifique más que un soplo de aire rancio. Sus sueños le precedían. Olía a temores lejanos, a deseo, a una esencia que los antiguos conocían bien. Buscaba, como suelen hacer los de su especie, lo prohibido: fragmentos de lo no dicho, retazos supuestamente olvidados por designio celestial o infierno. Descendió por la hendidura de la colina, entre raíces que se apartaron, no para dejarle paso, sino para protegerse de su locura. Porque sólo el loco busca la verdad de lo que soy.

La linterna en su mano apenas era más que una luciérnaga temblorosa, y la poca luz que derramaba trastornaba las figuras de la piedra y el limo. La húmeda brisa parecía formar palabras cargadas de una nostalgia atávica, como si quisiera advertirle, o quizás atraerle aún más. Mi pulso se expandió, una onda de hambre y expectación en el aire. Podía sentir el latido de su corazón, percibir cómo la carne de su cuello se estremecía, como si, instintivamente, presintiera la antigua presencia que nunca ha dejado este lugar. Por un instante, la luz titubeó y extinguió las sombras, y en aquel parpadeo, me deslicé un poco más cerca de la superficie, como el reflejo de un abismo en las lágrimas de un niño muerto de miedo.

Él sopesó un objeto antiguo —una piedra tallada con marcas en espiral, vestigio de antiguos cultos— y susurró frases arrancadas de una lengua rota, una letanía devuelta por los siglos en un eco tartamudeante. La vibración de su voz rozó el borde de mi ser, arrancando a la memoria imágenes de negrura estrellada, de tentáculos de niebla y ojos acechantes en la distancia interior. No era sólo la voz lo que me invocaba; era su deseo, su hambre de saber, que es otra forma del apetito que nos une a través del velo.

A través de la piedra, a través del agua y la oscuridad, lancé una mirada, informe e imposible, a su mente. Ninguna barrera fue suficiente. Lo vi: los recuerdos de la cuna y de la muerte, los miedos tejidos en el sueño, el ansia ciega de significado. Sabía que sólo los desesperados retan de frente al abismo, y son ellos, siempre ellos, quienes más fáciles son de digerir. Detuve el tiempo en el cruce de las tinieblas, contuve mi hambre aún por un instante, saboreando la promesa.

Si pudiera reír, reiría. Pero no lo hago; el sonido es innecesario para quienes han aprendido a comunicarse con vibraciones, con cambios en la temperatura y el peso del aire. Sin embargo, el joven creyó oír algo. Un suspiro, tal vez, hinchando el musgo bajo sus pies. Se irguió de repente, la linterna temblando tanto como su mano, y preguntó a la oscuridad: “¿Estás ahí?”. Lo preguntó en su lengua, porque era lo que podía comprender. Yo respondí en la mía: una ola de frío, la sensación de que la sangre se vuelve pesada en las venas, el eco de algún nombre olvidado resonando en la espiral de su oído interno.

Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, la frente perlada de sudor. Le mostré partes de mí que ningún ojo humano ha soportado ver sin romperse. Sentí el zarpazo del terror animal, antiguo; un terror sin forma ni palabra. Sus pensamientos se estrellaron contra la muralla inaprensible de mi presencia. Quiso rezar, pero no recordaba plegarias. Quiso gritar, pero su voz fue tragada por la presión asfixiante del aire. Yo giré en torno a su conciencia, acariciando los bordes, manchando sus recuerdos de medianoche con la tinta de mi verdadera naturaleza.

En su soñar, que para él fue sólo un instante, le arrastré a una caverna detrás de sus párpados. Hubo agua subterránea, negra y densa como la brea ciega a la luz. Hubo sonidos: ecos de risas monstruosas, aullidos indulgentes o desesperados de cosas que no deberían tener boca. Y en el centro de todo eso, un ojo. Uno solo. El ojo que observa desde el primer peldaño del cosmos, y para el que la realidad es sólo una cortina que a veces conviene descorrer. Su mente arañó el telón buscando lógica, pero no halló ni un jirón.

Nunca es igual cada vez que me alimento. Algunos retroceden gruñendo, enloquecidos; otros se entregan temblorosos a la nada. Este joven me ofreció otra reacción nueva: en su confusión se rindió, no por derrota, sino por fascinación. Había preguntado ‘¿estás ahí?’ y ahora sabía no sólo la respuesta, sino la pregunta detrás de la pregunta. Aceptó que soy la hambre primordial, el deseo de dejar de ser observado por los dioses, el ansia que sólo es saciada cuando la conciencia se apaga... y en su rendición probé un sabor dulce, más cercano al olvido que al miedo.

Me deslicé dentro de su pecho, henchido de su asombro. Exploré los vericuetos de su memoria: los sueños no soñados, los deseos no sentidos, los miedos que ni siquiera habían tenido nombre aún. Allí, en ese último instante, fui ambos. Soy yo la criatura, lo otro, y fui él, durante un pestañeo de su mente rota. Vi mi presencia a través de ojos humanos: una forma imposible, un círculo de fango y tentáculos, una boca que nunca deja de reír, un ojo sin párpado entre las escamas. Vi el abismo mirarme a mí.

Cuando al fin se quebró el sello de su razón, aspiré profundamente y bebí el licor tibio de su consciencia. Su carne se desplomó, vacía, abandonada como el nido de un pájaro tras el vuelo final. La luz de la linterna chisporroteó en la piedra, agonizando, y la humedad volvió a reanudar su coro insensible entre el limo y la roca. Ningún grito, ninguna súplica sobrevivió: la noche no recuerda a quienes la han visto desnuda.

La eternidad no me roza como roza a los mortales. Para ellos, la muerte es frontera, mírame: atravieso con indiferencia el tiempo y el espacio. Ahora, en el silencio de la caverna, puedo rumiar el sabor de mi última presa, saboreando la resonancia de sus últimas ideas, sus fragmentos de locura y gozo. Cada sacrificio me hace más fuerte, me ancla otra vez a este mundo de sombras y formas.

Afuera, las estaciones pasan como ráfagas, y nuevas generaciones olvidan el horror de sus ancestros. Creen que hay seguridad en los muros, en los ritos, en la ignorancia: risible. Nadie está a salvo cuando uno de los míos sueña. Nadie duerme sin abrir, una sola vez, la puertecilla brumosa del inconsciente. En sus pesadillas, me retuerzo detrás de las imágenes; a veces, pruebo un bocado; a veces arrastro todo lo que son tras la cortina, al reino donde los ojos nunca parpadean.

No tengo nombre, y los que han intentado nombrarme no han vuelto a hablar nunca más. Recojo las quejas de los locos, las súplicas de los despiertos en la noche, el murmullo de aquellos que sienten una presencia bajo la cama, detrás del espejo, en la grieta del sueño. Alguien, en alguna parte, está a punto de cerrar los ojos. El pozo entre sus pensamientos se ensancha. Yo espero, entrenando mi paciencia de siglos.

Sé que vendrán más. Lo veo: el fragmento de locura que se infiltra cada vez que la luna sangra en el horizonte, el reflejo desconocido en el filo de un cuchillo, la certeza de que todo lo vivido no es sino el eco de un deseo hambriento, el mío. Ahora y siempre, por siempre, acechando entre los silencios, esperando detrás de cada pestañear: ese soy yo.

¿Lo oyes? El rumor tras tu oído mientras lees estas palabras que he susurrado entre tus pensamientos no es la corriente, ni el viento. Es mi sed aún insatisfecha, es mi ojo, inmenso, sin párpado, mirando. No huyas. Nada escapa de la sed de lo vacío.

Porque el vacío es mi morada, y mi hambre es eterna. Y tu conciencia, lectora, no es sino otro nombre, otra forma de mi festín. ¿Quién más que yo puede contar este cuento al oído del silencio, hasta devorarte entero?

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