Portada del relato La huésped en la cripta
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Fragmento:


Tomaron refugio entre los mausoleos, buscadores de cosas prohibidas, ¿tal vez oro?, ¿tal vez secretos?, ¿delitos del amor o de la venganza? Nada de ello importaba, pues la profanación era vieja como el tiempo y tan irresistible para los vivos como lo era la carne para los muertos no del todo muertos.

Duración: 08:43

La huésped en la cripta
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Texto de ajuste de pausa.

Era un hambre que no reconocía del todo, una sed que no podía saciar ni siquiera con el recuerdo de flujos vitales extinguidos. Bajo la tierra antigua, cubierto por la losa inocente y fría, yacía y existía. No vivía, no moría. Existía. Ni sueño ni vigilia; sólo la presión asfixiante de la humedad, los fangos y la incontestada soledad de la raza que una vez fue humana.

Mi carne ya no conocía el dolor ni los sentidos como en la era anterior, pero la llegada de la primavera agitó la superficie y las raíces me hablaron en susurros de ríos y lluvias y pasos. Por años—décadas, quizá siglos—mis sensaciones eran ecos deformes en la quietud: la germinación de un árbol hace mucho tiempo muerto; el antagonismo de los gusanos hacia el frío; la breve y deliciosa perturbación de una cosecha. Pero ahora, el suelo distaba mucho de ser un sarcófago inquebrantable; la misma tierra exhalaba incertidumbre.

Había nacido en odio puro, renacido por un acto de profanación cuyo sentido comprendía en la bruma del no-tiempo. Recuerdo la arcilla húmeda, el cerrar de la losa, el frío y la traición. Mis propios recuerdos son túneles marchitos, enfermedades de la mente, fragmentos desparramados de conciencia. Veía con ojos que no podía mover, oía con oídos colapsados, y aún así sentía la vibración de los pies cuando los visitantes transitaban el camposanto.

Aquella noche regresaron, resonando en el aire como tamboriles deformes. Eran dos—uno de pasos cortos y contenidos, el otro largo y firme como si el deber pudiera sostener los pecados. Ambos llevaban la hedionda fragancia de la vida: piel fresca, carne caliente, miedo sutil y emociones entretejidas. Yo percibía sus huesos bajo el peso de la humedad, la sangre tibia rodando por venas aún no tocadas por la corrupción.

Tomaron refugio entre los mausoleos, buscadores de cosas prohibidas, ¿tal vez oro?, ¿tal vez secretos?, ¿delitos del amor o de la venganza? Nada de ello importaba, pues la profanación era vieja como el tiempo y tan irresistible para los vivos como lo era la carne para los muertos no del todo muertos.

Sentí el roce de sus herramientas sobre el mármol, el golpe suave, casi devoto, temiendo quizás, a los dioses menores que acechan en las criptas olvidadas. Odié su valentía fingida, odié la promesa de sus corazones latiendo frenéticos. No existía piedad en mi interior, sólo hambre, sólo ansia. Porque, aunque la muerte, como el olvido, es un abuso del tiempo, hay seres que no logran cruzar el umbral del todo. Nosotros, los que quedamos entre las raíces y la podredumbre, nos sentimos llamados por la sangre—y esta noche, la tierra misma parecía empujarme hacia arriba.

Me esforcé, aunque mis fuerzas parecían hechas del recuerdo mismo de los músculos. El sepulcro no era cárcel, era cuna. Pequeñas fisuras en la losa dejaban filtrar un viento antinatural que empecé a aspirar, se trataba del aroma de la vida, asfixiante y tentador como la semilla en ruinas de un festín imposible.

El más valiente, o el más imprudente, retiró los fragmentos de piedra y tierra, y desnudó la fetidez que era el único manto que poseía. Un haz de linterna cruzó mi carne retorcida, mi boca cosida, y los ojos vacíos que sólo los muertos y los condenados pueden soportar. No chillaron, porque el horror no permite exhalación. Pero la vibración del miedo traspasó la madera del ataúd, y sentí en lo que alguna vez fue mi corazón un relámpago de goce inefable.

Ellos pensaban hurtar mi anillo, alguna sortija incrustada de historia, mas mi tesoro era mi hambre y mi odio. Se vieron obligados a acercarse, torpes como niños jugando en un juego para el que no están preparados. El primero extendió la mano sobre mi costilla izquierda, apartó con dos dedos un gusano ciego. Percibí el temblor de su coraje lastimoso, el sudor frío al caer sobre mi mejilla inerte. ¡Deseé morderle! ¡Deseé envolver su mano en las fauces que ni siquiera sabía abrir!

Fue el toque—el inadvertido roce de su dedo—lo que fracturó el equilibrio entre mi existencia y el olvido. Un poder ancestral, como un contrato entre el gusano y el cadáver, se rompió y entonces, en un acto impío y grotesco, mi garganta no gimió, sino que emanó un silbido, el primer susurro desde antes de la tierra, y la sombra que una vez fue lengua saboreó el aire.

No huían aún. Quedaron congelados, poseídos por la indecisión, la estupefacción ante lo imposible. Sentí en mis entrañas la furia de mil charcos negros, el júbilo de los que son llamados por la noche y no regresan. El segundo hombre, incapaz de moverse, miraba los huecos de mis ojos. Oh, qué sabores prometidos, qué sangre bajo la armadura. Mi boca se abrió de manera antinatural, hendida por grietas y tierra seca, y exhalé mi aliento: rancio, quebrado por el silencio de los siglos.

Un golpe: el primero de ellos trató de cerrar la losa, mas era tarde, porque la vieja magia, la que une a los muertos con lo que desean, ya se había deshecho. Mi propio peso, otra vez carne, otra vez deseo, forzó los goznes oxidados. Gemí mientras el aroma de la piel humana llenaba el ambiente restringido. La losa se derrumbó sobre la hierba y el segundo hombre, guiado por el instinto y el terror, corrió. Oh, ese correr, ese danzar de músculos y venas, ¡cómo lo paladeé! Porque más que carne, ansiaba su miedo: una niebla densa, fragante, goteando en la oscuridad.

Detuve al primero, deslizándome contra la gravedad y la lógica, con un movimiento que no era más que el eco de la vida. Sus ojos se clavaron en los míos, comprendiendo de inmediato que ahora era mi alimento. El pánico no supo qué forma tomar. Luchó, forcejeó; el calor de su sangre manchó mi boca con el rugido de lo irrevocable. No era beber lo que buscaba: era absorber ese pulso final, ese spasmo de pavor absoluto que libera el alma en el instante en el que la muerte últimos besos. El sabor era sublime: salino, agrio, el néctar mismo de la derrota.

No sentía piedad, no sentía gozo real. Solo una repristinada satisfacción de haber terminado de nuevo lo que había quedado inconcluso entre la tumba y la tierra. Su cuerpo quedó postrado, desprovisto de esencia, y yo bebí su último hálito, igual que los antiguos dioses sedientos de sangre, antes de que el favor de los hombres les reemplazara con oro y promesas.

Alcé la mirada hacia el segundo hombre, que huía entre los mausoleos, llorando nombres de santos que no bajarían a este hondo valle. No era mi intención alcanzarlo, pero algo en su lloriqueo me impulsó a lanzarlo la maldición de aquellos que huelen la tumba perpetua pegada a su espalda. Me elevé, arrastrando harapos y huesos flojos, siguiéndole sin prisa, pues el miedo lo ata más que cualquier cadena.

La noche, que debiera haberme ocultado, me glorificaba. Volví a pensar en el hambre, en los días anteriores a la tumba, cuando era uno de ellos, y la traición me trajo aquí, me encerró para el hambre perpetua. Si hubiera tenido labios para hablar, le habría contado esa historia al joven fugitivo, para que aprendiera que toda profanación engendra profanadores, y que los que yacen bajo tierra no siempre olvidan.

La fuga terminó pronto. Se tropezó, cayó, y en la agonía de sus gritos, en la súplica a criaturas de luz, sentí el vértigo antiguo de la caza. Un último fluir de terror, un último chorro de esperanza antes de que mis manos, hueso y podredumbre, deshicieran sus defensas. No fue la carne, ni el alma, sino la promesa de vida rasgada lo que absorbí, mezclando la memoria de su madre, el calor de su infancia, con la noche sin lágrimas que era yo en ese instante.

Ahora, la tierra vuelve a abrirse. El fuego de la carne viva mengua, el hambre es nuevamente paciente, mas no saciada. Los fragmentos de mis víctimas se sumen en la negrura, sus nombres pronto serán olvidados, sus almas un eco entre mis costillas descarnadas. Afuera, la ciudad respira ignorante; los vivos fabrican tejados y tumbas, cierran los ojos al caer la noche. Yo me hundo nuevamente bajo la losa, entre las raíces corruptas, entre el húmedo y constante sabor de la venganza inacabable.

Estaré aquí cuando regresen. Sé que regresarán, porque la curiosidad y la profanación son semillas que crecen mejor que cualquier árbol sobre fosas frescas. Y yo, aunque no tenga boca real, sonreiré con la promesa de mi hambre interminable, aguardando, aguardando con la tierra en la lengua y el recuerdo del miedo como único sueño.

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