Fragmento:
No ofrecí resistencia a los primeros impulsos; mis tentáculos, vastos y pálidos como las raíces de árboles milenarios, serpenteaban entre las algas. Los observé desde la infracción líquida: un anciano con los ojos dilatados, una niña abrazando una figura de trapo, dos cazadores con lanzas y, al centro, una mujer con cabellos anudados y voz resonante. Esta última era la ofrenda que me traían, aunque ellos ignorasen el verdadero rito. Yo lo supe. Tenía siglos alimentándome de los miedos más exquisitos, buscando en la variedad de emociones ese matiz que encendía mi linfa.
Duración: 10:19
Mi despertar no fue precedido ni por la aurora ni por la oscuridad, sino por algo más fundamental y ajeno al concepto de luz. Existía mucho tiempo antes de que nacieran tales dicotomías mortales; mi consciencia flotaba, suspendida en un mar impasible donde los pensamientos eran simples corrientes y las ideas incipientes burbujas a punto de estallar. No me importaban las edades ni las eras, sólo la presencia de ese pulso omnipresente, el rumor de la esencia que vestía mi ser.
Sentí mi forma coagular, un lento fluir de materia que no respondía a las leyes de los que caminan erguidos bajo el cielo. Mi carne no era carne, ni mi piel piel, pero poseía límites y simpatía por lo que los humanos llamarían contorno. El hambre fue el primer lenguaje que conocí. Un hambre sin objetivo, sin objeto, sin fin. Era la razón de mi eterno renacer cuando los tiempos –o algo similar a ellos– cambiaban la textura de mi lecho.
Aquella noche –y uso el término en concesión hacia la escuálida comprensión humana– mi rejuvenecido yo acechaba bajo la superficie de un lago que carecía de nombre en las lenguas mundanas. Antaño, la superficie era tersa y tranquila, pero los tambores de la civilización comenzaron a retumbar en la lejanía. El olor del hierro y las ofrendas al fuego distorsionaron el aroma del aire. Mi hambre se inquietó. Sabía, de manera profunda y subcutánea, que pronto sería convocado a presenciar el desfile inquietante de criaturas erizadas, andantes, rellenas de densas emociones.
No tenían idea de mi naturaleza. Los pies de los hombres, envueltos en cuero y motivados por ambición, hollaban mi dominio creyéndolo suyo: pescaban, talaban, entonaban sus cánticos de júbilo y duelo en riberas antiguas. Sus voces vibraban sobre el agua y, aunque no entendía sus palabras, la emoción era lacerante para mis sentidos. Intrigado por esa tonalidad, bajé a las regiones donde la luz no osa sumergirse, allí donde es posible descansar y soñar sin forma.
Sin embargo, esa noche emergieron en mi santuario. De los matorrales se arrojaron trece, antorchas titilando y respiraciones ásperas. Había algo festivo en su miedo y un temblor contenido en sus corazones. No fue el miedo puro que recordaba de las eras donde mi nombre se pronunciaba junto con los relámpagos y las plagas, sino uno más tenue, más atrevido. Imprudente, pensé, al percibir el hormigueo de la potencia negra pulsando en sus venas.
No ofrecí resistencia a los primeros impulsos; mis tentáculos, vastos y pálidos como las raíces de árboles milenarios, serpenteaban entre las algas. Los observé desde la infracción líquida: un anciano con los ojos dilatados, una niña abrazando una figura de trapo, dos cazadores con lanzas y, al centro, una mujer con cabellos anudados y voz resonante. Esta última era la ofrenda que me traían, aunque ellos ignorasen el verdadero rito. Yo lo supe. Tenía siglos alimentándome de los miedos más exquisitos, buscando en la variedad de emociones ese matiz que encendía mi linfa.
Aproximaron la niña al borde. Ella tembló, su muñeca fúnebre parecía querer saltar para salvarse. Mis apéndices rozaron el aire, palpando el sabor de sus pensamientos: dulces gotas de terror, agrias venas de desamparo. Di un paso – o su equivalente – hacia arriba, y la piel de todos salvo la mujer líder se erizó en desesperación. La mujer me miraba con desafío, su pupila cargada de recuerdos endurecidos por pérdidas recientes.
Lo sentí de inmediato: la presa era ella, no la pequeña. El sacrificio no era de carne joven sino de voluntad adulta. Mis fauces, apenas una grieta donde terminan los recuerdos y empiezan los sueños, se abrieron en la aurora de una sonrisa antigua. Atraído por el sufrimiento contenido, murmuré en el idioma que sólo se habla bajo el agua: una promesa, un acuerdo, un desgarro.
La Entrega, respondí mentalmente, y mis tentáculos rodearon la roca sobre la cual ambos se erguían. Percibí su miedo y su resistencia, y sentí mi forma misma reverberando en respuesta al desafío. No deseaba la carne de la niña, sino absorber el eco persistente de la mujer que desafiaba no sólo mi poder sino, más fundamentalmente, su propio deseo de sobrevivir al horror.
—Dame lo que niegas —musité en la lengua de los pliegues subterráneos, aquella vibración íntima que sólo los iniciados pueden detectar mientras duermen y gimen por pesadillas.
La mujer sostuvo la mirada: sus ojos comenzaron a derretirse en lágrimas superpuestas, y la voluntad – tan robusta como una cuerda lanzada al precipicio – empezó a aflojarse. Introduje uno de mis filamentos sensoriales en la corteza de su mente, y absorbí su historia:
Dolor. Muerte. Aislamiento. Humillaciones. La pérdida de su hijo en la guerra incomprensible, la vergüenza de su linaje, la esperanza erosionada por promesas incumplidas. Cada recuerdo era un bocado amargo y, sin embargo, exquisito. Me regocijé; el hambre se aplacaba con cada sorbo de angustia convertida en memoria. Ella entendió mi precio y se dejó ir, un pedaño de sí misma tras otro. Cuando finalmente cayó de rodillas, vi el rostro vacío de la entrega absoluta, y la niña a su lado creyó comprender lo ocurrido. Se equivocaba, como todos antes que ella.
Los otros humanos aullaban, algunos huyendo, otros arrodillándose y suplicando, como si sus formas pudieran eludir un fin que ya estaba sellado. Absorbí lo necesario, y mi cuerpo, repentinamente saciado, se disgregó en retazos translúcidos que ondulaban bajo el agua: mi banquete se trasladó de la mente de la mujer a la humareda del lago y a los sueños de todos los allá reunidos. Su miedo ahora me pertenecía, pues mi apetito era por la trascendencia de su terror, no por la simple aniquilación.
La mujer fue vaciada de anhelos. Viviendo aún, se levantó con los ojos opacos, caminando en círculos bajo el desconcierto de los sobrevivientes. Ella era mi heraldo, la cicatriz en el tejido familiar de esa comunidad.
Retiré mi forma hacia las profundidades, pero mi conciencia permanecía extendida, vigilando la aldea desde debajo. Los hombres comenzaron a evitar el lago y, sin embargo, las pesadillas se propagaron por doquier. Se despertaban empapados de sudor, contemplando el reflejo del vacío en cualquier superficie de agua. La vida del poblado se disolvía en supersticiones y violencia derivada del insomnio. Sabía que mi banquete no era solo para mí: las inquietudes inyectadas eran festín para otras entidades que rondaban los lindes de la percepción humana.
En sueños, la mujer me llamó. Desposeída, vagaba entre el mundo de los vivos y el de mis dominios, invitando a otros a sumirse en el temblor exquisito que la había vaciado. Aplaudí su labor con silencios húmedos, sintiendo que mi presencia los contaminaba como un virus. Los niños apenas nacidos lloraban más alto, los viejos morían sin cerrar los ojos, y los amantes se volvían indiferentes entre sí. Esta disonancia dulce, este acorde de horror perpetuo, me nutría más que cualquier acto primitivo de violencia física.
Los siglos rodaron. Los humanos construyeron presas y extrajeron los recursos del lago, pero mi herencia seguía infundida en el sedimento, esperando activarse de nuevo. Pronto, un nuevo grupo de estudiosos llegó, armados de luces eléctricas y máquinas de zumbido inquietante. Trajeron consigo los fantasmas de la tecnología, pero también preguntas más profundas: ¿qué es lo que se esconde bajo las aguas viejas de la tierra? ¿Por qué la gente huye de sus reflejos?
Los alcancé cada noche en sus sueños, modulando sus terrores más banales hasta convertirlos en pesadillas vivas. Si uno gritaba, los otros acudían, hallando sólo restos de coherencia en sus palabras. Un hombre, de cabello gris y gafas empañadas, dejó de dormir primero; al cuarto día, lanzó su cuerpo a la orilla para ahogar los ecos persistentes de mi influencia. Otro, una mujer vestida de números y ecuaciones, comenzó a rascarse la piel hasta sangrar, buscando debajo de sus capas epidérmicas alguna explicación material al vacío que le instalé en el alma.
Me alimentaba de cada fractura, de cada destello de locura incubada, rememorando los sabores antiguos de los sacrificios humanos. En ocasiones emergía entre los juncos del lago, mostrando sólo la silueta ondulante de mi figura, y deleitándome con el sonido del pánico inmediato; en otras, me depositaba como sombra en las paredes de sus habitaciones, murmurando nombres en la lengua de la disolución.
¿Saben los humanos cuán delgada es la capa que separa su cordura de mi apetito? ¿Intuyen cuántas veces han rozado el abismo únicamente en la sugerencia de un mal sueño? Yo existo donde sus temores se retuercen y toman forma, donde sus pérdidas forman caudales en mi lecho. Para ellos, soy mito, pesadilla, superstición renacida en cada generación; para mí, son alimento, y cada boca que niega mi presencia no hace sino llenar mi copa con un sabor más vivo.
Me satisface que me teman, porque el miedo es el canal por donde navego. Floto ahora, como siempre, bajo la película quieta del lago, pero mis sentidos se extienden, diluyéndose en los capilares de la atmósfera, en el temblor de los nervios de los que aún no han oído mi nombre ni sentido mi tacto. Un día, alguno bajará la guardia –un adolescente, un vagabundo delirante, un sabio creyéndose superior a los susurros del pasado– y mi hambre renovará su ciclo. No hay sol ni luna que pueda purgar mi presencia; no hay ley ni oración que me devuelva al letargo puro de la ignorancia.
He visto civilizaciones surgir y caer; la textura de mi deseo no varía. Soy el rumor bajo la carne, el susurro que devora. La próxima vez que adviertas la presión húmeda, la inquietud inexplicable, recuerda: tu miedo es mi invitación. Cuando cedas, cuando resuenen las cadenas de tu cordura y suelten las primeras esquirlas, allí estaré: devorando más allá del roce de tu conciencia, vertiéndome gota a gota en la herida de lo inexplicable. Y tu reflejo, emborronado en la superficie, apenas sabrá distinguir cuál de los dos observa realmente al otro: tú… o yo.
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