Portada del relato Los Elegidos de la Angustia Abisal
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Fragmento:


“Esta noche”, entonó la figura, voz quebrada, “Se abrirán las puertas. Los Oradores han soñado. Todo aquel que escucha está llamado.”

Duración: 09:18

Los Elegidos de la Angustia Abisal
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Texto de ajuste de pausa.

La taberna de la Calle Erosionada estaba cubierta de una capa de polvo marino y grasa rancia. Cuando Bruno entró, notó el canto bajo del fondo: las viejas tonadas en una lengua que parecía hecha para ahogar y no hablar. La noche exterior era húmeda, y el farol apenas luchaba contra la consistencia de una niebla con sabor a sal y herrumbre, como si el mar intentara devorar la ciudad desde la atmósfera misma.

Adentro, la clientela era una colección de perdedores y haraposos: caras ausentes, ojos demasiado grandes, demasiado mojados o demasiado vacíos. Bruno no era del pueblo. No importaba. El sentimiento de la taberna era de aceptación apática, como si se esperara de todos vivir encorvados bajo una amenaza inminente, y el miedo sólo era una posibilidad rutinaria entre los otros desencantos de la vida. Pero Bruno, bajo su gabán empapado, ocultaba una intención: buscaba el núcleo de la Orden Esotérica de Dagón, cuyo nombre resonaba entre las pesadillas de media costa.

Pidió un trago. El barman era un saco de piel colgante sobre huesos, con dedos tan largos que se enroscaban dos veces entorno al vaso. Sirvió la bebida con un susurro, como pidiendo permiso, y de inmediato volvió al fondo, donde la oscuridad era más densa, como si la lámpara fuera incapaz de penetrarla.

Bruno observó. Un rincón parpadeó con un reflejo acuático: tres figuras turbias, sus rostros distorsionados por la humedad y las sombras, se inclinaban sobre algo cubierto en lona. Por una rendija, asomaba una daga de hueso, amarilla, pulida por años de costumbres. Por encima de ellos, un cuadro viejo mostraba un paisaje marino: nada extraordinario salvo por la tiniebla que se desbordaba de sus olas pintadas, como un abismo invitando a lanzarse dentro.

Bebió. La bebida supo a algas y a algo más amargo.

Fue entonces cuando la puerta trasera se abrió. De la niebla entró una figura ceremonial, envuelta en una túnica con símbolos que se retorcían si uno los miraba mucho tiempo: ojos, peces, dientes. Apenas pisó la madera, la taberna entera cayó en silencio. Los tres del rincón se arrodillaron. El barman apretó los ojos.

“Esta noche”, entonó la figura, voz quebrada, “Se abrirán las puertas. Los Oradores han soñado. Todo aquel que escucha está llamado.”

El terror era instintivo. Algunos salieron arrastrándose, otros rezaban, otros gemían, pero ninguno protestó. Bruno no fingió sumarse al pavor. Había oído hablar del Gorgoroth, el lugar sumergido cuyo verdadero nombre nadie soportaba pronunciar. Sus oráculos, los Oradores, eran aquellos que habían visto, y a veces, traído consigo fragmentos de la mente que anidaban las Profundidades.

Siguiendo el flujo de los cuerpos, Bruno llegó hasta la salida posterior, hacia el muelle. Allí, la niebla era aún más espesa y el mar golpeaba con una cadencia irregular, como si latiera. Ahí, en la playa fangosa, la comunidad de Innsmouth —que ahora veía con claridad por qué fue evitada y silenciada en los mapas— formaba un círculo. Un palo prolongaba una campana de caracol; un farol maldito apenas los bañaba en luz verdosa.

Todos los presentes callaron cuando él llegó. No era parte de ellos, y la figura de la túnica, ahora desenmascarada para revelar un rostro hinchado, de labios partidos y ojos flotantes, lo señaló.

“Has venido buscando”, murmuró. “Un testigo. Un festín. Un Gorgoroth. Esta noche es para ti también, forastero.”

El círculo se abrió. Al centro, la lona fue retirada: una figura humana, atada. Respira, murmulla palabras de súplica. La daga de hueso pasa de mano en mano, acariciando la piel tirante y sudada de la víctima.

“Para la Boca que no se cierra nunca”, entonan todos en un susurro único, “Para el Padre Abisal y su rebaño de lenguas húmedas…”

Bruno forcejeó con su instinto de huida. Pero los brazos escamosos, largos, pesados por la historia, lo sujetaron. No como prisionero, sino como hermano en fe. Porque ahora, atrapado por los rituales de esta noche, las palabras brotaban en su propia voz, memorizadas sin querer de las pesadillas mismas.

La daga hundida provocó un grito y una oleada de sangre, extensiva y oscura, que fluyó hacia el charco preparado, con bordes llenos de caracoles y dientes y pulseras de hueso. La arena la absorbió, el mar lamió la orilla con lenguas cada vez más agitadas.

El farol parpadeó al borde de la extinción. Desde el fondo, emergió una melodía baja, gutural, ni del todo humana ni totalmente abisal. Era el Canto del Gorgoroth, llegado del fondo de la tierra ahogada, de donde los Oradores extraen su poder: una letanía de angustia, deseo de carne y pesares eternos que suspiran a través de millares de bocas ciegas.

Bruno sintió la piel mudar. No era sudor lo que lo empapaba, sino membranas nuevas, nacaradas, la visión doble de quien ve la realidad y algo más profundo que se despierta al escuchar los lamentos abisales. Alrededor, la asamblea se enfrentó a su propia mutación: mandíbulas dislocadas, ojos hendidos, garras de coral sangrando finas líneas sobre la carne humana.

El mar rugía, se separaba, formaba un pasillo de arena lodosa hacia la noche total. Bruno fue empujado con los demás: todos caminaban hacia la fisura oceánica, mientras los Oradores, con lenguas fluorescentes, levantaban la campana y la hacían sonar. El eco rebotaba en la niebla, atravesaba la conciencia y destruía la identidad individual como una hoja de papel ardida.

Pisaron el Gorgoroth, esa lengua desaparecida de tierra submarina, colmada de esqueletos y humedad petrificada. A cada paso, Bruno veía ahora con los ojos de los elegidos: contempló los cuerpos arremolinados de las ofrendas previas, los altares hechos de huesos humanos y mariscos, la sangre adherida convertida en estalactitas carmesí.

El horror era absoluto, pero también lo era la resignación. El grupo descendió hasta una grieta negra como la boca de un animal primordial. Voces sin garganta recitaban himnos en el dialecto de las Aguas Negras. En el fondo, una presencia aguardaba: gigantesca, gelatinosa, un dios sólo definido por sus tentáculos y los ojos innúmeros que pestañeaban en distintas capas de carne transparente.

El olor era a descomposición y sal, azufre y olvido. Bruno finalmente entendió: Gorgoroth era la transición, el lugar donde la humanidad se esfumaba y la herencia abisal surgía.

“No temas”, dijo una voz desde el fondo, “Eres uno con nosotros ahora. Aquí sólo existe el hambre.”

La criatura avanzó serpenteando, acariciando el altar con tubos pulsantes. De sus bocas, los Oradores escupieron perlas negras. Cada perla se abrió, y adentro había ojos que imploraban morir, voces que suplicaban olvido. Bruno tomó una —no podía evitarlo— y la tragó.

De inmediato, el chillido cruzó sus entrañas: vio el pasado de la Bestia Primigenia, soñó los siglos sumergidos, la ruina de ciudades caídas bajo las olas, la extinción de especies sólo para renacer en formas más propicias al terror. Cada miembro de la Orden cayó de rodillas, retorciéndose bajo la melodía que ya no era humana, ni siquiera abisal, sino interespecífica, dirigida a todo lo que respira, todo lo que tiene carne vulnerable.

La entidad lamió con tentáculos la frente de Bruno. Quebró la última resistencia mental. Sabía, sin palabras, que este era el precio por buscar. El horror nunca era sólo testimonio: convertía a todos los testigos en participantes, en portadores de su linaje y su misión cruel.

Por la rendija de la cueva, Bruno supo que nunca volvería. Era uno de tantos que, seducidos por la promesa de conocimiento, acababan pasto de pesadillas más antiguas que la memoria. Lo vería todo con nuevos ojos, brillantes y ciegos, escurriéndose por las mareas.

Cuando la luna salió, los iniciados emergieron lentamente, escurridos de agua y savia desconocida. La taberna ya no estaba. En su lugar, un charco de marisma y dientes dispersos, como si fuese devorada por una marea súbita.

Nadie preguntó, nunca más, por Bruno ni por los que descendieron ese día. Y en la costa, de vez en cuando, alguien oía el canto: esa melodía baja y húmeda que invitaba con dulzura a ahogarse, a decir adiós al calor de la humanidad.

Porque el terror de la Orden esotérica de Dagón y su Gorgoroth no era sólo la amenaza de la muerte. Era la certeza absoluta de que, detrás del telón del mar, los elegidos transformados nunca dejan de mirar, ni de recordar, ni de anhelar que otros vengan a unirse en el Soliloquio del Abismo.

La próxima noche de puertas abiertas, el mar tragará una calle más. La ciudad cederá ante las canciones.

Y los ojos en la oscuridad esperarán, pacientes, otro Bruno, otra promesa, otra carne.

Porque el hambre nunca duerme en las profundidades.

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