Portada del relato La Gruta de los Ancestros Debajo del Muelle
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El mausoleo de los Marsh se alza, rectangular y sin ornamentos; la inscripción apenas legible bajo siglos de viento salino. Dentro, el aire es más denso, cargado de yodo y algo dulzón, que sabe a carne podrida y a caracolas abiertas. Annabel me espera, envuelta en un manto escarlata, sus ojos vidriosos y empañados, girando sin descanso en sus cuencas. Lleva el cabello trenzado según la costumbre de Amnion, las manos huesudas apretadas sobre el Libro de los Nacidos del Mar.

Duración: 08:54

La Gruta de los Ancestros Debajo del Muelle
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La noche respiraba como un monstruo cansado sobre Innsmouth, húmeda y aromática, y a cada suspiro le seguían las notas saladas, casi enfermas, de las olas deslizando su lengua grisácea bajo el muelle podrido. Era tarde para gente decente, demasiado temprano para aquellos que, como yo, recorrían el linde de la normalidad a escondidas, protegiendo los rituales que vivían bajo los gritos del viento noratlántico. Caminaba sin luz, siguiendo la intuición más que el sendero, y a cada paso el recuerdo de la carta, con su lacre azul y el sello de la Orden Esotérica de Dagón, latía como una herida caliente en mi bolsillo interior.

Me llamo Damaris Wescott, aunque ese nombre apenas tiene sentido en el retablo prohibido en el que aprendí a asistir. Era viernes de vigilia, y Annabel Marsh había pedido mi presencia, usando la clave que muy pocos podrían conocer; sus palabras rezumaban ansiedad y un tono eléctrico de advertencia que descendía, como siempre, a un murmullo de sumisión a fuerzas más allá de nuestro entendimiento. “Reúnete en la cripta. El ciclo vuelve. Bajo el mar, ellos miran”, decía la nota. No era la primera vez. Pero nunca antes el llamado había sido tan ominoso.

Son las tres, el reloj de la iglesia se ahoga bajo el aullido de las gaviotas. Doblo en la callejuela de South Lane, donde las piedras siempre parecen húmedas aunque no haya llovido en semanas; allí los faroles antiguos vibran con un resplandor sulfuroso que se desvanece si los miras de reojo. Encuentro la verja de hierro, oxidados los barrotes y recubiertos de una costra verdigris. No hace falta llave: la Orden siempre prepara el umbral para quien deba pasar.

El mausoleo de los Marsh se alza, rectangular y sin ornamentos; la inscripción apenas legible bajo siglos de viento salino. Dentro, el aire es más denso, cargado de yodo y algo dulzón, que sabe a carne podrida y a caracolas abiertas. Annabel me espera, envuelta en un manto escarlata, sus ojos vidriosos y empañados, girando sin descanso en sus cuencas. Lleva el cabello trenzado según la costumbre de Amnion, las manos huesudas apretadas sobre el Libro de los Nacidos del Mar.

Se inclina en salutación y después me guía bajando por un pasadizo oculto, tras una lápida desplazada con la reverencia de quien destapa un altar sangriento. Descendemos un túnel excavado en la piedra y la arena, donde la humedad chilla y rezuma, llenando mis pasos de ruido viscosa. Línea tras línea, las paredes brillan con inscripciones que se retuercen en una lengua continua y ondulante, con una caligrafía invertida e hipnotizante: el lenguaje de los Profundos.

Al fondo, el túnel desemboca en una cámara hemisférica, su centro dominado por una pileta de agua oscura, inquietantemente quieta salvo por risos minúsculos que parecen hacer vibrar el aire. Allí, otros cinco miembros de la Orden se arrodillan, descalzos, con una única túnica aqua encima de la piel; y al verlos, siento el temblor del frío y de la anticipación en mi columna. Reconozco a Niles, siempre sonriente y siniestro, a la anciana Mrs. Atwood; y al hermano Samuel, cuyas manos nunca dejaron de temblar desde aquel día en que escuchó la voz en las rocas negras.

Annabel me señala el centro. Me acerco al borde de la pileta; el agua huele a antigüedad y a mineral, y refleja sobre su superficie una maraña de formas extrañas, peces imposibles y miradas oblicuas que no son del todo humanas. Ella pronuncia las primeras palabras: Cthulhi r’lyeh wgah’nagl fhtagn, y una vibración leve empieza a recorrer la cámara como si un animal submarino, invisible, se retorciera en el aire. Mi cuerpo reacciona, la sangre caliente en el cuello, las piernas ancladas en el limo de siglos.

“Hoy es la Noche Sin Luna, Damaris—la Noche de las Puertas Sumergidas. Vendrán, ya lo sabes”, murmura Annabel, la voz titilante sobre el vacío. “Los Antiguos caminarán entre los que ofrendan. Hay de aquellos que solo observan.”

Me pasa el cuchillo ritual, empuñadura de coral ennegrecido; debo abrirme el antebrazo, dejar que la sangre caiga en la pileta: no por superstición, sino porque he jurado lealtad. El sabor metálico de la herida y el calor de la hemorragia llenan mi visión de luces blancas. Cuando la sangre toca el agua, el líquido se encrespa y se vuelve opaco, y lo que emerge en el espejo no es mi reflejo, sino algo indefinible, algo con una boca blanda y fauces dimensionales, ojos ausentes y sin embargo terriblemente conscientes.

Canta Annabel, y su canto es una letanía en la Lengua Sumarina, más hecha de vibraciones que de sonidos. Niles la acompaña, y Samuel tartamudea, y la anciana Atwood se la sabe como una plegaria de cuna. El agua burbujea, se arremolina, y los bordes de la pileta tiemblan como si todo el mausoleo zozobrara bajo la marea.

Entonces—siento la presencia: no una forma concreta, sino una intención, gélida e incuestionable, como una corriente marina que te arrastra hacia el fondo, incluso mientras tus pulmones pelean por respirar. Alguien o Algo está aquí, la Gracia Antediluviana de Dagón, y la piedra bajo mis rodillas pulida por los años duele ahora como carne quemada. Siento una presión en la mente, una invitación y una amenaza, e imágenes de un océano sin sol y sin esperanza desfilan ante mis ojos.

Sonríe Annabel, la comisura de su labios extendiéndose a un ángulo no humano. “Tienes que mirar, hermana. Tienes que ver.”

Inclino la frente hacia el agua. Por un momento, el mundo se queda sólo en negros, verdes y azules abisales. Y lo veo: cuerpos retorcidos, fusionados con algas y escamas; bocas extendidas, garras membranosas, una procesión de horrores cuya piel es la historia de la humanidad y que nada en un mar más allá del tiempo, bajo continentes derrumbados y cielos de coral ciego. No puedo cerrar los ojos, ni retirarme. La visión me inunda, ensuciando mi memoria, mezclando el torrente de mis pensamientos con sus cantos acuáticos.

El ritual sigue su curso. Cada miembro vierte algo de sí, un diente, un trozo de cuero cabelludo, una uña arrancada con rezos. El sacrificio es crudo y real. Silencio. La pileta, ahora, borbollante y espesa, bulle con una espuma verdosa. Una mano brota, de dedos palmeados y piel traslúcida, subiendo hacia la superficie. Y es entonces cuando escucho la voz—no con los oídos, sino desde un pozo atemporal en mi alma: “Sigues siendo de los nuestros, aunque huyas a la costa. El mar te encontrará.”

Aturdida, casi flotante, siento los dedos de Annabel en mi nuca. Me dice que la Noche de las Puertas Sumergidas se repite cada ciclo de trece años, que los Ancestros bajo Innsmouth desean saber si sus hijos aún recuerdan la Canción. Por un momento temo perderme; pero una parte de mí—la parte que recuerda los días de infancia, la voz de mis abuelas hablando de “los elegidos de las aguas profundas”—no quiere huir.

La ceremonia termina, pero nadie se va. Los otros se acercan y entre susurros deshilan el misterio: han visto lo mismo, han sentido el miedo visceral de ser elegidos. Y cada cual teme otra cosa. Niles tiembla: dice que cada noche oye raspados bajo el suelo de su casa. Samuel no logra dormir desde hace meses, la anciana Atwood dice que la voz de Dagón la visita en sueños y le cuenta historias de tormentas que acabarán todos los pueblos de la costa.

Subimos en silencio los escalones nauseabundos, salimos al panteón, y la noche aún se cierne, más oscura si cabe, sobre South Lane. Afuera, el aire huele salobre y a pánico. Nos despedimos con el gesto habitual: tres dedos sobre los labios, tres sobre la frente, y el susurro de “Ph’nglui mglw’nafh Dagón Innsmouth wgah’nagl fhtagn”.

Annabel se queda unos segundos a mi lado. “Cuida tus sueños, Damaris. Vigila los charcos al amanecer. Esta vez te han mirado muy de cerca.”

Vuelvo a mi casa, donde el reloj de la pared parece girar de un modo irregular, y las sombras son más largas de lo que deberían. En la madrugada oigo chorros de agua, gorgoteos extraños. Dentro de mis pensamientos, la visión de los cuerpos no desaparece; sus bocas abisales susurran mi nombre y me invitan a sumergirme. Sé que la próxima vez no podré resistirme, ni bajo la luna, ni bajo el mar.

Así transcurre la vida en Innsmouth y la servidumbre de quienes han probado la sal esotérica de Dagón. Somos la marea y la presa, devotos y alimento. Sabemos que nuestras plegarias nunca llegan a la superficie, y que las puertas bajo la cripta aguardan. Y en mis pesadillas, una mano palmeada golpea la ventana de mi dormitorio, donde nunca hubo agua, hasta que la madera cede y el océano entra a buscarme, inexorable, para llevarme a casa.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.