Portada del relato La Niebla de los Espirales
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Fragmento:


Habló de la Orden Esotérica de Dagón, de los ritos liminares que se habían reactivado sin que mediara voluntad, propagándose entre los miembros supervivientes como una infección en los sueños. Pero era más. Los susurros hablaban de la Séptima Vela: un faro de carne encendida en mitad del océano, bajo la tormenta, cuyas llamas traían consigo visiones de profundos y de la vastedad amniótica de Lythalia, la madre pélagica de lo impío.

Duración: 11:02

La Niebla de los Espirales
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Texto de ajuste de pausa.

El correo electrónico parecía inocuo al principio, una cadena anodina de mensajes reenviados entre estudiosos del ocultismo, hasta que vi el nombre de Mathilda Wycke brillando como fosforescencia entre la negrura. No abría correspondencia suya desde hacía años, por razones que ahora me parecen tan triviales como abrir una ventana en un amanecer de tormenta; sabía, desde antes de mirar, que el pasado siempre halla la forma de infiltrarse por las rendijas más inesperadas.

Me llamo Ryland Prewitt y, cuando la historia que intento contar aconteció, llevaba quince años sin participar de la Orden Esotérica de Dagón. Había escrito algún artículo para revistas marginales, y una vez me atreví a hablar en un congreso —con máscara, por supuesto, porque nunca se es demasiado cauteloso con lo que habita tras las puertas selladas de la mente humana. Durante todas esas veladas, en todas mis evasivas, supe que el núcleo de mi pavor tenía nombre: Lythalia.

La invitación de Mathilda era precisa en su ambigüedad, tal como había sido siempre su sentido del humor:

"Ven a Innsmouth. Aunque se haya intentado borrar, la niebla regresa. Ya no es sólo mar, Ryland. Ahora hay algo más, y te necesita."

Debí ignorar el mensaje, o al menos resistir el impulso enfermizo de buscar respuestas. Pero la tentación pudo más. Consulté horarios de tren tan pronto apagué el ordenador y, en cuestión de horas, iba sentado junto a un ventanal empañado, contemplando cómo los páramos costeros se iban oscureciendo bajo nubes que se enroscaban sobre sí mismas, como si el cielo cometiera un acto de automutilación continua.

Innsmouth no había cambiado. O mejor dicho: todo parecía detenido en la fase exacta del colapso. Los comercios olvidados, las farolas arqueadas como médulas enfermas, y esas calles de losas verdes de limo y sal, que bordeaban canales de aguas tan estáticas que uno dudaba de su profundidad o de si aún pertenecían al plano de la realidad tangible.

Mathilda me esperaba en la puerta de la que fuera, en otra época, la casa de los Marsh: un caserón de ventanas vendadas con papel de estraza. Su aspecto era el de siempre: una anciana inexplicablemente joven, la mirada acorazada descubre que la muerte sólo se presentaría en ella cuando lo permitiera la voluntad de fuerzas menos comprensibles que el propio tiempo. En la penumbra interior, el olor a humedad y cobre oxidado era tan intenso que apenas lograba distinguir la voz de Mathilda de la respiración escamada que parecía bullir bajo el entarimado.

—Sabrás por qué aquí, supongo —dijo, sirviéndome té en un cuenco esmaltado donde flotaba algo semejante a un pétalo, aunque el patrón de venas sugería una criatura abortada en lo profundo del océano.

—He leído los últimos informes. Los patrones..., los círculos en la costa —susurré, incapaz de mirar directamente a la ventana junto a su cabeza, donde las siluetas se arrastraban como manos de cera sobre la uralita mojada.

Mathilda asintió, regalándome esa escasa media sonrisa que sólo se afila ante el borde del horror:

—No es sólo el mar que rebosa. Hay... han encontrado símbolos. Espirales, más antiguos que cualquier denominación civilizada. Algunas de nosotras creemos que Lythalia ha despertado, que la Orilla busca de nuevo entre aquellos que la abandonaron.

Habló de la Orden Esotérica de Dagón, de los ritos liminares que se habían reactivado sin que mediara voluntad, propagándose entre los miembros supervivientes como una infección en los sueños. Pero era más. Los susurros hablaban de la Séptima Vela: un faro de carne encendida en mitad del océano, bajo la tormenta, cuyas llamas traían consigo visiones de profundos y de la vastedad amniótica de Lythalia, la madre pélagica de lo impío.

—El Culto de Cthulhu también se ha agitado —añadió, y mi espinazo se tiñó de hielo—. Se han producido ofrendas en las calas del sur. Pero no lo hacen para apaciguar, sino para invocar.

¿Qué clase de horror podía venir del cruce de ambas corrientes nefandas? Los habitantes de Innsmouth tímidamente reaparecían en las inmediaciones del puerto, con los ojos más opacos y las bocas más delgadas. Casi podría apostar que, si uno aguardaba bajo el farol de la plaza, no tardarían en aparecer marineros con las cejas ya mudadas y la piel prieta como la de los peces.

Aquella noche dormí en la misma casa de Mathilda. Había apagado todas las luces, salvo un candil frente al altar que siempre resguardaba con flores y moluscos. Los sueños no se hicieron esperar.

Soñé que avanzaba bajo la lluvia hacia una costa imposible. El mar era un vómito de entidades apenas definidas, sus formas danzaban entre la niebla como ramas de coral que de pronto se abrían en bocas. Vi lo que sólo podría describir como un ojo completamente líquido, con párpados de sal, que me observaba desde el horizonte. Detrás de ese ojo había algo colosal, un vientre de siglos que latía en sintonía con mis sienes.

Al despertar, Mathilda trajo consigo un libro forrado en piel de foca, imposible de abrir sin que algo pegajoso manchase los dedos: "Es el Diario de Yellot. Contiene los últimos relatos antes de la gran desaparición."

Pasé horas leyendo fragmentos incomprensibles:

"La orilla no nos rechaza, sólo aguarda para regresar con la marea de su vientre, la madre de los comenzados, la matriz de los que “Hundimos la voz para no invocar a la madre de los círculos”, escribía el cronista. Palabras apartadas, sílabas que hacían vibrar el paladar con cada repetición, hasta que perdí noción de la realidad.

Mathilda me observaba siempre desde la penumbra. Algunas veces oía a alguien más husmear por el piso superior, o era un rumor de exhalaciones bóreas, esos sonidos que ningún animal produce salvo las que se arrastran bajo el agua.

Al anochecer del tercero día, algo había cambiado en la ciudad. Los canales bullían; la niebla parecía adquirir densidad, casi una textura palpable. Las calles, normalmente abandonadas, estaban ahora transitadas por ancianos en túnicas, arrastrando sus ropajes por entre las algas y el barro seco. Mathilda me entregó una medalla vieja, de piedra pulida con un grabado espiral semejante al que había visto en mis sueños.

—Si todavía eres uno de los nuestros, si alguna vez te entregaste en las Novenas Mareas, portarás esto. Te llevará a donde el linaje espera.

No pregunté si se trataba de una invitación o de una condena.

Al salir a la calle, sentí la marea subiendo bajo mis pies, ríos súbitos desbordándose por alcantarillas y grietas. El aire era irrespirable, no sólo por la sal, sino por un aroma subyacente a placenta y sangre añeja. Crucé el umbral del muelle viejo, donde un grupo de figuras se congregaba ante un círculo de algas tejidas en patrones espiralados. Los miembros de la Orden, aquellos que aún mantenían forma humana, entonaban susurros en un idioma excesivo para la garganta, palabras que hacían vibrar dentaduras y costillas.

Fue entonces cuando vi entre los recitantes a Edrick Marsh, anciano decano del Culto de Cthulhu. Su piel había sido tensada sobre huesos ajados y, sin embargo, sus ojos centelleaban con una acuciante piedad insectil. A su lado, otros rezumaban en su transición.

—La Séptima Vela será encendida esta noche —declaró, y por un instante las aguas parecieron encogerse—. Dos linajes, un propósito. Lythalia regresa con la marea. ¡Recibidlo, sangre antigua!

Un viento sobrenatural barrió la plaza, arremolinando la niebla y la lluvia salada. Las farolas palpitaban como órganos colgando de cuerpos lacerados. Todos nos encapuchamos, ajustando las espirales a nuestras gargantas, sabiendo lo que implicaba: el abandono de la forma, la sumersión en las aguas ya no externas, sino internas; la metamorfosis en criatura abisal.

Fuimos guiados al embarcadero. Más allá, los barcos estaban ya atestados de congregantes delirando fórmulas en lenguas más antiguas que Babilonia. Embarqué porque negarse no era una opción; las reglas de la Medianoche ni siquiera consideran la posibilidad de la resistencia.

Nos adentramos en el mar, bajo un cielo henchido de truenos, donde una extraña luminescencia bailaba bajo la superficie, guiándonos hacia una estructura que sólo podía existir en el sueño y el delirio: la Vela de la Séptima Orilla.

La describo tal y como la recuerdo, aunque sé que la memoria es imperfecta, distorsionada por el terror: se erguía en medio del océano, una columna eunuca de coral sangrante, bordeada de runas en espiral, sobre la cual palidecían antorchas vivas de carne y grasa. Gotas de líquido aceitoso goteaban al agua y, a medida que la embarcación se acercaba, la niebla revelaba su núcleo: un altar de placenta pulsátil, ofrendas dispuestas en círculo, cabezas de marsopas y cúpulas óseas de híbridos humanoides.

El ritual comenzó con el sacrificio de una joven que, a pesar del terror reflejado en sus facciones, no gritó al ser derramada su sangre sobre la base del altar. Cuando el líquido tocó la columna, un estremecimiento trepó por la estructura, generando una onda que reverberó por el aire y el mar. Repetían palabras que sólo entendían en la médula: "Lythalia. Devoradora. Madre final. Dagón y Cthulhu, nietos de la orilla."

Sentí mi piel plegarse, como si una membrana flexible creciera entre mis dedos. El aire perdió su cualidad vital y se llenó de canciones subacuáticas. El horror vino con la certeza de que ese momento era final y eterno: el nacimiento de una nueva marea, el regreso de Lythalia, la unión de Dagón y Cthulhu en una progenie de seres amalgamados, sin alma, sin voluntad.

Vi a Mathilda caminar directa hacia la columna, abandonando toda pretensión de humanidad; escamas le recubrían los brazos y la sonrisa de una niña muerta le atravesaba el rostro. Se volvió hacia mí, y la negrura devoró todo color, salvo los ojos, dos perlas vacías.

En el último instante, el mar se tragó la vela, el barco y a todos nosotros. No supe si me ahogaba o si ya respiraba bajo el agua, un líquido viscoso entró en mis pulmones. Vi la figura de Lythalia, colosal, danzando en la profundidad. Me invitaba a sumergirme, a olvidar lo que fui.

Cuando desperté, estaba en la orilla de Innsmouth, la medalla espiral en la mano. No había rastro de barcos, congregantes ni siquiera de la casa de Mathilda. Fui arrastrado de regreso por una mano cósmica, nunca sabré si para advertir o para recordar mi lugar.

Ahora escribo esto, sintiendo la sal crecer bajo mi piel, soñando cada noche con las espirales y las orillas no delineadas por ningún cartógrafo humano. Sé que los que deambulan por Innsmouth aguardan; la Séptima Vela nunca se apaga del todo. Somos la semilla en la marea, la sangre en la niebla, esperando el nuevo llamado de Lythalia.

La puerta bajo mi casa rezuma humedad que no se seca, y hay algo que se arrastra bajo las tablas al ritmo de la marea, susurrando, Recordando.

Fin.

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