Me encontraba en una pequeña y húmeda pensión cerca del puerto de Arkham, allí donde las nieblas llegan flotando desde el Miskatonic en el crepúsculo y uno siente los huesos empapados de un frío gris y silente. Era mediados de marzo; la bruma tenía un vaho extraño, como a yodo, y las aguas rezumaban una fetidez decantada que me era ajena y reconocible a la vez, como si alguna memoria olvidada brotara desde la misma humedad que impregnaba el papel de las paredes. Vine por el rumor de ciertas sectas, invitado por cartas anónimas y promesas nebulosas de conocimiento, aunque la inteligencia me advertía del peligro. Pero algo más profundo me impulsó: el anhelo turbio por alcanzar el corazón palpitante de lo Vedado.
La noche en que comenzó, la tercera desde mi llegada, me sorprendió que el patrón ofreciera vino dulce y pan de centeno untado con una masa aceitosa que no quise identificar. La mitad de los huéspedes, gentes barbadas y hoscas, callaron al verme entrar en el comedor envuelto en mi gabán raído; la otra mitad ni volteó hacia la puerta. En el silencio sentí un pulso inexplicable, como si una corriente subacuática me acariciara los tobillos. Boqueaba una música apenas audible, semejante al burbujeo de aguas profundas mezclado con cánticos en una lengua gutural que mi corazón casi reconocía.
Me senté junto a un anciano, piel desvaída y ojos vidriosos, que sorbía metódicamente un caldo negruzco. El hombre murmuró sin apartar la vista del cuenco: “¿Buscáis la Orden, forastero? No hallaréis luz en Dagón; hallaréis aguas que no olvidan.”
La mención de la Orden puso en tensión mis ya enervados nervios. No fue sino hasta bien entrada la noche, tras largos tragos y desvaídos fragmentos de conversación, que el patrón se acercó recatadamente y, con voz de marea baja, me invitó a “un encuentro más íntimo”. Poco después, me llevaron por corredores cuyo papel parecía incluso más húmedo, hasta una trampilla oculta tras un tapiz de algas resecas. Bajé al sótano, donde aguardaban linternas y un grupo de figuras con capuchas verdes.
Fue entonces cuando comenzó la auténtica pesadilla.
Me condujeron por túneles apenas excavados, la grava cediendo bajo mis botas, el aire pesado con el olor insistente del salitre y una corrupción que no sabría describir, pero que hacía cosquillas a mi humanidad, empujándome hacia las bestiales profundidades de la sangre y el miedo ancestral. Nadie hablaba. Solo el susurro de las linternas de aceite y el goteo rítmico del agua me acompañaban.
Después de incontables minutos, surgió una caverna natural, en cuyo centro una poza cenagosa centelleaba bajo la luz temblorosa. Las paredes estaban tapizadas de grabados primitivos: monstruos anfibios, ojos vaciados, bocas repletas de colmillos ondulantes y símbolos que reconocí de una traducción prohibida del “De Vermis Mysteriis”. Sobre un promontorio de coral petrificado, un libro abierto se sostenía reverentemente entre dos tentáculos de bronce.
Allí, la Orden Esotérica de Dagón aguardaba.
Uno de los acólitos descorrió la capucha, revelando un rostro tan abotagado y escamoso que me estremecí hasta la raíz de las vértebras. Los demás hicieron lo propio, y el aire se llenó del penetrante hedor de cuerpos marinos y ojos vidriosos, resplandeciendo como perlas corruptas en la penumbra. Un claro círculo me fue reservado, con una piedra de forma vagamente oval, negra y pulida, que palpitaba bajo mis dedos cuando la toqué.
Alzando el libro, el sumo sacerdote entonó en voz arrastrada una letanía que parecía burbujear desde la misma garganta del océano, palabras en una lengua dentada de agua y miedo. El círculo se cerró a mi alrededor, y la ceremonia comenzó.
Sucedieron cosas que todavía me despeinan el sueño, aunque intente ordenarlas racionalmente. Un pez degollado, su sangre impía derramada sobre la piedra negra; la llama verdosa que de repente brotó en la superficie, danzando en formas que parecían imitar tentáculos; manos palmeadas que se alzaban en plegaria, y una niebla espesa que se colaba entre los asistentes, haciéndome perder la orientación. El canto se hizo más fuerte, y sentí, desde las profundidades de la gruta, una presencia molesta y avasalladora, ajena a toda comprensión humana.
Entonces vi el agua agitarse.
De la poza cenagosa se alzó primero una boca. No tenía labios, solo anillos húmedos y traslúcidos. Luego vinieron los ojos —diez, veinte, cientos, todos fijos en mí—, y un cuerpo que era el caos informe y viscoso de todos los monstruos marinos jamás imaginados, todas las leyendas y terrores infantiles fundidos en una sola entidad. La realidad pareció curvarse con el peso de esa mirada, y supe que aquello era la materialización de Dagón, o su avatar, el ojo siempre abierto en las honduras donde ninguna luz terrestre ha penetrado jamás.
Mis miembros temblaron, pero la piedra negra bajo mis manos quemaba como hielo, ingrávida y a la vez aplastante. Fuimos uno en el miedo; la criatura y yo, conectados por un hilo invisible de horror y fascinación.
La letanía cambió de tono, y los acólitos dejaron caer sobre la poza ofrendas: peces vivos, frascos de líquidos gelatinosos, incluso pequeños animales que croaban lánguidamente antes de ser absorbidos por los tentáculos de dagón. El monstruo se infló con cada tributo, la carne resquebrajándose en venas luminosas, la masa creciendo y pulsando a un ritmo cada vez más ensordecedor.
Me vi impelido a hablar. Las palabras acudieron a mi lengua como algas atascadas entre los dientes: “¡Dagón, Señor de los Abismos, a ti ofrezco mi memoria! ¡A ti ofrezco mi carne si es necesario! ¡Concédeme el saber no pronunciado, déjame ver tras el velo de las aguas!”
La criatura respondió, pero no con voz, sino con visión.
Me hundí en los mares antediluvianos, nadando entre ciudades sumergidas y obeliscos moldeados en ángulos imposibles; ‘Is’, la gran urbe hundida, cuyas calles retumban con el eco de rezos nunca humanos. Danzaron ante mí los profundos, progenie impía y anciana del Dios de las Mareas, y vi sus rituales: el mating con mujeres humanas, la promesa de una inmortalidad transmutada en escamas y branquias, los pactos firmados no con tinta sino con sangre y perlas negras. Vi las migraciones, los festines de carne y espíritu, la lenta conquista de los litorales del mundo por los hijos e hijas de la honda sima.
Una parte de mi mente se rebeló e intentó huir, pero Dagón me había marcado. Sentí el peso de la piedra negra absorbiendo mi esencia, la resaca invirtiendo mi voluntad en una vorágine de deseos monstruosos y necesidades opacas. Noté mis manos temblar, las uñas adquirir un tinte verdoso; mi boca, reseca y áspera, deseaba el sabor del agua salada.
El ritual cesó, pero nada terminó para mí.
Me condujeron, medio tambaleante, fuera de la gruta y de vuelta por los túneles, mis pasos cada vez más torpes, la mente adormecida y carcomida por imágenes de escamas, belfos y olas negras. En la pensión nadie me miró. Subí a mi cuarto y dormí un sueño plagado de voces arrastradas y la sensación de presión creciente en los costados del cuello.
Los días siguientes fueron un delirio húmedo. Apenas comía; mi piel, siempre tersa, comenzó a picarme y a formarse costras finas en los brazos y la espalda. Las pesadillas se intensificaron: veía la Orden, siempre reuniéndose en cuevas y ruinas entre los arrecifes, sus ojos dobles fijos en mí, esperando mi retorno. Veía a Dagón, gigante y creciente en el fondo de un abismo marino, devorando lentamente los restos de civilizaciones ajenas.
Al cabo de una semana, apenas humano, noté los primeros signos del cambio: el sonido del río me atraía sin remedio, un deseo insaciable de sumergirme, de respirar de algún modo en la podredumbre salina. Una mañana me encontré recitando, medio dormido, los versos de la letanía; mi garganta emitía sonidos burbujeantes e inhumanos que ningún órgano humano debería poder pronunciar.
Horrorizado, intenté huir. Empaqué mis cosas, dibujé pentáculos y símbolos de protección en las paredes del cuarto, inutilmente —nada detenía el anhelo de regresar. Tomé el primer tren a Boston; el agua del grifo tenía el gusto del océano, y ni cerrando todas las ventanas podía evitar el arrullo omnipresente de las olas, aunque estuviera a cientos de millas de la costa.
Fue inútil. Cada estación, cada campo, me pareció más ajeno. El mundo de los hombres se apartaba de mi espíritu, una barrera invisible crecía entre mi mente y la de los mortales. Empecé a soñar con la Gente de las Profundidades, su avance inexorable sobre la costa, el desequilibrio que suponían para la frágil raza humana. Oía sus voces en mi cabeza incluso en pleno día, reclamando mi regreso, recordando el pacto sellado ante la piedra negra.
Dudé de mi cordura. Acudí a médicos, psicoanalistas, sacerdotes; ninguna ciencia ni exorcismo logró aliviar la picazón ni calmar mi memoria. La piel se volvía cada vez más áspera y gris; una fina red de pliegues emergía en los costados de mi cuello.
Entonces, una noche, simplemente dejé de resistirme.
Caminé a la orilla del río Charles, donde la niebla flotaba como una cortina de encubrimiento misericordioso. El agua me susurraba, la corriente invocaba el nombre de Dagón con cada remolino. Me desnudé de mi humanidad y me sumergí: el frío no me hirió, mis pulmones se adaptaron, y una canción ancestral inundó mi espíritu. El río me llevó, me arrastró dulce y despacio, primero al puerto, luego al mar.
Ahora nado cada noche en la frontera entre lo humano y lo monstruoso. Sé que la Orden no olvida; las profundidades tienen memoria, y sus elegidos nunca están solos. Siento los ojos de mis camaradas de abismo, la mente colectiva de los que se han entregado, y sueño con la llamada final.
La Orden Esotérica de Dagón espera al borde de la civilización, agazapada en el rumor de las olas y en la humedad de los sótanos portuarios. Algún día, muy pronto, cuando los signos sean propicios, los hijos del mar surgirán.
Y yo… yo estaré entre ellos.
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