Se había hecho de noche temprano en el puerto maltrecho, y la neblina no era exactamente blanca como la leche sino sucia, impregnada del olor a salmuera vieja y a redes podridas. Lo que llamaban la gloria decaída de Innsmouth parecía, desde la ventana de la posada Gilman House, más bien un suspiro miserable de tabernas tambaleantes y almacenes apagados. Quizá por eso mismo, Arthur Morrow encendía su sexta pipa y miraba hacia la bruma, sumido en una reflexión tan pegajosa como la humedad que filtraba el techo.
A Arthur lo había traído la curiosidad —ese acechador incansable que termina por fundir el raciocinio en la fragua de lo prohibido—, después de encontrar cartas muy antiguas, escritas por un antepasado suyo que, según la tradición familiar, se había perdido tras “mezclar cosas que no debía”. Venía a Innsmouth buscando una historia, tal vez un saber oculto, acaso la confirmación de vagas leyendas leídas en amarillentos manuscritos de la Universidad Miskatonic. No sería hasta mucho después aquella noche cuando lamentaría toda su sed de saber.
Había muy pocas luces encendidas en las calles. La gente, de ojos exorbitados y bocas tensas en rictus sin definir, parecía moverse solo por fuerza de la costumbre y hacer todo callando, como temiendo que algo pudiera oírlos. Arthur pensó en salir, explorar quizás el malecón. Le incomodaban las miradas furtivas, esas que le calaban la túnica como garras mojadas. Solo había una calle transitada: la que bordea la vieja Iglesia Marsh, pintada de colores que alguna vez fueron ostentosos y ahora no eran sino escamas descascaradas, recuerdos de un pasado que apestaba a pez y miedo.
Decidido a romper el cerco del silencio, Arthur le hizo señas a Zadoc Allen, el bebedor más notorio del pueblo, ofreciéndole whisky barato. Zadoc tanteó la botella, lanzó una mirada a su alrededor y murmuró, arrimándose contra Arthur con la paranoia del que dice algo indebido:
“Usted no sabe lo que pregunta. Aquí hay cosas más antiguas que la sal. Cosas que nadan… cosas que esperan.”
Pero Arthur insistió. Y Zadoc, como si sus palabras fuesen a exorcizar sus propios fantasmas, empezó a contar:
“Antes de que usted ni yo naciéramos, ¡los Marsh trajeron algo! ¡Trajeron a los Profundos! Hicieron pactos, sacrificios… y se fundó la Orden Esotérica de Dagón. De repente, las redes se llenaban. El oro del mar brillaba en la costa. Pero… pero hubo un precio.”
Zadoc tragó en seco, no tanto por sed como por horror.
“Ese precio no era solo el silencio. ¡Era sangre! Y la sangre hace que los viejos dioses miren, y los hombres cambien. ¡Usted habrá visto esa piel nueva, esa forma de mirar, de andar…! Los Marsh y los Gilman, todos bebiendo agua salada, todos esperando el día en que el mar les reclame.”
Ante el delirio, Arthur se sintió incluso divertido, aunque una arcilla fría se extendía ya en su estómago.
Animado, le preguntó si había visto rituales. Zadoc negó con fuerza.
“Todos los novicios suben a la Iglesia, y baja el gran Pez, la Cabeza… Los Únicos Hijos del Mar. Abajo hay túneles, escalones de piedra, y una puerta abierta al abismo. Después… después pueden ir y venir por la costa… Algunos ni vuelven, y otros regresan, cambiados de verdad.”
Un alarido rompió el aire en las cercanías, seguido del sonido de algo pesado arrastrándose hacia el mar. Arthur, invadido por una mezcla de terror y fascinación, se incorporó. Nadie más parecía alterado; la taberna, por contra, guardaba un silencio helado.
Esa noche, incapaz de dormir, Arthur se dejó llevar por el impulso y salió a vagar bajo la luna trémula. Tuvo la imprudencia de acercarse a la Iglesia Marsh. Había una vigilia, velas encendidas tras los cristales plomizos. Por las rendijas del portón alcanzó a ver siluetas extrañas, encapuchadas, cantando en un idioma gutural. El aire olía a algas fermentadas y a incienso. El cántico se elevaba: “Ph’nglui mglw’nafh Dagón Y’ha-nthlei wgah’nagl fhtagn.”
La ansiedad y la curiosidad empujaron a Arthur a rodear el templo. Tras él, una trampilla rota conducía a una escalera de piedra, hundida en el subsuelo. Nadie lo veía deslizarse hacia abajo; sus propios pasos sonaban cada vez más silenciosos conforme bajaba, como si el aire se volviese denso, húmedo, opresivo.
Abajo, la roca destilaba una humedad fétida. Comenzó a distinguir relieves —símbolos tallados torpemente sobre muros cubiertos de limo—: batracios, tentáculos, ojos sin pupila. El hedor era casi insoportable. Avanzaba a tientas y a veces creía oír chapoteos en la oscuridad, demasiado lentos para ser de agua estancada. De pronto, divisó una luz pálida: una linterna colgaba sobre una cámara circular.
Dentro, una docena de enmascarados, ataviados con trajes extraños que mezclaban la opulencia clerical y el primitivismo de las tribus isleñas, rodeaban una pileta de piedra rebosante de agua marina y otra sustancia aceitosamente negra. En el centro, inmerso hasta el pecho y atado con sogas cubiertas de algas, un hombre gimoteaba lánguidamente. Un puñal de hueso pasó de mano en mano, hasta que el Sumo Sacerdote lo alzó y entonó un cántico con voz grave, un gorgoteo que rebotó en las paredes hasta volverse zumbido en el oído de Arthur.
El puñal descendió, la sangre fluyó al agua, y entonces “algo” se removió en la pileta: un lomo baboso, una branquia palpitante, una mandíbula de fango. Los congregados se postraron y gemidos enloquecidos llenaron la cámara. Arthur, horrorizado, retrocedió, pero tropezó con un ladrillo suelto y cayó. Durante un fugaz silencio mortal, todos buscaron con la mirada la fuente del ruido.
Lo capturaron con brutalidad y, mientras lo arrastraban hacia la pileta, Arthur distinguió los rostros. No eran completamente humanos: bocas sobresalidas, ojos de no pestañear, mejillas hinchadas. Se debatió, pero el pánico y el hedor lo dejaron sin fuerzas. Lo sumergieron en aquel líquido gélido y la presión de las manos de los sacerdotes lo aferró inmisericordemente.
La oscuridad marina lo tragó. Percibió algo rozarle el pecho: tentáculos o aletas, una piel de escamas resbaladizas. Una voz —o algo parecido a una voz— le habló en la mente, una promesa de pertenencia, de eternidad bajo las olas. Y entonces, dolor. Dolor lacerante en las costillas, como si manos gelatinosas abrieran su carne y sembraran huevos de desesperación.
Arthur creyó morir, pero volvió en sí, desnudo y empapado, junto a la playa. El alba era gris, repulsiva; garzas lejanas alzaban el vuelo con un graznido lúgubre. Se alzó temblando, con el recuerdo del suplicio anidando en cada hueso. Tenía la sangre pegajosa; sus manos temblaban y una picazón bestial le devoraba la piel. Antes de que pudiera razonar, supo con certeza que no debía quedarse.
Se dirigió tambaleante hacia la estación del bus. Numerosos isleños lo miraban de reojo; algunos se le aproximaban y murmuraban antiguos saludos de la Orden, pero Arthur no descifró más que el eco de Dagon. Cuando al final llegó el aparato traqueteando, pagó su billete con dedos que le dolían y el rostro de una palidez velada.
Durante el viaje, durmió entre sobresaltos, asaltado por sueños: ruinas sumergidas, un trono de coral podrido, voces que le llamaban bajo la marea. Despertó cada vez más inquieto. Un prurito nacía bajo su piel, algo que rasguñaba desde dentro.
Llegó a Arkham y fue directo al hospital. Pero los médicos no pudieron explicar las manchas oscuras que comenzaron a surcarle el torso, ni el olor marino que brotaba de su aliento. Pronto, pequeños bultos se alzaron bajo sus cejas, y el cabello empezó a caérsele a mechones. Consultó a un especialista, y este balbuceó que nunca había visto algo igual. Arthur, desesperado, revisó sus antebrazos: le crecían membranas delgadas entre los dedos. Por las noches, sentía que oía voces difusas llamándole hacia el río.
No tardó en regresar a Innsmouth, casi arrastrado, como por una fuerza mayor que él. Encontró las calles aún más desiertas. La Iglesia Marsh seguía de pie, y los habitantes lo esperaban como a un hijo pródigo. Fue recibido en la humedad ritual del sótano; entendía ahora los cánticos, sentía un júbilo sordo mezclado con el espanto de la resignación.
Ya no temía a la oscuridad, ni al mar, ni a lo innombrable que se agitaba más allá del puerto. Pronto ya no temería nada, porque, en su carne desgarrada y en su sangre envenenada por los antiguos dioses, era parte de la prole de Dagón, nacido del abismo y reclamado por él.
Solo entonces comprendió la traición de la curiosidad y la verdadera naturaleza del terror: no el ser devorado por lo desconocido, sino VOLVERSE lo desconocido, hasta encontrar consuelo en las profundidades insaciables.
Eso, y el eco ineludible de los tambores que aún, incluso en la vigilia más racional, martillan bajo las olas de la consciencia humana, allí donde la Orden Esotérica de Dagón nunca duerme y nunca olvida.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.