Portada del relato El sello de las profundidades
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Fragmento:


Fue esa misma noche cuando la mujer apareció en mi puerta. Caminaba extrañamente, con un vaivén de cadera poco humano, como si nadara y no caminara. Vestía de negro, pero su piel brillaba húmeda bajo el farol mientras me hablaba con la voz más serena que jamás había escuchado.

Duración: 09:15

El sello de las profundidades
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca he creído en dioses. Fui criado en los sólidos cimientos de la razón, la única religión aceptable en mi círculo. Durante años, descompuse cuerpos en la morgue de Arkham, impasible antes sus últimos silencios, domesticando el miedo a lo desconocido. O eso creía hasta que llegué a la costa de Innsmouth para investigar una serie de muertes que olían a sal y locura.

Era pleno invierno. Niebla espesa se ceñía al pueblo como una mortaja, lamiendo las paredes decrépitas de las casas y el campanario hundido en el barro como un diente podrido en encía enferma. Dormía apenas; vigilaba la ventana del hotel, donde una farola moribunda lloraba cera líquida y temblorosa. Recuerdo el persistente chapoteo en la noche, una suerte de pulso en el agua negra que rodeaba el muelle. Me recordaba a algo reptando bajo el hielo, buscando rendijas por donde colarse a la realidad. Allí comencé a soñar con la marea, arrastrando cuerpos entre los palafitos, aunque en ocasiones, las cosas que emergían tan solo parecían humanas.

Me llamaban para hacer una autopsia a un joven pescador hallado en la playa, el rostro devorado casi hasta el hueso. La policía local murmuraba leyendas, pero evitaban pronunciar palabras como secta, sacrificio, o lo que todos ellos temían de verdad: Dagón. Al menos cuando miraban, pues apartaban la mirada del pescador desfigurado al examinar su cuerpo, como si esperaran que la carne corroída cobrara vida y les acusara de algo. Al abrirle el pecho, hallé un objeto enroscado bajo el esternón: un medallón de oro ennegrecido, grabado con caracteres que parecían danzar bajo la luz como tentáculos.

Recuerdo la sensación inmediata, el sudor frío brotando bajo mi camisa. Estaba seguro de que el aire vibraba alrededor del objeto. El policía a mi lado tragó saliva ruidosamente. Me miró con ojos tan vacíos de esperanza que por un instante pensé que me rogaba huir. Pensé que exageraba. Al fin y al cabo, ¿qué podía hacerme un trozo de oro en una caja cerrada, en un sótano patrocinado por la ciencia?

Me equivoqué, claro.

Fue esa misma noche cuando la mujer apareció en mi puerta. Caminaba extrañamente, con un vaivén de cadera poco humano, como si nadara y no caminara. Vestía de negro, pero su piel brillaba húmeda bajo el farol mientras me hablaba con la voz más serena que jamás había escuchado.

—Doctor, necesitamos su ayuda. La Orden está preocupada —dijo, y su acento parecía un rumor llegado desde especies más antiguas que la humanidad.

No tenía cita, pero el pueblo de Innsmouth tiene sus reglas. La dejé pasar. Olga Marsh, así se presentó. Vivía en uno de los caserones junto al mar, demasiado cerca del agua para poder dormir tranquila, o eso pensé. Me habló del pescador muerto, de sueños recorridos por monstruosidad y canto, y del objeto que yo debía devolver.

—¿Devolverlo a quién? —pregunté.

—Al mar —respondió, y sus ojos se deslizaron hacia la ventana, al resplandor líquido de la luna. Apreté el medallón en mi bolsillo sin decidirme a entregárselo.

Me invitó a su hogar. Tuve el mal augurio de aceptar. Caminamos por calles cubiertas de limo, cruzamos una verja de hierro oxidado y entramos en un salón decorado con motivos marinos. Todo allí olía a polvo húmedo, a piel muerta de anguila. Las paredes jadeaban de humedad, y el crepitar del fuego sonaba amortiguado, como si la leña rechazara toda combustión en presencia de ese linaje marchito.

Ella me invitó a sentarme y habló de la Orden Esotérica de Dagón, aunque jamás decía directamente ese nombre. Lo rodeaba, como se ronda el perfil de una bestia dormida. Habló de sueños proféticos, de ofrendas a seres que aguardan más allá de las leyes de la física. Habló de la Marea del Estío, cuando todos los Marsh, y los Olmstead, y los Eliot, hombres y mujeres enfermos de sal, se reunían bajo la luna para escuchar la llamada.

Al principio creí que se trataba de una alegoría, una reconstrucción de la religión para reconfortar mentes inestables. Pero en sus palabras se arrastraba algo monstruosamente real, una verdad deformada sobre la naturaleza humana.

—¿Y si no la devuelvo? —pregunté, sosteniendo el medallón en mis dedos.

El silencio cayó como una pesada capa de algas húmedas. Marsh sonrió, mostrando dientes cortos y afilados, pulidos como perlas.

—Entonces la marea ascenderá para todos, doctor. —Y se marchó, hundiéndose en la niebla sin abrir la puerta.

Esa noche, en sueños, crucé el umbral de la lógica. Caminé por galerías de coral podrido bajo el mar, guiado por voces que ni mis pesadillas más negras hubieran osado pronunciar. Vi la ciudad hundida, templos de piedra viscosa, y hombres rezando a estatuas cuyo aspecto estremecería incluso al más devoto de los santos. Vi ojos como los de Marsh flotando en la oscuridad, tan antiguos como los trilobites, y la promesa de que la superficie es sólo una pausa en la infinita tragedia acuática.

Desperté jadeando antes del amanecer. El medallón ardía, palpitando suavemente en mi chaqueta. Decidí devolverlo, no por fe, sino por pánico. Callé a la policía, le dije al alcaide que me iba a pasear antes de partir. La marea estaba baja, y bajé hasta el espigón donde el agua lamedora y aceitosa susurraba secretos.

Allí, vi figuras entre la roca y la niebla. Formaban semicírculos en la penumbra, envueltos en túnicas sucias, entonando un cántico que desgarraba las palabras en sonidos primordiales. Olga Marsh lideraba el círculo, ojos opalescentes fijos en mí. Extendí el medallón. Ella lo tomó, sus dedos fríos se cerraron a mi alrededor, y me sentí durante un instante como si una aleta membranosa acariciara mi espalda.

Los cultistas comenzaron a moverse; uno a uno, entraron en el mar oscuro. No nadaban: se deslizaban, se sumergían, y pronto el agua burbujeó como si respirara a través de ellos. Olga fue la última: me miró desde el filo entre lo humano y lo imposible, con una sonrisa que invitaba a rendirse.

Era ya de mañana cuando regresé al hotel. Temblaba. Tiré las botas al fuego, y aún hoy juro que olían a carne cocida. Pensé que la pesadilla había terminado. Me equivoqué.

En los días siguientes, los sueños se intensificaron. Oía el rumor de la marea incluso lejos del mar. Negros espejos me perseguían en todas las habitaciones; cualquier parpadeo de agua me devolvía una imagen distorsionada de mi propio rostro, cada vez más escamoso, con los ojos perdiendo el color humano. Visiones me asaltaban en medio de la vigilia, visiones de horrores en la profundidad: cuerpos retorcidos, orbes brillando en la oscuridad viscosa, y la presencia constante de Dagón avanzando hacia la superficie.

Busqué ayuda. Los psiquiatras hablaron de estrés postraumático, pero ninguno fue capaz de entender el frío con que la locura mareomotriz caló en mi espíritu. Cuando por fin me interné en el hospital de Arkham, soñaba despierto con la llamada —el susurro de la marea prometiendo paz en el fondo fangoso, lejos del doloroso raciocinio. Sentí crecer algo bajo mi piel, un nuevo órgano, perfectamente adaptado a absorber oscuridad.

Sé que el pueblo, lejos del mar, no sufre de esto. Y sin embargo, desde entonces, toda agua me resulta sospechosa: el agua del grifo, el sudor, la lágrima, la lluvia. El agua es la puerta, y yo la llave extraviada. Al guardar el medallón, la Orden no me liberó de la deuda; sólo me concedió tiempo, y un destino.

A veces, cuando el viento aúlla en mi ventana y el estómago se me encoje con la marea creciente, río con amargura recordando la lógica, la razón. Solo celebro que, entre los sueños y el insomnio, aún puedo resistirme a la llamada.

Pero el mes que viene será la Marea del Estío. Sé que vendrán otra vez; no sólo Olga Marsh, sino todos los ahogados, todos los que han soñado con Dagón y la ciudad sumergida. Sus voces sonarán en mi sangre, hasta que mi cuerpo, arrastrado por el salitre y la fatalidad, camine de regreso al mar. Porque hay deudas y hay dioses que nunca olvidan, dioses que aguardan en el abismo, y sólo piden una puerta abierta.

Yo, que no creía, abrí esa puerta. Ahora escucho la canción, no en palabras sino en cada célula húmeda de mi organismo capeando el temporal. Pronto, sé que dejaré de resistirme. Pronto me reuniré con ellos, todos mirando desde las profundas aguas, iluminados por la pálida luna y la promesa de Dagón: el descanso de los ahogados, y la fe eterna en lo horrible.

No dejen que nadie les convenza de que la razón basta para protegerles del mal. Hay cosas que laten bajo la superficie, esperando. Mi cuerpo es sólo otro cascarón, una excusa para que la marea se acerque y les susurre a ustedes, como me susurró a mí. ¿Oyen ese rumor, ese nuevo pulso en el agua? No es el viento, ni el eco de la tormenta. Es la Orden llamando a un nuevo iniciado.

Y ustedes, que han leído esto, ya han mojado sus dedos en la misma marea.

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