Portada del relato Objetos prohibidos para adultos
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Fragmento:


El primer cliente fue Sara Gámez, madre de dos y enfermera en la clínica de la esquina. Tenía cuarenta y tres años, arrugas de preocupación en la frente, y una obsesión reciente por el orden. Descartando la idea de que aquello fuera una sex shop, empujó la puerta con disimulo tras una larga guardia nocturna. El cascabel tintineó, pero nadie acudió a saludarla. Olía a cerrado, a madera vieja y alcanfor.

Duración: 10:09

Objetos prohibidos para adultos
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Texto de ajuste de pausa.

La tienda apareció una mañana, donde siempre había estado la frutería, entre la papelería y la ferretería en la Calle de las Nieblas. La fachada era opaca y nada llamativa, cubierta con un vinilo gris mate que absorbía la luz, anunciando apenas su existencia. El rótulo, en letras góticas, rezaba: OBJETOS PROHIBIDOS PARA ADULTOS. Nadie vio a operarios retirar la vieja mercancía ni instalar la nueva. Sencillamente, una mañana en el mes de octubre, al abrir las persianas, algún vecino se topó con el cambio y el rumor creció rápidamente.

En las primeras horas del día, ningún hombre ni mujer se atrevió a entrar. Vecinos de toda la vida pasaban frente al escaparate opaco, forzando la mirada, esperando vislumbrar productos novedosos, eróticos tal vez, inspirando risitas entre adolescentes. Mas apenas se divisaban siluetas imprecisas, desdibujadas por el reflejo mortecino del vidrio. Algunos decían haber visto luz de velas; otros, la sombra de una lámpara de araña.

El primer cliente fue Sara Gámez, madre de dos y enfermera en la clínica de la esquina. Tenía cuarenta y tres años, arrugas de preocupación en la frente, y una obsesión reciente por el orden. Descartando la idea de que aquello fuera una sex shop, empujó la puerta con disimulo tras una larga guardia nocturna. El cascabel tintineó, pero nadie acudió a saludarla. Olía a cerrado, a madera vieja y alcanfor.

El interior era una sala larguísima, con anaqueles atestados de objetos singulares: peines de púas curvas, cepillos de dientes de asta, relojes de cuerda parados en las cinco y veinte, tarros diminutos cerrados con cera, pequeñas máscaras de tela cosida con letras en su superficie, ajedreces en miniatura con piezas monstruosas y sombríos libros encuadernados sin título. Una campanilla plateada sobre el mostrador paresía haber sido forjada para advertir de visitas no deseadas. Ningún dependiente a la vista.

Sara paseó entre los estantes, advirtiendo con cierta aprensión carteles pegados aquí y allá:

SOLO PARA ADULTOS

PROHIBIDO A LOS MENORES

NO DESPERTAR LOS RECUERDOS

Leyó de pasada. Imaginó, tal vez, que era una forma de llamar la atención, una campaña de marketing más. Tomó un pequeño tarro de cristal, cubierto de polvo y esquirlas doradas. Al hacerlo, algo se movió en su interior, una sensación eléctrica le recorrió el brazo. Lo dejó enseguida. La tapadera giró sola, y dentro vio un diminuto retazo de papel amarillento, plegado ocho veces, con su nombre escrito en tinta roja.

Saltó hacia atrás. Era imposible. Se giró, esperando a encontrar cómplices, alguna cámara oculta, un bromista grabando risas para TikTok. Pero no había nadie. Sara decidió largarse, apenas sin atreverse a mirar atrás.

***

Hubo inquietud en el barrio durante los siguientes días. El rumor voló —por WhatsApp y Facebook, por el boca a boca de la cola del pan— y pronto un puñado de adultos, cada cual más descreído y curioso, penetraron la tienda uno tras otro. Todos ellos compartieron después, a regañadientes, la misma experiencia: la sensación de ser elegidos por los objetos, no al revés. De que cada pieza extraña tenía un propósito dirigido exclusivamente a sus manos.

Joaquín Nistal, el amargado maestro de literatura jubilado, encontró allí una brújula herrumbrosa que, según él, indicaba siempre el camino de regreso a un rincón olvidado de la infancia, verdadero o soñado. Pero el camino, confesó con los ojos húmedos y la voz temblorosa, solo servía para devolverle a recuerdos que no quería revivir: la muerte de su padre, el primer castigo injusto, la soledad de los recreos.

La señora María Conte, viuda desde hacía décadas, cayó en la trampa de una muñeca de porcelana de rostro agrietado. La muñeca pronunciaba, de madrugada, palabras imprecisas en la voz de su esposo muerto. Las primeras noches la reconfortó escuchar aquel timbre grave murmurando "todo irá bien, Maria, todo irá bien". Luego las palabras cambiaron en reproches y acusaciones veladas. "¿Por qué no buscaste ayuda? ¿Por qué dejaste que me fuera tan pronto? ¿Por qué no eres tú la que descansa en tierra fría?"

Alguien —no se supo quién— dejó carteles anónimos pegados por toda la zona:

"NO TOQUES LOS OBJETOS. NO MIRES EN LOS TARROS. LOS ADULTOS OLVIDAN POR UNA RAZÓN."

***

Unos días más tarde, Claudia Bermúdez, psicóloga en paro y obsesionada con la autoayuda, entró decidida a desenmascarar la farsa. Portaba una carpeta, una libreta y una cámara de fotos. Al abrir la puerta, el cascabel tintineó como una carcajada. El interior había mutado: los anaqueles ahora curvados, el suelo blando bajo sus pies, y en las repisas aparecían objetos nuevos: rompecabezas a medio construir, gafas empañadas, álbumes de cromos incompletos.

Claudia sintió que una fuerza invisible le guiaba hasta el fondo. Allí, sobre una mesa redonda, reposaba una caja de madera recubierta por una etiqueta donde se leía: ABRIR SOLO EN CASO DE OLVIDO RADICAL. No supo si reír o indignarse. Miró alrededor: nadie parecía controlar el negocio, ni cámaras, ni ojos indiscretos… Solo ella y el tembloroso hedor de su propio miedo.

Abrió la caja. Dentro halló, envuelto en un pañuelo infantil, el cilindro de una antigua linterna. Al darle cuerda, la linterna proyectó en la pared un resplandor que, poco a poco, reveló imágenes de su propia vida, no tal como la recordaba, sino como la había reprimido: la primera vez que mintió a su madre, el momento en que empujó a su amiga del columpio y negó la culpa; la furia que sintió cuando su padre la dejó sola bajo la lluvia. Todo lo que durante décadas había maquillado con palabras de autoayuda, todo lo que había desterrado con años de terapia, fluyó ante sus ojos desnuda y cruda.

Salió de la tienda gritando. Sus gritos no eran de dolor físico, sino de pura vulnerabilidad, de infinitos remordimientos y vergüenza. No volvió a hablar con nadie, y semanas después fue vista deambulando por la ciudad, susurrando palabras en la lengua de la infancia, como si se hubiera convertido otra vez en presa de una culpa ciega.

***

Pasó el tiempo y la tienda se volvió tema tabú. Nadie podía negar su existencia, pero todos preferían no recordarla, como sucede con los sueños que prometen demasiado y se deshacen al alba. Mientras tanto, en la Calle de las Nieblas, el escaparate permanecía intacto y la campanilla relucía con luz propia. Sin embargo, cada vez que un adulto despistado traspasaba el umbral tentador, algo de sí mismo quedaba allí anclado.

A mediados de noviembre, se produjo el suceso que terminó por sellar su leyenda oscura. Una mañana de lunes, se presentó ante la tienda el Inspector Adán Vadillo, de la comisaría del distrito, acompañado por orden judicial. Habían desaparecido dos clientes recientes, y los vecinos señalaban sin dudar el interior de aquel local que nadie era capaz de describir igual dos veces. Empujó la puerta. El tintineo de la campanilla sonó como una sentencia.

Vadillo era un tipo pragmático, hombre de ciencia y papel sellado, enemigo del misterio. Caminó entre los anaqueles con aire desafiante. Su linterna reveló sucesivas capas de polvo sobre piezas que parecían desintegrarse si las enfocaba demasiado tiempo. Nadie respondió a su llamada; no había dependiente ni mostrador ni caja registradora. En el fondo, una escalera descendía hacia el sótano. La bajó, faro en mano.

Abajo, nada. O eso creyó. Porque al iluminar un rincón vio, alineados contra la pared, seis maniquíes de adulto, vestidos con la ropa exacta de las seis últimas personas vistas cruzando el umbral. Los maniquíes tenían el rostro cubierto de máscaras de tela cosida con palabras en su superficie, las mismas máscaras vistas por Sara el primer día. La linterna de Vadillo parpadeó. Le pareció que oía, muy lejos, un eco sordo diciendo su nombre.

Quiso subir. Subió, sí; pero la tienda ya no estaba. Afuera era de noche. Miró hacia la calle y todo era niebla, vacío. Ningún letrero, ni papelería, ni ferretería, ni luces en los pisos. Solo oscuridad y un viento frío que arrastraba murmullos antiguos.

***

Desde entonces, quien fue visto entrar en la tienda jamás fue visto salir. Un rumor aseguraba que, cada vez que un adulto cedía a la tentación de curiosear, las palabras de los carteles cambiaban, y un nuevo objeto esperaba su mano, dispuesto a recordarle aquello que nunca debió haber olvidado, o que jamás debió recordar.

Lo peor fue que, a medida que pasaron los meses, los niños dejaron de crecer. Así, por precaución o por instinto, los menores jamás atravesaban la puerta de la Calle de las Nieblas, quizá porque percibían, mejor que nadie, la amenaza de esos objetos privados y prohibidos, destinados solo a quienes ya han perdido la inocencia y tratan de repararla hurgando en un almacén de recuerdos que debieron permanecer sellados. La tienda, al final, era menos un comercio que una trampa, agujero excavado en la memoria, donde las culpas y miedos de los adultos vegetaban y crecían, y donde, si se miraba atentamente, podía verse —tras el cristal opaco— una multitud de rostros asustados, suplicando, silenciosamente, que nadie más intentara cruzar la puerta.

Y aun así, cada otoño, algún adulto, presa de la nostalgia, la curiosidad o la culpa, volvía a empujar el picaporte, sin saber que allí le esperaba su propia condena, envuelta cuidadosamente en papel polvoriento, bajo la tranquila advertencia escrita:

SOLO PARA ADULTOS.

QUIZÁS PARA SIEMPRE.

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