Portada del relato La última feria nocturna
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Fragmento:


Al empujar la puerta, el tintineo no fue familiar. El sonido cruzó el umbral de lo mundano, convertido en una risilla sorda, casi ultraterrena. El aire allí era opaco, con notas carmín de incienso, almizcle, y la putrefacción leve de los objetos al borde del olvido. Willem avanzó con lentitud, sintiendo cómo el suelo temblaba bajo el peso de sus intenciones.

Duración: 08:43

La última feria nocturna
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Texto de ajuste de pausa.

***

En la penumbra indecisa de la noche, emancipada apenas de los tonos gualdos de la farola del pueblo, el escaparate de la tienda Maximus y Compañía refulgía con la persistencia enfermiza de un faro descompuesto. Nadie, ni los chiquillos más jóvenes ni los borrachos más temerarios, se atrevía a acercarse a las estanterías polvosas de ese lugar extraño, medio real y medio volátil, donde la miríada de objetos prohibidos a los adultos libraba su guerra perpetua contra el mundo sobrio de la madurez.

Sin embargo, Willem disparó su coraje una tarde, cruzando el umbral cincelado en bronce herrumbroso y vidrio cubierto de huellas, sabiendo que dentro hallaría algo más que cachivaches para la vista de los adultos. Había soñado días antes —con la claridad de las pesadillas ciertas— una ciudad imposible de pórticos azulados, donde la luna se ocultaba tras cortinas de cristal. Un lugar que olía a lavanda marchita y a asfalto tibio, tan bello y terrible que despertó gritando en la soledad de su apartamento.

La tienda Maximus era el último vestigio del pueblo antes de la frontera donde las cosas no regresaban. Nadie en el pueblo poseía certezas sobre su dueño; se rumoraba que era un anciano enano, otros decían que era una joven que nunca envejecía. Todos estaban de acuerdo en que el comercio solo abría si uno no quería encontrarlo y siempre si uno debía extraviarse.

Al empujar la puerta, el tintineo no fue familiar. El sonido cruzó el umbral de lo mundano, convertido en una risilla sorda, casi ultraterrena. El aire allí era opaco, con notas carmín de incienso, almizcle, y la putrefacción leve de los objetos al borde del olvido. Willem avanzó con lentitud, sintiendo cómo el suelo temblaba bajo el peso de sus intenciones.

—Bienvenido —dijo una voz desde la penumbra, ni masculina ni femenina, pero sí vieja, de esas que han visto el océano sangrar y las piedras sollozar—. ¿Buscas algo en particular?

—Quiero olvidar —respondió Willem sin pensarlo. No fue hasta que las palabras abandonaron sus labios que comprendió la sinceridad con que habían surgido.

La figura dueña de la voz emergió, envuelta en ropajes de paño oscurecido y polvo. Llevaba en el pecho, a modo de broche, una mariposa de plata negra, y en la mirada, la obstinación tremenda del que conoce los secretos de la carne y la memoria.

—Olvidar es caro, joven, y el pago no se negocia —dijo, mostrándole la palma extendida, en la que titilaban monedas que no eran de este mundo. Willem se preguntó si siempre había poseído esa cantidad de recuerdos para intercambiar.

—¿Qué objetos no puedo ver? —preguntó, desviando la mirada de la mariposa a las vitrinas.

El dependiente sonrió. Señaló con un dedo delgado —rara vez vi un dedo tan largo y segmentado— hacia una mesa baja, donde yacían tres objetos.

Un peonza de carey y púas de cristal, con una inscripción en letras que quemaban la retina.

Un espejo de mano, en cuyo reflejo danzaban nubes púrpura y formas inconsútiles.

Una taza, sencilla y blanca, que de tanto en tanto manaba lágrimas de loza.

—Estos no pueden tocarse. Son para adultos prestos a perderse —explicó el dueño—. No hay remedio ni regreso tras el uso.

Willem sintió una presión en el pecho. El espejo le llamaba con el rumor de los sueños rotos, la peonza lo tentaba con el vértigo de promesas viejas, y la taza suplicaba calladamente ser llenada.

De golpe, el silencio del lugar se rompió como un cristal bajo pisadas pesadas. Afuera, la noche se había espesado en nubes violetas que recordaban aquellas de sus sueños.

El dueño vio el estremecimiento de Willem y asintió, señalando la peonza.

—Pocas veces los adultos admiten que desean creer en prodigios —se burló suavemente—. Este te permitirá ver, aunque tal vez preferirías no hacerlo.

Willem se acercó. El objeto brillaba, estaba dispuesto para él, como si hubiese esperado toda su vida tras ese vidrio. La leyenda ardía: “AERO VIADOR MAELIS”. No supo traducir, pero lo sintió como aguijonazo en el alma.

—Solo hay una condición: si giras la peonza, deberás recorrer todos los lugares a donde ella te lleve. No podrás detenerte salvo que olvides tu nombre.

Willem aceptó. El vértigo de lo prohibido se adueñó de sus manos, que temblaron al rozar el objeto. Entonces, la tienda se desvaneció: los muros se torcieron, los estantes se alargaron como torres, y Willem cayó en un abismo de escaleras de caracol que giraban dentro de sí mismas.

Girar, girar.

La peonza giraba también, en el centro de una nueva estancia. Las paredes eran de terciopelo azul, rasgado en los bordes. Un palco de teatro en miniatura, con títeres de rostros vacíos que celebraban su entrada. Una orquesta invisible tocaba una melodía que Willem recordó de la niñez aunque nunca la había escuchado. Un hombre sin rostro ni sombra lo condujo, mudo, hasta el centro del escenario.

—Bienvenido, visitante de las cosas olvidadas —tronó una bocina desde lo alto, zumbido y chirrido como cien cigarras a la vez—. Aquí no hay regreso, solo tránsito. Muéstranos lo que traes.

El hombre sin rostro le entregó un atuendo: una máscara de porcelana y un bastón con empuñadura de ónice. Apenas Willem se cubrió con los objetos, sus brazos se volvieron escuálidos, el torso se encorvó, y supo con pavor visceral que se había transformado en uno de los personajes de la feria.

El público - figuras de tamaño humano, envueltas en plumas negras y piel de lobo - coreaba en un idioma que Willem empezaba a comprender. Cantaban sobre puertas entreabiertas, ríos bajo ciudades muertas, niños que jugaban entre huesos de gigantes. Cada palabra era una imagen grabada a fuego en su cerebro.

Una mujer, cuyos ojos eran cuencos de vidrio llenos de luciérnagas, bailó a su alrededor. Le entregó una llave de plata.

—Haz lo que no deben hacer los adultos —susurró—. Permítete aprender lo que otros olvidan.

Willem sintió entonces la tentación y el miedo que preceden al pecado. Empuñó la llave y recorrió pasillos cada vez más extraños: uno era una biblioteca donde los libros gritaban y otro era un jardín donde crecía cabello humano en vez de hierba. En todos los ambientes flotaba el eco de Celephaïs, un nombre nunca pronunciado, pero cuyas sílabas retumbaban en todos los colores y sonidos.

El sueño empezó a enrojecer: las paredes sangraban letras doradas, el suelo crujía como huesos rotos bajo la alfombra. El vértigo de la peonza reclamaba su precio y Willem sintió el olvido lamerle la memoria como un perro hambriento. Recordó difusamente un apartamento, la noche de lluvia, una niñez ya rota.

El horror era soñar y no despertar jamás. La peonza giraba, infatigable.

De repente, se topó con el espejo de la tienda: ahora colgado al fondo de una sala ondeante. En el reflejo, Willem no era Willem; era el dueño de Maximus y Compañía, la mariposa de plata brillando en el pecho. Detrás de él, la ciudad de los sueños, la luna de cobre, la procesión interminable de adultos que alguna vez buscaron olvidar y terminaron aprendiendo demasiado.

Gritó —o creyó gritar— pero solo obtuvo el eco de miles de voces iguales, fundiéndose unas en otras. El precio era claro: haberse permitido girar la peonza, al cruzar el umbral, Willem había comprado su lugar en la feria.

Los años sucedieron como intervalos informes: varado entre mundos, Willem vendía objetos prohibidos a los nuevos cautivos de la noche. Recordaba fragmentos, chispasos de una vida previa, la amargura de saber que los objetos que custodiaba no podían entregar lo que prometían sino transformar al demandante en guardián, cambiando un anhelo por una condena.

Y así, mientras la luna reposaba sobre los tejados del pueblo, la tienda Maximus y Compañía aguardaba. Solo abría para los extraviados, para los que desean tanto olvidar que se atreven a girar la peonza, a mirar en el espejo, a beber la lágrima de la taza.

Mientras tanto, en un teatro de cortinas azules y títeres sin cara, la función no terminaba nunca. Willem, o lo que ahora era Willem, esperaba la llegada del próximo visitante, alguien tan adulto para entender, tan niño para temer.

No hay regreso del giro. No hay despertar tras el olvido.

Y afuera, la luna de cobre relucía sobre Celephaïs, la ciudad que nadie podía recordar dos veces, velando a los condenados a no volver jamás.

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