Portada del relato Las Cosas Malditas de la Cámara de los Placeres
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Fragmento:


La carta resultó ser la invitación a una subasta clandestina. El remitente, quien firmaba solo como “El Curador”, afirmaba poseer una colección de “Objetos Indecibles para la Sensualidad Adulta”, relíquias cuyo uso o mera posesión prometía abrir senderos en el alma sumidos en el horror y el éxtasis más prohibido. La segura destrucción de la mente y el alma estaba implícita en las palabras de advertencia. Decía algo así: “No están hechos estos artefactos para placeres mundanos ni alegrías terrenales, sino para despertar poderes dormidos y terrores más allá de la comprensión humana”.

Duración: 09:49

Las Cosas Malditas de la Cámara de los Placeres
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Texto de ajuste de pausa.

Hay en el corazón de Providence, en una sección antigua y medio oculta de la ciudad, una casa olvidada por la urbanización y el flujo desordenado de la vida moderna. Apenas se recuerda su historia, y cuando algún amigo mío, atraído por las ambiciones arqueológicas o el mero morbo, pregunta a los parroquianos sobre esa casa, son pocos los que disimulan una mirada de recelo, como si temiesen despertar algún tipo de memoria indeseable. Y, sin embargo, la casa existe, camuflada entre rincones y maleza, esperando a alguien que lea los signos con la suficiente claridad como para entrar y comprometer su alma.

Todo comenzó para mí, William Abner, con una carta lacrada que llegó una mañana ventosa de noviembre. El sobre estaba dirigido con una caligrafía extrañamente decorada, y olía a cuero envejecido; una exhalación que me recordaba a las bóvedas húmedas de los criptas o a los volúmenes prohibidos del gabinete de mi difunto profesor Angell.

La carta resultó ser la invitación a una subasta clandestina. El remitente, quien firmaba solo como “El Curador”, afirmaba poseer una colección de “Objetos Indecibles para la Sensualidad Adulta”, relíquias cuyo uso o mera posesión prometía abrir senderos en el alma sumidos en el horror y el éxtasis más prohibido. La segura destrucción de la mente y el alma estaba implícita en las palabras de advertencia. Decía algo así: “No están hechos estos artefactos para placeres mundanos ni alegrías terrenales, sino para despertar poderes dormidos y terrores más allá de la comprensión humana”.

Yo, escéptico y curioso, no pude resistirme a la invitación. El lugar estaba descrito con vaguedad: “la vivienda del último Blake, en la Calle de los Álamos, donde la acera se curva y las sombras parecen alargarse más allá de lo normal”. Supe al instante de qué casa se trataba, pues mi abuelo me había hablado de ella; pero su tono siempre era temeroso, como si la memoria misma fuese peligrosa.

Acudí a la cita al anochecer. Las calles parecían vacías, recubiertas de una humedad fría que subía desde el río. La casa estaba rodeada de hiedra negra y abedules seco; su puerta, de roble, parecía hinchada por la humedad de varios siglos. Golpeé tres veces, tal como se indicaba; la puerta se abrió sola, sin emitir sonido alguno.

Un mayordomo pálido y sin pestañas me guió por un corredor oscuro, cuyas paredes estaban recubiertas de cortinas color granate estampadas con símbolos laberínticos que nunca supe descifrar del todo. En la penumbra vacilante de candelabros se reunieron unos pocos, todos con el rostro parcialmente oculto tras máscaras venecianas o velos negros. Sobre una mesa cubierta con terciopelo de color carmesí estaban expuestas siete pequeñas cajas, de materiales diversos: madera ennegrecida, bronce, hueso blanquecino y una misteriosa substancia translúcida que parecía vibrar levemente al acercarme.

El Curador, un hombre de voz quebrada pero firme, vestido con un hábito sin tiempo, comenzó la subasta presentando el primer objeto: un pequeño látigo trenzado con cabellos trenzados de humanos desconocidos, según él “recuperados de los huéspedes de la casa, aquellos que no soportaron su dimensión”. Explicó que quienes lo blandían caían presas de sueños premonitorios sobre prácticas impías y amalgamas de placer y dolor más allá de lo concebible.

Siguió un cilicio ornamentado, cuyas púas parecían exudar perlas grises. “El que lo porta - declaró El Curador - experimenta éxtasis con cada gota de sangre, pero pronto empieza a sentir caricias invisibles, manos que nunca ve y bocas que murmuran en idiomas extintos, hasta anhelarlas en la vigilia”.

Pero hubo uno entre los objetos, encerrado en una urna de vidrio, que llamó mi atención desde el principio. No sabría explicar por qué despertó en mí esa avidez de saber, esa horrible fascinación. Lo llamaban el Tikulikh, “el Instrumento de la Niebla Lunar”. Era una simple máscara de madera encerada, pero en sus orificios para los ojos relucía una sustancia nacarada y palpitante, como si fuesen orbes bañados en savia lunar. Nadie confesaba saber cómo usarla o para qué servía realmente; solo que los relatos antiguos advertían del peligro y mencionaban desapariciones, locura y cosechas marchitas tras su uso en ciertas ceremonias prohibidas. El Curador extrajo un pergamino amarillento en el que, a medias en griego, a medias en un dialecto desconocido, figuraban instrucciones envueltas en advertencias; mas no se atrevió a leerlas en voz alta.

La subasta avanzó entre pujas silenciosas. Yo, impulsado por un anhelo que no me pertenecía, vencí a los demás postores y me hice con la urna que contenía el Tikulikh. Recuerdo cómo me entregaron el artefacto envuelto con guantes de seda y me instaron, en susurros apenas audibles, a no probarlo nunca fuera del templo ni sin leer el pergamino al menos tres veces bajo la luz menguante.

Jamás he sentido un objeto tan pesado, y no en el sentido material, sino como si toda la desesperación de los condenados pendiese sobre mí. Regresé a mi morada y, abandonando toda cautela, encendí varias velas en mi gabinete. Luchando contra la sensación de invasión mental, desplegué el pergamino. Las letras titilaban, retorcidas e inquietas ante mis ojos, pero conseguí descifrar lo esencial: “Coloca la máscara bajo la luna menguante, recita los nombres de quienes no pueden ser recordados, y deja que la niebla acaricie tu piel. Un placer sin nombre vendrá, y con él, un descenso irreversible”.

Nunca olvidaré aquella noche, la forma en que la niebla emergía lentamente del suelo y las paredes, cómo destellaban las venas en mis antebrazos y sentía un contacto frío y viscoso recorrerme el cuerpo. Al ponerme la máscara, fue como si mi piel misma se disolviese, y entré en un estado de percepción bicéfala: sentí cuerpos que no eran el mío contorsionarse, bocas que no eran las mías besaron carnes imposibles, y en ese trance me vi fundido a entidades amorfas de infinitos gestos y texturas, a la vez seductoras y profundamente repulsivas.

Caricias se convirtieron en punzadas, lujuria en agonía, y el placer más intenso, en terror rampante al presentir que algo dentro de mí cedía el control. Un susurro, omnipresente, me dijo en un idioma que reconocí solo por un miedo atávico: “Ahora has probado el Tikulikh; regresaremos cada vez que busques placer, y ninguna carne humana podrá nunca satisfacerte”.

Me arranqué la máscara entre arcadas, pero las caricias continuaron, invisibles e implacables, como si formas amorfas se hubiesen adherido a mi sombra. Y así ha sido desde entonces; de día, el frío del contacto fantasmal; de noche, la recreación interminable de aquellos horrores voluptuosos, acompañados de voces que me tientan a regresar a la casa de los Blake, a buscar más, a ponerme una y otra vez la máscara.

La obsesión creció con los días. Ni el opio, ni el alcohol, ni ningún arte de la medicina convencional ofrecieron alivio al ansia impía sembrada en mi carne y espíritu. Comencé a frecuentar la casa en busca de respuestas, pero encontré solo puertas cerradas y ojos vigilantes que desaparecían en la oscuridad.

No fui el único marcado por el Tikulikh. Descubrí, a través de pistas veladas y rumores sibilinos, que todos los que adquirieron los otros objetos fueron presa de fiebres inenarrables: uno se arrancó la piel tratando de cesar el placer doloroso que le producía el cilicio; otra se perdió en sueños y nunca volvió a despertar, su cuerpo vibrando como si fuerzas invisibles la retorcieran. Los objetos desaparecían o resurgían en tiendas de antigüedades y subastas secretas, dejando tras de sí un reguero de locura.

Mi vida social y académica se desmoronó rápidamente. Los amigos dejaron de visitarme al comprobar mi desvarío; solo me acompañaban los susurros y las caricias inasibles. Cada noche, al encender la lámpara, veía sombras reptar bajo la puerta; sentía tentáculos o lenguas etéreas investigando mi carne y espíritu.

Consulté a expertos en cultos y simbolismos prohibidos, pero ninguno pudo darme respuestas satisfactorias y, en su mayoría, se excusaron al sentir el aura maligna que ya se había aposentado en mi presencia. Solo un viejo rabino, poseedor de una extraña piedra, me habló del Tikulikh: “No es humano – dijo con voz temblorosa –. Es un fragmento de las pasiones de los Antiguos, vestigios de seres ajenos al tiempo, que encuentran en la lujuria humana una puerta a nuestro mundo”.

Ahora solo me resta escribir estos hechos como advertencia. Porque he comprendido que los objetos de la casa no son simples juguetes depravados ni obras de arte deviant; son herramientas, portales y cebos. Son llamados envueltos en seda y hierro, promesas de placer cuya verdadera finalidad es erosionar las defensas del alma, abrir grietas en el yo, y preparar el terreno para horrores que sueñan con renacer en nuestra dimensión.

Hoy es la luna menguante. Siento la compulsión malsana de acudir una vez más a la casa en la Calle de los Álamos. Escucho a través de la niebla las voces de los que, como yo, han caído bajo el encanto odioso de los objetos. Quizá esta noche cierre el círculo, o me pierda para siempre entre placeres y terrores mezclados hasta la confusión absoluta.

Si esta carta llega a tus manos, huye de toda tentación. No busques la casa, no respondas invitaciones. Y si alguna vez ves en un escaparate o en un mercado un objeto que parece llamar a los sentidos desde un fondo de oscuridad, recuerda: hay placeres sellados con la sangre y el dolor de quienes se atrevieron a tentar los límites de la carne y la mente. No hay regreso. Solo la larga noche y el deseo corrompido, hasta que los Antiguos reclamen lo que es suyo y desciendan, una vez más, a la cámara de los placeres prohibidos.

FIN

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