Fragmento:
Desde tiempos inmemoriales, en la vieja catedral de Santa Rosa del Mar, una sala pequeña y hermética ha permanecido cerrada a cal y canto. Nadie recuerda el nombre del canónigo que la mandó construir; sólo se dice que fue en tiempos de guerra y peste, cuando los ojos de los hombres miraban con recelo todo lo que no podían comprender. Con los años, el rumor de la existencia de un "almacén de pecado" fue calando en la población; los niños, en sus juegos, especulaban con los terrores que allí aguardaban, mientras que a los adultos les bastaba con fingir ignorancia y torcer el gesto ante cualquier mención, como si el solo nombrar avisara a las sombras.
Duración: 10:20
Desde tiempos inmemoriales, en la vieja catedral de Santa Rosa del Mar, una sala pequeña y hermética ha permanecido cerrada a cal y canto. Nadie recuerda el nombre del canónigo que la mandó construir; sólo se dice que fue en tiempos de guerra y peste, cuando los ojos de los hombres miraban con recelo todo lo que no podían comprender. Con los años, el rumor de la existencia de un "almacén de pecado" fue calando en la población; los niños, en sus juegos, especulaban con los terrores que allí aguardaban, mientras que a los adultos les bastaba con fingir ignorancia y torcer el gesto ante cualquier mención, como si el solo nombrar avisara a las sombras.
Ese habitáculo, encajonado bajo la sacristía, estaba vigilado por una doble puerta de roble y acero, custodiada por llaves que ninguno deseaba portar mucho tiempo. A la sala se le llamaba entre murmullos "la Revuelta", en alusión al estallido colectivo de culpas y apetitos que, según las leyendas, aguardaban tras su umbral. Decían que tras esas puertas dormían "los Objetos Prohibidos", piezas que ningún fiel debía tocar sin arriesgar su alma. La realidad, como siempre, era más inquietante que la fantasía, pero sólo uno llegó a averiguarlo.
Ezequiel Lozano, archivero de la Catedral y hombre de una tristeza apacible, fue el único que se atrevió a buscar la llave negra una tarde tiritona de diciembre. El eco de una decisión prohibida le retumbaba en los tímpanos mientras bajaba la vieja escalera de piedra, con la linterna temblándole en la mano. Lo impulsaba la insistencia de un anhelo oscuro, difícil de nombrar; la sospecha de que, tras años catalogando huesos de santos, hostias resecas y cálices rotos, nada realmente importante le había sido revelado. Soñaba con un misterio capaz de asustar y fascinar, algo para lo que su vida monótona parecía estar predestinada.
El umbral cedió tras un crujido largo, como tomando aire antes de permitir el paso de otra alma curiosa. Al penetrar a la sala, Ezequiel sintió un frío viscoso y un olor dulzón, mezcla de cera vieja y algo más indescifrable. El haz de su linterna iluminó estanterías abarrotadas con paños de lino amarillento, cajas cubiertas de polvo y jarrones sellados con lacre negro. Pero fue la cómoda del fondo —un mueble monumental, de madera carcomida y herrajes oxidados— la que atrajo toda su atención.
Sobre cada cajón, una inscripción: "Lujuria", "Envidia", "Ira", "Gula", "Pereza", "Avaricia", "Soberbia". La presencia de los siete pecados capitales, materializados en un simple mueble, le produjo mareo. Sin embargo, no era sólo el simbolismo lo que confería a esa cómoda su aura inquietante; al aproximarse, notó que si bien todo a su alrededor parecía muerto, el mueble palpitaba imperceptiblemente, como si respirara con ansias preternaturales.
La advertencia grabada en la madera —"Non tangere”— apenas frenó su impulso. Ezequiel, hombre culto, sabía que algunas cosas sólo existen mientras no se las mira de frente. Aun así, tiró del primer cajón: "Lujuria".
Adentro encontró, envuelto con delicadeza en terciopelo rojo, un espejo oval de mano, pequeña obra de arte con filigranas de marfil exquisito. Por puro reflejo, levantó el objeto y miró dentro.
Sus ojos se hallaron de pronto con una multiplicidad de imágenes: escenas de placer desenfrenado y carne, donde los rostros eran sus propios rasgos, fundidos y distorsionados. Mujeres, hombres, monstruos ambiguos, revolviéndose en una danza sin final. Sintió el calor primitivo hincándosele en la ingle. Aterrorizado, quiso apartar la vista, pero el espejo ya no le reflejaba, sino que absorbía lentamente su aliento en una espiral de sudor y suspiro. Sólo cuando sus labios musitaron una plegaria, el hechizo se disipó, y dejó caer el espejo con un grito atorado.
La pieza retornó a su cajón como deslizada por manos invisibles. Ezequiel se sintió estremecer, anegado por vergüenza y deseo. La tentación de huir era fuerte, pero aun así, la curiosidad, esa termita de los espíritus, le invitó a abrir el siguiente: "Envidia".
El cajón expulsó un abigarrado perfume de lilas marchitas. Dentro, una pluma de pavo real sobre un cuaderno de tapas desgastadas. Al tocar el cuaderno, Ezequiel oyó, no con los oídos, sino con la mente, una letanía de voces: "¿Por qué ellos y no tú? ¿Por qué su alegría, sus triunfos?" Las páginas estaban escritas con tinta movediza, desfilando ante sus ojos imágenes de fiestas a las que no había sido invitado, miradas de amor que nunca le fueron dirigidas, logros ajenos brillando en el fango de su propia escasez.
Un rencor desconocido le brotó en la garganta, ganas de destruir, de robar, de sustituir a los otros. Por un momento, odió a todos sus colegas, a su hermano, a cada alma afortunada que recordaba. Cerró el cuaderno de un manotazo, sofocando la marea de resentimiento.
Esta vez, antes de devolver el objeto, se lo quedó mirando largo rato. Notó que la cubierta vibraba ligeramente, latiendo como un corazón. Como si el objeto quisiera salir a buscar su próxima víctima.
A cada cajón que abría, la oscuridad de la sala se espesaba y el tiempo se retorcía. En "Ira", halló un cuchillo ceremonial manchado de herrumbre, con el que visualizó, en una ráfaga febril, venganzas que nunca imaginó: degollar a su padre, rajar a la portera, clavar la hoja en sus propias mejillas por las veces que había cedido, sumiso, ante la humillación.
En "Gula", unas perlas negras, dulces como la mejor miel, ardieron en su lengua y se transformaron en hambre de todo y de todos: caricia, carne, poder, placer, riquezas y sangre, un hambre infinita que arañaba sus entrañas sin ser nunca colmada.
En "Pereza", una cajilla con tres semillas secas. Al llevarlas a la palma, las piernas de Ezequiel se aflojaron, y acabó sentado, luego tumbado, sintiendo un aplastamiento tan absoluto que apenas respiraba. El aire era una masa espesa, y la idea de volver a moverse resultaba abominable. ¿Para qué luchar? ¿Para qué, si nunca sería suficiente? Pero el propio terror a ese abandono absoluto lo espoleó a dejar caer las semillas, con un nuevo grito ahogado.
En "Avaricia", una pequeña bolsa de monedas sin cuño, extrañamente ligeras y brillantes. Al rozarlas, vislumbró vidas paralelas donde era poderoso, rico hasta el vértigo, capaz de comprarlo todo excepto la paz, porque todo lo que poseía lo corrompía, lo drenaba, se le pegaba a la piel como costras de oro envenenado.
Por último, "Soberbia": un anillo toscamente labrado, la piedra opaca reflejando sombras hendidas. Al ponérselo, contempló su propio rostro iluminado por una luz imposible, con los ojos delirantes de quien ha sido ungido con el don de la superioridad. "La catedral entera —pensó con arrogancia feroz— es mi creación. Ninguno de ellos merece una pizca de mi genio." Una carcajada retumbó en la sala, aunque no estaba seguro de haber reído o si era el mueble, con su boca invisible, abriéndose y cerrándose en una mueca oscura.
El pulso de la cómoda se aceleró como si celebrara, y en ese instante comprendió Ezequiel que su alma se hallaba pendiendo de un hilo tan débil como el suspiro de un moribundo. Cerró de golpe todos los cajones, sintiendo cómo los objetos, privados de su energía voluntaria, se quedaban inertes, insatisfechos. Se arrodilló entonces, exhausto y sucio de sombra por dentro, balbuceando oraciones entrecortadas.
La linterna parpadeó y, por primera vez desde que entró, supo que no estaba solo.
Una figura se materializó junto a la cómoda, al principio transparente como el vaho sobre un espejo, luego más sólida, envuelta en una sotana antiquísima y con el rostro cubierto por una máscara grotesca. No tenía ojos, sólo hendiduras profundas, como las bocas de los cajones, y su aliento era como la mezcla de todos los males del mundo.
—Nadie regresa igual de esta sala —susurró la aparición, su voz rezumando siglos de resentimiento y culpa—. Tú, como todos, has venido a buscar lo prohibido. Ahora ya conoces tu sed, tu hambre, tus deseos y tu podredumbre secreta. ¿Volverás a sellar el mueble? ¿O lo dejarás abierto para los demás incautos?
Ezequiel balbuceó algo, pero la lengua se le pegaba al paladar. Quiso gritar, pero la figura le impuso un dedo sobre los labios, frío y blando como una lombriz.
—El mueble nunca se llena. Los objetos cobran vida cuando los tocas. Saborean tu alma y la multiplican por mil. No hay penitencia suficiente para lo que aquí has despertado —sentenció el espectro, acercando sus hendiduras faciales a un palmo del rostro de Ezequiel.
Sintió cómo le arrancaban fragmentos de sí: recuerdos de la infancia, las últimas risas con su madre, el olor a mar tras la lluvia. Todo fue sorbido con avidez. El dolor era frío, irrecuperable.
Al despertar, Ezequiel se halló solo, tendido en el suelo, la linterna agotada. La cómoda, perfectamente cerrada, parecía burlarse de su atrevimiento. Quiso subir las escaleras, pero trastabilló; sus rodillas temblaban, los ojos le lloraban lodo. Tardó una eternidad en regresar a la sacristía y, al llegar, descubrió que nadie lo recordaba; era invisible, un fantasma condenado a vagar entre archivos y vitrinas, sin sitio en el mundo.
Su castigo mayor era el ansia que nunca lo abandonó. Por las noches, regresaba a la sala prohibida, incapaz de resistir a los objetos, cuya llamada reverberaba ahora en sus sueños. Tocaba el espejo una y otra vez, saboreando la culpa y el deseo, el cuaderno de la envidia, el anillo orgulloso, hasta que los cajones, día tras día, fueron chupando hasta el último resquicio de su ser.
En Santa Rosa del Mar, la leyenda continúa. A veces, los niños aseguran que al caer la noche ven una sombra deambulando por los pasillos, llave negra en mano. Algunos dicen que los objetos han crecido, multiplicando su colección con nuevas piezas, traídas por los visitantes que, como Ezequiel, buscan en lo prohibido una herida, un secreto o un placer solo reservado, acaso, para los condenados.
Y la cómoda aguarda, respirando en la penumbra, un poco más hambrienta cada día.
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