Portada del relato El cofre de las siluetas imposibles
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


No supe por qué, abrí el cofre. La llave colgaba de una anilla herrumbrosa en la misma cerradura; parecía esperar a su dueño. Giré la llave con pulso tembloroso, cada mechón de cabello erizándose con un frío creciente. Al abrir, no vi oro ni manuscritos, sino una superficie negra, líquida, como una charca de tinta espejada. La sustancia parecía absorber la luz de la lámpara, oscureciendo la habitación.

Duración: 11:44

El cofre de las siluetas imposibles
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

---

La sala de la subasta estaba débilmente iluminada, como si la penumbra se apretara voluntariamente en torno al reducido círculo de asistentes. Era una noche burbujeante de lluvia dura y caótica, y el tintineo de las gotas sobre los ventanales de vidrios sucios tenía, para mi oído, ecos de algo más que una tormenta. Ahí, sentado en mi banco de madera carcomida, esperaba la oportunidad de ver, o tal vez adquirir, una pieza de la que había oído demasiado para no sentir atroz fascinación y temor.

La sala, de arquitectura erauden del siglo diecinueve, respiraba aire de otros siglos. El papel de las paredes se marchitaba lentamente, como la piel de un cadáver aún cálido. Los asistentes portaban ropajes oscuros; casi todos evitaban mirarse entre sí. Más que una reunión de coleccionistas, parecía una asamblea de conspiradores en mitad de una causa clandestina.

El “lote cincuenta y tres”, anunció la voz entrecortada de la subastadora, una mujer anciana, de voz sepulcral, que parecía arrastrar tras de sí polvos de ataúdes abiertos. “Objeto sin ficha previa. Proveniente de un embargo en la mansión Durell”. Nadie suspiró; todos, como yo, manteníamos el aire en los pulmones, atentos.

El asistente, robusto y sudoroso, trajo a la tarima un pequeño baúl. Era de color grisáceo, con vetas negras y una cerradura en forma de rostro cuya mueca parecía gritarnos. Se trataba de “eso”: el cofre al que, en círculos muy limitados, llamaban el “Zstylzhemghi de Bartoc”. Yo conocía ese nombre sólo de rumores, documentados apenas al pie de páginas húmedas en libros de procedencia sospechosa. Zstylzhemghi no era un término que pudiera leerse en ningún idioma humano, aunque había quienes murmuraban que significaba, literalmente, “el susurro de la piel invertida”.

La puja inició con la misma gravedad de un rito fúnebre. Entre el tintineo de las monedas y las pálidas sumas en libras, el miedo crecía, tangible, como un vapor enfermo. Sabíamos, quienes allí nos encontrábamos, que muchos objetos prohibidos circulaban por el mundo, pero pocos portaban un halo tan denso y repulsivo como aquel. Yo levanté la mano cuando la suma se detuvo, expectante; no miraba el objeto, sino la sombra que lanzaba sobre la antigua tarima: retorcida, como la de una mano con dedos demenciales.

Lo obtuve, claro. Quizá porque sólo yo estaba dispuesto a ir tan lejos, o porque los demás recordaban historias que, de niño, me contaba mi abuelo: Bartoc Durell, desaparecido hace casi un siglo, cuya afición por lo prohibido llevó a la más atroz ignominia a la familia.

Al llegar a mi apartamento, caminé con el cofre oculto bajo la gabardina. No era simplemente disimularlo al mundo: sentía la necesidad de esconderlo incluso de los cristales rotos del asfalto. Me apresuré a subir los peldaños de mi edificio, sin pensar en los ecos húmedos de mis pasos ni en las sombras ruinosas en los descansillos. Cerré puertas y ventanas, sólo entonces me atreví a colocar el baúl sobre la mesa y examinarlo.

La cerradura parecía latir, bajo cierto ángulo. No era un movimiento físico, reconocible, sino algo que se percibía apenas con la visión periférica, como un reflejo de la razón. Sentí entonces que aquel rostro-sello era similar a algunos bajorrelieves tallados en Yagul, en ruinas prehumanas que visité de joven. Recordé los enormes salones de piedra y los altísimos tapices de símbolos deformes, cuya interpretación quedó marcada en mí para siempre.

No supe por qué, abrí el cofre. La llave colgaba de una anilla herrumbrosa en la misma cerradura; parecía esperar a su dueño. Giré la llave con pulso tembloroso, cada mechón de cabello erizándose con un frío creciente. Al abrir, no vi oro ni manuscritos, sino una superficie negra, líquida, como una charca de tinta espejada. La sustancia parecía absorber la luz de la lámpara, oscureciendo la habitación.

Tomé el cofre y lo incliné, esperando a que algo cayera. Nada se movió. La negrura permaneció inalterable, pero una presión imperceptible llenó la sala. Escuché —no, más bien sentí— una voz minúscula rasgar algún punto de mi percepción, en un idioma monstruoso, imposible para la garganta humana.

El Zstylzhemghi, presentí, se hacía oír sólo para quien había sido elegido.

Esa primera noche no dormí. Pese a cerrar el cofre, cada vez que cerraba los ojos veía la sustancia negra extendiéndose, no por la habitación, sino dentro de mí. Cuando el alba se filtró sucia entre los visillos, tomé una decisión: investigar a fondo el origen del objeto, y especialmente su relación con Bartoc.

Me adentré en bibliotecas públicas y privadas, removiendo archivos bajo nombres cambiados, encubriéndome entre contactos que sabían, por instinto, cuándo preguntar y cuándo callar. Supe entonces que Bartoc Durell, en los meses previos a su desaparición, fue visitado por un embajador de una secta heterodoxa, disuelta (supuestamente) desde la Edad Media. Se les atribuía el comercio de reliquias prohibidas, objetos que, decían, funcionaban como nexos a entidades más allá de la carne.

El Zstylzhemghi era, según los papeles encontrados, una “matriz de reflejo interno”. No un contenedor, sino un pasaje: aquél que abría el cofre volvía visible, sólo a su propia mirada, la sombra de lo prohibido, lo que supuestamente no debía tocar el ojo, ni siquiera el pensamiento. Las notas mencionaban estados de enajenación, desapariciones, y un lento pero irreversible drenaje de la voluntad. Más intrigante era el “efecto de convergencia”, por el cual la percepción del objeto atraía a otros curiosos, como si el mismo cofre supiera sembrar su propia semilla de inquietud.

Noche tras noche, retornaba al apartamento, más por miedo a dejarlo solo que por ansias de posesión. Empecé a notar que los espejos del baño mostraban, en ocasiones, una silueta borrosa girando tras de mí, aunque al volver la cabeza todo permanecía en calma. Los sueños oscilaron entre lo lúcido y lo grotesco: una sala indefinida, cuyas paredes se curvaban sobre mí, saturadas por la negrura del cofre y salpicadas de ojos flotantes; figuras cuya piel colgaba, invertida, como mantos de cera derritiéndose.

Intenté deshacerme del objeto. Una madrugada lo arrojé al canal, envolviéndolo en una bolsa de lona y asegurando la boca con un nudo doble. Desperté horas más tarde para encontrarlo sobre la mesa, seco y sin rastros de agua, como si el canal lo hubiera devuelto o, peor aún, jamás lo hubiera recibido. La cerradura, sin embargo, parecía ahora menos estática: había adquirido matices de malicia consciente.

Noté también cambios en mi propio cuerpo. Un entumecimiento sigiloso en los dedos, oídas de voces deformadas a través de la cerradura cuando no estaba abierta; visiones de gente, en la calle, que se detenía a mirarme con ojos de expresiones nubladas, como si reconocieran en mí algo que intentaban, con todas sus fuerzas, rechazar. La realidad se torcía, insondable y hostil. En una de esas noches de insomnio, tras el sonido misterioso de garras sobre la madera, decidí aprender el idioma del cofre.

Usando fragmentos de textos antiguos, los diccionarios incompletos de Riel y la antología prohibida de van Sloot, comencé a vocalizar, a tientas, sílabas de Zstylzhemghi. No era un lenguaje para ser pronunciado; sentía que cada nota, cada vibración, era como una hoja afilada rasgando la conciencia. Pero a medida que balbuceaba, la sustancia oscura del cofre comenzó a moverse.

Ascendió, serpenteando por el aire húmedo, y advirtió en mi frente una presión eléctrica, un tercer ojo que apenas empezaba a abrirse. Surgieron imágenes: un círculo de figuras desnudas en piedra, ofrendando pieles invertidas; un mar enloquecido cuyas olas eran, en realidad, bocas entreabiertas; una ciudad construida de gritos silenciosos. Vislumbré, en una brevedad escalofriante, la forma auténtica del objeto: era un nido, incubando algo tangible sólo en el reino de los pensamientos corrompidos.

Fui interrumpido por un golpe en la puerta. No era el habitual de los vecinos. Era, más bien, un repiqueteo casi animal, como pezuñas múltiples resonando contra la madera. Me quedé inmóvil; los ojos atrapados justo en el umbral entre mi sala y la zona del cofre. Transcurrieron minutos, u horas, mientras las sombras se retorcían bajo los zócalos.

Finalmente, el baúl. Sentí que me llamaba, me imploraba abrir de nuevo la cerradura, o bien cederle mi cuerpo, ofrecerme como recipiente. Una fuerza gravitacional invisible me hizo caminar hasta el cofre. Tomé la llave entre los dedos entumecidos y la giré.

El interior no contenía ya negrura líquida, sino una masa que hervía y palpitaba, de la consistencia de un manto de nervios. Un efluvio denso llenó el aire, una mezcla de almizcles antiguos y carne abrasada. Señales visuales que no debía ver se imprimieron en mi retina: circuitos de geometría imposible, filamentos conectando mi pecho con las profundidades del objeto. Comprendí por fin lo que era el Zstylzhemghi: máquina y ser, puerta y abismo, un canal de ingestión entre realidades.

Oí el idioma internamente, ya no como voces, sino como órdenes. “Desata. Recuerda. Vuelve sobre tus huesos. Haz lugar.” No sabía si hablaba conmigo o a través de mí, pero mi cuerpo ya no era mío. Tragué el aire como un pez fuera del agua mientras mis manos, al margen de mi voluntad, se bañaban en la sustancia.

El cofre empezó a cerrarse por sí mismo, aprisionándome los dedos. Sentí dolor —no físico, sino una disonancia del alma—, como si se estuvieran arrancando fragmentos de mi esencia. La sustancia me absorbía, le daba la vuelta a mis memorias, extraía los recuerdos prohibidos y los devolvía en forma de máscaras informes.

Vi frente a mí la imagen de Bartoc, mi ancestro, sus ojos derramados hacia dentro, suspendido en ese abismo negro, la carne pegada al revés sobre los huesos como si fuera el guante de un titiritero oculto. Y entonces supe: el Zstylzhemghi no permitía que uno se deshiciera de él, porque, al abrirlo, te volvías receptor perpetuo, umbral ambulante y agujero donde convergían los deseos no nombrados y el temor absoluto.

La última voz que escuché fue la mía, ya irreconocible, reclamando en lengua monstruosa; mis labios se estiraron, y me oí a mí mismo reclamar la llave, implorar el cofre en nuevas manos. Fui su agente, su custodio, como Bartoc y tantos antes que yo, destinados a perpetuar el ciclo. En mi mesa, el cofre sigue, cerrado, esperando al siguiente curioso, que sentirá, al mirarlo, un aguijonazo familiar de atracción y repugnancia.

Así es como persiste el círculo de los objetos prohibidos: uno a uno, los adultos caen. Y todos creen, hasta el último instante, que pueden arrojar el cofre al canal, o quemarlo, o enterrarlo bajo los cimientos. Pero lo prohibido nunca esconde su rostro a quienes, una vez, escucharon el susurro invertido de Zstylzhemghi.

Tal vez, mientras lees esto, sientas esa presión casi eléctrica en tus sienes, o escuches el tintineo de garras contra tu puerta, resonando igual que anoche. No mires la sombra. No busques la cerradura. Porque entonces —y sólo entonces— serías tú quien escribe el siguiente relato.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.