Fragmento:
Para aquellos estudiosos de lo arcano y lo prohibido, la mera mención de los Objetos para el Placer de los Antiguos resulta suficiente para helar la sangre en las venas más experimentadas. Muchos toman tales leyendas como producto de supersticiones rústicas, murmullos de pueblos sumidos en la penumbra del saber, pero he visto pruebas —y vivo todavía para relatarlo— de que ciertas pasiones humanas, llevadas a su extremo, pueden abrir un umbral hacia abismos donde la carne y el alma nada significan frente a las fuerzas primordiales. Que mi experiencia sirva de advertencia, pues, para aquellos que buscan experiencias más allá del velo de la comprensión humana; que la búsqueda de lo prohibido no conduzca, como a mí lo hizo, a un destino peor que la muerte.
Duración: 10:01
El Sillón de Ébano de Vaarthoth el Impío
Para aquellos estudiosos de lo arcano y lo prohibido, la mera mención de los Objetos para el Placer de los Antiguos resulta suficiente para helar la sangre en las venas más experimentadas. Muchos toman tales leyendas como producto de supersticiones rústicas, murmullos de pueblos sumidos en la penumbra del saber, pero he visto pruebas —y vivo todavía para relatarlo— de que ciertas pasiones humanas, llevadas a su extremo, pueden abrir un umbral hacia abismos donde la carne y el alma nada significan frente a las fuerzas primordiales. Que mi experiencia sirva de advertencia, pues, para aquellos que buscan experiencias más allá del velo de la comprensión humana; que la búsqueda de lo prohibido no conduzca, como a mí lo hizo, a un destino peor que la muerte.
Debo comenzar con una breve descripción del hombre que trajo a mi esfera de conocimiento el más peligroso y envilecido de los artefactos: Daniel Westcroft, erudito, bohemio, y autor de tratados que exploraban el entrelazamiento entre sensualidad y ocultismo en civilizaciones desaparecidas. Nos conocimos en una conferencia académica sobre literatura inglesa marginal, y tras percibir en mí cierta comprensión hacia los caminos apartados, comenzó a mostrarse menos hermético. Bebimos absenta en su estudio, recibiendo la luz verdosa sobre tratados de Sade y misteriosos papiros de Alejandría; intercambiábamos teorías y confidencias, hasta que una noche su conversación derivó hacia lo inadmisible: los objetos prohibidos que inspiraban intensos éxtasis, y cuyas leyendas aparecían en manuscritos medievales, ocultas tras metáforas y cautelosas elipsis.
Fue entonces cuando mencionó el “Sillón de Ébano de Vaarthoth”. No como uno más de los millares de artefactos legendarios inscritos en el folklore, sino como realidad palpable a su alcance. Supe que la charla estaba derivando hacia un terreno peligroso al entrever el temblor en sus labios, mezcla de miedo y deseo. Me habló del mito de Vaarthoth, un demonio adorado en las ciénagas del Egeo, quien otorgaba a sus fieles placer y delirio en igual medida, a un precio prohibitivo. El Sillón, tallado en ébano puro y embellecido con runas, se decía capaz de inducir éxtasis terribles, visiones y sensaciones de goce tan intensas que el alma podía quebrarse.
Westcroft extrajo de un compartimento secreto de su despacho un cuaderno, y con manos trémulas, lo abrió en una página donde figuraba una fotografía antigua, borrosa, impresa en tonos sepia. En ella, distinguí la figura extraña de una silla de brazos sinuosos, rodeada de rostros desfocados, semblantes tensos y, podría jurar, hasta deformados por un rictus entre el éxtasis y el miedo. El mobiliario parecía haber absorbido la oscuridad de la habitación, y por largos segundos experimenté la sensación de que los ojos de los retratados me miraban desde el papel, suplicando o advirtiendo.
―Encontré esta imagen en los archivos sellados del monasterio de Aberleigh, en los Cotswolds ―explicó Westcroft, su voz apenas un susurro―. El sacerdote responsable del archivo perdió la razón tras leer lo que llamaré, por decencia, el manual adjunto: un conjunto de rituales y advertencias, en griego arcaico y latín, describiendo no sólo la construcción sino también los efectos reales del Sillón.
No creí sus palabras, pero la semilla de la curiosidad —presagio del desastre— ya estaba plantada. Westcroft me invitó a su residencia de campo, en las colinas de Dorset, donde aseguró haber conseguido el mismo Sillón a través de un anticuario en París. Honestamente, ahora lo sé, no debí aceptar jamás, pero las oscuras pasiones humanas y el inconmensurable deseo de saber me empujaron hacia aquel abismo. Las semanas que siguieron estuvieron marcadas por una ansiedad extraña: sueños inquietantes de figuras informes rozando mi carne y susurrando en idiomas incomprensibles; visiones al borde del despertar, en las que el Sillón me llamaba. Mi resistencia fue minándome, hasta que llegó la invitación final, y abordé un tren hacia el destino que había de sellar mi condena.
La residencia de Westcroft se hallaba apartada del mundo; la noche de mi llegada, un viento cruel azotaba los robustos robles que ladeaban el camino de entrada. Al acercarme al vestíbulo, mi anfitrión me aguardaba con sonrisa fatigada, la mirada ausente y los tímpanos atenazados, como si percibiese melodías que sólo él sabía reales.
Tras una cena espartana y conversación cortada, me condujo a la biblioteca subterránea. El ambiente era asfixiante, impregnado de un olor dulzón y putrefacto, reminiscente de aquellas criptas húmedas donde lo sagrado y lo profano se confunden en el olvido de siglos. Y allí, bajo el débil fúlgor de una lámpara de aceite, reconocí el Sillón: menos mueble, más criatura acechante; su madera era de un negro absoluto que absorbía la luz, y las tallas representaban cuerpos humanos contorsionados en posturas impías, mezclando rostros de hombres y mujeres en un solo amalgama de voluptuosidad y dolor.
―Deseas probarlo ―preguntó Westcroft, como si la respuesta fuera obvia―. Pero te advierto: traerá consigo no sólo placer, sino verdades exuberantes y terribles.
Mi atrevimiento fue más fuerte que mi cautela. Con movimientos rituales sugestivos, Westcroft colocó sobre el sillón una tela de brocado escarlata, mientras murmuraba frases en un idioma desconocido. Me indicó que me sentase. Apenas mi cuerpo rozó la superficie, experimenté una sacudida helada, como si mi carne y huesos fuesen palpados por un sinfín de dedos invisibles. La percepción del mundo empezó a distorsionarse: la habitación se curvó, el tono de la luz cambió a un púrpura opalescente, y supe que lo real y lo irreal se entremezclaban.
Las sensaciones fueron inmediatas y sobrecogedoras. Sentí placer en formas imposibles de describir, como si infinidad de amantes me hubieran poseído simultáneamente, pero al mismo tiempo sentí un dolor abrumador, el dolor de la creación y destrucción, del nacimiento y la muerte experimentados instante tras instante en una danza sin fin. Vi descomponerse mi propio rostro en una multitud de máscaras grotescas; oí gritos ahogados en lenguas imposibles de pronunciar; mis manos, que descansaban sobre los brazos tallados del sillón, sentían que se fundían poco a poco con la madera, haciéndose líquidas, perdiendo su individualidad.
A un nivel inconsciente, sospeché que no era la primera vez que experimentaba esto. Fragmentos de memorias ajenas invadían mi mente: sacerdotisas egipcias en templos subterráneos y monjes flagelantes en criptas bizantinas, todos atados —simbólica o literalmente— al misterioso Sillón. En cada visión intuía la figura monstruosa de Vaarthoth, devorando almas con una risa silenciosa, mientras aquellos que cedían al goce absoluto se convertían en poco más que parte del mobiliario. La línea entre éxtasis y destrucción, entre libertad suprema y esclavitud final, era tan fina que no sabría ya si debía temer o anhelar el paso siguiente. Las sensaciones, lejos de desaparecer, incrementaban en intensidad, aniquilando toda referencia al mundo exterior.
No sé cuánto tiempo transcurrió: un segundo, una centuria, o la eternidad misma. Regresé a la conciencia súbitamente, sobresaltado por el sonido de Westcroft pronunciando mi nombre, sacudiéndome de los hombros. Empapado en sudor, jadeando, mi cuerpo había perdido toda noción de sus límites habituales. Las palabras casi no me salieron, y cuando pude articularlas, sólo fueron balbuceos incoherentes. Westcroft, con expresión de terror y un dejo de codicia, me ofreció una copa de brandy. Sus ojos portaban una sombra diferente, la mirada de quien había espiado por una rendija y visto al abismo sonreír.
Durante las semanas siguientes, ambos fuimos prisioneros de una compulsión repugnante. Nuestro interés académico se desvaneció, sustituido por un deseo morboso de volver al Sillón y experimentar su secreto impío. Las noches se convirtieron en sacrificios; nuestra carne era un receptáculo para fuerzas más allá de lo humano. Supimos, apenas ya, que algo innombrable estaba absorbiendo nuestra esencia en cada sesión, y que estábamos cambiando, física y psicológicamente. Yo temblaba ante mi reflejo: los ojos hundidos, las articulaciones alargadas, la voz cada vez más gutural, como si algún ancestro, al que mi sangre debía su existencia, estuviese reclamando mi ser para finalizar algún ciclo inconcluso.
Una noche, Westcroft no regresó de su viaje al Sillón. Lo encontré al día siguiente, sentado en estado catatónico, la piel grisácea, los párpados semicerrados y una sonrisa desprovista de humanidad. Llamé a médicos y autoridades, pero nadie pudo explicar su condición. Fue ingresado en el manicomio de Arkham, donde languidece hasta ahora, repitiendo en voz baja los nombres de dioses muertos y monstruosidades jamás vistas. No tuve valor para destruir el Sillón; al contrario, sentí una repulsión magnética que me atraía incesantemente.
He dejado la mansión de Dorset, huyendo de su influjo, pero cada noche sueño con esas mismas tallas, con los rostros atrapados en la madera, rogando —o exigiendo— que regrese. En cada sombra veo la silueta de Vaarthoth; en cada reflejo, vislumbro mi carne confundida e indefinida, cada vez menos humana.
Hoy sé que la tentación del placer absoluto es la más letal de las puertas prohibidas, el final de la búsqueda y el principio de la aniquilación. Solo dejo este testimonio para quienes, en su vanidad intelectual o en su irrefrenable deseo, pretendan buscar entre los objetos perdidos de la historia ese goce que no pertenece a la humanidad. Pues el Sillón espera siempre, y Vaarthoth ríe en la oscuridad, ansioso de devorar, uno por uno, a los que desafían sus umbrales de ébano.
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