Portada del relato El Secreto de la Caja de Oro Roído
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Fragmento:


No es conveniente hurgar en los rincones donde la historia ha decidido dejar huellas cubiertas apenas por un polvo antiguo—más antiguo que las sombras mismas de la Edad Media. En la gran ciudad de Providence, cuando el invierno se abalanza con sus colmillos de escarcha y las calles son túneles a lo desconocido, la mente humana tiende más que nunca a abrigarse en sus propias tinieblas. Fue en tal estación y bajo tales presagios que experimenté en carne viva la devastadora condena de enfrentar objetos jamás destinados a la mirada sombría y ruin de los hombres.

Duración: 09:17

El Secreto de la Caja de Oro Roído
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Texto de ajuste de pausa.

No es conveniente hurgar en los rincones donde la historia ha decidido dejar huellas cubiertas apenas por un polvo antiguo—más antiguo que las sombras mismas de la Edad Media. En la gran ciudad de Providence, cuando el invierno se abalanza con sus colmillos de escarcha y las calles son túneles a lo desconocido, la mente humana tiende más que nunca a abrigarse en sus propias tinieblas. Fue en tal estación y bajo tales presagios que experimenté en carne viva la devastadora condena de enfrentar objetos jamás destinados a la mirada sombría y ruin de los hombres.

Permítase el lector entender que no narro estos hechos para satisfacer a morbosos ociosos, sino para servir como advertencia final; pues lo que anida fuera de la prudente luz, agazapado entre artesanías y antigüedades impías, se alimenta—amianto de la cordura—de la mera atención que pueda prestársele.

Sucedió todo cuando, por una serie de accidentes enraizados en mi pasión indefendible por los libros raros y los objetos arcanos, me vi invitado a la casa del Profesor Hadrien Webb. Este caballero, una sombra encorvada cuya fama en la Universidad de Miskatonic apenas podía ocultar sus incontables y oscuros contactos con lo perturbador, me recibió un anochecer tan tempestuoso y electrificado que la atmósfera misma parecía vibrar con una melodía no escrita.

Al principio, la conversación versó sobre temas mundanos—aunque solo en la fachada. Pronto, bajo el refugio del humo de su pipa y la luz amarillenta de una lámpara cubierta por tela verde, Webb abordó aquello que lo excitaba de forma casi febril: la colección que guardaba, una serie de tesoros prohibidos adquiridos durante sus largos años de búsqueda en los mercados más retorcidos del mundo.

—Son piezas imposibles, muchacho —susurró Webb, con los ojos hundidos de un niño fascinado y al mismo tiempo aterrorizado—. Objetos que, créame, harían palidecer de estupor al más avezado maestro de arte antiguo.

No puedo describir del todo la emoción, mezclada de un temor que ya entonces sentí, mientras Webb me guiaba a través de corredores alfombrados y cámaras selladas con inscripciones en griego y latín. Al fondo de aquellas estancias, tras puertas cuyas cerraduras imitaban torsiones innombrables, se encontraba la colección. Allí, entre sombras, supe que ninguna ley natural regía en ese santuario desbordado de cosas que nunca debieron existir.

Ante mí se desplegaban objetos de una naturaleza indescriptible y pérfida: un anillo engastado con la uña pintada de un fauno, una caja de marfil cubierto de barniz pruso cuya superficie se agitaba levemente como si respirara en la penumbra; y, en el corazón del aposento, descansaba la pieza más venerada y peligrosa: **la Caja de Oro Roído**.

Permítanme ahora referir, aunque no sin quebranto, el modo en que caí bajo su influjo.

La caja era pequeña y parecía haber sido atacada por ácidos y fuegos antinaturales, pero aún conservaba grabados que sugerían reminiscencias de cultos asiáticos muy anteriores a la escritura. La bisagra, corroída de forma imposible, sudaba una sustancia translúcida de matices verdosos. Webb, con voz temblorosa, recomendó no acercarse ni abrirla, advirtiendo que la caja respondía tan solo a los deseos más oscuros de sus poseedores.

Me sentí, no obstante, cruelmente atraído. Es probable que el objeto mismo, conocedor de su fatalidad, ejerciera sobre mi curiosidad una persuasión que ninguna voluntad humana hubiera resistido. Webb hablaba aún, pero sus palabras me llegaban como una marea lejana:

—Tal vez la historia más atroz relacionada con esta caja sea la de Lord Rycroft, un coleccionista inglés del siglo XVIII cuya lujuria por el incognoscible lo llevó a rogar al dios sin ojos aquello que no puede concederse sin perder la propia alma… Lo encontraron —Webb enfatizó esta última frase— con la caja vacía y todos los espejos de su mansión rotos.

No atendí el warning del profesor. Aún resuena en mi memoria sensorial la sensación viscosa y casi cálida cuando, en un rapto de audacia, mis dedos se posaron sobre aquel oro infectado. El tiempo se suspendió, y sentí algo abrirse en mi interior; una compuerta que nunca había advertido poseer. El febril deseo, alimentado en el fondo mismo de mis entrañas, comenzó a tomar forma; y lo que deseé, en ese instante, fue conocer la verdad última que encierra todo objeto prohibido: su propósito funesto.

El aire se volvió pesado, como si hubiéramos descendido a una caverna más allá del tiempo. La caja, en absoluta contradicción con las leyes de la materia, se abrió por sí sola. De su interior, no surgió otra cosa sino una negrura tangible, espesa como tinta densa, acompañada de una fragancia agria que llamaba a recordaciones sexuales y obscenas, avivando en mi pecho malos instintos largamente reprimidos.

Webb gritó, me apartó de la caja —tardíamente— y, con fuerza demencial, la cerró. Sin embargo, la sustancia había rozado mi piel, y en mi mente algo empezaba a gestarse: una visión, al principio borrosa, de voluptuosidades inenarrables y juegos de carne adulterada, salpicada de gritos de placer y angustia urdidos en la trama de un ceremonial que no correspondía a ninguna cultura humana.

Aquella noche maldita, no pude dormir. Las imágenes se repetían: cuerpos danzando en espirales imposibles, máscaras de ébano y marfil intercambiándose entre figuras hermafroditas, un altar donde la misma caja refulgía y parecía demandar sangre, deseo y locura. Desperté cubierto en sudores fríos, y supe entonces que ya no pertenecía del todo a este lado del velo.

Durante los días siguientes, mi deseo por la caja creció. Regresaba una y otra vez a la casa de Webb, ofreciendo cualquier suma, cualquier intercambio, por la oportunidad de poseerla siquiera unos minutos más. Webb me arrojaba frases cortantes, pero mis ruegos eran inhumanos, y una noche de ventisca, desesperado, hurgué entre sus pertenencias hasta encontrar la llave de aquella habitación prohibida.

Entré casi por instinto; la caja, brillante en la penumbra, parecía aguardarme. Cuando mis manos temblorosas la abrieron, la oscuridad emergió más viva que antes, y esta vez, en vez de visión, experimenté la transportación plena de mi alma a aquel plano secundario donde la lujuria y el horror forman una misma flor venenosa.

Me hallé entre columnas de basalto aceitoso, bajo una cúpula de carne translúcida donde seres ajenos, cubiertos de joyas ardientes y coronas polimorfas, celebraban la danza de los mil apetitos. Supe sin necesidad de mirar que la caja era el portal; y que cada objeto prohibido, desplegado en la colección de Webb o en otras partes del orbe, era un emisario de esa realidad paralela: una corte donde los sentidos no tienen límites y cada deseo es castigado con el eco infinito de su satisfacción transformada en martirio.

Vi a Lord Rycroft, su boca abierta en un grito de orgasmo-agonía que no terminaba jamás; vi otros rostros, unos adolescentes, otros marchitos, todos desfigurados en el espasmo perpetuo de los placeres que devoran a sí mismos. Traté de gritar, de alejarme, pero mis pies no respondían: me hallaba pegado al suelo gelatinoso, mis ropas convertidas en cadenas que ardían y susurraban.

La propia caja apareció flotando ante mí, girando sobre sí, y de su negrura comenzó a surgir una criatura: una figura de mujer, y al mismo tiempo de hombre, cuyos órganos sexuales cambiaban de forma con cada latido. Su boca destilaba miel negra y su risa era el lamento de todos los condenados; me habló en idioma silbante y me reveló secretos sobre mi alma que jamás hubiera aceptado escuchar:

—El deseo no es pecado, insensato. El castigo es conocerlo todo, experimentarlo todo… y no poder escapar jamás.

Cuando volví en mí, estaba tumbado junto a la caja cerrada, Webb lloraba en un rincón y supe que nunca recobraría del todo mi cordura. A veces, cuando pasa la medianoche y el viento murmura entre las ruinas de mi salud mental, siento en la piel una picazón insaciable y en mi mente la reiteración de aquellos placeres horrorosos, mucho más allá de la blasfemia y la degeneración.

En las semanas venideras, la caja se vendería en mercado negro a otro incauto. Yo, ahora vigilante de la noche, escribo este testimonio para advertir: el horror último habita en los objetos prohibidos de los adultos, porque no son “juguetes” ni “reliquias” inocentes. Son llaves, portales, condenas... recuerdos de cosas que no debemos experimentar, porque nos arrebatan el don más preciado: la ignorancia del propio abismo interior.

Si usted, amable lector, descubre en el bazar de lo oculto una caja de oro roído, evítela. Si siente ese deseo de conocer los placeres extremos, recuerde mi historia, y aléjese. Pues en la celda abismal donde ahora sueño y deliro, solo existe el eco inacabable de una risa imposible: la mía y la de incontables almas, objetos mismos de un deseo que engendra monstruos más allá de los sentidos y de toda posible redención.

Tal es el destino de los que buscan lo prohibido. Tal es el final de quien confunde placer con salvación. Y tal será la condena de cualquiera que no escuche la advertencia de un pobre loco cuya memoria es ya solo ceniza y deseo carcomido.

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